Juan Carlos Martos (Bética)

Confieso que el martirio es uno de los quicios sobre el que han girado muchas cosas de mi vocación. El martirio de un tío mío sacerdote me marcó desde niño. Mi madre, y también mis tíos, me contaron muchas veces su historia. Jamás les oí una palabra de odio o venganza contra sus ejecutores. De mi tío Manuel, bueno y mártir, conservo como preciosa reliquia: dos monedas que guardaba en su bolsillo en el momento en que lo sacrificaron. Por otra parte, los claretianos de la comunidad de mi ciudad natal, Jaén, fueron los primeros en ser martirizados en la guerra española de 1936. ¡Cuántas veces pude pasear por la huerta del convento donde ofrendaron sus vidas aquellos cinco claretianos…! Sus desdichas quedaron impresas para siempre en mi alma.

Tal vez por ello, me produce un familiar estremecimiento cada una de las 109 historias de mis hermanos claretianos que van a ser beatificados. En particular me impresiona la tenacidad y entereza del H. Fernando Saperas al defender su castidad hasta límites tan insoportables que sigue magnetizando hasta el día de hoy a los vecinos de Tárrega, su ciudad martirial.

Los mártires confirman que mi vocación claretiana –como la suya– contiene fuerza de salvación. Soy –como ellos– persona apta para completar con mi vida lo que falta a la pasión del Señor. Tal vez nunca me veré delante de un fusil asesino, ni sufriré los golpes, maltratos y desprecios que ellos recibieron impunemente. Pero jamás podré dudar de que cualquier gesto de amor hacia Dios o hacia mis hermanos, por pequeño que sea y aunque nadie lo note, es precioso para dilatar el Reino. Colaboro a crear un mundo nuevo cada vez que doy lo mejor de mí mismo.