P. ANDRÉS SOLÁ MOLIST, MÁRTIR CLARETIANO EN MÉXICO

Hace algo más de doce años, concretamente el 25 de octubre de 1992, celebrábamos con gozo la beatificación de nuestros cincuenta y un hermanos mártires de Barbastro.

Vivimos aquel acontecimiento como una gracia, que tuvo una resonancia muy positiva en la vida de muchos claretianos y marcó profundamente a quienes se encontraban en aquel momento en el proceso de formación inicial. Muchos claretianos jóvenes escribieron al P. General expresando su disponibilidad para la misión universal de la Congregación motivados por el testimonio de los Mártires.

Como Congregación quisimos responder a la gracia de la beatificación con el compromiso de  abrir de nuevo la misión en China continental. El establecimiento al año siguiente de la comunidad claretiana de Taiwan fue el primer paso en esa dirección. Estamos ya a punto de hacer realidad el sueño de una presencia estable en China continental.

Pero, por encima de todo, la beatificación de los Mártires de Barbastro constituyó una llamada poderosa a la radicalidad en el seguimiento de Jesús y a una entrega más generosa al servicio del Reino. Nos ayudó también a redescubrir el don de la comunidad como ámbito donde nuestra fe, siempre vacilante, crece y se consolida y en el que, a través de la solicitud de los hermanos, podemos experimentar de un modo siempre nuevo el amor del Padre que no nos abandona y que nos hace capaces de amar y perdonar.

Sabemos muy bien que la experiencia martirial de la Congregación no se agota en los cincuenta y un mártires de Barbastro. Otros muchos hermanos nuestros han sabido entregar sus vidas al Señor y a los hermanos dando testimonio con su muerte de su fe en el Dios de la vida. Desde el P. Francesc Crusats hasta el último hermano asesinado por mantenerse fiel a su misión, claretianos de edades y orígenes distintos han ido escribiendo la historia martirial de la Congregación. Ellos constituyen una parte muy importante de nuestro patrimonio espiritual.

Todos estos claretianos -sacerdotes, hermanos y estudiantes- son para nosotros puntos de referencia y signos evidentes de la dimensión martirial que acompaña siempre la vocación misionera.

  1. El P. Andrés Solá Molist

El Papa Juan Pablo II ha querido proponer a la comunidad de los creyentes como testigo del Evangelio al P. Andrés Solá Molist, misionero claretiano catalán, asesinado el 25 de abril de 1927 en el rancho San Joaquín, cerca de la ciudad de León, en México.

No tenemos una biografía detallada del P. Andrés Solá. De hecho, no es mucho lo que se puede contar de él. Nació en el municipio de Taradell, cerca de Vic, cuna de nuestra Congregación, el 7 de Octubre de 1895. La predicación de unos claretianos en su parroquia le hizo descubrir su propia vocación misionera. Profesó el día 15 de agosto de 1914 en Cervera y fue ordenado sacerdote en Segovia el 23 de septiembre de 1922. No sobresale especialmente en los informes de sus formadores. Sin embargo, su muerte nos revelará, más tarde, la solidez de su opción vocacional y la radicalidad de una vida misionera sin relieves especiales, pero llevada hasta el extremo de la entrega.

Destinado a la misión universal, encuentra en México, a donde llegó el 23 de agosto de 1923, su nueva patria y en los mexicanos su nuevo pueblo. Los amó profundamente como misionero y no los abandonó en el momento difícil de la persecución religiosa, cuando su presencia junto a ellos se hacía más necesaria. Supo ser fiel hasta el final al servicio pastoral que le pedía su gente.

 

  1. El contexto del martirio

Todos los martirios tienen su contexto: religioso, social, político. La grandeza del mártir está precisamente en mantenerse fiel a los valores que Jesús nos propone en el Evangelio y a la vocación que el Señor le ha dado para vivirlos y para ponerse al servicio de los demás. Saberse en las manos y en el Corazón del Padre y buscar el Reino y su Justicia por encima de todo es lo que sostiene al Mártir en su testimonio.

