Fernando Torres (Santiago)

Dicen que España es un país muy fuerte porque sus habitantes llevan siglos tratando de destruirlo y no lo han conseguido. Los tiempos de nuestros mártires eran de esos tiempos de luchas internas, de guerras civiles, en las que se mezclan ideologías, odios sin sentido y muchas otras pasiones y sueños utópicos, que a veces son causa de las peores opresiones imaginables.

Por en medio de todas esas pasiones, tiros y odios, les pilló a mis hermanos de congregación. La mayoría de ellos sólo querían ser misioneros y anunciar a sus hermanos y hermanas el Evangelio de la Misericordia. Son muertes que no tuvieron sentido político, que fueron fruto del odio, de la ignorancia, del desconocimiento. Pero eso no quita nada de valor a aquellos hermanos míos que dieron su vida en fidelidad a su vocación misionera. Donde muchos pueden ver un sin sentido, a mí se me hace clara la luz de la entrega, de la vida ofrecida con generosidad. ¿Lo hicieron desde una forma de pensar que quizá hoy muchos no compartan? Es posible. Pero eso no quita ni un milímetro a su generosidad, a su entrega, a su fidelidad.

No sé si daría la talla como ellos la dieron en caso de que me tocase vivir una situación parecida. Pero ellos están ahí, su ejemplo, su testimonio, y me animan a seguir trabajando en la congregación en lo que la vida me ha ido poniendo por delante. Pensando en ellos, trataré de ser más generoso con mi tiempo, más entregado al servicio del Evangelio, más fiel a la llamada en este camino misionero que empecé hace ya tantos años. No sé si lograré estar a su altura. Pero su ejemplo me anima a intentarlo, a seguirlo intentando, a no cejar en el empeño.