RETIRO 5: PERDER LA VIDA POR AMOR AL QUE ES LA VIDA

Con ocasión de la beatificación de 109 mártires claretianos

Pablo Largo Domínguez, CMF

 

«Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos» (2 Tim 2,8): es la exhortación que recibe Timoteo en la segunda carta pastoral. Acordémonos de nuestros mártires: es la llamada que recibimos nosotros. Su recuerdo es del todo tempestivo; si nos volvemos desmemoriados, perdemos señas de identidad.

Esta meditación ofrece un apunte sobre la común condición mortal, se restringe luego a la muerte de los mártires y después se centra en la de los mártires claretianos. De ellos viene un mensaje a quienes vivimos en el continente europeo; no importa que su memoria, para ciertas gentes, resulte extemporánea.

 

La vida y la muerte

La vida no es un juego, es un drama. En cierto momento de su vida, al niño se le impone una revelación decisiva: descubre que es mortal. Esta percepción lo acompañará como su sombra, nunca se zafará de ella. Podrá esquivar diversas amenazas de muerte procedentes de variadas causas; quizá podrá volverse casi invulnerable, como Aquiles o Sigfrido; pero hay en él un área desprotegida, un talón no tocado por el agua de la laguna Estigia, un punto de la espalda no bañado por la sangre del dragón. Lleva en el ADN la marca indeleble de su mortalidad. El niño sabe también que su vida es única: si la pierde, no tiene una segunda y una enésima de reemplazo de las que echar mano. Así advertimos que la vida no es un juego intrascendente, sino un drama: somos personajes que han recibido un don precioso que cuidar y una tarea en que empeñarse y forjarse; afrontamos situaciones y en ellas tomamos opciones, no todas del mismo valor.

La vida del común de las gentes se desenvuelve en una trama de relaciones sociales. Muchas personas nos ofrecen oportunidades de vivir, pero desde el comienzo de los tiempos, como recuerda el relato de Caín y Abel, cada cual está expuesto a ser víctima de otros y puede ser su respectivo verdugo. Nos hacemos la vida posible y nos podemos hacer la vida literalmente imposible. Somos cuerpos vulnerables, estamos a merced de otros. Es otro descubrimiento hecho de tiempo atrás. Los atentados imprevistos e indiscriminados de terroristas lo han dejado bien claro en lugares que se consideraban seguros; en otros espacios, la violencia se ha convertido en una rutina y se cobra su ración diaria de víctimas: ¿eres un personaje molesto?; se te quita de en medio, de forma casi impune.

 

La muerte martirial

La muerte puede sobrevenir por varias causas: enfermedad, accidente, homicidio involuntario, etc. En los mártires confluyen la común condición mortal y la vulnerabilidad propia del cuerpo; pero no mueren por homicidio involuntario: se ha ejercido consciente y deliberadamente la violencia asesina sobre sus cuerpos a raíz de un dramático desafío a sus almas. El victimario te tiene a su merced y te hace su propuesta: te perdona la vida si dejas de ser un incordio para la razón de Estado, te conviertes en un ciudadano sensato y renuncias a esa fe que no tiene espacio en el ámbito de libertades que el poder ampara. Olvidas tus quimeras, abjuras públicamente de ellas y sirves a la buena causa. Dejas de pertenecer a la Iglesia, esa multinacional perniciosa, aliada de poderes fácticos opresores, y te incorporas a la causa del pueblo. Incluso se te puede permitir, en gesto espléndido de un poder que sabe limitar sus competencias, que pienses y sientas para tus adentros como te apetezca; la conciencia es asunto tuyo, pero obedecerás sin rechistar a las órdenes del Estado o de la facción que dice representarlo.

Si persistes en tu sinrazón, ya sabes lo que te espera: la muerte, acaso precedida de la tortura. No tienes cabida en el sistema. Quizá incluso te podemos hacer alguna oferta generosa para tu futuro. Jugamos limpio. Ahora es tu turno, te toca decidir: o bien optas por la vida de un fiel súbdito o bien por el paredón.  Así de sencillo.