También, obviamente, el martirio del P. Solá tuvo su contexto. La Iglesia en México ha vivido momentos difíciles en las relaciones con el Estado a lo largo de su historia. La presidencia de Plutarco Elías Calles (1924-1928) representó la reconstrucción del país después de un período caracterizado por enfrentamientos entre movimientos armados y la vuelta a la legalidad; pero, a la vez, intensificó la persecución religiosa. Quiso aplicar la Constitución, incluyendo los artículos anticlericales, reforzados con nuevas disposiciones claramente atentatorias al derecho de libertad religiosa: prohibir ejercer el ministerio a los sacerdotes extranjeros, dejar que cada Gobernador limitase el número de sacerdotes, etc. Ante esto, los Obispos mexicanos emitieron una pastoral colectiva en la que informaban de la suspensión del culto como una forma de protesta contra el sometimiento de la Iglesia a un Estado que no reconocía la realidad del catolicismo. El pueblo de México se sintió agredido en lo más profundo de su fe y su cultura. Algunos grupos de católicos se organizaron en un movimiento de resistencia pluriclasista y de gran capacidad organizativa. En el Bajío (en especial en los estados de Guanajato y Jalisco, de profunda raigambre católica) muchos se levantaron en armas para defender su fe y su cultura. Los sacerdotes, en general, no simpatizaron con el movimiento armado. La gran mayoría de ellos tuvo que abandonar sus parroquias y ejercer clandestinamente su ministerio. El Gobierno los perseguía, expulsó a varios extranjeros y fusiló a unos 90, principalmente en el Bajío. En León (Guanajato), donde tuvo lugar el martirio del P. Solá y sus compañeros, fueron fusilados 18 sacerdotes. El 19 de marzo de 1927, cerca de León, los cristeros (grupos de resistencia armada contra el gobierno), liderados por Gallegos, descarrilaron un tren que transportaba pesos oro y, nuevamente, el 11 y el 24 de abril hubo descarrilamientos de trenes en Laredo. Era una de las formas de resistencia de los grupos cristeros. Nuestros mártires fueron acusados, en una especie de farsa de juicio, de haber participado en el ataque que, la noche del 23 al 24 de abril, hizo descarrilar el tren que se dirigía de México a Ciudad Juárez. Así lo afirma el General Sánchez en un telegrama al General Amaro, ministro de la guerra: “He sorprendido tres frailes en complot contra las autoridades constituidas, y a tres curiosos, consecuencia del complot el descarrilamiento de ayer”. En el telegrama le pedía instrucciones. La respuesta de Amaro fue rápida: “Fusílese para escarmiento a los frailes en el lugar de los hechos, curiosos dense libres”. Obviamente nada tuvieron que ver nuestros mártires con el descarrilamiento del tren. Todo ello fue una excusa para dar cierta formalidad al asesinato de los tres presos.

Lo cierto es que el presbítero Trinidad Rangel y el claretiano P. Andrés Solá fueron detenidos por ser sacerdotes y el seglar Leonardo Pérez por haber creído los soldados que también lo era. Ello aparece muy claramente en el momento de su detención. El P. Solá fue detenido por habérsele encontrado una fotografía en la que se le ve revestido con los ornamentos litúrgicos dando la primera comunión a una niña.  Así lo confirman también los testimonios que nos han llegado de las conversaciones que tuvieron lugar entre el P. Solá y los militares que lo custodiaron en el corto período de encarcelamiento que siguió a su detención.

Este es el contexto, descrito a grandes rasgos, en el que se encuadra el martirio de nuestro hermano. Será importante recuperar ahora, en cuanto nos sea posible, el proceso de su experiencia martirial para descubrir el sentido que tiene hoy para nosotros.

 

  1. El testimonio martirial de nuestro hermano

Ante la situación de persecución religiosa los miembros de la comunidad claretiana de León, a donde el P. Andrés Solá había sido destinado para atender al culto de la Iglesia e integrarse en el equipo de predicación de misiones populares, tuvieron que buscar refugio entre familias o personas amigas de la comunidad. Eran conscientes de los riesgos que corrían si seguían ejerciendo su ministerio. Los superiores le pidieron prudencia al P. Solá, aunque le dejaron ese espacio de libertad necesario para tomar la opción que creyera más oportuna en las especiales circunstancias en que se encontraban. La tensión entre la seguridad personal y la urgencia del servicio al pueblo es siempre el punto más difícil del discernimiento en estos casos. El P. Solá había ido conociendo al pueblo sencillo que encontró en su ministerio en la Iglesia de León, como predicador, o en el corto tiempo que estuvo al frente de una parroquia por encargo del Obispo. El pueblo mexicano penetró en su corazón misionero y sintió un gran cariño por él. La situación se fue complicando y, a partir del mes de febrero de 1926, se tuvo que refugiar en la casa de las Srtas. Josefina y Jovita Alba, desde donde siguió ejerciendo su ministerio. Conjugaba la atención a quienes participaban en las celebraciones o buscaban su consejo en la casa donde encontró refugio, con numerosísimas visitas que hacía, siempre con gran precaución, a las personas que requerían su presencia para alimentar su fe en aquellos momentos difíciles.

Tenía plena conciencia de los riesgos que comportaba su compromiso pastoral. Varios testigos afirman que comentó en algunas ocasiones que, aunque lo detuvieran, estaba convencido de que le aplicarían solamente la sanción prevista para los sacerdotes extranjeros que siguieran ejerciendo el ministerio: la expulsión del país. Puede ser verdad que su condición de extranjero le diera cierta confianza, pero no lo es menos que era muy consciente de que el martirio se vislumbraba como una posibilidad en el camino que había emprendido. Le escribe al P. Pau Aguadé, compañero suyo de noviciado y amigo íntimo, el 9 de febrero de 1927: “No recuerdo si le diría alguna vez a V.R. en el colegio que tenía gran deseo de ser mártir. ¡Quién sabe si ahora el Señor me concederá esta gracia! Si así fuera, que acepte mi sangre por el triunfo de la Iglesia católica en México”. No cabe la menor duda de que la posibilidad del martirio apareció más de una vez en la mente del P. Solá y que tuvo que ir asumiéndola en su proyecto de vida. Me imagino que fue un tema que marcó su itinerario espiritual durante aquellos meses y que, por ello, se encontró preparado cuando tuvo que afrontarlo concretamente. La llamada del pueblo, que le pedía seguir a su lado para ayudarle a mantener su fe y su esperanza en aquellos momentos difíciles, pudo más que sus temores y los repetidos consejos de prudencia -o de abandonar la tarea- que seguramente recibió de muchos.

