RETIRO 3: “NO LOS PUEDO ABANDONAR …”

No los puedo abandonar, con estas palabras, el P. Manuel Jové, encargado de un grupo de 14 formandos, asesinados el 26 de julio de 1936 en Lleida, expresaba no sólo su sentido de responsabilidad, sino, sobre todo, su sentido de solidaridad con los jóvenes estudiantes que le habían sido confiados. Pudiendo haber huido de manera egoísta y así salvar la propia vida (Lc 17, 33), optó por el auténtico sentido comunitario y de solidaridad cristiana, “hasta el fin”.

No los puedo abandonar, y no podía ser menos. Su vocación, cultivada particularmente a través de las letras y de la formación de los futuros misioneros, le llevaba a emular al Maestro: “No los dejaré huérfanos …” (Jn 14,18), “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

No los puedo abandonar, como tampoco puedo abandonar las más profundas convicciones que estrechan la comunión entre los discípulos de Cristo: la reconciliación y el perdón, la verdad y el bien, la justicia, el amor y la paz.

Reconociendo hoy la grandeza de este testimonio, similar en el corazón de los 109 claretianos que serán beatificados el próximo 21 de octubre, detengamos nuestra mirada contemplativa en el magisterio de su testimonio martirial. Para ello, centremos nuestra atención en el significado de esta comunidad que, siguiendo la exhortación del Apocalipsis, nos enseña a resistir, a testimoniar y a profetizar.

 

Una comunidad en resistencia

Nuestros hermanos mártires nos enseñan “a resistir” ante las ideologías o mentalidades dominantes. Habiendo podido sucumbir fácilmente a las pretensiones egoístas del poder, del tener o del placer, supieron mantenerse firmes en la esperanza de una nueva humanidad.

Resistencia ante los embates del poder en turno, había sido ya la actitud de los primeros cristianos reconfortados por el profeta del Apocalipsis:

“Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva –porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 1-4).

El sueño persistente de las comunidades de la Iglesia primitiva, amenazadas por el poder del imperio romano, no era otro sino el del derecho a vivir en libertad para profesar su fe en Jesucristo y vivir los valores del Evangelio. Sueño de felicidad y de justicia que les motivaba a resistir y a mantener viva la esperanza ante la violencia de un sistema opresor.

Como esos creyentes y como nuestros mártires, también hoy nos vemos urgidos a optar entre un auténtico camino de vida o la connivencia con los sistemas ideológicos de muerte imperantes.

Nos dice a este respecto el XXV Capítulo General de la Congregación:

“Nos preguntamos en qué medida nosotros también participamos de ese inmediatismo egoísta que está arrasando el mundo y nos sentimos llamados a denunciar la idolatría del dinero y el mercado y a impulsar la inclusión social de los pobres, el diálogo, la paz, la justicia y la defensa de la integridad de la Creación (JPIC). Unidos a Dios, queremos oír este clamor y responder a él con todas nuestras fuerzas (cf. EG 187-192), cooperar con la acción liberadora del Espíritu e identificarnos con el Cristo hecho pobre y siempre cercano a los pobres y excluidos (cf. EG 178, 186). No se trata sólo de alentar pequeños gestos hacia personas concretas, sino de empeñarnos con caridad y compasión en la instauración del Reino, en su llegada a todas las dimensiones de la vida de todas las personas, de todos los ámbitos de la convivencia social y de todos los pueblos” (MS 10).

Actitud de resistencia que no significa pasividad inerme, sino denuncia y empeño activo en la instauración del Reino, con nuestros pensamientos, palabras y acciones. La transformación de la humanidad y del mundo según el designio de Dios (CC 46; MS 21).

¿Cuáles son hoy las mentalidades y poderes ante los que habríamos de resistir? Además de lo característico de cada contexto socio-cultural (pobreza, inmigración forzada, corrupción, violencia, persecución, injusticia, secularismo, increencia, etc.), nuestro Capítulo General, en su declaración Missionari Sumus 6, nos ha indicado: la pérdida de la biodiversidad, el deterioro de la calidad de vida, la degradación social e inequidad planetaria, el consumismo, la exclusión, el riesgo de la desaparición de numerosas culturas y etnias lo cual -con toda la Iglesia- nos urge a unir a la familia humana para buscar un desarrollo sostenible e integral y hacer frente a la explotación insostenible alentada por el afán desmedido de poseer y un sistema económico radicalmente injusto (Cfr. LS 17-61).

Resistir de esta manera implicará ciertamente incomodidad e itinerancia. Dejar el terreno conocido, como dejaron nuestros mártires la paz de sus conventos y caminar, al igual que ellos, como Iglesia “en salida misionera”. Resistir, significará rechazar “el vino de la prostitución” (Ap 18,4b), denunciando y haciendo frente a las nuevas idolatrías, a la corrupción y al afán desmedido e inhumano de poder y de riquezas, que generan las luchas fratricidas.

