RETIRO 1: FORTALECIDOS POR SU TESTIMONIO

 

Con ocasión de la beatificación de 109 mártires claretianos

Tiempo de agradecer

El 22 de diciembre de 2016 llegaba la noticia, recogida en el Osservatore Romano, de la publicación del Decreto de la beatificación de los mártires Mateo Casals, sacerdote, Teófilo Casajús, estudiante, y Fernando Saperas, hermano, y compañeros, 109 en total, todos pertenecientes a nuestra Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado de María (Claretianos). Fueron inmolados en la guerra civil española, acaecida entre 1936 y 1937. Estos hermanos nuestros son ahora propuestos a nuestra veneración como testigos privilegiados del amor a Dios. Su ejemplo e intercesión alientan en nosotros “una pastoral de la fidelidad a la vocación” (MS 31) y nos trazan el camino hacia la plena alegría del evangelio, la aspiración más profunda de nuestro corazón misionero.

Con este retiro queremos exultar a Dios por el don de estos nuevos beatos. Con ocasión de estas beatificaciones, volvemos a contemplar “con gran alegría el amor, aprecio y fidelidad a la vocación demostrados por tantos misioneros claretianos de todos los tiempos y procedencias” (cf. MS 28). Reconocemos agradecidos que el Señor nos ha bendecido generosamente por lo que dejaron a su paso por la tierra. Nos estimula también su ejemplo y el reconocimiento eclesial de su testimonio (Cf. MS 36). Y oramos para que muchos sigan su ejemplo y aumente el número de los buenos obreros en la viña del Señor.

El tesoro del martirio

Desde sus primeros tiempos, el tesoro más precioso de la Iglesia ha sido el testimonio de los mártires. Es “mártir” quien acepta “morir por la fe y de forma libre y resignada” (K. Rahner)[1]. El martirio es un espectáculo que sigue impresionando a muchos.

El martirio de estos hermanos nuestros, cuya memoria ahora veneramos, vino determinado por circunstancias perversas e implacables. Aunque murieron de formas diversas, en todos ellos una nota común inconfundible: cada uno de ellos reproduce la muerte y resurrección de Cristo en la cruz. Se cumple así en ellos la palabra profética de Jesús: “Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20).

Pero evitemos confusiones. Durante la persecución religiosa de la España del 36, nuestros mártires no fueron combatientes armados de la resistencia. Tampoco fueron revolucionarios fanáticos atraídos por mesianismos ideológicos; ni siquiera opusieron resistencia rabiosa y violenta en su desesperada y extrema situación.

Nuestros hermanos mártires recibieron el don supremo de asemejarse al Señor, quien derramó su sangre por amor venciendo el odio y la violencia y, paradójicamente, haciendo surgir vida de la muerte.

Mostraron cómo en su alma habitaba el amor más grande porque “nadie tiene amor mayor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Cargaron con la cruz de la persecución, del arresto y de la muerte. Confiaron en Dios desde una fe “probada como el oro que pasa por el fuego” (cf. 1 Pe 1,7), sin ceder a la tentación del abandono ni renegar de su condición de misioneros. Sabían que lo que verdaderamente mata la vida no es el sufrimiento, sino negar a Cristo. Su martirio probó la autenticidad y la consistencia de su consagración a Dios sumamente amado.

La misteriosa razón del martirio

El martirio no tiene otra razón que “el amor más grande” (cf. Jn 15,13). Fuera del amor de Dios no hay razón alguna que lo justifique. “Quitad lo sobrenatural y no encontrareis lo natural, sino lo antinatural”, sentenciaba Chesterton. Y ¿cómo era ese amor?

  • Un amor amenazado. Su martirio, como todo martirio, demuestra ante todo el “odium fidei” (odio a la fe) en sus dramáticos excesos. Cristo pagó con la muerte su oposición al «mundo». Esa misma oposición se continuó en contra de quienes tratan de seguirle con coherencia. Como afirmaba san Agustín: “No es el sufrimiento, sino su causa, lo que hace auténticos mártires”[2]. Nuestros mártires desenmascaran el misterio de la iniquidad y sus “culturas difusoras de muerte” (MS 14). Si toda muerte es en sí misma terrible, la muerte provocada por la maldad humana lo es en grado superlativo.
  • Un amor sufriente. El martirio de nuestros hermanos fue ejemplarmente cristiano. Su muerte fue no sólo injusta, sino también muy cruel. Su fe no les evitó el dolor ni anestesió su sensibilidad. Pero sí que manifestó cómo es posible padecer cuando el dolor va unido a la esperanza. Murieron con dignidad. La desesperación no logró doblegarles el alma. Resueltos a ser fieles a sus compromisos misioneros, el momento de morir les brindó la última ocasión de tomar entre las manos sus vidas y devolvérselas a su Creador. Entonces sí que pudieron entregarlo todo a Dios.
  • Un amor fuerte en el perdón. El perdón es la única herramienta capaz de hacer añicos las cadenas del odio. Al perdonar a sus verdugos, ellos actualizaron el mismísimo gesto que desde la cruz pronunció el Testigo Fiel: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Nuestros hermanos mártires no hicieron otra cosa que poner en práctica aquella enigmática petición del Crucificado. En ese relámpago de luz que acompañó su muerte, derrotaron a sus verdugos con el perdón. Hablaron con su silencio más que con sus palabras: «Non loquendo sed moriendo».
  • Un amor resucitado. El mal y la muerte no tienen la última palabra, ni son el final fatal. Lo certifica la palabra veraz del Señor Jesús que conoce las dos caras de la realidad. Nuestros hermanos creyeron en el Resucitado y por eso la violencia de la muerte no fue capaz de ahogar sus esperanzas. Fortalecidos por el Espíritu “vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron y no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12,11). No protegieron avaramente su vida terrenal como valor máximo, porque creyeron al Resucitado.