Finalmente llegó la ocasión de afrontar concretamente esa eventualidad que sabía que podía llegar en cualquier momento. Fueron detenidos hacia el mediodía del 24 de abril y llevados al Seminario que hacía las veces de comandancia militar. El ambiente con que se encontraron les hizo ya prever que llegaba el final de su Via Crucis. Las autoridades militares estaban decididas a matarlos y la razón para ello era su condición de sacerdotes. Ninguno de los tres fue sorprendido en el momento de cometer el “delito” de ejercitar el culto en público. Si eran condenados a muerte era únicamente por el hecho de ser sacerdotes dos ellos, los PP. Rangel y Solá, y por haber sido considerado como tal el Sr. Leonardo. Las expresiones de rechazo y odio hacia sus personas como sacerdotes que tuvieron que escuchar de labios de las autoridades militares no les dejaron lugar a dudas. Había llegado el momento de aceptar aquello que sabían podía acontecerles. Era el momento en que necesitaban echar mano de los recursos espirituales que habían ido cuidando durante su vida, especialmente en los últimos tiempos de persecución.

Hacia las ocho de la tarde les hicieron subir al tren que iba a conducirles al lugar del martirio: los tres mártires y tres jóvenes, frecuentadores de las reuniones del grupo de personas que se encontraban en la casa donde se escondía el P. Solá y que serán quienes nos narrarán algunas vicisitudes del camino martirial. El tren se detuvo en Lagos toda la noche, seguramente por temor a nuevos asaltos. Por la mañana reemprendió su marcha y el P. Solá y sus compañeros comprendieron que se estaba acercando la hora del testimonio final. Eran conscientes de ello. Todos convinieron en gritar “¡Viva Cristo Rey!” si los iban a matar. Hubo todavía un último cambio del tren de pasajeros al tren militar en el que se les obligó a subir a un vagón de carga. El tren se detuvo en el sitio donde había tenido lugar el descarrilamiento la noche del 23 al 24 de abril. Hicieron descender a los tres y allí mismo, a unos 60 metros de la vía, los fusilaron a las 8:45 de la mañana del 25 de abril de 1927. Según el testimonio de algunos trabajadores de la compañía del ferrocarril que estaban reparando los daños del descarrilamiento de hacía dos días, el P. Rangel y el Sr. Leonardo murieron enseguida, pero el P. Andrés Solá sobrevivió todavía unas tres horas. Contamos con el testimonio del Sr. Petronilo Flores, uno de esos trabajadores de la compañía del ferrocarril, quien declaró ante el Tribunal del proceso de beatificación: “No conocí a los mártires en vida; sino que los vi después de haber sido fusilados; al P. Solá que sobrevivió como tres horas le hablé algunas palabras. Fueron fusilados y yo oí los disparos, pues me encontraba a unos 300 metros de distancia, en un punto cercano al rancho de San Joaquín en el kilómetro 492. Me parece que murieron con paciencia y buena disposición y, sobre todo, lo afirmo del P. Solá que sobrevivió como tres horas durante las cuales repetía con frecuencia estas palabras: “Jesús mío, Jesús mío, por ti muero”; yo mismo oí que las pronunciaba. Él mismo se preparaba a morir de esa manera. Yo lo saqué de en medio del chapapote, pues él ya no podía, primero por las heridas y después por lo pegajoso del chapapote; no lo vi morir, pues me fui a mandarle agua que me pedía porque me dijo que tenía mucha sed”.  Los soldados les despojaron de sus pertenencias una vez les hubieron fusilado.

Otros testigos nos cuentan sus recuerdos del encuentro con el P. Solá moribundo. Valga citar el testimonio de uno de ellos, recogido por el P. Julián Collell poco después de que acontecieran los hechos: “No se olvide -le dijo el P. Solá a una de las personas que se acercaron a él- de hacer llegar a mi madre por el medio que pueda que he muerto; pero dígale también que tiene un hijo mártir” Con el recuerdo hacia su madre y, seguramente también, hacia sus hermanos de Congregación y hacia tantas personas que le habían ayudado a mantener su compromiso misionero en tiempos difíciles, moría el P. Andrés Solá hacia las 12 del mediodía, a los 31 años de edad.

Los trabajadores del ferrocarril enterraron allí mismo los tres cadáveres. El día 1 de mayo el Sr. Mariano Pérez, hermano del mártir Leonardo Pérez, ayudado por una suscripción popular, consiguió permiso para trasladar los cadáveres a Lagos donde fueron recibidos por muchas personas que los consideraron ya mártires de la fe. Más tarde los restos del P. Andrés Solá fueron trasladados a León e inhumados en la iglesia del Corazón de María el día 26 de enero de 1943.

