FORMACIÓN Y MARTIRIO

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 (Madrid, 2 de diciembre,1992)

 Aquilino Bocos Merino,C.M.F.

 

1.- PARTIMOS DE UN HECHO EJEMPLAR  

             “Nos teníamos por felices en poder sufrir algo por la causa de Dios; porque nos iban a matar únicamente por ser religiosos y por ser sacerdotes o aspirantes al sacerdocio…” (Pablo Hall, cmf).

             “Voy a ser fusilado por ser religioso y miembro del clero, o sea por seguir las doctrinas de la Iglesia Católica Romana. Gracias sean dadas al Padre por Nuestro señor Jesucristo, Hijo suyo, que con el mismo Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén” (10-VIII-36). (Ramón Illa,cmf)

 “No se nos ha encontrado ninguna causa política, y sin forma  de juicio morimos todos contentos por Cristo y su Iglesia y por la fe de España. Por los mártires, Manuel Martínez, C.M.F.”

 

1.1.- Declaración del Seminario Claretiano de Barbastro como Seminario Mártir y Modelo

El tema “formación y martirio” viene sugerido por el hecho de que Juan Pablo II en la Beatificación de los 51 Misioneros Claretianos de Barbastro llamó a esta Comunidad “seminario-mártir” e, indirectamente, le propuso como modelo al indicar que  la Iglesia, preocupada por la formación de los futuros sacerdotes, mira con admiración a seminarios como el de Barbastro” (OR esp. 44(1992) 1).

             El hecho de esta declaración, ciertamente nos llena de satisfacción pues, indirectamente y como reconocía hace unos días el Obispo de Barbastro en la Catedral, honra a una Congregación tener hijos de este temple, capaces de dar este testimonio de su fe y de su amor a su vocación misionera. Pero los Claretianos nunca hemos considerado los Mártires de Barbastro como un bien propio y en exclusiva. Siempre les hemos considerado como un don de Dios para la Iglesia y para los hombres. En este sentido creemos que tiene razón de ser hablar de este carácter modélico en la formación.

 

1.2.- Congruencias para esta Declaración

a). EL HECHO. El Seminario Claretiano de Barbastro era una comunidad formativa compuesta por 51 miembros, de los cuales 9 eran sacerdotes, 37 estudiantes próximos a la ordenación sacerdotal y 5 Misioneros Hermanos. Fueron detenidos todos a la vez. Los anarquistas separaron a los responsables de la Comunidad y aislaron a los jóvenes pensando que, así, sería más fácil hacerles claudicar. Sucedió todo lo contrario, pues se animaron mutuamente y dieron testimonio comunitario de su fidelidad vocacional. Como el Papa decía en su meditación dominical: “Nos conmueve el hecho de que hayan sido llamados a dar testimonio de Cristo no aisladamente, sino de modo comunitario, constituyendo, así, en cierto sentido, ‘un seminario-mártir’“(Ib).

Sobre todo, en este recuento de congruencias para declarar a este Seminario como modelo, conviene retener que los Mártires de Barbastro no son mártires de ocasión, sino que estaban muy bien preparados para el martirio. Los años previos a su holocausto fueron años de formación para la fidelidad hasta el final, hasta derramar su sangre por la causa de Jesús y de su Reino.

  1. b) Otra congruencia de esta declaración la tenemos en las palabras del Papa durante la meditación dominical de aquel mismo día en la que habló de la necesidad urgente de un espíritu fuerte, especialmente en este momento histórico que estamos viviendo, marcado por muchas dificultades en el campo de la pastoral vocacional y de la formación de los seminaristas (cf Ib).Y explicitaba más: “Muchas son las causas de esas dificultades, pero no cabe duda que destaca entre ellas el espíritu del tiempo, que es contrario al espíritu de Dios. Se asiste hoy a una especie de estrategia que tiende a disuadir a los jóvenes de hacerse sacerdotes y de entregarse completamente a Cristo en el celibato, entrega que está estrechamente relacionada con el ministerio presbiteral. Así pues, es sumamente necesario una mayor colaboración con el Espíritu que ‘da vida’ mediante la oración y la predisposición de ambientes educativos, en los que el Evangelio se viva plenamente”. (…) “Sanguis martyrum semen christianorum. Que el martirio, aceptado con entereza por los claretianos de Barbastro en su camino hacia el sacerdocio, constituya un fermento de renovación para las vocaciones y los seminarios de todas las naciones” (ib).
  1. c) Cualquiera que considere atentamente nuestro contexto cultural y eclesial reconocerá que, efectivamente, necesitamos “testigos vivientes” que nos hablen de Dios, a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible (cf Hb 11,27). Esto es lo que hacen los mártires.

Los documentos sobre la pastoral vocacional (DPVIP) y sobre la formación para la vida consagrada (PI) y para el ministerio sacerdotal (PDV) hacen, directa o indirectamente, descripciones muy realistas de la situación social y eclesial en que vivimos. Son muchos, sin duda los rasgos positivos de nuestro contexto socio-eclesial, propios de una civilización cristiana milenaria y de una Iglesia que se renueva en docilidad al Espíritu, pero, a la vez, nos encontramos con una serie de tendencias muy difíciles de contrarrestar y de digerir por los llamados a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal.

Conviene también saber que la causa de beatificación de los Mártires de Barbastro estaba muy adelantada en 1989, fecha en que murió inesperadamente el Postulador, P. Javier Ochoa. De haber vivido, parece que esta Beatificación hubiera tenido lugar durante la celebración del Sínodo de 1990 dedicado a la Formación de los sacerdotes.

