Crónica de los Mártires Claretianos

183 Beatos Mártires de la persecución religiosa española en 1936

PRESENTACIÓN

Hoy, 21 de octubre del 2017, es un día grande para la Congregación Claretiana, cuando 109 hijos suyos escalan la gloria de los altares con la beatificación, proclamada y presidida en nombre del Papa Francisco por el Cardenal Angelo Amato en la ciudad de Barcelona.

Estos 109 MÁRTIRES de la persecución religiosa española en 1936, se suman a los ya beatificados anteriormente: 51 de Barbastro, 16 de Fernán Caballero y 7 de Tarragona, con un total de 183 Misioneros Claretianos glorificados por la Iglesia. De todos ellos vamos a tener un recuerdo en esta Crónica Martirial Claretiana.

Los lectores de fuera de España agradecerán esta simple nota sobre la situación española en 1936. Caída la Monarquía en 1931, la República nacía con carácter marcadamente antirreligioso, como lo expresaba en el Congreso el Jefe del Gobierno Don Manuel Azaña con su frase célebre: España ha dejado de ser católica. Además, enfrentó a la sociedad española en dos bandos irreconciliables, las derechas y las izquierdas, hasta que el 18 de Julio de 1936 estallaba la Revolución que dejaría un saldo de más de 600.000 muertos entre los dos bandos. Y dentro de la guerra civil, que duró casi tres años, en la zona roja se desató una implacable persecución religiosa contra la Iglesia, de modo que, contados uno por uno, con nombre propio, suman unos 7.000 los sacerdotes, religiosos y religiosas asesinados, además de tantos seglares que murieron sólo por ser católicos distinguidos. Esto, aparte de innumerables iglesias destruidas o arruinadas.

Por lo mismo, ¿quién fue el causante de la “persecución religiosa” dentro de la “Revolución” civil? Lo ha escrito con nitidez nuestro hermano claretiano el Cardenal Fernando Sebastián: La persecución religiosa “no fue consecuencia de la guerra aunque se desarrollase con ocasión de ella. De las centrales mundiales del marxismo había venido la consigna de eliminar físicamente a la Iglesia como el más firme enemigo de la revolución y de la nueva sociedad soviética”. Por eso, todos estos hermanos nuestros murieron “en odio a la fe”, y, por lo mismo, pueden ser glorificados por la Iglesia como “mártires verdaderos”.

Entre tantos sacerdotes y religiosos asesinados, en este apretado librito encontraremos una breve reseña martirial de esos hermanos nuestros, Misioneros Hijos del Corazón de María, que dieron tanta gloria a Dios y nos dejaron a nosotros un ejemplo tan clamoroso de amor y fidelidad a Jesucristo.

 

LOS 51 DE BARBASTRO

Beatificados el 25 -Octubre-1992

Es muy extensa y conocida la historia de los Mártires de Barbastro, y este resumen ha de ser forzosamente breve. Barbastro era una población de solo 8.000 habitantes, y en ella se cebó La Revolución de tal manera que los asesinatos alcanzaron la cifra de 837, un diez por ciento, entre ellos todos los sacerdotes y religiosos de la diócesis, encabezados por el Obispo Beato Florentino Asensio. En medio de tanto héroe de la Iglesia, el Colegio claretiano ocupa un lugar muy destacado. Efectivamente, el 29 de Agosto de 1936, el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano, había dado al mundo la noticia de su martirio espectacular con estas palabras, hablando de los jóvenes Estudiantes: “Cuarenta Misioneros Claretianos, alegres y vitoreando a Cristo Rey, van a la muerte cantando”. Y el Papa san Juan Pablo II decía con ponderación apenas beatificados: “¡Todo un Seminario mártir!”. Es muy natural que neustra narración la comencemos con Barbastro.

Toda la población tenía la mirada puesta de modo especial en el Colegio Seminario de los Misioneros, cuajado de vidas jóvenes. De los 60 que componían la Comunidad al estallar la Revolución, los ancianitos eran llevados al Asilo; asesinaron aparte a los tres Superiores y los seis de más edad; despidieron hacia su Patria a los dos extranjeros; y los cuarenta jóvenes, de los que pensaban los rojos que se iban a acobardar, fueron a la muerte de una manera auténticamente triunfal.

El 20 de Julio por la tarde lo asaltaban los milicianos y las turbas; reunían en el patio central del edificio, muy modesto por cierto, a los sesenta de la Comunidad que hubieron de aguantar de pie durante dos horas interminables el registro en busca de las armas,  y “por las armas que no se han encontrado y que están escondidas”, finalmente se llevaban presos y conducidos a la cárcel municipal los Padres Superior, Prefecto y Ecónomo.

