Carta Circular del Superior General sobre la Beatificación de los 109 mártires claretianos

MISIONEROS HASTA EL FIN

 Carta circular sobre la beatificación de los 109 mártires claretianos

Mirad la roca de donde fuisteis tallados, y la cantera de donde fuisteis excavados” (Is 51, 1)

Así es como hemos conocido el amor, en que él dio su vida por nosotros. Y nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos y hermanas” (1 Jn 3, 16)

 

Queridos hermanos:

¡Que el Señor Jesucristo llene nuestros corazones con la plenitud de su amor y nos impulse a dar la vida por nuestros hermanos y hermanas!

  1. Nuestra vocación misionera está tallada de la misma roca en la que fue tallada la vocación de nuestro Fundador y de los mártires heroicos. Nuestra consagración al Señor es la clave para entender y vivir el misterio de la vida, el sufrimiento, la persecución y la muerte, abrazándolos con amor y poniéndolos al servicio de la vida. Al igual que ellos – nuestro Fundador y nuestros mártires – nosotros también deberemos ser “misioneros hasta el fin” a la manera de Aquél que “habiendo amado a los suyos les amó hasta el final” (Jn 13, 1). La historia ha marcado nuestro carisma con la sangre de muchos mártires que proclamaron que no hay mayor amor que el de aquél que da su vida por sus amigos (cfr. Jn 15, 13).
  1. El pasado 22 de diciembre de 2016 el papa Francisco aprobó la beatificación de nuestros 109 mártires, que tendrá lugar el próximo 21 de octubre en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona en una ceremonia presidida por el cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Han pasado 81 años desde los hechos que provocaron el asesinato de más de doscientos hermanos nuestros durante la contienda civil en España. La Iglesia reconoce ahora el testimonio heroico de muchos de ellos. Nosotros, sin olvidarnos de ninguno, acogemos este reconocimiento con profunda gratitud. En él vemos confirmada la autenticidad evangélica de la entrega de nuestros hermanos mártires y también la fecundidad del carisma claretiano en la Iglesia.
  1. A través de esta Carta dirigida a los presbíteros, diáconos, hermanos, estudiantes y novicios de nuestra Congregación, invito a todos a vivir este acontecimiento con fe y alegría, en comunión con toda la Familia Claretiana y con la Iglesia entera. No se trata solo de prepararnos para la ceremonia que tendrá lugar en Barcelona el próximo mes de octubre, sino de acoger esta gracia como un nuevo estímulo que Dios nos concede en este tiempo para ser lo que estamos llamados a ser: “testigos (o sea, mártires)-mensajeros de la alegría del Evangelio”. Nuestros mártires son el documento vivo que nos muestra con claridad en qué consiste esta vocación. Por eso, tenemos que leerlo con atención y docilidad. Ayudados por la gracia de Dios, ellos rubricaron con su sangre la profesión religiosa. También nosotros estamos llamados a rubricarla cada día con el testimonio de una vida misionera alegre y entregada.

 

