LUIS ENRIQUE ORTIZ (Antillas)

La Beatificación de los 109 mártires claretianos es para mí el reconocimiento de un SÍ firme hasta el final. Cuando pienso en estos hermanos que siendo jóvenes permanecieron firmes en su respuesta generosa a Dios soportando el suplicio del martirio, me conmuevo profundamente.

En aquellos jóvenes se conjugaron armoniosamente el yugo de un contexto político difícil que amenazaba la fe y el deseo interior de dar la vida por Jesús. El SÍ de estos hermanos fue la piedra angular que sostuvo sutilmente ambos factores. La entrega martirial me habla de un corazón movido y fundado por el SÍ de Dios que hizo posible la entrega generosa de ellos. En su interior había la fuerza de un SÍ mucho más grande que el propio, el SÍ de Dios expresado en su amor y su llamada.

La firmeza con que entregaron su vida habla de un corazón que supo descansar en la gratuidad de Dios. En las manos de aquellos jóvenes estaba la entrega generosa. En su corazón la dulce y reconfortante voz de Dios que repetía: todo es don. Esta voz los movía profundamente en consuelo y libertad.

El martirio es la expresión de la gracia de Dios y de una vida fundada en convicciones. Eran jóvenes, aún faltaba camino por hacer, pero en su corazón había convicciones muy claras y firmes. El martirio de ellos es el testimonio convincente de una vida ofrecida a Dios y a los hermanos.

Nuestros hermanos mártires son una interpelación palpable para quienes como yo estamos dando los primeros pasos en la vida misionera. Nos mueven a renovar nuestro SÍ generoso fundado en el don de Dios y a fundar nuestra vida misionera en las convicciones evangélicas para ofrecernos gratuitamente, cada día, en el servicio del Reino como hijos de Dios y hermanos de todos.