La Comunidad entera quedaba ahora a merced de las turbas vociferantes, que exigían el inmediato asesinato de todos: ¡A matarlos a todos aquí mismo! ¡Dinamita sobre ellos! ¡Al río todos! Ahora que los tenemos seguros, ¡a fusilarlos!… Menos mal que se impuso el sentido común y, en dos filas impresionantes, eran conducidos todos por las calles de la ciudad hasta el Colegio de los Padres Escolapios, cuyo salón de actos les iba a hacer de prisión durante varias semanas, por más que los ancianitos y los tres enfermos eran internados en el Asilo de los Desamparados. Ayuntamiento con su cárcel, Colegio Escolapio y Asilo, daban los tres a la misma Plaza Municipal.

Los tres Dirigentes

Los Padres Felipe de Jesús Munárriz, Suprior, Juan Díaz y Leoncio Pérez estuvieron detenidos por cinco días en una celda de la cárcel municipal que no es para descrita: unos cuatro o cinco metros por lado, una ventanuca con doble reja, sin más asiento ni cama que el duro suelo, en la que se hacinaron hasta veintidós presos, y como servicio higiénico un cubo para uso común. Inimaginable, pero hay que saber con serenidad lo que nuestros hermanos sufrieron por su fe. El día 25 se verificaba un traslado a otro penal más espacioso. Advertida la población, se agolpó una multitud en las calles para contemplar el espectáculo entre gritos estentóreos: más de 350 presos eran conducidos al destrozado convento de las Monjas Capuchinas en la afueras de la ciudad. Aunque tampoco cabían en él, aquello era un hotel de muchas estrellas en comparación de la cárcel municipal. A través de los ventanales del salón, nuestros hermanos del Colegio vieron aquel traslado de presos en el que formabana sus Padres Encargados, los cuales iban a tener muy contados los días.

Habían comenzado ya los fusilamientos, y un grupo de forajidos se presentó al Comité exigiendo presos para matar. Se les extendió un vale ¡por veinte presos!, y, a las tres de la mañana del día 2 de Agosto, convergían ante el Hospital los presos sacados de la cárcel y de las Capuchinas, a los que se agregaron después trece más, con un total de treinta y tres. Entre ellos, nuestros tres Padres y Ceferino Jiménez,  el tan querido gitano “Pelé”, de Misa y Comunión diaria y miembro constante de la Adoración Nocturna en nuestra iglesia, al que le había pedido aquel gran dirigente comunista que le quiso salvar la vida: -¡Disimula, hombre! Deja tus devociones y fanatismo, no enseñes más el rosario, y en paz… Iba también en el grupo el Párroco de la Catedral, Don Mariano Frago, que dijo sereno a todos cuando el camión viró hacia el cementerio: -Señores, nos llevan a fusilar, les doy la absolución a todos, y ahora a morir como cristianos. Y como cristianos morían todos, con el ¡Viva Cristo Rey! en los labios.

El santo Obispo

Monseñor Florentino Asensio hacía solo cuatro meses que había sido consagrado, y, al llegar a Barbastro, dijo con acertado presentimiento las palabras de Jesús: “Miren que subimos a Jerusalén”. Y no se equivocaba. Su martirio iba a ser un Calvario muy grave. Detenido en el Colegio de los Escolapios, el día 8 era trasladado a la adjunta cárcel municipal. El enterrador Mariano Abad, alto, fuerte, feo y criminal en una pieza, era en aquellos días la figura más siniestra de Barbastro. Lo veremos con nuestros jóvenes Estudiantes. Ahora va a sacar de la celda a su víctima de esta noche, suelta una repugnante blasfemia, le da un brutal empujón, mientras le dice: -¿Tú eres el Obispo? Pero si pareces un pastor. ¡No tengas miedo, hombre! Que si es verdad eso que predicáis, irás al Cielo…

¿Contamos lo que pasó?… Horrible y vergonzoso cuanto queramos, pero fue del dominio público y enojó a todo Barbastro. Hay del hecho testigos excepcionales: un Doctor superviviente, el buen portero de la cárcel, una prostituta que después dejó su ocupación y declaró todo ante el Tribunal eclesiástico… Constan nombre por nombre los cinco criminales que ahora se hallan frente al Obispo, al que Mariano ha atado fuertemente con alambre las manos a la espalda. Un médico oculista y un peón le enseñan al Prelado la navaja de carnicero: -¿Sabes para qué sirve esto?… Le castran como a un animal, le cosen con esparto la herida, que se la aprietan con una toalla para detener la hemorragia, envuelven los trozos sajados en una hoja del periódico Solidaridad Obrera tirado en el suelo, mientras la víctima palidecía y dejaba escapar de sus labios esta plegaria al Señor: -¡Llagas benditas de Cristo, fortalecedme!… El criminal inspirador de semejante salvajada alargó el envoltorio del periódico al infeliz peón: -Toma, ¿no querías comer xx de obispo?… Y el indigno médico que dirigió “científicamente” la operación, paseó después por cafés y bares aquellos despojos del Prelado, gloriándose de su vergonzosa hazaña.