 

2.- LA FORMACIÓN EN ESTA COMUNIDAD-SEMINARIO DE BARBASTRO

Para ser exactos, hay que comenzar diciendo que Barbastro fue el lugar de su Getsemaní, de su Viacrucis y de su Calvario, allí murieron, pero hacía muy poco tiempo que los seminaristas habían llegado a esta ciudad del Vero. Los Superiores de la Congregación trasladaron a los jóvenes seminaristas de Cervera (Lérida) a Barbastro (Huesca), donde se decía que la situación política era más tranquila y había menos riesgo para sus vidas. Quiere esto decir que la formación recibida había sido dada en los seminarios anteriores.

¿Qué tipo de formación se daba en los seminarios claretianos en aquel entonces? ¿Qué valores se transmitían en ellos? ¿Qué cuadro de referencia tenían los formandos?

Probablemente estos seminarios no se distinguían especialmente de los otros centros de formación de los demás institutos religiosos. Pero si nos atenemos a los resultados, es legítimo preguntarse por los presupuestos, orientaciones o actitudes que se fomentaba en ellos.

Quizá lo primero que hay que resaltar es lo que decía de los mártires el Superior General de entonces: “Estos hermanos nuestros han sabido responder, al ser martirizados como sólo saben responder los que son enseñados por el Espíritu Santo: ‘No os preocupéis por lo que vais a decir o por cómo lo diréis, pues lo que tenéis que decir se os inspirará en aquel momento, porque no seréis vosotros los que habléis, será el Espíritu de vuestro Padre -y de vuestra Madre, añadió nuestro Padre  (Aut 687), el que hable por vuestro medio’ (Mt 10,20)” (AC 35 (1939),107).

Otro dato a destacar, según referencia de los que fueron sus compañeros, es la seriedad con que se vivía lo cotidiano. No había grandes proyectos formativos, ni predeterminadas pedagogías. La vida ordinaria según las Constituciones y directrices de la Congregación, llevada con gran esmero y responsabilidad, dio hombres convencidos, ilusionados, llenos de entereza y decididos a jugarse la vida por lo único necesario.

De todos modos, como rasgos más significativos de esta formación se pueden indicar los siguientes:

  • Un fuerte y sólido amor a la vocación misionera.
  • Una gran fidelidad a las Constituciones, en las que encuentran su peculiar forma de seguir a Jesús.
  • Una recia espiritualidad misionera, como corresponde al Hijo del Corazón de María diseñado por Claret.
  • Un entrañable amor a la Congregación, Madre y Maestra de misioneros claretianos.
  • Una fuerte vivencia de la fraternidad
  • Una rica sensibilidad social, eclesial y apostólica.

2.1.- Una formación que “satisface y plenifica” a la persona

Lo primero que sorprende leyendo las biografías, las cartas y escritos de los Mártires de Barbastro es, por un lado, su naturalidad, espontaneidad y sencillez; por otro, la reciedumbre de sus convicciones, el entusiasmo vocacional y el gozo ante el martirio.

En ellos no hay fisuras entre realización personal, vida de fe, vocación misionera y martirio. En el martirio encuentran la plenitud de todo lo demás. Dios, y el amor a El, ha sido tan importante para los Mártires que han relativizado todo lo demás. Ni siquiera lo más santo y querido para ellos, el apostolado, tiene fuerza ante Dios y lo que les pide. Ramón Illa dirá: “Yo no cambiaría la cárcel por el don de hacer milagros, ni el martirio por el apostolado, que era la ilusión de mi vida”. Luis Javier Bandrés lo expresa así: “Quisiera ser sacerdote y misionero, ofrendo el sacrificio de mi vida por las almas”.”Muero tranquilo cumpliendo mi deber”, dirá Luis Lladó.

Su renuncia a un futuro prometedor y su aceptación de la muerte, violenta e injusta, no es un peso que acepten resignadamente. Humanamente no tienen salida, todo se les acaba; pero han puesto su fe en Dios y saben que Dios no les fallará. Impresionan los testimonios que nos han dejado sobre el valor que dan a su martirio y al espíritu con que lo afrontan:“Todos estaban contentos y se felicitaban, como los apóstoles, -dice el estudiante argentino Pablo Hall- por haber sido hallados dignos de sufrir algo por el nombre de Jesús…Todos estábamos resignados a los designios de la divina voluntad: así lo fui oyendo de los labios de todos, y nos animábamos mutuamente con la esperanza de ir al cielo, y pedíamos para nosotros y para todos el don de la santa perseverancia hasta el fin…”  “Hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantar y ponernos en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia” (Faustino Pérez). “El Señor se digna poner en mis manos la palma del martirio…Canten al Señor por el don tan grande y señalado como el martirio que el Señor se digna concederme “ (R. Illa). “¡Viva Dios! Nunca pensé ser digno de gracia tan singular”(F. Castán). De diversas formas expresan su gozo, agradecimiento y esperanza. “Morimos contentos, sin que nadie sienta desmayos ni pesares” (Carta de despedida a la Congregación).

 

2.2.- Una formación según el carisma claretiano

Cada vocación en la Iglesia tiene un perfil preciso. Los Mártires claretianos de Barbastro explicitan nítidamente, en su comportamiento y en sus escritos, una gran sintonía con el espíritu del P. Claret. Es más, viven su vocación en clave de mística claretiana,- que es cristocéntrica, cordimariana, eclesial y de servicio al Evangelio- siempre impregnada de sabor martirial.

La espiritualidad claretiana es esencialmente misionera. Todo en ella se ha de entender desde y para la misión evangelizadora. La Configuración con Cristo, ungido y enviado del Padre, para anunciar la Buena Nueva a los pobres es consustancial a la vocación del Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María.

El P. Claret se autorretrató en un breve escrito que hizo llegar a sus misioneros para que cada uno lo llevase consigo. Ese texto dice así:

            “Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y trabajo por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor. Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino en cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas”(Aut 494).

