JOSEBA KAMIRUAGA

La memoria de los Mártires Claretianos me trae al recuerdo la “hora” en el Evangelio de San Juan. Yo he leído que en ese Evangelio se distinguen dos tiempos. La primera parte, cuando todavía no ha llegado la hora, Jesús se revela a través de signos o gestos simbólicos. En la segunda parte, cuando llega la hora, la revelación se produce en la crucifixión y muerte de Jesucristo, tiempo de su glorificación. Nuestros amigos y hermanos acogieron la “hora” a la que ellos entendían que Dios les invitaba y bebieron, apurando el sorbo, de aquel cáliz. Su testimonio es elocuente. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuenen su voz, el desenlace de su vida conmueve vívamente y seduce de que quien entrega su vida la gana para siempre. En la antífona In Paradisum se canta que los mártires reciban, a su llegada, el alma del difunto, y que los ángeles y Lázaro le conduzcan al eterno descanso. El Dios que dispersa a los soberbios, que derriba del trono a los poderosos, que enaltece a los humildes, se vale de la ayuda y compañía de Lázaro y de los mártires como acreditados valedores y poderosos intercesores. ¿Quién es este Dios que escoge lo débil para avergonzar a lo que es fuerte? Me gusta recogerme en silencio y oración estos días – haciendo memoria de los Mártires Claretianos – con estas palabras que, yo creo, se realizan especialmente en ellos: “Me di sin tender la mano para cobrar el favor; me di en salud y en dolor a todos, y de tal suerte que me ha encontrado la muerte sin nada más que el amor”. Así les encontró la muerte. No creo que la soportaron. Yo creo que la abrazaron. Y lo hicieron sin nada más que amor y perdón.