  1. Una memoria que nos interpela

El Papa Juan Pablo II nos invitaba en la exhortación apostólica “Vita Consecrata” a “recoger los nombres y testimonios de las personas consagradas que puedan ser inscritos en el Martirologio del siglo XX” (VC 86). Los mártires constituyen una herencia preciosa de las familias religiosas. Son iconos que nos recuerdan el sentido de nuestras vidas, la razón de nuestra existencia. “Consagrados a Cristo y al servicio de su Reino han dado testimonio de la fidelidad del seguimiento hasta la cruz. Diversas las circunstancias, variadas las situaciones, pero una es la causa del martirio: la fidelidad al Señor y a su Evangelio, porque no es la pena la que hace al mártir, sino la causa” (Caminar desde Cristo, n. 9).

¿Cómo nos interpela hoy la memoria de nuestro hermano Andrés Solá Molist, mártir de Cristo? ¿Qué nos dice? ¿Hacia dónde nos pide que dirijamos nuestra mirada? Os propongo unos breves puntos de reflexión para que ese don del Señor que es el martirio no deje de producir fruto en nosotros:

4.1. Reafirmar nuestra opción por Jesús y por el Reino

Se habla mucho hoy de fragilidad, de cultura “light”, de fragmentación, de falta de convicciones profundas, de poca capacidad para asumir compromisos permanentes, etc. Las características culturales de nuestro momento histórico han acentuado, seguramente, estos rasgos que, por otra parte, han acompañado siempre la condición humana. En el ámbito de la vida religiosa nos vemos sorprendidos por numerosos abandonos que indican también una falta de consistencia en las opciones que deben orientar nuestra vida y que se expresan a través de compromisos concretos.

La memoria de un hermano nuestro que ha entregado la vida confesando su fe constituye siempre una llamada poderosa a reafirmar nuestra opción por Jesús y por el Reino. Nos invita a abrir nuestras vidas a la acción poderosa del Espíritu del Señor que “ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad su propio testimonio” (Prefacio de los Mártires). No se trata de confiar en nuestras propias fuerzas sino de tomar renovada conciencia de que la fidelidad es posible gracias a la acción del Espíritu del Señor en nosotros. Pero se trata de un don que hay que cuidar. La opción por mantenerse fiel a la consagración a Dios y al servicio del pueblo en el momento de la persecución no se improvisa. Aceptar ese momento con lucidez y serenidad revela una experiencia profunda de fe que ha ido creciendo y madurando al calor de la oración, de la meditación asidua de la Palabra, de la participación en la Eucaristía, de la devoción filial a María, del acompañamiento fraterno en la comunidad, de la vida compartida con la comunidad cristiana, del compromiso generoso por el Reino. Todo ello ha hecho que el Reino ocupe el centro del propio proyecto de vida y que todo lo demás sea secundario comparado con él. Nos lo recuerda el texto del Congreso de espiritualidad claretiana: “Propio nuestro es creer en las posibilidades que el Espíritu nos concede y dejarnos llevar por Él en nuestra vida personal. La espiritualidad tiene que ver sobre todo con la fe en Jesús, con la confianza en Él y en su Espíritu, con el amor de amistad y agradecimiento y desde Él con nuestra fidelidad a la Alianza” (Nuestra espiritualidad misionera en el camino del Pueblo de Dios, pag. 57).

La dimensión martirial está siempre presente en la vocación misionera. Lo estuvo en la vida del Fundador y lo ha estado en la historia de nuestra Congregación. El P. Fundador integró esta dimensión en la definición del misionero y la vivió él mismo en las distintas etapas de su vida. “… Nada le arredra, se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se goza en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en orar, en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres” (CC 9). El P. Andrés Solá, como todos los Claretianos, llevaba estas palabras grabadas en su mente y en su corazón. Las sabía de memoria y las había meditado infinidad de veces. Sin embargo, ellas no borraron de su vida la debilidad. Seguramente le pesaron algunas privaciones, se sintió débil ante los sacrificios que se le pedían y experimentó miedo ante los tormentos que pensaba le pudieran llegar. La definición del misionero no es la descripción de unos “hombres fuertes”, sino de personas que han sabido mirar a Jesús y acoger en sus corazones su mirada. La contemplación de Jesús, la comunión con su pasión por el Padre y su proyecto, con su amor por cada uno de sus hermanos -expresadas bellamente en la última frase de la definición- es lo que posibilita vivir las exigencias de la primera parte de la misma. Los mártires han sabido fijar su mirada en Jesús y han sabido acoger la mirada llena de ternura y misericordia del Maestro que transformó el corazón de aquel Pedro que había negado conocer al Señor y que luego fue capaz de dar la vida confesando su fe en Él. ¡Cuántas veces no habrá meditado el P. Solá estas palabras y preguntado a Jesús qué le pedían en las circunstancias concretas en que se encontraba! La mirada de Jesús le preparó para el testimonio final; en ella descubrió la ternura de la acogida incondicional y de ella recibió la fuerza para la entrega.

