GREGORY EZEOKEKE (West Nigeria)

Nuestro padre fundador, San Antonio María Claret, vivió con el deseo apasionado de morir mártir. Nuestra Congregación también ha sido bendecida por el testimonio de los mártires de Barbastro y otros como Andrés Solá, etc. En los próximos días, también seremos bendecidos con la beatificación de otros 109 hermanos que murieron por su fe en diferentes partes de España durante la guerra civil española. Como claretiano, es difícil permanecer indiferente frente a tan resonantes testimonios de fe de aquellos que comparten no sólo la misma fe sino también la misma profesión religiosa y el mismo carisma. Para mí, el significado de la próxima beatificación tiene muchos aspectos. El primero es, por así decir, sentimental: se basa en el conocimiento de que tengo un vínculo histórico con estos hombres; vivieron y murieron como claretianos y hoy yo soy claretiano. Soy una persona que vive con un legado histórico que ellos nos han dejado. Un legado que se vuelve más hermoso e intenso por un testimonio tan notable de seguimiento que nuestra profesión religiosa, por su misma naturaleza, nos invita a vivir en un sentido y manera más radical. El segundo aspecto de mi sentimiento es espiritual. Es así porque la sangre de los mártires es considerada una semilla de la fe. En otras palabras, el testimonio que estos hombres nos dejaron no es sólo una reliquia histórica que debe considerarse como una página épica de heroísmo. ¡Es mucho más! Su martirio nos invita a una opción y esa opción no es banal. Es una opción para profundizar en mi persona y hacerme preguntas muy fundamentales relacionadas con la profundidad de mi fe en Jesús, con el grado de radicalidad con el que estoy dispuesto a seguirlo y cuánto sacrificio estoy dispuesto a hacer para eso. En otras palabras, la contemplación de sus vidas es una llamada a ensanchar los límites de mi fuerza espiritual e incluso psicológica para ser un buen Claretiano. ¡No me conformo con menos!