A los mártires que han seguido las huellas de Cristo les quitan la vida; pero también podemos decir que ellos la dan. Es algo que padecen, sí; pero lo convierten en gesto de entrega máxima. Han optado por la fidelidad al Señor en lugar de negarlo para prolongar esta vida por un tiempo. El mártir no es un suicida: este solo piensa en sí al procurarse la muerte; el mártir es, al contrario, el que no piensa en sí al abrazar la muerte que le causan. El valor del mártir consiste en «desear la vida como el agua y apurar la muerte como el vino» (Chesterton). Ha dicho a sus verdugos: «Podéis  quitarme la vida, pero no mandáis en mis amores y lealtades, en mi lealtad a mi Dios».

 

Nuestros mártires claretianos

Sentirían el vértigo ante una muerte violenta (el beato Faustino aludía a las «regiones de dolor y muerte» y a las «dolorosas angustias»), pero no se echaron atrás. Los que compartían prisión se alentaron y confortaron mutuamente. En cualesquiera lugares en que hayan dado su testimonio, todos evocarían las palabras de Pablo: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte ni vida […] ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,35.37-39).

No vivieron contra nadie; no murieron contra nadie; su lucha no era contra adversarios de carne y hueso, sino contra los que dominan este mundo de tinieblas (Ef 6,12). Conocieron el secreto último y divino del vivir: el don y el perdón; el don de la vida por amor a Cristo en bien de la Iglesia y la Congregación y el perdón a quienes se la arrebataban. Fueron testigos fieles del Testigo Fiel. Lo conocieron, experimentaron el poder de su resurrección, compartieron sus padecimientos y murieron su muerte, para así alcanzar la resurrección de entre los muertos (cf. Flp 3,10-11). El Espíritu de su Padre, por el don de fortaleza, los movió a lanzar vivas a su Señor y a su Madre.

 

Su mensaje en el contexto sociocultural europeo

Nuestros mártires tienen una palabra para quienes vivimos en el continente europeo. Aquí se apuntan sobre todo llagas de nuestra cultura que en cierto modo pueden contagiarnos.

Los mártires estaban habitados por decisivas y hondas certezas. Tenían un credo: el credo eclesial. Este les había dado unas razones de vivir y trabajar; ahora les daba unas razones de sufrir y de morir. El contexto en que vivimos no está saturado de certezas existenciales últimas y comúnmente compartidas; en efecto, las de otros tiempos han sufrido notable erosión (se ha adelgazado lo creíble disponible), vivimos en una sociedad plural y heterogénea y parecemos clientes embarazados y perplejos ante el gran surtido de creencias o recelosos de la propuesta más o menos seductora del tendero. Ante este panorama rebrotan las preguntas de Eliot: «¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?». Estipulamos convenciones y alcanzamos acuerdos sobre la forma de organización social (democracia, derechos y libertades personales, «valores de Occidente»); pero ciertos fenómenos de nuestra cultura no propician que seamos buenos candidatos a la sabiduría ni a una sabiduría compartida. Señalamos algunos: el desplazamiento de las preguntas últimas por las penúltimas, la fiebre de producir y consumir, la exposición activa al bombardeo continuo de estímulos superficiales y de mensajes contradictorios, el hastío de los debates estériles, el tiempo libre como entretenimiento, la hipertrofia de las sensaciones y los sentimientos, etc. Este clima y estilo de vida estorba que entremos en nosotros para pensar, para buscar, para mantener vínculos con la tradición, para generar y dejar que se generen convicciones y certezas sobre las cuestiones básicas de la vida.