La confesión de la fe en Jesús hasta la muerte es fruto de una amistad profunda con el Maestro. Y la amistad es un don que hay que cultivar con esmero. Quiero recordar lo que el último Capítulo General nos dejó como prioridad para este sexenio: “Asumimos como prioridad el cultivo de nuestra propia vocación en fidelidad a nuestras raíces evangélicas y carismáticas, expresadas en las Constituciones” (PTV 48). Es una invitación a cultivar la amistad con Jesús porque es la que hace posible la fidelidad. El mismo Capítulo denunció incoherencias en nuestra vida e, incluso, insatisfacción vocacional en algunos claretianos. En el fondo, se trata de la consecuencia de un abandono progresivo de los medios que las Constituciones nos indican para crecer en la amistad con Jesús y celebrar su presencia en nuestra comunidad. En estos casos el Reino de Dios se va desplazando hacia la periferia de nuestras vidas y se convierte en peso más que en gozo. Hay que suplir el vacío de algún modo y aparecen rápidamente muchos sucedáneos: el activismo, los propios proyectos al margen del proyecto de la comunidad, la búsqueda de posiciones de prestigio, el ansia de bienestar y beneficios, etc. No se puede ser feliz de ese modo. Ya lo advirtió Jesús: “Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará la otro. No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,24). Construir nuestra vida en torno a Jesús, respondiendo a la invitación que Él nos ha hecho, es nuestro camino de autorrealización. Es el camino que nos prepara para “dar la vida”, cada día y en el martirio si fuera necesario.

Me gustaría que cada uno de nosotros nos pusiéramos delante de nuestro hermano mártir y le pidiéramos que nos ayude a descubrir la fuente de donde surgió la fuerza que le sostuvo en su itinerario martirial. Desearía que en alguna reunión comunitaria compartiéramos la resonancia que encuentra en cada uno de nosotros el testimonio del P. Andrés Solá. Estoy seguro de que nos ayudará a reafirmar nuestra opción por Jesús y por el Reino. Y es éste, precisamente, el mayor tesoro por el que vale la pena dejarlo todo.

 

4.2. Disponibles para la misión asumiendo todas sus consecuencias

El P. Andrés Solá nació en Catalunya y profesó en la Congregación como miembro de esa Provincia claretiana. Los superiores le destinaron a México donde encontró un nuevo pueblo al que se dio plenamente y al que no quiso abandonar en el momento de la dificultad. Son dos rasgos que han marcado la vida de muchos claretianos a lo largo de la historia congregacional. Serían interminables las referencias históricas. Es hermoso escuchar a los claretianos de algunos países hablar con cariño y respeto de quienes fueron destinados allí desde otras partes y les acompañaron en la tarea de crear en esos nuevos lugares una comunidad verdaderamente misionera. Es asimismo muy bello escuchar al pueblo hablar con orgullo y emoción de “sus misioneros” y de cómo se entregaron a su misión sin regatear esfuerzos ni sacrificios. El pueblo sencillo sabe siempre leer los signos de amor y acoger la generosidad de quien se entrega. A mí me conmueve oír a algunos misioneros, que llevan muchos años en sus lugares de misión, hablar con entusiasmo de sus nuevos pueblos, incapaces ya de abandonarlos. Los aman de verdad y quieren permanecer con ellos para siempre. Son “su” pueblo y “su” familia. Es la experiencia concreta del ciento por uno que prometió Jesús a quienes lo abandonaran todo por el Reino.

El P. Andrés Solá pudo trabajar pocos años en México, pero vivió con intensidad su servicio misionero, primero como profesor en el seminario claretiano de Toluca y luego en el ministerio de la predicación y de la atención pastoral en nuestra iglesia de León. Prolongó su servicio misionero, desde la clandestinidad, confortando con su presencia y su palabra a las comunidades cristianas que no podían celebrar públicamente su fe. La gente lo amó y lo respetó y, cuando, después del martirio, su cuerpo fue  trasladado del rancho San Joaquín a la ciudad, junto a los de los otros dos compañeros mártires, fue recibido con entusiasmo por aquellos que sabían de su entrega apostólica.

El P. Solá puso completamente en manos de Dios la vida que ya había ofrecido a aquellos a quienes servía a través de su ministerio. Ratificó con ello el ofrecimiento que había hecho el día que partió de Barcelona hacia México, pronunciando un adiós definitivo a su familia y a su patria. Vivió su compromiso misionero con generosidad a pesar de todas las dificultades. Las cartas que escribe a sus familiares, a su madre sobre todo, expresan el sentimiento profundo que le unía a su familia y que, en México, debía vivir de un modo diverso como misionero. Su pensamiento, al final de su vida, fue nuevamente hacia su madre pidiéndoles a las personas que lo atendieron cuando yacía herido de muerte que le comunicaran a su querida madre que tenía un hijo mártir.

La posibilidad de servir a la Iglesia y a la Congregación en la misión universal sigue presente en el horizonte de la vida de cada claretiano. Muchos hermanos nuestros siguen siendo llamados a vivir su vocación misionera en lugares distintos de donde nacieron, crecieron en su fe y profesaron en la Congregación. La disponibilidad misionera debe seguir distinguiendo a las nuevas generaciones claretianas. El testimonio de nuestro hermano mártir nos alerta sobre la necesidad  de asumir plenamente las consecuencias de esa opción. El amor al pueblo exige una entrega generosa que se traduce en actitudes y conductas concretas en la vida del misionero: conocer y apreciar la lengua y la cultura, no ahorrar sacrificios en el servicio que se nos pide, estar dispuestos a permanecer mientras la misión nos necesite, saber mantenerse fiel a los valores a través de los que se expresa nuestra consagración, ubicarse entre los pequeños y excluidos y unirse a su lucha por la justicia y la dignidad de la persona, etc. Me duele encontrar a veces claretianos que han sido enviados a lugares distintos de los propios y, al cabo de poco tiempo, quieren ya regresar porque dicen haber cumplido su misión o comienzan a exigir “recompensas” por el tiempo transcurrido en el lugar de su destino. La memoria del P. Andrés Solá y de tantos otros misioneros nos puede ayudar a descubrir el verdadero espíritu misionero que, a pesar de la fragilidad y las limitaciones, nos impulsa a darlo todo y para siempre.