Una nueva etapa de nuestra historia martirial 

  1. El 25 de octubre de 1992 fueron beatificados por san Juan Pablo II en Roma los 51 mártires de Barbastro. Cuatro días después de la próxima beatificación de Barcelona se celebrará el 25 aniversario de aquella gozosa efeméride. El hecho de que fuera el primer grupo de claretianos beatificados, tras la canonización de san Antonio María Claret en 1950, y que se tratara de un “seminario mártir”, tuvo un gran impacto en la vida de nuestra Congregación. La película Un Dios prohibido (2014) ha difundido su memoria por muchos lugares del mundo, más allá de los circuitos eclesiales. El Superior General de entonces, el P. Aquilino Bocos, nos ayudó a vivir aquel acontecimiento con su carta circular “Testamento misionero de nuestros mártires”. En ella afirmaba que “en nuestros hermanos Mártires contemplamos el paradigma de lo que estamos llamados a ser, es decir, hijos del Corazón de María, desde el Magnificat hasta el Calvario”. Los presentaba como una comunidad con mística y entusiasmo misionero, urgida por el amor y el perdón, preocupados por los marginados de su tiempo, y en actitud de morir contentos. Terminaba su circular preguntándose: ¿Qué vamos a hacer para que su fuego no se apague? Respondía con siete sugerencias que podemos hacer también nuestras en esta ocasión: 1) crecer en la convicción de que el Espíritu Santo es y debe ser aceptado como el protagonista de la misión; 2) asumir con valentía y generosidad las urgencias misioneras de nuestra Congregación; 3) crear un ambiente colectivo de disponibilidad en las personas y en las instituciones; 4) hacer del testimonio nuestra arma más poderosa; 5) revivir con corazón nuevo la pertenencia a nuestra Congregación; 6) comprometernos en el crecimiento cualitativo y cuantitativo de nuestra Congregación; y 7) aprender a morir contentos.
  1. Trece años después, el 20 de noviembre de 2005, en Guadalajara (México), fue beatificado el P. Andrés Solá Molist, misionero claretiano catalán, asesinado el 25 de abril de 1927, en el rancho San Joaquín, cerca de la ciudad de León, en México. El Superior General de ese momento, P. Josep Maria Abella, hablaba, en su carta circular, de “una memoria que nos interpela”. Resumía esta interpelación en cuatro puntos: 1) reafirmar nuestra opción por Jesús y por el Reino; 2) estar disponibles para la misión asumiendo todas sus consecuencias; 3) evangelizar en misión compartida; 4) en el año de la Eucaristía. La historia siguió avanzando. El 13 de octubre de 2013, en Tarragona (España), fueron beatificados otros 23 hermanos nuestros, los mártires claretianos de Sigüenza, Fernán Caballero y Tarragona. También con ese motivo, el mismo Superior General escribió la circular “Misioneros Mártires”. En ella, además de contar la historia de los mártires, nos invitaba a “conservar viva su memoria” condensada en tres palabras clave: fidelidad, disponibilidad y fraternidad.
  1. La tradición martirial de nuestra Congregación ha sido una realidad incesante, comenzando por nuestro Fundador. Su ardiente deseo de derramar la sangre por Cristo expresaba su anhelo de configurarse con Cristo misionero entregado en la cruz; así lo manifestó al P. Xifré, cuando se enteró del martirio del P. Francisco Crusats: “Yo deseaba muchísimo ser el primer mártir de la Congregación, pero no he sido digno, otro me ha ganado la mano…” (EC II, 1297-1298). Esto no fue un hecho aislado, sino la firme convicción que brotaba de la pasión y radicalidad con que vivió las diferentes etapas de su vida. Ya cuando los efectos de la guerra carlista dificultaron su recorrido apostólico por Cataluña, el arzobispo de Tarragona quiso librarlo de los peligros; sin embargo, la respuesta del P. Claret fue contundente: “Excelentísimo Señor, yo por eso no me arredro ni me detengo. Mándeme V. E. a cualquier punto de su diócesis, que gustoso iré, y, aunque sepa que en el camino hay dos filas de asesinos con el puñal en la mano esperándome, yo pasaré gustoso adelante… Mi ganancia sería morir asesinado en odio a Jesucristo” (Aut 466). Sabemos también de su alegría espiritual cuando tuvo la ocasión de derramar la sangre en Holguín (cfr. Aut 577). En Madrid, vivió un constante martirio de doce años a causa de las difamaciones, persecuciones e intentos de asesinato provenientes de políticos que deseaban y no podían manipularlo. Al final, perseguido y refugiado en un escondido monasterio del sur de Francia, murió casi del modo como lo había deseado: “Todas mis aspiraciones han sido siempre morir en un hospital como pobre, o en un cadalso como mártir…” (Aut 467). Las persecuciones y las calumnias que sufrió fueron consecuencia de su compromiso por anunciar el Evangelio y por defender la causa de los más débiles y desprotegidos. Esta valentía no brotó de su fortaleza personal, sino que fue el fruto de un largo proceso de maduración espiritual fundado en una total confianza en Dios, que queda reflejada en aquella gracia recibida en 1857: “El Señor me dijo a mí y a todos estos Misioneros compañeros míos, no sois vosotros quienes habláis entonces, sino el Espíritu de vuestro Padre, y de vuestra Madre, el cual habla por vosotros” (Aut 687).
  1. Quisiera que no olvidáramos a tantos hermanos nuestros que no han sido beatificados todavía, pero que culminaron su camino misionero con el martirio. Además del ya mencionado protomártir de nuestra Congregación, P. Francisco Crusats, (+1868), recordemos a los otros 88 claretianos que sufrieron el martirio en la Guerra Civil Española de 1936. La tradición martirial llega hasta el P. Rhoel Gallardo (+2000), asesinado en el sur de Filipinas. Como vemos, la realidad martirial es parte de nuestro carisma misionero. Es verdad que no todos estamos llamados a vivir la gracia de un martirio cruento, pero todos debemos convertir nuestra fidelidad cotidiana en un testimonio radical de nuestra fe. Para nosotros, recordar a nuestros mártires no es solo hacer memoria de una historia pasada, sino que se trata de unirnos en el mismo espíritu de entrega gozosa de la vida en la misión; así no huiremos de las pruebas y dificultades que nos sobrevengan. El Congreso de Espiritualidad de Majadahonda (1999) nos recordaba este espíritu martirial que no debería faltar en nuestra vida misionera: “En el horizonte de la vida de un auténtico misionero está siempre la posibilidad del martirio, el caso serio de la entrega, de la caridad, de la confesión de fe y de la proclamación de la esperanza. El martirio es un don. Y así ha sido siempre reconocido. Es un don para el mártir y también para la comunidad y la Congregación. Es un don paradójico, pero real. Podemos rehuirlo de antemano, si eludimos el peligro, si buscamos seguridades, si evitamos cualquier tipo de riesgo. El martirio como horizonte da un color especial a la vida misionera” (Nuestra espiritualidad en el Camino Espiritual del Pueblo de Dios, p. 46).

