Màxim Muñoz (Catalunya)

Esta beatificación significa el coronamiento de todas las causas de nuestros mártires de la guerra civil española. Nos permite contemplar, en su conjunto, el testimonio impresionante de fe y de perdón que dio nuestra Congregación y cada mártir en unos momentos trágicos para la sociedad y para la Iglesia en España. Me siento orgulloso de unos hermanos que, siendo cristianos y religiosos “normales” como yo, ante una circunstancia tan extraordinaria supieron responder con una generosidad y fortaleza admirables. Ciertamente esto no se improvisa: habían recibido de nuestra congregación unos cimientos firmes, en la formación y el cultivo del estilo de vida habitual que llevaban. Y eso también es motivo de orgullo.

Me llega muy adentro su testimonio de unión íntima con Cristo, que les permitió vivir su muerte con sus mismas actitudes: de confianza radical en el Padre, de fortaleza y ánimo con que iban venciendo su natural debilidad humana frente a los ataques, ofensas, tentaciones y la misma muerte; de esperanza firme en la Vida y el Amor son más fuertes que la muerte; de amor que llega hasta el perdón a los enemigos.

Creo firmemente en la fecundidad de sus muertes. Lo que para la Congregación fue una gran pérdida, se ha ido convirtiendo en una gran fuerza, energía e inspiración. Sobre todo, porque su testimonio nos interpela y estimula continuamente, ante la tentación de desconfianza, de comodismo o mediocridad en nuestra fe y de nuestros compromisos. El martirio ciertamente es un hecho excepcional, pero está en la línea del estilo de vida que Cristo pide a sus seguidores: renunciar a “salvar la propia vida” o reservarla para los propios planes y entregarla generosamente para que todos “tengan vida y la tengan en abundancia”.