RETIRO 2: VIRTUDES MARTIRIALES

MEDITACIÓN

            La Congregación tiene una dilatada experiencia martirial en su corta historia de vida. La sangre derramada en el atentado de Holguín es el preludio de toda la que se ha derramado hasta nuestros días como confesión del Nombre de Jesucristo por los Hijos del Inmaculado Corazón de María. Agresiones que en su momento resultaron repugnantes hoy nos hacen sentir orgullosos porque es la mejor señal de que la Congregación ha sabido remover conciencias con el testimonio de su amor a Dios y el anuncio de Jesucristo.

De una manera muy particular el odio a la fe se cebó con nuestros hermanos en la guerra fratricida que dio comienzo en España en el año 1936[1]. La beatificación del 21 de octubre del 2017 viene a reconocer la palma del martirio de 109 claretianos, que como granos de trigo cayeron en tierra para germinar en nosotros virtudes como la esperanza, el perdón, la libertad, la fidelidad y la fortaleza.

¿Por qué a lo largo de la historia la palabra “mártir” ha rotulado con tanta frecuencia el santoral cristiano? Por la muerte de Jesús, como sacrificio supremo de amor. Jesús, adelantándose proféticamente a su muerte, exhorta a todos los que serán sus discípulos a tomar cada día la cruz y a seguirlo por el camino del amor total a Dios Padre y a la humanidad: “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentra su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,38-39). Es decir, el mártir sigue al Señor hasta las últimas consecuencias en una prueba suprema de fe y amor.

Veamos cada una de las virtudes, anteriormente citadas, que adornaron a nuestros hermanos mártires y que pueden ser a lo largo de este día de retiro objeto de nuestra oración y deseo, para que nuestra vida se vaya transformando cada vez más a imagen de Cristo crucificado.

  1. La esperanza

“Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa” (Heb 10,23).

Nuestros mártires se confiaron en las manos de Aquel que poco después los iba a recibir en su Reino. Así han celebrado ellos su victoria, una victoria que ningún asesino les podrá arrebatar. El nombre de Jesús y del Corazón de María susurrado, y en ocasiones gritado y cantado, en el último momento es como el sello de su martirio. Ellos dieron un salto en el vacío, al igual que la trapecista espera ser agarrada en su caída por el portor[2]. Dios fue el “portor” de nuestros hermanos, y lo seguirá siendo de cada uno de nosotros en la medida en que nos abandonemos a Él. La fe tiene sus riesgos, y los asumieron, y descubrieron que la esperanza que tenían en la Vida Eterna no defrauda.

La esperanza de los mártires es una llamada a seguir cultivando nuestra unión con Cristo. Solo pasando largos ratos en adoración asidua evitaremos la vaciedad de toda forma de idolatría que nos disperse de Dios y no olvidar cuál es nuestra Patria definitiva[3].

  1. El perdón

“Jesús decía: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’” (Lc 23,34).

Nuestros mártires se configuraron también con Cristo en su pasión perdonando a sus verdugos. Estremece el perdón del Hno. Fernando Saperas después de quince horas de provocaciones y vejaciones. Es una gracia de Dios poder morir con el corazón sereno y en paz, sin llevarse a la tumba la más mínima semilla de rencor. Nuestro Santo Fundador, después de los años más duros de calumnias en su etapa de Madrid, sintió esta gracia; en los mártires la gracia del perdón no admite demoras. Es una gracia que florece por el ejercicio del deseo. El perdón que ellos daban a sus asesinos indica la madurez espiritual que habían alcanzado a estas alturas de su vida.

Nuestros mártires nos enseñan a perdonar en el marco de nuestras comunidades, pues nuestra vida en común puede pasar en algunos momentos por la sombra de la traición y la marginación. El perdón pedido y ofrecido con humildad es una de las actitudes que reedifica nuestras comunidades. No es casualidad que en nuestro XXV Capítulo General nos hayamos propuesto “ir configurando nuestras comunidades como signo escatológico de unidad, paz y reconciliación[4]. El testimonio de nuestros mártires nos ayudará a relativizar la nimiedad de muchas ofensas, olvidos, etc.

  1. La libertad

¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza” (Rm 8, 35-36).