 

109 signos de Dios para nuestro tiempo 

  1. Los mártires que serán beatificados en octubre provenían de las comunidades de Barcelona (8), Castro Urdiales (3), Cervera-Mas Claret (60), Lérida (11), Sabadell (8), Vic-Sallent (15) y Valencia (4). En el encabezado de este numeroso grupo de mártires figuran tres nombres: Mateu Casals (Sacerdote), Teófilo Casajús (Estudiante) y Ferran Saperas (Hermano). Ellos simbolizan la diversidad vocacional de nuestra Congregación (cfr. CC 7). En el grupo había 49 Sacerdotes, 31 Hermanos y 29 Estudiantes, con una media de edad de 39 años. Catalanes, navarros, aragoneses, castellanos… todos compartían la común profesión religiosa y un gran amor a nuestra Congregación. Salvo dos, que murieron en 1937, todos fueron martirizados en los últimos meses del año 1936.
  1. En la página web que hemos creado con motivo de la beatificación (109cmf.org) se pueden encontrar las biografías de cada uno de ellos y diversos relatos de su martirio. Os invito a entrar en contacto con la historia para que su testimonio no quede diluido en un recuerdo genérico y vaporoso, sino que tenga la carne de lo concreto. Detrás de esta cifra – 109 – hay rostros y nombres concretos, historias que no pueden caer en el olvido, signos a través de los cuales Dios nos sigue hablando hoy. ¿Qué mejor estímulo para nuestro compromiso misionero que el peso mismo de la historia, narrada con gratitud e interpretada a la luz de la fe?
  1. Es imposible resumir aquí la trayectoria vital y el desenlace de cada uno de nuestros 109 hermanos. Pero quisiera evocar, al menos, el testimonio de algunos de ellos como invitación para acercarnos a sus vidas. El H. Ferran Saperas, tan probado en su castidad, antes de ser ejecutado, pronunció unas palabras que siguen estremeciendo hoy: “Matadme cuando queráis; pero eso no, ¡jamás! Soy virgen y virgen moriré”. Su recuerdo está muy vivo en la comunidad cristiana de Tárrega. El P. Jaume Girón, de la comunidad de Cervera, tan sensible a los movimientos sociales y al trabajo con los obreros, nos ha dejado también unas palabras memorables que unen martirio, eucaristía y compromiso social: “Yo estoy siempre preparado para dar la vida por Dios. Y en la misa de cada día me preparo y me ofrezco como víctima por los fines que el Padre Celestial sea servido. Cada día rezo por el que me va a matar… Tanto como he querido y he hecho por el obrero y será el obrero quien me matará”.
  1. El P. Julio Leache, navarro de 27 años, asesinado en la finca Mas Claret, aclara bien los verdaderos motivos del martirio: “Si nos quieren matar, quisiera que fuese sólo por Dios, o sea, que me maten celebrando, administrando los Sacramentos o rezando. Pero no por otros motivos humanos o políticos… Si nos matan por fascistas, poca gracia y poco mérito tiene, ya que hay fascistas de todo color. Pero si nos matan por decir Misa y por ser católicos, esto es meritorio ante Dios, esto es ser mártires”. Meses antes, el E. Adolfo de Esteban, en una carta escrita a su padre el 10 de mayo, le dice con claridad el motivo de su posible martirio: “No tenga Vd. ningún miedo por mi suerte, pues si preciso fuere, estoy decidido a derramar mi sangre por la causa de Jesucristo”. Lo que los mueve no es un ideal político sino la persona de Jesús. Estas palabras de nuestros hermanos emanaban de su compromiso misionero hasta el fin. La formación que habían recibido los había preparado para ello. Todos se inspiraban en la definición del hijo del Inmaculado Corazón de María, cuyo ideal es “imitar a Jesús en orar, trabajar y sufrir”.
  1. Lo que sigue llenándonos de consuelo es que todos hacen del perdón su estandarte. El P. Jaume Payàs, martirizado en Sallent, explicita sin ambages que mueren sin odio, perdonando a sus verdugos: “Perdono a todos los que me quieren mal, y les doy un abrazo de amistad; no guardo rencor a nadie, ni a los que me han tirado en casa como a un perro; también a Ti te lo hicieron”. El anciano P. Josep Reixach, dirigiéndose a los milicianos, con su cuerpo bañado en sangre, les dijo: “Si sois vosotros quienes me habéis disparado los tiros, os perdono de corazón. Quiero morir como Jesús que también perdonó a quienes le acababan de sacrificar”. El H. Julián Villanueva antes de morir, oró de rodillas diciendo: “Sabed que no me da miedo la muerte. Ofrezco mi vida por Dios y por las almas. Os perdono este crimen que vais a cometer conmigo y pido a la Divina Misericordia que acepte mi sangre por vuestra salvación”. El P. Emili Bover moría en el cementerio de Cervera el 20 de agosto exclamando: “Os perdono de corazón por amor de Dios”. Encontramos expresiones parecidas en otros muchos. Es como si todos hubieran hecho suyas, desde hacía tiempo, las palabras de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