Este memorial fue programático en la vida de nuestros mártires de Barbastro. Los formadores les habían hecho ver que en esta “definición del misionero” se condensaban las grandes vetas de la espiritualidad claretiana. Lo asimilaron muy bien, pues un estudiante argentino que pudo salvarse por ser extranjero, relata: “El Sr. Juan Baixeras con un grupo regular me encargaron decir al P. General que se alegrase de tener en la Congregación, cuyos destinos rige, hijos que a ejemplo de su santo Fundador saben arrostrarlo todo, hasta la misma muerte, estimulados por su sublime ideal” (P. Hall. AC,1937,77)

Estos misioneros veían el martirio como la coronación normal de la vida del misionero. Experimentaban en su corazón los mismos sentimientos de su Fundador.

El P. Claret descubrió en el protomártir Esteban su imagen de ministro de la Palabra y de luchador contra los Príncipes y Potestades. Ya desde el inicio de su ministerio sacerdotal sentía un deseo grande de irse a las misiones (misión “ad gentes”) para salvar las almas, aunque por esto tuviese que pasar mil trabajos, aunque por ello hubiese de sufrir la muerte (Aut 112); tenía sed de derramar la sangre por Jesucristo[1]. En su vida, hubo un exceso de sufrimien­to y persecución, que él supo asumir como identifica­ción con Cristo. Fue perseguido en Cuba por sus compromisos en favor de la familia, de la libertad de los esclavos, de la moralización del clero (cf Aut 518) y, en Holguín, recibió el sello del martirio derra­mando su sangre[2]. Martirio incruento fueron, según sus palabras, los doce años de Madrid, como confesor de la Reina: «Doce años de martirio»[3]. Concluyó sus días, perseguido, desterrado y finalmente refugiado en la hospedería de un monasterio francés. Su actitud interior fue, en todo tiempo, grandiosa­mente martirial: «Todas mis aspiracio­nes han sido morir en un hospital como pobre, en un cadalso como mártir, o asesinado por los enemigos de la Religión sacrosan­ta que dichosa­men­te profesamos y predica­mos, y quisie­ra yo sellar con mi sangre las virtudes y verdades que he enseña­do»[4].

En este clima martirial, de ultimidad y absolutez, hay que entender la pasión y entusiasmo con que estos jóvenes  gritan, cantan y vitorean a Cristo Rey, al Corazón de María, a la Iglesia y al Papa.

Su vida ofrecida es el acto supremo de su vida misionera. Como diría el Card. Arturo Tabera, obispo que fue de Barbastro e iniciador del proceso canónico, son “Misioneros que predicaron, muchos su primera misión, todos la última, dejando al mundo el auténtico sermón de su alma joven, derramada por Cristo. Como los doce primeros misioneros, los que El envió a conquistar el mundo”. Las inquietudes apostólicas de aquel seminario se traducían según carismas y aficiones personales: la predicación al pueblo, los estudios superiores para la docencia, las misiones “ad gentes”(varios de ellos hablan de China como lugar de su futuro apostolado), la atención a los obreros, que eran los pobres de aquel tiempo.

La presencia de María en la preparación del martirio no fue coyuntural. Siempre se habían sentido profundamente Hijos de su Inmaculado Corazón. Ella les enseñó a ser discípulos de Jesús y apóstoles de su Reino. En la “fragua del Corazón de María” aprendieron a estar caldeados, a llenarse de ardiente caridad y a vaciarse en oblación por la salvación del mundo.

Como eran miembros de una Congregación que “busca en todo…”(CC 2), es decir, habituada a estar atenta a las necesidades sociales y eclesiales, mueren en comunión y solidaridad con su Obispo, con los otros religiosos y sacerdotes  y con los seglares. En este momento cumbre de su vida, en que la entregan libremente, viven con dolor lo que la Iglesia en Barbastro y el pueblo de Barbastro están padeciendo. Sobre todo, tienen especial solicitud por los obreros, a quienes disculpan por ser víctimas de la ignorancia y de la manipulación que sufren.

 

2.3.- Una formación para la “radicalidad evangélica”:

Profesaron en la Congregación claretiana el seguimiento de Jesús hasta la muerte. No sólo aprendieron la letra de las Constituciones, proyecto de su vida misionera, sino que asimilaron el espíritu del Fundador, quien no pensaba sino en cómo seguir e imitar a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas (Aut 494).

Los futuros mártires sabían que la primera virtud del joven misionero es la fe, que inflamó a los profetas, confortó a los apóstoles en las persecuciones, en los tormentos y hasta en la misma muerte, que mitigó los tormentos de los márti­res (CC 1924, n. 105); tenían la convicción de que habían de estar dispuestos a perderlo todo, familia, bienes, aun la vida, antes que abandonar la vocación, (Ib ns 111 y 112),  y a seguir al Señor llevando la cruz, dispues­tos a pasar hambre, sed, persecucio­nes, hasta la misma crucifixión (ib ns 10-11). Sabían que la profesión era un símbolo del martirio, y que debían prepararse para él, en caso de que llegara la hora.

El seguimiento radical de Jesús tenía en ellos un perfil preciso y  práctico. Entre los aspectos concretos que se pueden subrayar están: el desprendimiento y amor a la familia, la oración, la austeridad de vida, la autodisciplina, la entrega en la preparación para el ministerio y la disponibilidad oblativa.

Las relaciones con las familias eran las normales en aquellos tiempos. En la formación supieron armonizar el despego que le es inherente al misionero y el amor tierno de hijo,   hermano o sobrino. Su vocación los había exigido ya un desprendimiento efectivo de los seres queridos y sabían muy bien que su servicio al evangelio y a la misión les podía llevar lejos de su patria. Son particularmente emotivos los escritos que han dejado para los suyos: “No lloréis por mí. Soy mártir de Jesucristo… Mamá, no lloréis por mí, Jesús me pide la sangre; por su amor la derramaré; seré mártir, voy al cielo. Allá os espero” (Salvador Pigem). “Pronto voy a ser mártir de Jesucristo. No lloren por mi muerte, pues que morir por Jesucristo es vivir eternamente…Yo, en estos instantes, ruego al Señor les dé a Vds. fortaleza para sobrellevar tan rudo golpe…Nunca como ahora les ama su hijo que muere sereno y tranquilo porque muere por Jesucristo” (José Figuero).