Los mártires, héroes de la fe, profesaban una firme esperanza. Se sentían peregrinos de la patria definitiva que es el Resucitado. Esa esperanza trascendente está empañada en amplios sectores de la población. Ciertos filósofos dicen que las representaciones religiosas de la esperanza son sombras chinescas proyectadas por la despensa; otros, que la pregunta por el sentido de la vida no tiene sentido; otros, que la esperanza trascendente es una quimera; otros dejan el asunto en puntos suspensivos; otros hablan de una trascendencia sin Dios»; otros ni se plantean la cuestión. La mentalidad de no poca gente puede reflejarse en estos versos de Antonio Machado: «Fe empirista: ni somos ni seremos. / Todo nuestro vivir es emprestado. / Nada trajimos; nada llevaremos»; la prosa común dirá: «a vivir, que son dos días», que traduce el viejo epitafio latino «Come, bebe, diviértete, ven». El guion de varias películas europeas recientes, muy centrado en la muerte, carece de todo eco religioso.

Por su parte, los transhumanistas creen que el desarrollo científico y la técnica permitirán producir en el cerebro y el cuerpo alteraciones radicales que darán como resultado la eliminación del envejecimiento, la mejora de las capacidades físicas y mentales e incluso la inmortalidad. A su vez, la clave teórica del abolicionismo es que la vida y el sufrimiento son separables; su principio práctico es el imperativo hedonista; su objetivo estratégico, la minimización del sufrimiento gracias a la biotecnología y la maximización de la felicidad. No queda espacio para las razones de sufrir y de morir.

Los mártires son ejemplo del amor más grande, de la desmesura del amor. De un amor que se desvive por el otro y de una voluntad de sufrimiento vicario hay muchos testimonios. Evocamos el de Machado: «Mi mujer era una criatura angeli­cal segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero por sobre el amor está la piedad. Yo hubiera preferi­do mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya». Pero si el amor, en una sociedad gaseosa, se reduce a pasión o a experiencia gratificante, no puede ser entrega duradera; sabrá poco de fidelidad, sabrá poco de piedad.

En las antípodas de una «civilización del amor» opera una «cultura de la muerte»: se justifica la eugenesia orientada a la eliminación de seres humanos; se autorizan atentados contra la vida del feto alegando los derechos de la libertad individual: «nosotras parimos, nosotras decidimos»; algo análogo sucede con la eutanasia, en que se descarta a incurables que son un gravamen para la sociedad; la explotación y opresión de personas y pueblos y la creciente brecha entre pobres y ricos pertenecen al mismo tipo de cultura.

En fin, el contagio de estilos de vida de una sociedad del bienestar puede convertirse para nosotros, claretianos, en un narcótico; la oposición ruidosa de ciertos ateos, la mirada desdeñosa de los «despreciadores cultos de la religión», marginada socialmente, pueden volvernos seguidores timoratos y clandestinos de Jesús y su evangelio. Los mártires son como tábanos que nos llevan a preguntarnos por nuestra jerarquía de amores, por nuestras reservas a vivir a fondo el don y el perdón, por el modo limpio de ser testigos de Dios en un mundo con escasas certezas y con tendencia a curvarse sobre sí. Esa voz de la sangre nos sigue llamando y nos pregunta cómo amamos, cómo oramos, cómo trabajamos y cómo sufrimos. Nos lleva a preguntarnos para quién caminamos, a quién seguimos.

 

Sugerencias para la oración

  1. Lecturas bíblicas: Mc 10,24-33; Rom 8,26-39; 12,1-2.
  2. Testimonios: «Me amó a mí y se entregó por mí» (Ga 2,20). «Con el corazón henchido de alegría santa, espero confiado el momento cumbre de mi vida, el martirio» (Juan Sánchez Munárriz).
  3. Preguntas: ¿Qué mensaje trae para mí el testimonio de nuestros mártires? ¿Cómo andan mi fe, mi esperanza, mi amor? ¿Cómo vivo el don y el perdón en la vida comunitaria?
  4. Película Un Dios prohibido o algunas escenas de la misma.
  5. Cantos: Mártires, de la Iglesia mártir, mártires (Directorio Espiritual, p. 328); Anunciaremos tu reino (Cantoral Litúrgico Nacional, nº 402); Canción del testigo (Cantoral Litúrgico Nacional, nº 404).