Para la reflexión

  1. ¿Conozco suficientemente la historia de nuestros hermanos mártires? ¿Qué puedo hacer para ampliar mi conocimiento y para acoger el testimonio de nuestros hermanos?

  2. ¿Qué actitudes de nuestros mártires me interpelan más personalmente?

  3. ¿Cómo afectan a mi vida misionera las noticias de que muchos cristianos siguen siendo martirizados hoy a causa de su fe en diversas partes del mundo? ¿Qué respuestas doy ante estos hechos?

Testigos de reconciliación y perdón

  1. Nosotros vivimos en un mundo violento, expuesto a diferentes ideologías y realidades contrarias al valor de la vida y el Evangelio. Hay numerosos síntomas que nos hablan de una cultura de muerte. Los misioneros somos enviados a vivir y trabajar en medio de esta realidad, tratando de ser testigos de Jesús incluso a riesgo de la propia vida. En nuestros días encontramos situaciones vulnerables en Nigeria, Filipinas, India, Colombia, Venezuela,…, y muchos otros lugares. A menudo nosotros también hemos sido víctimas de violencia y odio. Corremos riesgos cada vez que rechazamos entrar en la dinámica de la avaricia y del poder, y preferimos ser fieles al Evangelio. El sufrimiento de los misioneros no puede ser entendido de cualquier manera sino dentro de la lógica del Evangelio.
  1. El imprescindible análisis histórico no desdibuja, sino que contextualiza, el testimonio inequívoco de nuestros 109 misioneros. Ellos vivieron en una sociedad marcada por fuertes enfrentamientos entre facciones, pero no eran militantes de ningún bando político sino personas (en su mayoría, bastante jóvenes) que se consagraron a Dios y que, llegado el momento, no dudaron en confesar su fe, aun a costa de su vida. Ellos podrían haberse librado del martirio si se hubieran dejado conducir por sus miedos o hubieran hecho concesiones a las peticiones de sus verdugos. Sin embargo, optaron por dar una respuesta de fe confiando en Dios. En tiempos líquidos como los nuestros, estas actitudes sólidas nos desarman y nos estimulan. Con la gracia de Dios, siempre es posible ser fieles a Jesús por más difíciles que sean las circunstancias. Estamos llamados a ser testigos valientes en medio de muchas pruebas y contradicciones. Cada tiempo y lugar tienen sus propios desafíos. Estamos llamados a ser testigos valientes en medio de muchas pruebas y contradicciones. Cada tiempo y lugar tienen sus propios desafíos. Sólo el perdón y el amor de Dios pueden ayudarnos a trascender las trampas del odio o de la fascinación que las ideologías suelen provocar.
  1. Sé que no todos ven las cosas de la misma manera. Algunos de vosotros me habéis expresado vuestros temores de que la beatificación de nuestros hermanos pueda ser malinterpretada o incluso usada como bandera por determinados grupos. Somos conscientes de que una guerra es siempre un fracaso de la humanidad. Miles de personas sufrieron las consecuencias de la guerra civil española. Muchas familias nunca han podido saber el paradero de sus seres queridos. Una capa de silencio cubre historias de seres humanos que fueron asesinados en circunstancias deplorables. Muchos se preguntan si tiene algún sentido beatificar a unos pocos cuando a otros muchos no los recuerda nadie. ¿No supone esta beatificación reabrir viejas heridas que parecían cicatrizadas? Son preguntas pertinentes que nosotros mismos tenemos que afrontar con serenidad y valentía, sin miedo a la verdad que nos hace libres. Estas preguntas nos ayudan a comprender mejor el contexto histórico en el que se produjo el martirio de nuestros hermanos y, sobre todo, a clarificar su auténtico significado cristiano.
  1. La beatificación de unos pocos no supone – no debe suponer – ninguna afrenta a los demás. Todos los muertos de una guerra, con independencia de su credo religioso o de su filiación política, tienen derecho a ser recordados y enterrados con dignidad como seres humanos. Cualquier esfuerzo en esta dirección ayudará a una verdadera reconciliación. Pero una beatificación de un mártir no es, sin más, un deber de piedad, un recordatorio amistoso o un homenaje social comparable a los que se tributan a algunos personajes famosos. Una beatificación, en sentido cristiano, significa atestiguar que una persona (o varias como en el caso presente) han sido asesinadas por confesar a Jesucristo, por odium fidei, según la expresión que usa la Iglesia. No se trata solo de ser fieles a unos ideales humanos, por nobles que aparezcan, sino, ante todo, de confesar a Jesucristo. Y, además, se requiere que el mártir (es decir, el testigo) muera sin odio, perdonando a sus verdugos. Los mal llamados mártires yihadistas de nuestros días, por ejemplo, también mueren por sus ideales, pero no lo hacen por amor y perdonando, sino todo lo contrario: mueren víctimas de su propio odio y matando a muchos inocentes. La diferencia salta a la vista, aunque invoquen el nombre de Dios. En el caso de nuestros hermanos, ellos, al estilo de Jesús, fueron capaces de romper con la espiral de violencia social, en la cual sus verdugos trataron de involucrarlos. Ellos, en su corazón consagrado a Dios, consiguieron trasformar el poder de la violencia en amor y perdón hacia sus enemigos, y en oración por la paz y la reconciliación del país.
  1. Estos dos elementos (confesión de Jesucristo y perdón de los verdugos) se dan heroicamente en el caso de nuestros próximos beatos. Es verdad que a veces uno se queda sin palabras ante la crueldad con que fueron tratados, pero llama mucho más la atención su respuesta valiente y entusiasta. Los misioneros eran conscientes del riesgo que corrían. Con prudencia, buscaron ponerse a salvo, pero, cuando fueron apresados, en ningún caso renunciaron de su fe, a pesar de que en muchas ocasiones les prometieron la libertad si lo hacían. ¿No es admirable una entereza como ésta? ¿Es posible que nosotros, sus hermanos, olvidemos estas historias de fidelidad? Tras un largo proceso de investigación en el que han trabajado varios hermanos nuestros, a quienes a través de esta Carta quiero agradecer su paciente dedicación, la Iglesia ha reconocido la autenticidad de su testimonio martirial. No son los únicos, pero en ellos resplandece el testimonio de todos. Celebrarlo no supone ir contra nadie, ni siquiera contra aquellos que los asesinaron o justificaron su muerte. Una beatificación es siempre una celebración de la fe y del perdón, no un juicio o una venganza. Por eso, tiene siempre sentido. No es un ajuste de cuentas con el pasado sino una apuesta de futuro. Solo podemos vivir juntos cuando aprendemos a respetarnos y perdonarnos.
  1. Los mártires, en conformidad con Cristo, son testigos de perdón y reconciliación, y constructores de la paz. Ambas experiencias son imprescindibles para vivir como hermanos en nuestras sociedades plurales. Historias como éstas nos muestran que, incluso en circunstancias extremas, hay seres humanos que saben perdonar porque ellos mismos se sienten infinitamente perdonados por Dios. Son personas que se hacen eco de las palabras de Jesús: “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37). También hoy, algunos de vosotros estáis viviendo situaciones de persecución y de prueba por causa del Evangelio. Nuestra Congregación no os olvida. La actitud de los mártires os ilumina el modo mejor de afrontarlas. Su intercesión os mantiene firmes.