La vida de oración que llevaron en los años de seminario no podemos decir que fuera más prolongada, más cuidada, que la que se tenía en otras comunidades formativas. Pero mantuvieron muy viva una triple referencia a: la Eucaristía, al Corazón de María y al Martirio. Tres aspectos inseparables de la espiritualidad misionera claretiana. Estos Mártires, aconsejados por su Maestro de Novicios, pedían con frecuencia la gracia del martirio.

Por sus cantos, por sus oraciones, por sus exclamaciones vemos que el “ideal de su vida” es Jesucristo, el Rey y Señor de la historia y de la sociedad. Ellos optaron por Cristo y se mantuvieron inquebrantables en la adhesión durante la prueba, siendo fieles hasta la muerte.

El interés por estar bien preparados para el ministerio que se les podía encomendar parece ser una nota típica de la formación de aquellos años. Los claretianos siempre hemos tratado de ser, siguiendo a S. Antonio María Claret, populares. Hay quien confunde ser popular con ser vulgar. Por eso se vigila para evitar esa derivación. El P. Claret fue un hombre muy culto y atento a todos los movimientos bíblicos, teológicos, pastorales de su tiempo. Su esfuerzo era hacer pasar la doctrina al pueblo que veía sediento de la Palabra de Dios. De los Mártires de Barbastro conocemos las aficiones de casi todos ellos. Además de su capacitación ordinaria, se entregaban a todas aquellas actividades que podían ayudarles en el ministerio de la Palabra hablada, escrita y enseñada, en las misiones, en los estudios especializados. De bastante de ellos se dice que no perdían ni un minuto de tiempo. En ese interés por estar bien preparados se hallaba incluida la disponibilidad oblativa de su vida. Estaban dispuestos a ir donde los superiores les indicaran que podían prestar su servicio misionero al Evangelio. Varios de ellos  ansiaban ser enviados a China. Era el reto misionero en aquel entonces.

 

2.4.- Una formación comunitaria para la misión

             Tres notas se pueden destacar de la forma de vivir la comunidad estos misioneros de Barbastro:

-El sentido de pertenencia a la Congregación

-La mística de la fraternidad misionera

-La urgencia del amor y del perdón a los enemigos

(Lectura de la Carta de despedida a la Congregación y la Ultima Ofrenda)

  1. a) Con esta sentida y tierna exclamación «¡son tus hijos, Congregación querida!», repetida insistentemente, los Mártires de Barbastro testifican su identidad y pertenencia a una Comuni­dad Misionera universal. Su amor entrañable a la Congregación, “fiel, genero­so y perpetuo” -como ellos dicen-, no es un amor infantil ni narcisista. Por las distintas referen­cias que hacen al pronunciar ésta u otra equivalente expresión («querido Instituto»), revelan una madurez vocacional bien probada. Entien­den el cuerpo congrega­cional como un todo adecuadamente articulado, en el que cada uno tiene su propio don (Padres, Estudiantes y Hermanos) y en el que son valoradas las diversas funciones. Es grande su interés en hacer llegar al Superior General, a través de Pablo Hall y Atilio Parussini, los argentinos liberados, el testimonio de su fidelidad y amor al Instituto, su Carta de despedida, el pañuelo empapado de sudor y la notificación de los sufrimientos y alegrías de cada uno de ellos. Para ellos esta relación cariñosa con la Congregación era connatural. En esta habían encontrado su nueva familia, habían aprendido a seguir a Jesucristo hasta las últimas consecuen­cias por el fiel cumplimiento de las Constitucio­nes; se sentían miembros de un cuerpo solidario para la misión evangelizado­ra.

En todo momento revelan tener conciencia clara de pertene­cer, a la vez, a la comunidad formativa de Barbastro y a la Congrega­ción entera, a quien llaman «Madre común de todos nosotros». Pronunciaron este noso­tros con proyección de futuro: querían que su sangre fuera vida nueva en el desarrollo y expansión por todo el mundo de su querida Congrega­ción. En los momentos más duros se supieron profundamente vinculados a todos sus hermanos y nos pidieron que, en sus clamores entusiastas al Corazón de María, a Cristo Rey, a la Iglesia y a la misma Congregación, adivináramos el amor que a ésta tenían. Así nos lo dijeron: «Te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y de muerte». Fueron conscientes de que su fidelidad hasta la muerte era una gloria, nunca una pérdida para la Congregación; concedían al martirio un valor superior a cualquier otra forma de apostolado.

  1. b) La comunidad mártir de Barbastro se convirtió en modelo de aquella comunidad misionera, que es más mística que estructura, más fraternidad que mera organización, más ayuda y acompa­ña­miento que carga. Estar en período de forma­ción inicial no les impidió ofrecernos en la cárcel el ejemplo de una admirable madurez en la vivencia de la fraternidad y del misterio de la comunidad. Formaron una comunidad regida por el Espíritu y por el amor mutuo. La comunidad alentó a José M. Blasco, que se sentía débil y temeroso ante la muerte, oró por él y con él; protegió y ayudó a Esteban Casadevall, acosado por una prostituta enamorada. Aquellos jóvenes misioneros supieron anteponer la comunidad a sus intereses individuales: Salvador Pigem rehusó la oferta de liberación, que un miliciano le hizo, para poder compartir en solidaridad la suerte de sus hermanos; lo mismo hicieron Miguel Masip, Manuel Torras y el Hermano Alfonso Miquel.

