LEO DALMAO

Reflexionar sobre la beatificación de nuestros 109 mártires hermanos me trae a la mente el amor de Dios y el espíritu de fraternidad. Estos son dos componentes importantes de nuestra vida que son claramente visibles en su entrega. Su significado está fuertemente conectado con nuestra identidad: quiénes somos realmente y cómo se supone que debemos vivir nuestras vidas a tiempo y a destiempo. La beatificación es un recordatorio de nuestra vocación fundamental como misioneros y como claretianos.

Como misioneros, estamos naturalmente inclinados a confiar todo a Dios en cuanto personas enviadas a evangelizar y servir a la Palabra; sin embargo, ofrecer todo a Dios no será verdaderamente posible sin el amor por Él. El amor de Dios hará posible lo que es imposible con criterios humanos. Sus actos de sacrificio, perdonar a sus verdugos y morir en paz demostraron claramente cómo el amor de Cristo capacitó a nuestros hermanos mártires para su entrega total.

Para nosotros claretianos, la vida comunitaria es un componente sagrado de la vida misionera. El martirio de nuestros hermanos y de los que no están en la lista y, sin embargo, son igual de santos y merecedores, nos recuerda que de nuestra fraternidad sacamos fuerza y ​​guía y que compartimos la vida con nuestra comunidad.

La beatificación de nuestros hermanos debe ser ocasión de acción de gracias y renovación del compromiso misionero para todos los que compartimos su vocación y respuesta.