Para la reflexión

  1. ¿Qué pruebas experimento yo como creyente y como misionero en el contexto en el que vivo?

  2. ¿Cómo estoy afrontando estas pruebas?

  3. ¿Cómo puedo contribuir de manera concreta a ser artesano de paz y reconciliación en mi ambiente?

Sin santos no hay futuro 

  1. Con respecto a una vida fecunda Jesús nos enseña: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede dar fruto” (Jn 12, 24). Los Padres de la Iglesia sabían del valor del martirio como promesa de futuro: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos” (Tertuliano). El futuro de la humanidad carece de esperanza cuando pierde el buen olor de Cristo (cfr. 2 Cor 2, 15) que es la santidad. El testimonio de los mártires nutre nuestra vida de entrega en el presente, y nos ayuda a esperar un futuro fundado en los valores evangélicos (cfr. Mt 7, 25). El Señor nos da la gracia de participar de la redención del mundo. Nuestros hermanos mártires han participado en ese misterio de una manera particular (cfr. Col 1, 24).
  1. Hace unos meses, el papa Francisco, en una Liturgia de la Palabra en recuerdo de los mártires cristianos de los siglos XX y XXI, dijo:

“El mártir puede ser pensado como un héroe, pero lo fundamental del mártir es que ha sido un salvado: es la gracia de Dios, no la valentía, lo que nos hace mártires. Hoy, de la misma manera se nos puede preguntar: ¿Qué necesita la Iglesia hoy? Mártires, testigos, es decir santos de todos los días. Porque la Iglesia la llevan adelante los santos. Los santos: sin ellos, la Iglesia no puede ir adelante. La Iglesia necesita santos de todos los días, los de la vida ordinaria, llevada adelante con coherencia; pero también aquellos que tienen el valor de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos aquellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testigos que llevan adelante la Iglesia; aquellos que demuestran que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo, y lo demuestran con la coherencia de vida y con la fuerza del Espíritu Santo que han recibido como don” (Homilía del papa Francisco en la basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina, Roma, 22 de abril de 2017).