Sería hermoso que la beatificación de nuestro hermano despertara en todos los claretianos una nueva conciencia de la llamada a colaborar en la misión de la Iglesia allí donde las necesidades de evangelización sean más urgentes.

 

            4.3. En misión compartida

Desde hace algunos años el tema de la “misión compartida” ha ido encontrando acogida en nuestros planteamientos pastorales. La conciencia sobre el tema es diversa entre los Organismos de la Congregación, pero se va vislumbrando un horizonte en el que descubrimos nuevas formas de articular los equipos pastorales e intuimos las consecuencias que ello puede traer para nuestro propio crecimiento personal y comunitario, más allá de la eficacia pastoral. Nos lo decía ya el último Capítulo General: “El lenguaje, relativamente reciente en la Iglesia y entre nosotros, de la misión compartida, nace de una comprensión comunitaria de la misión y de la correlación necesaria entre todas las formas de vida y ministerio para afrontar los retos que nuestro mundo plantea a la evangelización. Lo intuyó de alguna manera nuestro Padre Fundador cuando nos invitó a hacer con otros y a no sentirnos autosuficientes” (PTV 35). Y, después de indicar que todo esto va a exigir un cambio de mentalidad, proponía como una de las prioridades para el sexenio: “Por eso, asumimos como prioridad que la misión compartida sea nuestro modo normal de misión y que todos los claretianos aceptemos las consecuencias que esto tiene en nuestra espiritualidad, en la pastoral vocacional, en los procesos formativos, en la vida comunitaria, en el trabajo apostólico y en las instituciones de gobierno y economía” (PTV 37).

Los mártires de San Joaquín -un religioso claretiano, un sacerdote secular y un seglar-, se convierten hoy, para nosotros, en una parábola de ese compartir que hermana a todos en la misión de dar testimonio del Reino. Sintonizaron en su adhesión total al Señor, compartieron una misma pasión por servir a sus hermanos y confortarlos en el momento de la persecución, se ayudaron a mantenerse fieles hasta el fin. Desde tres formas de vida cristiana siguieron a Jesús y cumplieron la única misión confiada por el Señor a su Iglesia.

Todos tenemos experiencia de cómo nuestra fe crece cuando es compartida con la comunidad cristiana, de cómo nuestra respuesta vocacional se purifica cuando nos dejamos cuestionar por aquellos que viven el seguimiento de Jesús desde otras vocaciones, de cómo el compromiso misionero se vigoriza y multiplica su eficacia cuando se realiza en la comunión de carismas y ministerios. Esta fue seguramente la experiencia del P. Andrés Solá  y sus compañeros, aunque entendida y vivida desde otros presupuestos eclesiológicos. Hoy contamos con nuevos planteamientos que nos ayudan a asumir activamente el camino de la misión compartida. El testimonio de los mártires de San Joaquín será una nueva inspiración para seguir adelante. Renovemos nuestro compromiso para avanzar en la misión compartida, sobre todo con quienes beben en las fuentes de una misma inspiración claretiana, la “familia claretiana”.

4.4. En el año de la Eucaristía

La Iglesia nos regala el don de la beatificación del P. Andrés Solá durante el año de la Eucaristía. Precisamente una de las tareas pastorales que realizó con mayor empeño el P. Solá durante el tiempo en que tuvo que actuar desde la clandestinidad fue la de llevar el pan eucarístico a quienes se veían privados del mismo por la prohibición del culto público. Los cristianos sentían la necesidad de la Eucaristía como fuente de la vitalidad de su fe, vínculo de comunión en la comunidad cristiana, fuerza poderosa para el testimonio en aquel tiempo difícil. Ante el desánimo que pudiera causarles la persecución, se sabían confortados, como los discípulos de Emaús, al reconocer la presencia de Jesús al partir el pan. Con prudencia y, al mismo tiempo con audacia, recorrió el P. Solá una y otra vez las calles de la ciudad de León acompañando a Jesús, presente en la Eucaristía, y acompañado por Él, cultivando esa conversación que enciende el corazón y hace renacer la esperanza en los momentos difíciles.

Las personas que convivieron con él durante ese tiempo nos cuentan que el P. Solá se pasaba mucho tiempo ante el Santísimo Sacramento y organizaba repetidamente momentos de oración con la gente. Esos tiempos de contemplación ante el Señor presente en el Misterio de la Eucaristía sostuvieron su entrega al pueblo y le prepararon para la entrega definitiva de su vida en el martirio.