No podemos abandonar esta actitud incómoda de una realidad opresora, aunque traiga consigo consecuencias.

 

Una comunidad martirial

Como en el Apocalipsis, la resistencia de una comunidad implicará optar conscientemente por una oposición al proyecto del imperio, luchando al mismo tiempo por otro proyecto alternativo; una resistencia propositiva. También será una resistencia activa que enfrenta la intolerancia (Ap 12,11). Si las armas del imperio para imponer su modelo son la fuerza armada, la corrupción y la idolatría; las armas de los discípulos de Cristo serán el testimonio de la Palabra de Dios y de Jesús (Ap 1,2.9; 12,17; 19,10; 20,4). Pero esto provocará la activación de las alarmas de quienes dominan y el testimonio se convertirá en piedra de escándalo y motivo de persecución.

Ser testigo es una misión arriesgada y peligrosa, que fácilmente conduce por el camino del sufrimiento y de la muerte. El punto máximo del testigo cristiano es su disposición, si fuere necesario, a compartir la misma suerte del Cordero “degollado, pero de pie” (Ap 5,6): el misterio de la Pascua como la gran paradoja del creyente.

Así lo testifican nuestros mártires de 1936, como también los numerosos claretianos “testigos” hoy -en diversas partes del mundo- de la debilidad y del poder de la cruz; testigos hoy del amor solidario que sabe enfrentar con pasión las contrariedades por la causa humana, que es la causa del Evangelio. Desde esta óptica y en fidelidad al espíritu de las Constituciones, el claretiano aprenderá a perder la vida por el Evangelio, será solidario de los hombres que padecen enfermedad, dolor, injusticia y opresión y, por esa causa, nada le arredrará y lo soportará todo a fin de hacer llegar la salvación y la vida a todos los hombres, nuestros hermanos (CC 44).

El “premio” para estos testigos, será convertir su muerte por la causa del Reino en signo profético de la victoria que comparten con el Cordero, pues también él ha enfrentado a la bestia y la ha vencido (Ap 12,11).

No podemos abandonar nuestra adhesión existencial al proyecto de Jesús para que todo lo creado viva y viva en plenitud.

 

Una comunidad profética

La profecía es esencial a una comunidad cristiana como la protagonista del Apocalipsis. Ella, además de su fortaleza para el anuncio y la denuncia, refleja el llamado de Dios para estar al servicio del ser humano, especialmente de los excluidos por el sistema.

Como nuestros hermanos mártires claretianos que se sabían, además, herederos de un Fundador también mártir y profeta: vocacionado por Dios y bendecido con una especial sensibilidad ante los males de su tiempo, denunciador de las actitudes de descarte y exclusión, perseguido y herido por su fidelidad a la causa de Jesús, espejo de las actitudes referidas en la “definición” del Hijo del Inmaculado Corazón de María (Aut 227. 424).

Nuestros mártires desempeñaban o se preparaban a conciencia para ejercer su ministerio misionero en un contexto hostil y lo hacían desde una conciencia crítica. Algo así como el “librito” que se debe devorar (Ap 10,9-10, cf. Ez 2,7-3,69), es decir, no se contentaban con conocer el libro de la historia (Ap 5,1-6), sino que lo interiorizaban para transformarlo en fuente de vida.

La conciencia crítica de una comunidad profética, como ésta, se alimenta de un análisis minucioso de la realidad, de su cercanía a la cotidianidad del pueblo y de claves cristológicas como la justicia, la verdad, la misericordia, la equidad, la fidelidad, la audacia, la ternura… Con estos insumos, el profeta y la comunidad profética están listas para enjuiciar al imperio de la iniquidad. Pero también son conscientes que el camino de la profecía es de sabor agridulce, como un “librito que amarga las entrañas, pero que en la boca es dulce como la miel” (Ap 10,9b).

La profecía es dulce porque viene de Dios y por los momentos de “cielo” que se viven en la solidaridad de quienes comparten la misma causa, en sus fiestas, en su liturgia y en su caminar como comunidades que con la alegría del Evangelio peregrinan hacia el Reino. También es amarga, porque el imperio, a través de la calumnia, la persecución y la muerte, busca aniquilar a quienes desvelan sus oscuros intereses. Los dos testigos-profetas del capítulo 11 del Apocalipsis son una clara muestra del desprecio y de la muerte de que son objeto quienes incomodan al sistema.

El profeta del Apocalipsis sabe que su tarea fundamental es no participar de los pecados del imperio del mal, sino enjuiciarlo. La comunidad profética está en capacidad de juzgar la actitud deshumanizadora, hasta entonces dominante porque, conociéndola, ha tenido el valor de resistir.

Las comunidades proféticas se decantan por el proyecto de Dios colaborando con Él, activamente, desde una conciencia que resiste, lucha y es capaz de vencer ética, cultural y espiritualmente al imperio.