  1. Cada vez que celebramos la santidad de algún hermano nuestro, recordamos que cada uno de nosotros hemos sido llamados a ser santos, aun a riesgo de ser incomprendidos. El objetivo de nuestra Congregación es claro: “buscar en toda la gloria de Dios, la santificación de sus miembros y la salvación de los hombres de todo el mundo según nuestro carisma misionero en la Iglesia” (CC 2). ¿Cómo ser santo hoy? Viviendo como Jesús, siendo testigos del amor de Dios y luchando contra todo lo que lo oscurece. El escritor británico G. K. Chesterton, en su obra sobre santo Tomás de Aquino, afirma que “es una paradoja de la historia que cada generación es convertida por el santo que más la contradice”. La santidad, que es una expresión del amor de Dios por el mundo, por todos los seres humanos, tiene también una fuerte carga contracultural. Esta santidad confronta la ideología de un mundo sin Dios o de un Dios desvinculado del destino humano. Nuestros hermanos mártires nos inspiran a no tener miedo de vivir este tipo de contradicción para ser una parábola del amor de Dios por el mundo.
  1. Esto exige de nosotros vigilancia y valentía, un profundo amor a todas las personas y, al mismo tiempo, una distancia de todo aquello que, aunque esté de moda o se presente como un avance, contradice el Evangelio de Jesús: su pasión por Dios y por los pobres. El papa Francisco nos ha hablado repetidamente de las tentaciones de los evangelizadores actuales (cfr. EG 76-109) y, de manera especial, de la tentación de la mundanidad espiritual (cfr. EG 93-97). Pensar que podemos ser fieles al Evangelio sin renunciar a nada, viviendo como todo el mundo vive, significa haber olvidado que solo quien da la vida, quien no pretende “ganar el mundo”, puede encontrarla de verdad. En este sentido, nuestros mártires son un claro ejemplo de la experiencia Quid prodest (Mc 8, 36) que tanto marcó el itinerario espiritual de nuestro Fundador y que lo preparó para su proceso de configuración con Cristo. También nosotros estamos llamados a ser santos así en las condiciones de nuestra vida cotidiana, viviendo el martirio de una existencia entregada a Dios y al servicio del Evangelio, sin dejarnos dominar por los ídolos y adicciones de nuestro tiempo: el apego al poder y al dinero, el activismo sin alma, la búsqueda de la comodidad y el éxito a toda costa, el afán de protagonismo, la huida de las situaciones de pobreza… Será nuestra mejor contribución hoy a la transformación del mundo según el corazón de Dios.

Para la reflexión

  1. ¿Qué llamadas de Dios experimento cuando hago memoria de la vida de nuestros mártires?

  2. ¿Qué ídolos me están robando el corazón e impidiendo una entrega generosa a Dios y a los demás? ¿Cómo afronto la tentación de huir del sufrimiento en la misión?

  3. ¿Desde qué criterios elijo vivir y asumir el costo del seguimiento de Jesús en un contexto de prueba?