Estoy seguro de que en la mente y en el corazón del P. Solá resonaron más de una vez aquellos bellos números de la Autobiografía en que el P. Fundador nos narra algunos aspectos de su vivencia del Misterio Eucarístico. “El día 11 de mayo de 1862, hallándome en la Capilla del Palacio de Aranjuez, a las 6 ½ de la tarde, en la reserva del Santísimo Sacramento, me ofrecí a Jesús y a María para predicar, exhortar y pasar trabajos, y a la muerte misma, y el Señor se dignó aceptarme.” (Aut 698). O cuando nos narra la gracia de la conservación de las especies sacramentales y nos dice que se siente llamado a vivir aquella profunda comunión con Jesús y a ser testigo del Reino ante las fuerzas que se le oponen (cf. Aut 694). Éstos y otros recuerdos claretianos debieron de inspirar la vida y el compromiso misionero del P. Solá en aquellos meses difíciles.

La beatificación de nuestro hermano será un recuerdo permanente que nos anime a vivir con intensidad el año de la Eucaristía. La Eucaristía es el sacramento que perpetúa entre nosotros aquella presencia del Señor que reclamaban los discípulos de Emaús (cf. Mane nobiscum Domine -MND- n.19). Es necesario que el Señor siga encendiendo nuestros corazones con su Palabra y que nuestra comunidad se sienta acompañada siempre por su presencia en la fracción del pan. Allí se consolida nuestra comunión porque nos reconocemos hermanos en torno a la misma mesa, participando de un mismo pan (cf. 1 Co 10,17; MND 20, 21). La experiencia eucarística nos transforma en apóstoles intrépidos del Jesús que da la vida para que todos tengan vida y suscita en nosotros el verdadero celo misionero (cf MND 24, 25). La Eucaristía, nos dice el Papa, es “proyecto de solidaridad para toda la humanidad” y “una gran escuela de paz”; “el cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida” (MND 27). En ella “recibimos un impulso para un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna” (MND 28). Quiero recoger aquí lo que dice el documento del Congreso sobre la espiritualidad claretiana: “Reunidos en torno a la Mesa del Señor, que comparte su vida con sus discípulos, senti­mos el dolor de la exclusión de tantas personas de esa otra mesa que el Señor ha preparado para todos sus hijos e hijas: los bienes de la Creación confiados al cuidado de familia humana. La Eucaristía es una llamada poderosa a colaborar a la transformación del mundo según el designio de Dios.” (“Nuestra espiritualidad misionera en el camino del Pueblo de Dios”, pag. 49).

Acojamos como una gracia el que la beatificación de nuestro hermano tenga lugar durante este año eucarístico y sepamos traducir en hechos concretos de vida las exhortaciones del Papa. Estoy convencido de que ello nos va a ayudar a ser lo suficientemente audaces para crear los cauces operativos necesarios que nos permitan cumplir la prioridad señalada por el Capítulo General para este sexenio: “Asumimos como prioridad la solidaridad con los pobres, excluidos y los amenazados en su derecho a la vida, de modo que esto repercuta en nuestro estilo de vida personal y comunitario, en nuestra misión apostólica y en nuestras instituciones” (PTV 40). El compromiso por la justicia, la paz y la integridad de la creación ha de encontrar una mayor resonancia en nuestra espiritualidad y en nuestros proyectos misioneros.

Tal como indicó el Capítulo General (cf PTV 70.2) intentaremos durante estos años profundizar la dimensión eucarística de nuestro carisma. Desde el Gobierno General propondremos un proceso para ello. Os pido la máxima cooperación en este sentido.

 

  1. Celebremos la beatificación de nuestro hermano

“En el horizonte de la vida de un auténtico misionero está siempre la posibilidad del martirio, el caso serio de la entrega, de la caridad, de la confesión de fe y de la proclamación de la esperanza. El martirio es un don. Y así ha sido siempre reconocido. Es un don para el mártir y también para la comunidad y la Congregación. Es un don paradójico, pero real. Podemos rehuirlo de antemano, si eludimos el peligro, si buscamos seguridades, si evitamos cualquier tipo de riesgo. El martirio como horizonte da un color especial a la vida misionera.” (Nuestra espiritualidad en el camino espiritual del Pueblo de Dios, pag. 46).

Si el martirio es un don lo vamos a agradecer y celebrar. Una vez más es la hora de cantar el Magnificat. Con María, que acompañó con amor materno a su hijo Andrés en el momento en que se le pidió el testimonio supremo de su opción por el Reino, y con nuestro hermano mártir cantamos el Magnificat. Dios mira siempre la pequeñez de sus siervos y sigue obrando en ellos maravillas. Cuando el poder quiere acallar la voz de los que proclaman las maravillas del Señor, nace una palabra poderosa que inspira el caminar del pueblo cristiano en la construcción del Reino. Cuando el odio siembra la muerte, la fe y el perdón se convierten en fuentes de vida y esperanza para muchos, en instrumentos de instauración de la justicia para todos.