Solamente es libre aquel que se mantiene íntegro e inquebrantable ante los valores absolutos de su vida. Cristo es el modelo supremo de libertad porque no claudicó ante el mal y fue obediente al Padre por amor a la humanidad herida. Nuestros mártires tampoco claudicaron a las insidias que sufrieron para negar el Amor de sus vidas. Estuvo al alcance de ellos salvar la vida con solo quitarse la sotana, o dar un grito contrario a sus ideales, o tomar a una mujer…, y no lo hicieron, porque no podían negar a Aquel que dio la vida por ellos.

Ellos son también modelo de integridad para nosotros ante la tentación de dejamos seducir por la secularidad del mundo y vivir con falta de radicalidad evangélica: ocultando nuestra identidad, obviando dónde está la verdad para granjearnos el aprecio y la simpatía de los demás… Tenemos que poner todos los medios posibles para estar bien arraigados en Cristo y no ser como peonzas que giran sobre sí mismos y a merced de las modas, tendencias y poderes de este mundo. La libertad consiste en no dejarse manipular por lo que no es Dios y solo ante Él inclinarnos.

  1. La fidelidad

No tengas miedo de lo que vas a padecer…Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida… El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda” (Ap 2,10-11).

Hoy en día se da una fuerte crisis de fidelidad en todos los estados de vida, porque el hombre rechaza estar encadenado al pasado por el miedo al error y a la ingenuidad. Este miedo tiene su raíz en el relativismo moral. El papa Francisco ha advertido en varias ocasiones como la Vida Religiosa se desangra por las continuas defecciones al seguimiento radical de Cristo.

La entrega a Dios no puede ser en abstracto, ni a unas leyes, normas, costumbres o ideas, sino que ha de ser por medio de Alguien cuyo Rostro y Nombre están grabados en el corazón y en función del cual se “sueña” razonablemente. Si este Rostro y este Nombre se encuentran difuminados fácilmente se dibujarán con nitidez “otros rostros” y “otros nombres” que cautivarán nuestro corazón.

Nuestros mártires fueron fieles al único Rostro y Nombre que salva: Jesucristo. El amor a Jesucristo se explicita en ellos, como decía un Superior General[5], “en una fuerte resonancia de aquellos amores que los hacían hermanos: a la Palabra de Dios, a la Eucaristía, al Corazón de María, al P. Fundador, a la Congregación y a su misión”.

Nuestros mártires tienen mucho que enseñarnos ante la falta de cuidado en el cultivo de la propia vocación, pues podemos perseverar toda la vida en la Congregación y no ser fieles. ¡Esto es una triste desgracia!, que se manifiesta con la falta de alegría y de compromiso.

  1. La fortaleza

“No tengáis miedo a los matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28).

La fortaleza, don del Espíritu Santo, le fue concedida a nuestros mártires por medio de la comunidad, la oración y la eucaristía. Se sintieron sostenidos en su debilidad, y muy bien podían decir como San Pablo: “Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Co 12,10).

Los mártires nos enseñan a cimentar nuestra vida sobre las bases firmes de la comunidad, la oración y la eucaristía. El cristiano es un desarmado de Dios[6] y este desarme desafía la razón humana. Elocuente invitación a la vivir como claretianos la virtud misionera de la mansedumbre[7].

Conclusión

Lo más normal es que ninguno de nosotros vivamos el martirio como nuestros hermanos, pero es posible y necesario vivir hoy en día un “martirio espiritual”. Se trata de vivir un ejercicio diario por amor al Señor de las virtudes misioneras. Es el deseo de seguirle y cumplir con su gracia lo más fielmente posible su voluntad. Es sufrir con paciencia las adversidades que a cada uno le supone el aceptar, día tras día, las flaquezas propias y del prójimo. Es sufrir el rechazo por la integridad del anuncio del Evangelio.

Confiamos a la intercesión de nuestros mártires y de Corazón de María este inmenso don que nos asocia y configura con Cristo.