Formaron una comunidad orante[5]. La conjunción entre sufrimiento y oración hizo florecer en ellos el don de la perseverancia hasta el fin. Se ingeniaron para ir rezando cada uno el oficio de Mártires y el oficio parvo a la Virgen, y, sobre todo, para poder comulgar, haciendo así del Pan Eucarístico el centro de aquella comunidad encarcelada y el vigor de su intensa y recia espiritualidad. El Señor, Pan Eucarístico, se hizo clandestina­mente presente entre ellos, sin ser notado por los carceleros. Con celeridad sorprendente aprendieron a hacerse también ellos pan partido y vino derra­mado por la vida del mundo. Aquellas comuniones les prepararon para la última y definitiva entrega del cuerpo y para hacer frente a los males del mundo. La presencia sacramental y la acogida del Señor en medio de ellos nos dan razón de todo lo que en estos hermanos Mártires admiramos.

  1. c) Murieron perdonando a quienes les quitaban la vida. Se sentían poseídos por la misma compasión y misericordia de Dios. Ese fue su supremo testi­monio de amor: perdonar -como Jesús- a sus perseguidores y verdugos. En un muro del colegio de los PP. Escolapios en el que estuvieron encarce­la­dos pudo leerse -durante varios años- esta inscripción: «Perdonamos a nuestros enemi­gos… A los que vais a ser nuestros verdugos, os enviamos nuestro perdón». Al desenterrar a Salvador Pigem, encontraron en el bolsillo de la sotana un calendario en el que había escrito: «Nos matan por odio a la Religión. Domine, dimitte illis». En el taburete del piano que estaba en el escenario del salón aparecen escritos de perdón: «Perdono de todo corazón a todos los que voluntaria o involunta­riamente me hayan ofendi­do» (Juan Sánchez Munárriz). «Así como Jesucris­to en lo alto de la cruz expiró perdo­nando a sus enemigos, así muero yo mártir perdonán­dolos de todo corazón y prometiendo rogar de un modo especial por ellos y sus fami­liares» (Tomás Capdevila Miró). «Sólo el murmullo santo de las oraciones se deja sentir en esta sala, testigo de nuestras duras angustias; si rezamos, es para perdonar a nuestro enemigos. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen» (Faustino Pérez). En la «ofrenda última a la Congregación» la proclamación del perdón es solemne: «Agosto, 12 de 1936. En Barbastro. Seis de nuestros compañeros ya son Mártires; pronto esperamos serlo nosotros también; pero antes queremos hacer constar que morimos perdonando a los que nos quitan la vida y ofreciéndola por la ordena­ción cristiana del mundo obrero…». En la «Carta de despedida» se reitera: «Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos». Estos testimonios revelan que la solidaridad y la reconci­liación son fruto de la sobreabun­dancia en el amor. No es, pues, de extrañar que, quienes habían sido ungidos por el Espíritu y participado de la plenitud de Cristo, estuvieran tan preocupa­dos por que su sangre derramada no fuera sangre vengadora, sino impulso de nueva vida y signo de perdón y de reconcilia­ción.

2.5.- El papel decisivo de los formadores

Es claro que esta comunidad-seminario mártir es deudora de una excelente labor formativa. Repasando la historia de los formadores que tuvieron se explica fácilmente que la influencia de estos hombres fue decisiva para vivir en fidelidad hasta el final.

Por los años 30 se tenía muy vivo en los Seminarios Claretianos el recuerdo de los mártires de México. Entre ellos estaba el P. Andrés Solá, quien dijo a sus compañeros de martirio: “Si nos llevan a fusilar, gritaremos:¡Viva Cristo Rey!”. Este recuerdo enardecía a los jóvenes claretianos que entreveían cómo a ellos podía afectarles una inminente persecución.

El amor a la vocación claretiana y a la Congregación lo recibieron en el noviciado de un hombre  de Dios, lleno de entusiasmo claretiano, que se llamaba Ramón Ribera.

Durante los años de filosofía y teología tuvieron como profesor a un hombre preocupado y experto en temas sociales, el P. Jaime Girón, también mártir. Les sensibilizó ante el mundo obrero y les alentó a trabajar para ayudarles.

Todos los testimonios recogidos de aquellos años sobre la formación en los seminarios claretianos de Cataluña ponen de relieve al grupo de formadores bien preparados en distintas materias, llenos de creatividad y de entusiasmo claretiano (entre otros: los PP. Juan Buxó, Manuel Jové, Clemente Ramos, Juan Agustí). En 1934 fue beatificado el P. Claret. La beatificación suscitó una onda expansiva de fervor misionero expresado de muy diversas maneras.

Al llegar a Barbastro se encontraron con el P. Juan Díaz como formador. Era un hombre de gran cultura, pedagogo, moralista y lleno de prudencia. Se puede decir que él les preparó de manera inmediata al martirio. En la tarde en que fueron detenidos habló a los estudiantes: “Nos animó -dice Parussini- en aquellas circunstancias tan inciertas. Nos incitó a más oración, a la tranquilidad y a la paz. Nos dijo que nos abandonáramos en los brazos de la Divina Providencia: que lo que Dios enviase eso sería lo mejor para nosotros”. “Y si llegan a encarcelarnos, será una gran gloria sufrir persecución por la justicia, sufrir por Dios. Y si llega el trance supremo de darnos muerte, ¡qué alegría, hermanos; qué gloria y honor dar la vida por Jesús, morir por nuestros ideales…”

Pensaban sus verdugos que, al separarles de sus superiores, debilitarían la firmeza de los jóvenes; sin embargo, fue más fuerte la comunión fraterna; supieron permane­cer juntos; entre ellos surgió una mística colectiva que mantuvo alta su moral e inquebranta­ble su deci­sión. Supieron morir de pie, entre el canto y el perdón, como claretianos en misión y testigos de la fe (Casaldáliga).

 

3.- ESTA COMUNIDAD-SEMINARIO MÁRTIR NOS CONVOCA Y ESTIMULA

           “Ninguna vida tiene efecto mayor que la de los mártires; porque el mártir comienza a actuar sólo después de la muerte” (S.Kierkegard).

