José María Vegas (Rusia)

La beatificación de un número tan grande de claretianos me dice, en primer lugar, que la santidad no es algo para unos pocos elegidos, sino para todos, también para mí. El que sean mártires, despierta mi conciencia de la seriedad radical de la llamada de Jesús. Es algo en lo que tiene que irme la vida. El que su martirio se debiera a que eran misioneros claretianos me recuerda, que nuestra vida no es, sobre todo, una profesión o una serie de “actividades pastorales”, sino la disposición a dar la vida por los que nos son confiados (Jn 21, 15-18). El martirio interrumpió bruscamente los planes de nuestros hermanos, y ello me dice que, con frecuencia, nuestros caminos no son los caminos de Dios (cf. Is 55, 8), y, si bien es cierto que tengo y tenemos que planificar, lo más importante es no dejar de estar abierto a los planes inesperados de Dios. Nuestros hermanos mártires nos marcan el camino, nos enseñan la radicalidad a la que estamos llamados. Y si ellos lo hicieron derramando su sangre, yo siento que debo hacerlo, primero, con la disposición a derramarla si es preciso, y si no, dando la vida en el día a día, no escatimando esfuerzos, no negándome a nada que me pida la Congregación y la Iglesia, viviendo en la disponibilidad radical de la misión universal. En mi caso, la misión me ha llevado a Rusia, una tierra de muchos mártires contemporáneos, ortodoxos, católicos y protestantes. Por ello el carisma Claretiano se adecua bien a esta tierra llena de sufrimientos, también por la fe. Pido a los mártires claretianos que el carisma de Claret eche raíces aquí y que su sangre sea semilla de vocaciones claretianas rusas.