Testigos y mensajeros de la alegría del Evangelio 

  1. El XXV Capítulo General nos ha invitado a todos los misioneros claretianos a vivir nuestra vocación de testigos-mensajeros de la alegría del Evangelio como respuesta luminosa a las interpelaciones de Dios en nuestro mundo (cfr. MS 5-33). Para ello, después de recordarnos los rasgos carismáticos que hoy debemos acentuar en la misión (cfr. MS 34-63), nos ha propuesto claramente tres procesos de transformación:
  • Necesitamos, en primer lugar, una profunda conversión pastoral que haga de nosotros una Congregación “en salida” (cfr. MS 66-68), misionera, abierta, atenta a las necesidades de las personas de nuestro entorno, dispuesta a dejar las viejas seguridades y a arriesgar mucho más para acercar el Evangelio a quienes buscan sentido y consuelo. Si algo nos impresiona en nuestros mártires es su audacia en el Señor, su capacidad de afrontar los riesgos y peligros de la misión. Su “salida” – casi podríamos decir su dispersión obligada, como la de los cristianos de Jerusalén que fueron perseguidos (cfr. Hch 11,19) – marca, en realidad, el comienzo de una nueva etapa de fecundidad misionera. Su salida no era una huida para salvar su vida perdiéndose a sí mismos sino una entrega de sí mismos para ganar la verdadera vida (cfr. Mc 8, 35).
  • Necesitamos también una conversión comunitaria que nos ayude a redescubrir la alegría de ser comunidad misionera, de evangelizar con el testimonio de una vida fraterna (cfr. MS 69-72). Los 109 mártires no constituyeron una sola comunidad, como los de Barbastro, ni fueron todos encarcelados o asesinados en el mismo lugar. Pero, en medio de su dispersión geográfica, se sentían miembros de nuestra Congregación, apoyados por la oración de todos sus hermanos y en profunda comunión con ellos. Por eso, su recuerdo hoy nos ayuda a valorar más nuestro sentido de pertenencia a nuestra Congregación universal: “Son tus hijos, Congregación querida”, como escribía el beato Faustino Pérez, en su famosa carta de despedida.
  • Necesitamos, por último, una sincera conversión espiritual que nos empuje a adorar a Dios en el Espíritu (cfr. MS 73-75), a buscar en todo la gloria de Dios para no ser víctimas de los muchos ídolos que nos circundan, para poder decir como el salmista: “Tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen” (Sal 15,2-3). La entrega de los mártires fue posible porque habían sido formados en una recia espiritualidad misionera que nutría su compromiso. El conocido canto martirial lo expresa con nitidez: “Por ti, Rey mío, la sangre dar”. No por motivos políticos o por miedo, sino por amor a Aquel que es nuestra razón de ser y actuar.

Para la reflexión

  1. Teniendo en cuenta mi edad y condición, ¿cuál de los tres procesos de transformación propuestos por el XXV Capítulo General resuena más en mí? ¿Por qué?

  2. ¿Qué puedo hacer para vivir con más alegría y entrega mi vocación misionera en la situación en la que ahora me encuentro?