            “La muerte regocijada es el síntoma de toda cultura vivaz y completa, donde las ideas tienen eficacia para arrebatar los corazones” (Ortega y Gasset, J: OC, II, 88).

 

3.1.- Los mártires nos enseñan a vivir

Los mártires no nos enseñan primordialmente a morir, sino a vivir. ¿A qué nos convocan y estimulan estos Mártires de Barbastro? A parte de invitarnos a celebrar el triunfo de Cristo en ellos, porque “vencieron en virtud de la sangre del Cordero” (Ap 12,11), nos convocan a revisar nuestra vida en formación y nos estimulan a estar preparados, a habilitarnos para dar razón de nuestra esperanza (Cf 1Pe 3,15).

En este sentido, el acontecimiento, del que estamos haciendo “memoria”, nos interpela a cuantos de una u otra manera intervenimos en la formación (Superiores, formadores, colaboradores…). E interpela, de una manera más directa, a los jóvenes que se están formando. (Son ya diversos los testimonios recogidos de jóvenes que se han sentido profundamente cuestionados). Interpela, incluso, sobre el mismo proceso formativo que estamos siguiendo hoy en nuestras comunidades formativas.

Nuestro propósito de seguir a Jesús en la vida religiosa está en la misma línea de la voluntad de los mártires que aceptan íntegramente su muerte a este mundo por permanecer unidos con Cristo y tener parte en su reino. La profesión religiosa ha aparecido en la historia como la manera de expresar el martirio voluntario; ha sido como un voto adecuado y permanente de martirio. A la época de los primitivos mártires siguió la vida eremítica y monástica como prolongación incruenta, interior y espiritual, del martirio. S. Juan Damasceno llegó a decir: “Los que abrazaron la vía estrecha de la vida religiosa se constituyen mártires por la orientación que adoptan en su espíritu; los que murieron en las persecuciones sangrientas y los que llevan vida angélica son de una misma dignidad” (PL 48,194).

Cuando hoy hablamos de la vida religiosa como seguimiento  radical de Cristo y de la formación como proceso de conocimiento, amor y servicio a Cristo (configuración con El) estamos implícitamente resaltando esta dimensión martirial de nuestra vida consagrada.

Los grandes desafíos que la Iglesia tiene para cumplir su misión evangelizadora (tanto “ad gentes” como en la Nueva Evangelización) pide a los religiosos, si quieren seguir estando en la vanguardia misionera, aquella generosidad sin límites propia de quien es capaz de jugarse la vida por anunciar el Evangelio (cf Mc 8,35). La causa de Jesús, que es la causa del pobre, del marginado y del indefenso, necesita una incondicional entrega.

Hoy, dada nuestra cultura de relativismo, ambigüedad y permisivismo, por un lado, y de indiferencia, pragmatismo y cobardía, por otro, es un momento propicio para resaltar esta perspectiva martirial en la que se ha de mover la formación para la vida religiosa, ya que comporta una entrega total y constante y supone estar dispuestos a dar la vida en toda ocasión.

Los valores vividos por los Mártires de Barbastro, como son: el amor a la Congregación, la asimilación del proyecto de vida claretiana, el amor a la Eucaristía, a la Iglesia y a María, la responsabilidad ante los desafíos de aquel tiempo y la firmeza ante las pruebas, la disponibilidad oblativa, la sensibilidad y preocupación por los problemas sociales del pueblo…, son líneas formativas que no pueden faltar en ningún proyecto de formación tanto a nivel teórico como práctico.

3.2.- Invitación a la fidelidad a la “propia” vocación, en clave de totalidad y perpetuidad.

             Si hay que destacar alguna enseñanza práctica de los jóvenes de Barbastro es la fidelidad vocacional hasta la muerte. Son modelos en amar la “propia vocación” en la Congregación claretiana, que para ellos era algo más que mera institución o estructura organizativa. La consideraban como Madre y Maestra que les había engendrado en la vida misionera y les había enseñado a seguir a Jesucristo, a servir a la Iglesia y a amar a los pobres.

Hoy nos estamos acostumbrando a un conjunto de hechos que están afectando a lo más íntimo de la vida consagrada y que la cuestiona desde sus mismas raíces. Son hechos que destrozan su propia naturaleza y que descomponen su riqueza interior y valor testimoniante. Hechos que preocupan a la Iglesia y a las Congregaciones, que desaniman a los promotores vocacionales y que restan entusiasmo a los responsables de la formación. Me refiero al conjunto de factores que minan y destruyen la fidelidad vocacional. Voy a referirme sólo a dos.

  1. a) Las salidas. Sigue siendo demasiado fuerte la hemorragia vocacional. Son muchos los religiosos y religiosas que, durante el período formativo y después del tiempo de formación, abandonan la vida consagrada sin razones consistentes. Examinadas las causas, se descubre falta de verdadero aprecio al don de Dios y de amor a la vocación. En el fondo, existe falta de fe, de interiorización de los valores de la vida religiosa e incapacidad de soportar las dificultades inherentes a las exigencias de la vida religiosa.
  1. b) La mentalidad. El culto a lo provisional ha llevado a defender, al menos indirectamente, la temporalidad de la consagración religiosa y la incapacidad de hacer compromisos de por vida. El cuestionamiento de lo estable, decisivo y perpetuo mina, a la larga, la vida en fidelidad. Y otro aspecto no menos grave es la consideración de la vocación religiosa como mera profesión. Se cae, así, en un funcionalismo esterilizador. Sólo

cuando funciona mi vida de comunidad, mi realización personal, el trabajo que me satisface, etc., merece la pena seguir en esta vocación. Todo está en función de uno mismo y no de la llamada de Dios, de su voluntad y del proyecto que ha preparado para mí.