Magisterio de nuestros mártires

Desde el borde del martirio no hay posibilidad de engaño. Es al final de la vida cuando rubricamos con autenticidad aquello en lo que verdaderamente hemos creído. La proximidad de la muerte fulmina la vana palabrería, la hipocresía y la falsa fe. Después de muertos, nuestros flamantes beatos nos siguen hablando desde la cátedra del ejemplo. Sus vidas, que deben ser conocidas, divulgadas y admiradas, constituyen un trampolín que nos lanza a abrazar “los procesos de transformación que el Espíritu nos inspira” (MS 65), para dar eficacia a nuestro testimonio. Las palabras y gestos de nuestros mártires nos transmiten, al menos, tres preciosas consignas de vida:

  • PRIMERA: Hacer visible la fidelidad. Ellos nos espolean a orientar bien nuestro corazón. Pero, ¿hacia dónde? El día de nuestra profesión religiosa abrazamos “la decisión de caminar en una vida nueva, orientando el corazón hacia Dios” (cf. CC 52). Ante ese horizonte, el martirio del amor cotidiano (“martirio blanco” le llaman) y el martirio de sangre se completan y se reclaman el uno al otro. Nuestros hermanos mártires nos señalan hacia allí. Quien tiene una sólida razón para vivir, afronta las pequeñas o grandes contratiempos y renuncias sin victimismos ni deserciones. La batalla de la fidelidad se libra no sólo ni principalmente en la montaña del heroísmo, sino sobre todo en las llanuras de la vida cotidiana.
  • SEGUNDA: Librar el combate de la fe. Nuestros mártires nos muestran, además, que vivimos en un mundo complejo, donde operan los poderes del mal que nos apremian a organizar nuestra vida desde la mundanidad, los placeres o el poder. ¡No sucumbamos ante esa táctica concordista! La fidelidad a la vocación puede abocarnos a peligrosos aprietos no buscados ni esperados. En esa permanente refriega contra el mal nos va la vida y, a veces, también la muerte. Podemos morir por enfermedad, por accidente, por vejez y decrepitud… Pero no olvidemos que la manera eminentemente evangélica de morir es pascual, como la de Jesús, a quien “no le quitan la vida, sino que es él mismo quien la entrega” (Jn 10,18).
  • TERCERA: Acoger a María al pie de la cruz. Cristo eligió la vocación de sufrir y de morir por la salvación del mundo. María no estuvo ausente de esa misión. Ella avanzó en la fe y permaneció al pie de la cruz colaborando en la redención del mundo y asumiendo su papel de madre del discípulo amado (cf. Jn 19,27). Es claro que cuantos a lo largo de los siglos sigan a Cristo han de subir con Él al altar de la cruz. Abrazados a ese destino acojamos a María como madre, “que ora por nosotros para que venga el Espíritu y llegue la victoria definitiva contra el mal” (MS 73). Los misioneros claretianos sabemos muy bien-y jamás lo podremos olvidar- que un hijo del Corazón de María “no piensa sino en orar, trabajar, sufrir…” y acaso también morir bajo la mirada de la Madre.

Concluyendo

Lecturas recomendadas: “Calendario Claretiano” (Publ. Claretianas, 2008)

·         Siervo de Dios, Hno. Fernando Saperas, mártir de la castidad (pp. 271-276)

·         Siervos de Dios P. Jaime Girón y compañeros mártires (pp. 407-412)

Nuestro retiro no es solo un homenaje que desempolva el recuerdo de 109 nuevos beatos mártires. Cuando “miles de cristianos sufren hoy la persecución de la fe” (MS 11) ellos nos incitan con el poder de su ejemplo a “testimoniar la primacía absoluta de Dios y de su Reino” (MS 3,4). Nuestros mártires atravesaron el túnel oscuro del martirio, y al final vieron la luz más radiante y oyeron la música más hermosa. Una Congregación que cuente con hermanos de tan alta talla, aunque sea pequeña en número, si es fiel a sí misma es… ¡muy grande! Y su futuro es… ¡espléndido! Porque spe salvi facti sumus (cf. Rm 8, 24).

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL-COMUNITARIA

  1. ¿Qué llamadas percibo desde el testimonio de nuestros hermanos, los Claretianos mártires, que serán beatificados el 21 de octubre de 2017? ¿Qué me hacen descubrir? ¿A qué me invitan?
  2. La persecución, la calumnia, la oposición a la fe,… ¿de qué manera se dan en el contexto en el que vivo? ¿Cómo afrontarlos evangélicamente?

[1] K. Rahner, Dimensiones del martirio en «Concilium» 183 (marzo 1983) pp. 321-324

[2] In Ps 34; Sermo 2,13: PL 36, 340.