Nos sentimos gozosos de ser hermanos del P. Andrés y le agradecemos su testimonio. Vivamos como gracia el formar parte de la comunidad congregacional, compartiendo un proyecto de vida que es capaz de forjar personas dispuestas a darlo todo por Jesús y por el Reino. La conmemoración del martirio de nuestro hermano ha de contribuir a reforzar la identidad claretiana en cada uno de nosotros. Acojamos ese libro de vida que son las Constituciones y conformemos según ellas nuestra vida. Es un camino que nos va ayudar a consolidar nuestro compromiso por el Reino y a convertir a nuestras comunidades en signos poderosos del mismo. El martirio nos habla siempre de fidelidad, fruto de la gracia en la fragilidad humana. “Fidelidad” es una palabra que deberíamos declinar en cada uno de los momentos de nuestra vida.

La Provincia de México ha venido preparando la celebración de la beatificación del P. Andrés Solá. Hemos creado también una comisión general que nos propondrá algunas iniciativas concretas. Deseo que todos los Organismos se preparen convenientemente para acoger esta gracia. Es necesario que los formadores busquen el modo de motivar a las comunidades formativas a conocer el testimonio de nuestro hermano mártir y a celebrar convenientemente su beatificación. La Iglesia ha propuesto a todo el pueblo de Dios al P. Andrés Solá como modelo de vida cristiana. No nos han señalado todavía la fecha exacta de la beatificación, pero ese día nos sentiremos todos unidos dando gracias a Dios por ese acontecimiento. Nos comprometemos a conservar viva entre nosotros su memoria.

He pensado con qué gesto podríamos expresar nuestra gratitud al Señor y a nuestro hermano que nos dejó el testimonio de su fidelidad hasta la muerte. Nuestra respuesta será un renovado empeño en la pastoral vocacional. El P. Andrés Solá vivió su vida misionera en dos Organismos, Catalunya y México, que están experimentando un momento difícil con relación a la pastoral vocacional. El último Capítulo General ha dirigido a toda la Congregación una llamada urgente en orden a promover con renovado entusiasmo la pastoral vocacional. El Gobierno General ha creado el Secretariado de pastoral vocacional para animar esta dimensión tan importante de nuestro proyecto misionero. Sepamos aprovechar el “kairós” de la beatificación del P. Andrés Solá para renovar nuestro compromiso concreto por la pastoral vocacional y asumir las exigencias concretas que conlleva. Deberemos revisar si la dimensión vocacional está suficientemente presente en nuestros proyectos y actividades pastorales. Tendremos que preguntarnos si estamos dispuestos a invitar a los jóvenes a considerar la posibilidad de vivir el proyecto de vida misionera claretiana y si estamos abiertos a acogerlos en nuestras propias comunidades. No podremos dejar de revisar la vida de nuestras comunidades para hacer de ellas signos claros de fraternidad y plataformas poderosas de iniciativas misioneras, espacios atrayentes para quienes se plantean el seguimiento de Jesús en la vida consagrada. En algunos lugares tendremos que insistir en la selección vocacional sabiendo que no basta querer ser sacerdotes para integrase en nuestra comunidad, sino que es necesario sentir la llamada a la vida misionera y estar dispuestos a asumir las consecuencias que conlleva. Se trata de lugares en los que es necesario reforzar los equipos de formadores y el acompañamiento a quienes se preparan para la vida misionera claretiana y donde necesitamos personal para ello. En otros contextos culturales tendremos que renovar nuestra fe en que el Señor sigue llamando y esforzarnos en ayudar a descubrir esas llamadas y acompañar los procesos de discernimiento. Pido que todos los Organismos revisen en su próxima Asamblea o Capítulo el tema de la pastoral vocacional y traten de identificar algunas propuestas que les ayuden a renovar sus actitudes y a asumir compromisos concretos.

Si somos generosos en nuestra respuesta vocacional y nos esforzamos en vivir la misión claretiana desde las opciones que la Congregación nos ha propuesto en este momento, recuperaremos el entusiasmo vocacional y nos sentiremos verdaderamente gozosos de pertenecer a nuestra comunidad. Este es un primer paso necesario en cualquier planteamiento de pastoral vocacional. Que la memoria del Beato Andrés Solá nos ayude a ello.

Me imagino al P. Fundador escribiéndole de nuevo al P. General, como cuando tuvo noticia de la muerte del primer mártir claretiano, P. Francesc Crusats: “Acabo de recibir su muy estimada carta del 2 y del 3 y quedo enterado de todo. Demos gracias a Dios: ya el Señor y su Santísima Madre se han dignado aceptar las primicias de los mártires. Yo deseaba ser el primer mártir de la Congregación, pero no he sido digno, otro me ha ganado la mano. Doy el parabién al Mártir y Santo Crusats y felicito al Sr. Rexach por la suerte que ha tenido de ser herido, y también doy mil parabienes a todos los de la Congregación por la dicha que tiene de ser perseguida. Dígales de mi parte que tengan ánimo y confianza en los Sagrados Corazones de Jesús y de María.” (Carta del P. Fundador al P. Xifré , del 7 de octubre de 1868).

Celebremos, pues, con gozo la memoria de nuestro hermano y que sea para cada uno de nosotros un nuevo estímulo para la fidelidad.

 

Roma, 28 de marzo, 2005

Lunes de Resurrección

 

Josep M. Abella, cmf.

     Superior General