Una comunidad profética y apocalíptica, se hace así poseedora del “lucero del alba” (Ap 2,28), que con su brillo anuncia el final de la noche y la alegría de la luz de un nuevo día.

Con Jesús, fruto bendito del vientre de la Mujer victoriosa, nuestros mártires y nuestras comunidades proféticas son arrebatadas de las fauces del dragón devorador y pueden cantar desde su dolor y su esperanza: “ha llegado la victoria, el poder y el reinado de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo; porque ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos (…) Ellos lo derrotaron con la sangre del Cordero y con su testimonio, porque despreciaron la vida hasta morir.” (Ap 12, 10-11).

No podemos abandonar la realidad y dejar de verla desde la mirada de Jesús sin resistir, testimoniar y profetizar.

 

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL / COMUNITARIA

  1. En tu contexto socio-cultural ¿cuáles son hoy las mentalidades e ideologías imperantes que obstaculizan el Reino de Dios y cómo, en cuanto misioneros, tendríamos que ser críticos ante ellas mediante una “resistencia activa”?
  2. Herederos de los sueños misioneros de los mártires ¿Cómo hacer realidad la “conversión pastoral” que lleve a tu comunidad a las periferias, a los nuevos escenarios del diálogo profético y a la defensa de la vida? (MS 67). Propón un compromiso sencillo y concreto.
  3. ¿Qué implicaciones tendrá el dejarnos “trans-formar” hoy, para crecer como discípulos, testigos y mensajeros de Jesús, “en salida misionera”? (MS 75). Señala sugerencias para la formación continua personal y comunitaria.

LECTURAS RECOMENDADAS

 

  1. De la Declaración del XXII Capítulo General de la Congregación “En Misión Profética”

También nosotros, elegidos por Jesús y ungidos por el Espíritu, nos sentimos llamados a dar continuidad «hoy» a esta admirable tradición misionera y profética. Sólo cuando hay coherencia entre el anuncio y la vida, la profecía se hace persuasiva (cf VC 85).  Nuestra vida personal y comunitaria es, entonces, nuestro primer acto profético. Sólo vivimos auténticamente cuando vivimos «en Cristo Jesús». Por eso, hemos de «contemplarlo asiduamente e imitarlo, penetrados de su Espíritu, hasta que ya no seamos nosotros mismos los que vivamos, sino que sea Él quien realmente viva en nosotros» (CC 39). Es nuestro deseo no «anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive» (VC 84).” (EMP 19).

 

  1. “Amenazados de resurrección” (Por: José Calderón Salazar, periodista guatemalteco)

Dicen que estoy “amenazado de muerte”… Tal vez. Sea ello lo que fuera estoy tranquilo. Porque si me matan, no me quitarán la vida, Me la llevaré conmigo, colgando sobre el hombro, como un morral de pastor…

A quien se mata se le puede quitar todo previamente, tal como se usa hoy, dicen: los dedos de la mano, la lengua, la cabeza… Se le puede quemar el cuerpo con cigarrillos, se le puede aserrar, partir, destrozar, hacer picadillo… Todo se le puede hacer, y quienes me lean se conmoverán profundamente, y con razón.

Yo no me conmuevo gran cosa, porque, desde niño, alguien sopló a mis oídos una verdad inconmovible que es, al mismo tiempo, una invitación a la eternidad: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitar la vida”.

La vida -la verdadera vida- se ha fortalecido en mí cuando, a través de Pierre Teilhard de Chardín, aprendí a leer el Evangelio: el proceso de la Resurrección empieza por la primera arruga que nos sale en la cara; con la primera mancha de vejez que aparece en nuestras manos; con la primera cana que sorprendemos en nuestra cabeza un día cualquiera, peinándonos; con el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se deslíe y se aleja, de pronto, frente a nuestros ojos…

Así empieza la resurrección. Así empieza, no eso tan incierto que algunos llaman “la otra vida”, pero que en realidad no es la “otra vida”, sino la vida “otra”…

Dicen que estoy amenazado a muerte… De muerte corporal a la que amó Francisco.

¿Quién no está “amenazado de muerte?” lo estamos todos desde que nacemos. Porque nacer es un poco sepultarse también…

Amenazado de muerte. ¿Y qué? Si así fuere, los perdono anticipadamente. Que mi cruz sea una perfecta geometría de amor, desde la que puedas seguir amando, hablando, escribiendo y haciendo sonreír, de vez en cuando, a todos mis hermanos los hombres.

Que estoy amenazado de muerte… Hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor…

Están equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos “amenazados” de resurrección. Porque además del Camino y de la Verdad, es el de la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo…

 

  1. De una entrevista con el Beato Oscar Arnulfo Romero, Mártir, Obispo de San Salvador (marzo de 1980):

“He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.”

“El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea la semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad.”

“Puede usted decir si llegasen a matarme que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá si, se convencieran que perderán su tiempo. Un Obispo morirá pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás.”