MANUEL CASAL (Catalunya)

Sería el curso 1961- 62, en el filosofado claretiano de Solsona. Recuerdo unas conferencias de formación dadas por el P. Prefecto, sobre las características del espíritu de la Congregación. Me sorprendió y no acabé de entender que el P. Prefecto incluyera el sentido martirial entre los trazos propios de los claretianos. Yo era lo que se llamaba “una vocación tardía”, por lo que me faltaba rodaje.

Han pasado los años. La Congregación me ha situado en un lugar de privilegio. Ahora soy Vicepostulador para las causas de los santos de la provincia de Catalunya. Tengo ocasión de leer los relatos de los sucesos del verano de 1936. Sacerdotes sabios, predicadores de la Palabra, hermanos coadjutores de recias convicciones, basta recordar al mártir de la castidad Ferran Saperas. Jóvenes salidos de sus familias, muchas de ellas campesinas, que poco o nada conocían de los acontecimientos políticos del momento turbulento que vivía el país. Eran formados en el estudio, en la oración, en el amor a la Congregación y a los hombres y mujeres a los que se sentían llamados a evangelizar. Por la doctrina de la Iglesia, sabían más de justicia social que muchos de los que los conducirían a dar la vida por sus ideales claretianos, en nombre de odios y rencores irracionales.

Ha sido para mí una vivencia difícil de transmitir con palabras solas, abrir las urnas donde están depositados los restos de nuestros hermanos mártires; ver los estragos de las balas y de los tiros de gracia y recordar sus testimonios de perdón, de bondad, de amor cristiano. Recordar como suplicaban a Dios y a nuestra Santísima Madre la gracia del martirio como el mejor momento de dar testimonio de su fe en Cristo y en su Iglesia. Estar frente a los restos de mis hermanos claretianos, tenerlos en mis manos al extraer lo que serán las reliquias que ofreceremos cuando, una vez Beatos, puedan ser expuestas a la veneración del Pueblo de Dios. Creedme: es una emoción especial la que se vive.

Eso es lo que representa para mí la beatificación. Estoy llamado a vivir mi vida religiosa y sacerdotal como la vivieron ellos. Dando el honesto y sencillo testimonio auténtico de lo que me he comprometido a ser y a mostrar al mundo.

Ahora, después de los años, ya entiendo el sentido martirial de la Congregación.