Los Mártires, a quienes se les había ofrecido la oportunidad de salvar su vida, nos ofrecen su testimonio de fidelidad inquebrantable. Su gozo por morir por Jesucristo, ideal de su vida, es el más elocuente grito profético contra algunas corrientes actuales que debilitan la fuerza de los compromisos religiosos. Sus escritos, llenos de sabiduría evangélica, son contrapunto irrebatible contra quienes devalúan o distorsionan los valores y exigencias de la vida religiosa y misionera. Los miembros de esta Comunidad seminario mártir son, por lo todo ello, modelos de esperanza para una formación más coherente y consistente. Ellos han hecho posible lo que otros nos quieren hacer creer como imposible, inhumano o incomprensible para este mundo.

Nosotros, desde la responsabilidad formativa, hemos de hacer a los jóvenes propuestas radicales. Por una parte, la formación, desde el primer momento, ha de estar orientada en clave de generosa respuesta al don de Dios. Esta respuesta exige perpetuidad y totalidad. Y, en segundo lugar, la Congregación, comunidad en cuyo seno se realiza el proceso formativo, ha de testimoniar en su vida y en su misión que estos valores son posibles. La prueba son las personas que los están encarnando con gozo y esperanza. Sin el testimonio, los valores son pura teoría y no tienen la fuerza de mediación formativa.

3.3.- Invitación a la confianza en los jóvenes que se forman  para asumir las exigencias radicales de la vida religiosa.

¿Es posible que las exigencias de radicalidad de las que venimos hablando puedan ser asumidas por la juventud actual? ¿No estamos demasiado habituados a escuchar comentarios sobre los muchos límites de los jóvenes de hoy, que desaniman a tantos y tantos formadores?

Cada generación es diferente. Los mártires de Barbastro pertenecían a los años 30. Los cuadros de referencia congregacionales, eclesiales y sociales eran muy diversos a los nuestros. Pero, como venimos viendo, también encarnaron valores que son de todo tiempo. y son esos valores los que nos recuerdan. En fuerza de la vivencia de estos valores nos convidan a tener confianza en los jóvenes religiosos que se están formando. No se trata de hacer demagogia o apología de la juventud, una tentación que hemos de evitar si queremos ser fieles a los mismos jóvenes para no manipularlos ni someterlos a vanas esperanzas. Sería, por otra parte, un flaco servicio a la “memoria” de los mártires de Barbastro. Mantengámonos en el marco de los hechos, en su contemplación con una actitud de escucha.

La realidad es que la mayor parte de los Mártires eran jóvenes de entre 21 y 25 años que se encontraban en proceso de formación. Jóvenes llamados, es verdad, a la vida misionera, pero al fin y al cabo jóvenes todavía “en proceso” de maduración personal y religiosa. Pues bien, estos jóvenes fueron capaces de estar “a la altura” de su vocación y de las “circunstancias trágicas” que se le presentaron en sus vidas. Ni su juventud, ni la supuesta inmadurez de su personalidad, fue obstáculo o una rémora para vivir el supremo ideal de gritar al mundo el amor fraterno como solución a los problemas de increencia y de injusticia.

Por otro lado, y como se ha venido diciendo, el don de Dios en ellos no fue estéril y los formadores que tuvieron fueron excelentes colaboradores en la realización del plan de Dios en ellos. Siempre estuvieron abiertos y sensibilizados ante los grandes retos de la misión evangelizadora en la que tendrían próximamente que comprometerse.

Creo que tenemos que acoger mejor el don de Dios en los jóvenes que Dios nos envía y ayudar a su obra. Sin confianza en la juventud no se puede formar de una manera adecuada para la vida religiosa. Esta confianza comienza por la aceptación del nuevo modo de ser y de expresarse la juventud hoy. Continúa por creer en sus posibilidades para asumir proyectos formativos de calidad y alto nivel de exigencia. Lo cual implica, por una parte, un clima formativo de libertad y responsabilidad, y, a la vez, de discernimiento y acompañamiento adecuado en la asunción y realización del proyecto de vida evangélica en este mundo nuestro, tan convulsionado, lleno de oportunidades y de desafíos en el orden social y económico.

Ellos son portadores de vida y de renovación para la Congregación y la vida religiosa, no por el mero hecho de ser jóvenes, sino en la medida en que hacen propios y testimoniantes los valores vocacionales vividos desde su sensibilidad juvenil. Son portadores del don de Dios para bien de la Iglesia y del propio Instituto, no para diluirlos en la banalidad o superficialidad sino “ser fermento evangélico y evangelizador de las culturas del tercer milenio y de los ordenamientos sociales de los pueblos”. La ineludible opción por los pobres, por la justicia, por la convivencia de culturas y razas, por el diálogo interreligioso…exige una vigorosa formación en todos los aspectos: humana, religiosa, intelectual y pastoral.

Un mensaje también para los jóvenes. Ellos necesitan confiar en sí mismos, en su Congregación y en la llamada que Dios les hace y los mayores hemos de confiar en que los jóvenes son capaces de prolongar el estilo de vida evangélica y continuar la misión apostólica comenzada por nuestros Fundadores para que Dios sea conocido, amado y servido en todas las creaturas.

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Quiero terminar este primer punto leyendo una carta que un grupo de novicios me escribía una días antes de la Beatificación. Sus líneas reflejan los mismos sentimientos que os estoy expresando:

            “Ellos -refiriéndose a los mártires- son un ejemplo claro para todos aquellos que buscan sinceramente el camino del Señor, pero lo son de una manera especial para todos nosotros los novicios, que hemos sido llamados por el Señor.

             Sentimos que existe un punto común que nos une a nosotros con los mártires de Barbastro: Es el mismo ardor juvenil que nos empuja a marchar hacia adelante en el cumplimiento de la voluntad de Dios cueste lo que cueste.