  1. Como Congregación estamos viviendo otra época histórica con sus propios desafíos y oportunidades. Queremos vivir en fidelidad con el carisma claretiano para ser misioneros hasta el fin. La palabra MISIONEROS, escrita en mayúsculas, resume nuestra identidad carismática. Nuestros mártires vivieron con intensidad la vocación que esta palabra – misioneros – sintetiza. Se sabían enviados por Dios y ungidos por el Espíritu Santo para seguir a Jesucristo en comunión de vida, yendo por el mundo entero para anunciar el Evangelio a toda criatura (cfr. CC 4). La fidelidad de nuestros hermanos mártires nos invita a vivir fielmente esta vocación misionera hasta el fin en cada uno de nuestros contextos.
  1. La expresión “hasta el fin” evoca una vida misionera llevada hasta sus últimas consecuencias: dar la vida por Cristo. El Evangelio de Juan abre el llamado “libro de la gloria” con estas palabras: “Habiendo [Jesús] amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Este es el trasfondo evangélico que da su verdadero sentido a la frase usada en nuestro lema. Cada uno de nosotros tenemos que discernir cómo ser misioneros hasta el fin en el contexto de la propia vida, y de esta manera perfeccionar la obra que el Espíritu Santo ha iniciado en nuestra consagración religiosa (cfr. Flp 1, 6).
  1. Con esta Beatificación, la Iglesia reconoce y propone el valor de la entrega misionera de nuestros hermanos hasta el fin. Es deseo de todos que la celebración de este acontecimiento no sea solo un momento de euforia congregacional sino algo que cualifique la profecía ordinaria de nuestra vida.
  2. A través de esta Carta exhorto a todos los miembros de nuestra Congregación a intensificar en las próximas semanas nuestra preparación espiritual para este acontecimiento. Por otra parte, desde la Comisión General para la Beatificación y desde la Comisión de Catalunya se han enviado ya las indicaciones precisas para organizar la participación en los distintos actos previstos para los días 20-22 de octubre: vigilia de oración (20), ceremonia de beatificación (21) y misa de acción de gracias (22). El Gobierno General, por su parte, ha cursado también algunas invitaciones especiales y ha puesto en marcha lo necesario para el desarrollo del programa en colaboración con nuestros hermanos de la Provincia anfitriona de Catalunya y de las demás Provincias de España, a quienes agradezco su compromiso y sentido congregacional.
  1. Invito ahora a cada Organismo mayor y a cada comunidad local a preparar con entusiasmo este acontecimiento en el propio ámbito, así como a compartir con los otros miembros de la Familia Claretiana, con familiares, amigos y colaboradores de la misión, un acontecimiento que desborda los límites congregacionales. Además de las 3.500 personas que podrán estar presentes en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona el próximo día 21 de octubre, a través de la página web (http://www.109cmf.org) será posible seguir la retransmisión en directo de la ceremonia desde cualquier parte del mundo. Puede ser una hermosa oportunidad para congregar al Pueblo de Dios en nuestras casas, iglesias, escuelas y otros centros de evangelización y, de esta manera, compartir con los demás la gracia de la beatificación. La beatificación será también una ocasión muy especial para expresar nuestra cercanía a las personas de nuestro entorno que están experimentando la prueba de la enfermedad, la soledad, el desempleo, la violencia doméstica, la pobreza o cualquier otra forma de marginación y sufrimiento. No hay auténtica celebración si no hacemos partícipes de ella a quienes parecen excluidos de la fiesta de la vida.
  1. Quisiera terminar esta Carta con una invitación a vivir con intensidad la gracia que el Señor nos concede con la beatificación de nuestros mártires:
  • A los ancianos y enfermos de nuestra Congregación, que sentís en carne propia las pruebas de la edad y la enfermedad, os agradezco vuestra misión particular en nuestra Congregación. Os pido que os unáis a la cruz redentora de Jesús y al sufrimiento victorioso de nuestros mártires “completando lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1, 24). Experimentaréis una consolación que nada ni nadie os podrá arrebatar. Os invito asimismo que oréis de manera especial durante este tiempo a fin de que todos los misioneros claretianos aprovechemos esta gracia de la beatificación para crecer en celo misionero.
  • A los jóvenes en formación os invito a miraros en el espejo de los mártires para encontrar modelos vigorosos de vida claretiana, fortalecer vuestro compromiso misionero, ofreceros con generosidad para las nuevas fronteras de la misión e invitar a otros a compartir nuestro estilo de vida.
  • A quienes estáis experimentando la prueba de la persecución, la soledad, las crisis de fe, de afectividad o de vocación, los conflictos personales, comunitarios o pastorales, os invito a acoger el testimonio de los mártires y a impetrar con humildad su intercesión para que podáis responder con fidelidad y generosidad misioneras. Todo se puede vivir de manera positiva cuando dejamos que el Señor haga su obra en nosotros.
  • A los miembros de la Familia Claretiana y a los laicos que compartís con nosotros el carisma claretiano, os invito a uniros a nuestra acción de gracias y a nuestra celebración para reforzar la comunión fraterna y el compromiso misionero.
  • A todos, en general, os pido que vivamos este tiempo como una oportunidad que el Señor nos concede para ser “misioneros hasta el fin” en las concretas condiciones en las que nos ha tocado vivir. El martirio de la vida cotidiana, vivido con serenidad y entrega, es la profecía con la que anunciamos el nuevo estilo de vida que Jesús propone en el Evangelio. Pedimos al Señor el don de la conversión para ser constructores de la paz y reconciliación en nuestras comunidades y en la sociedad.
  1. ¿Cómo no vivir este tiempo en compañía de nuestra Madre, la Reina de los Mártires, la “mujer fuerte” que sostuvo a los nuestros en sus pruebas y que continúa hoy su lucha contra el mal? Ella sigue acompañándonos en la dulce aventura de la evangelización y nos forma en las actitudes que necesitamos para ser ‘misioneros con Espíritu’. Queremos hacer nuestra la ternura de su corazón para acompañar con la fidelidad materna a los que sufren como Ella y las mujeres que estaban al pie de la cruz acompañando a Jesús hasta el final. Nos sabemos flecha misionera forjada en su Corazón y lanzada por su mano poderosa.

La beatificación casi coincidirá con la solemnidad de san Antonio María Claret que perseveró como el “hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa” hasta el final de su vida. A él y a todos los Beatos Mártires de la Familia Claretiana les pedimos que intercedan por nosotros y que nos acompañen a lo largo del camino.

Como expresión de nuestra común vocación, durante este período de preparación os invito a orar juntos, formando un solo coro congregacional, con la siguiente oración:

Te damos gracias, Padre,
por las vidas entregadas de nuestros hermanos
Mateu, Teófilo, Ferran y sus compañeros mártires.
Su sangre derramada
rubricó su compromiso de seguir a tu Hijo Jesucristo
hasta las últimas consecuencias.
Sostenidos por tu gracia,
murieron perdonando a sus verdugos
y ofreciendo sus vidas como pan de Eucaristía.
 
Ayúdanos, Padre, a acoger su testimonio
para que también nosotros
seamos testigos creíbles del Evangelio
y artesanos de reconciliación
en la Iglesia y en el mundo.
 
Concédenos que, con la fuerza de tu Espíritu Santo
y siguiendo el ejemplo del Corazón de María,
escuchemos siempre tu Palabra,
la guardemos en el corazón y la anunciemos a todos
con el testimonio de una vida alegre y entregada.
Amén.

 

Roma, 13 de agosto de 2017

Memoria de los Beatos

Felipe de Jesús Munárriz y compañeros mártires

Mathew Vattamattam, CMF
Superior General