 

PREGUNTAS PARA LA ORACIÓN PERSONAL Y EL DIÁLOGO EN COMUNIDAD

Sirviéndonos de la meditación y de los textos de la Palabra de Dios interpolados nos podemos hacer las siguientes preguntas:

  1. La esperanza: La esperanza se cultiva en la unión con Cristo y nuestro último Capítulo General nos invita a ser “adoradores de Dios en el Espíritu”, ¿cómo cultivas y cómo debes cultivar la unión con el Señor?
  2. El perdón: La comunidad es don y tarea. Dios, contando con nuestra colaboración, edifica nuestras comunidades, entre otras cosas, con el perdón y la sanación de las propias heridas. ¿Qué dimensiones o espacios de nuestra vida comunitaria (oración, eucaristía, comidas, recreación…) tenemos que reparar?
  3. La libertad: ¿Qué cosas tenemos que revisar a nivel personal y comunitario para revitalizar la radicalidad del seguimiento de Cristo al que estamos llamados?
  4. La fidelidad: ¿Qué situaciones crees que se pueden filtrar en nuestras comunidades como una forma sutil de fallar a la fidelidad al Señor?
  5. La fortaleza: ¿Vivo con valor mi identidad religiosa y el anuncio del Evangelio?

 

CELEBRACIÓN COMUNITARIA

(La presente celebración se puede tener tal como se presenta o tomar algunos de sus elementos para incorporarlos a la Liturgia de las Horas que celebremos o a la Eucaristía).

  1. Ambientación

El 21 de octubre del 2017 la Congregación tendrá (tuvo) la dicha de contar entre sus miembros con 109 beatos mártires de la persecución religiosa del 36. La sangre de nuestros hermanos es un testimonio que grita y confiesa a Cristo. Hoy le damos gracias a Dios por el testimonio de fidelidad que nos dejaron e imploramos la intercesión de ellos para que nos configuremos con Cristo crucificado en la misión que desempeñamos.

  1. Himno: “No me mueve, mi Dios, para quererte” (Liturgia de las Horas – Cuaresma)
  2. Salmo 116 (114-115):Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante”
  3. Texto del Nuevo Testamento: 1Pe 1,3-9
  4. Reflexión. (Tomada de la Carta Circular “Misioneros Mártires” del P. Josep Mª Abella cmf.)

“¡Viva Cristo Rey!” “¡Viva el Corazón de María!” ¿Qué expresaba aquel grito con que nuestros hermanos mártires entregaban su vida? Estamos tan acostumbrados a escuchar o a leer la historia del martirio de nuestros hermanos que parece como si estas expresiones fueran una parte necesaria del relato… Nuestros hermanos mártires, al final de sus vidas, gritaban aquello por lo que habían vivido y por lo que consideraban que valía la pena incluso morir. Las palabras se cargan de un profundo sentido más allá de lo que estas frases puedan significar dichas en otros contextos.

Me parece que, a través de estas expresiones, nuestros hermanos expresaban su fe, reafirmaban su fidelidad vocacional y proclamaban su esperanza. A través de ellas asoma el testimonio de una vida centrada en Cristo y en el Reino, una vida que solo desde Él tenía sentido. Por ello fueron capaces en aquel momento de descubrir, también desde Él, el sentido de su muerte como último acto de adhesión a los valores que habían inspirado su camino y llenado su corazón de proyectos y esperanzas. Su grito nace de una experiencia profunda que había conformado su vida y ahora llenaba de sentido su muerte. Llenos de confianza, se entregaban en las manos del Padre que los llamó y de la Madre que siempre los acompañó.

  1. Silencio (música ambiental)
  2. Peticiones: Libres
  3. Padrenuestro
  4. Oración final

Padre santo, que derramaste en nuestros hermanos mártires especiales dones de amor a Jesucristo y al Corazón de María, fidelidad a su vocación misionera, perdón de los enemigos y fortaleza en el martirio; concédenos superar con valentía las dificultades de esta vida, para encontrarnos con ellos en la Patria celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor.

  1. Canto final: Directorio espiritual, pág. 338, nº 273.

Canción del misionero (“Jesús, ya sabes, soy tu soldado”)

[1] 259 claretianos mártires.

[2] Acróbata que tiene por función agarrar a la trapecista en el salto.

[3] cf. MS 74.3

[4] MS 48.1

[5] P. Josep Mª Abella, Misioneros mártires. Carta circular con motivo de la beatificación de los mártires claretianos de Sigüenza, Fernán Caballero y Tarragona, Roma 2013. Pag. 7 (nº. 5)

[6]Dijo entonces Jesús a Pedro: ‘Mete la espada en la vaina. El Cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?’” (Jn 18,11).

[7] Aut. XXV.