EDUARDO APUNGAN (Philippines)

La beatificación de nuestros hermanos mártires es una invitación y un recordatorio constante para vivir con fidelidad la vocación misionera. La grandeza de su sacrificio nos alienta a ofrecernos a Dios, a la Iglesia y a la Congregación sin dudas ni sombras de miedo. Más aún, el derramamiento de su sangre da sentido a nuestro compromiso y mantiene vivo nuestro ardor misionero.

El martirio de nuestros hermanos mártires es una prueba de que vivir una vida misionera es testimoniar la verdad del Evangelio y el amor de Dios. Es un testimonio que se basa en la fe, y que no puede ser destruido por la atracción del poder, la riqueza y la fama. El poder de tal testimonio descansa en la obediencia al mandamiento de Dios al amor; su riqueza, en la providencia de Dios; y su fama, en el abrazo de Dios.

El recuerdo de su muerte es también un solemne homenaje a la vida común. Abrazaron el martirio como hermanos en comunidad. Una comunidad unida en la fe, por la cual la muerte perdió su poder de destruir. Nada desalienta a estos claretianos, porque ahora viven en la eternidad de la presencia de Dios.