             Somos conscientes de la situación sociopolítica de Europa y del mundo entero, tan cambiada y cambiante. En medio de conflictos y guerras apuntan claros reflejos de esperanza en la paz y en la fraternidad. Hay un camino común de la Humanidad hacia el intercambio cultural y económico. Nuestra cercana Expo-92 de Sevilla así lo ha demostrado.

             Pero nos preocupa y nos deja perplejos una pregunta: “¿qué puesto real, en este magno intercambio, se le está dando de hecho al Evangelio de Dios?” ¿Será todo un montaje orquestado insípidamente sobre una fraternidad universal sin auténticos hermanos que se reconozcan como tales bajo la mirada de un único Padre común?”.

             A este reto que vislumbramos en nuestro estrenado horizonte misionero se añade una nueva dificultad: Presentimos una nueva persecución, menos sanguinaria que la del 36, pero no menos violenta contra la unidad de la Iglesia: Nos referimos a ese cambio de rostro que los medios de comunicación social, las sectas, la indiferencia…., están causando en Europa.

             Los novicios de… enardecidos por el testimonio de nuestros mártires de Barbastro queremos manifestarle nuestro deseo de vivir nuestro Noviciado con el mayor entusiasmo y entrega personal y comunitaria, interiorizando mediante la Oración y la Palabra de Dios el mismo Espíritu que animó a nuestros mártires.

             Sólo en el “espíritu de nuestro Padre y de nuestra Madre cumpliremos el único objetivo que persigue la Congregación, “la gloria de Dios y la salvación de los hombres ” como quiere el Señor para la dilatación del Reino”.

Cuando a los jóvenes se les rebaja el ideal de vida, acaban por advertir que para esto no merece la pena y se van. No creo que los jóvenes de hoy sean más frágiles, más inconsistentes y menos generosos que los de otros tiempos. Tienen, sí, un entorno social, y puede ser que eclesial y religioso, menos propicio para la integración y madurez personal. El cúmulo de dificultades que tienen que afrontar es superior al de otras generaciones que se formaron en un clima más sosegado y uniforme. Esto hace que el proceso de formación sea más lento. Pero nada excusa para hacer rebajas en  el radicalismo evangélico de nuestra vocación religiosa. Cuando se condesciende en la oración personal y comunitaria, en la convivencia y en el servicio, en la ascesis y en el estudio, es muy difícil asegurar esa formación que los candidatos a la vida religiosa y sacerdotal necesitan para ser instrumentos eficaces del mundo nuevo que anhelamos.

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FORMACION Y MARTIRIO

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(Madrid, 2 de diciembre,1992)

 

 

 Aquilino Bocos Merino,C.M.F.

 

 

 

 

1.- PARTIMOS DE UN HECHO EJEMPLAR  

            1.1.- Declaración del Seminario Claretiano de Barbastro como                                                                                               Seminario Mártir y Modelo

            1.2.- Congruencias para esta Declaración

 

2.- LA FORMACIÓN EN ESTA COMUNIDAD-SEMINARIO DE BARBASTRO

 

            2.1.- Una formación que “satisface y plenifica” a la persona

            2.2.- Una formación según el carisma claretiano

            2.3.- Una formación para la “radicalidad evangélica”:

            2.4.- Una formación comunitaria para la misión

            2.5.- El papel decisivo de los formadores 

 

3.- ESTA COMUNIDAD-SEMINARIO MÁRTIR NOS CONVOCA Y ESTIMULA

            3.1.- Los mártires nos enseñan a vivir

            3.2.- Invitación a la fidelidad a la “propia” vocación, en clave de totalidad y perpetuidad.

           3.3.- Invitación a la confianza en los jóvenes que se forman

                  para asumir las exigencias radicales de la vida religiosa.

    [1] «Habitualmente no rehusaba las penas; al contrario, las amaba y deseaba morir por Jesucristo. Yo no me ponía temerariamente en los peligros, pero sí gustaba que el Superior me enviase a lugares peligrosos para poder tener la dicha de morir asesinado por Jesucristo»: Aut 465; cf. 466.

    [2] «…Espero que todos me ayudarán a dar a Dios muchas gracias por el beneficio imponderable de poder derramar un poco de sangre (5 libras) por amor de Aquel, que toda la derramó por mí, y poder sellar con mi sangre las verdades del Santo Evangelio y las alabanzas de María Santísima, que con tanto gusto predico». Carta a sus Misioneros de Vic (30-V-1856), EC, I, 1205. Esta Carta a sus Misioneros tiene especial valor carismático por haber querido el Santo Fundador compartir su experiencia con sus hermanos, invitándoles, así, a seguir por el mismo camino de fidelidad al anuncio del Evangelio.

    [3] «He sido muy calumniado y perseguido por toda clase de personas, por los periódicos, por folletos, libros remedados, por fotografías y por muchas otras cosas, y hasta por los mismos demonios… Algún poquito a veces se resentía la naturaleza; pero me tranquilizaba luego y me resignaba y conformaba con la voluntad de Dios. Contemplaba a Jesucristo, y veía cuán lejos estaba de sufrir lo que Jesucristo sufrió por mí, y así me tranquilizaba» (Aut 798).

    [4] Aut 467. En la última plática de los Ejercicios del año 1852, siendo ya arzobispo de Cuba, dijo: «En todas las operaciones, a Dios la gloria; a las almas el provecho, y a nosotros, los trabajos; y, aunque sean tantos que nos ocasionen la muerte no importa: Mori lucrum (Flp 1,21). Bonus pastor animam suam dat pro ovibus suis (Jn 10,11)»  FERNANDEZ, C. El Beato Padre Antonio María Claret, Madrid 1946, I. p. 383.

    [5] Nuestros mártires manifestaron una gran confianza en el valor de la oración comunitaria y mutua «para que el Señor les diese a todos la perseverancia»: Quibus, Misioneros Mártires, I. Barbastro, 2ª ed., 97.