Al fin, sacaron hacia el camión al Obispo, que casi no podía caminar: -Anda, cerdo, date prisa… Pero el escolapio Padre Mompel, desde una ventana del colegio, le oía exclamar gozoso: -¡Qué noche ésta más hermosa para mí! Voy a la casa del Señor… Y a los verdugos: -No, si por más que me hagáis, yo os he de perdonar… Lo llevan carretera adelante, lo bajan en la cuneta, le disparan varios tiros y lo llevan vivo al cementerio, lo arrojan encima de los cadáveres de los fusilados en esta misma noche, hasta que unos pistoleros le daban el tiro de gracia en el amanecer dominguero del 9 de Agosto. Monseñor Florentino Asensio era beatificado por el papa San Juan Pablo II, junto con el simpático gitano Pelé, el 4 de Mayo de 1997 en la Plaza del Vaticano.

El portero de la cárcel cuenta cómo Mariano Abad, entre vaso y vaso de vino, comentaba aquella noche: -Ya tenemos muerto al jefazo de los curas. No ha de quedar ni raza. Hasta la semilla de la sotana hay que raer…

En el salón del Colegio

Allí quedaban el 20 de Julio 49 miembros de la Comunidad, y hay que señalar desde el principio a tres protagonistas, testigos excepcionales de todo: los dos Estudiantes teólogos Atilio Parussini y Pablo Hall, argentinos, a los que no mataron por su cualidad de extranjeros, y el Hermano Ramón Vall, que, por su oficio de cocinero, va a desempeñar un papel tan importante. Gozaba de cierta libertad para entrar y salir, lo cual le daba ocasión para estar al tanto de lo que ocurría afuera y tener informados a sus compañeros. Solo por aprovechar su oficio de cocinero para los milicianos revolucionarios le perdonarán la vida, y morirá después como un santo religioso en el año 1961.

No debemos engañarnos con la epopeya de nuestros Mártires de Barbastro, como si todo hubiera sido una representación brillante de principio a fin. Y no fue así. No es ése el sistema de Dios, y nuestros hermanos debían ser dignos del Mártir del Gólgota. Las noches del 13 y del 15 de Agosto, un Tabor y un ama­necer pascual, fueron precedidas de una noche larga y de sombras densas en un Getsemaní muy dolo­roso. Los Padres Escolapios del Colegio, tan respetadísimo en Barbastro, aliviaron cuanto pudieron, con un amor y solicitud impagables, todas las molestias que se echaron encima desde el primer momento.

El salón de actos era un rectángulo de seis metros de ancho por veinticinco de largo, incluidos el escenario y la galería de atrás, tenía en el lado derecho cinco amplios ventanales que daban a la plaza de la Munici­palidad. Como levantaban muy poco del suelo de la misma plaza, los detenidos se vieron en una dura al­ternativa. Si cerraban los ventanales, se asaban de calor en lo más fuerte del verano, sofo­cante, pesado, denso, Si los abrían ―y no tenían más remedio que hacerlo para respirar―, habían de aguantar cuantos insul­tos quisiera dirigirles la chusma apiñada en el exterior. En el lado izquierdo se abrían dos puertas que da­ban a un pequeño patio interior, al que habían de salir para el servicio hi­giénico.

Adivinamos las molestias físicas que supuso el no poderse lavar ni una sola vez, ni cambiarse tam­poco en absoluto una sola pieza de ropa, durante cuatro semanas en lo más feroz del verano… Para no inventarme una descripción más, copiamos lo que nos narra el diligente investiga­dor Padre Campo:

“El sufrimiento físico procedió más bien de la falta de higiene en aquellas jornadas inacabables, de la impotencia de cambiarse la ropa, del calor de horno, de la sangre y sudor acumulados. Cua­renta y nueve organismos vigorosos en un salón caldeado durante gran parte del día, que transpi­ran, tienen que ir en fila a hacer sus necesidades más elementales, no pueden lavarse los pañuelos más que en los botijos o el cántaro del agua, quitándosela de beber, acaban por oler mal, rezumar a sobaquina agria, a orines descompuestos, a amoníaco, a miseria humana. Y eso, un día y otro, se va sedimentando, se clava en la piel húmeda, irritada, en la pituitaria, en los ojos. La ropa interior se convierte en un cilicio, hiede, y de­suella la carne, la inflama, la excoria, hasta llagarla”…

No hay en esto nada de exageración. Cuando se vació el salón el 15 de Agosto, hubieron de desinfec­tarlo cuidadosamente, “porque de ello había verdadera necesidad”, recuerda el Padre Mompel.

Peores que los sufrimientos físicos fueron las angustias morales. Porque desde el principio, expuestos como estaban a la indiscreción de todos los mirones, hubieron de aguantar las amenazas y expresiones soeces que les escupían los mili­cianos y la chusma a través de los ventanales. Hall y Parussini son muy moderados al transmitirnos el lenguaje que habían de escuchar continuamente:

-Os mataremos porque sois fanáticos e hipócritas… -Mentís cuando decís que amáis al pueblo y a los pobres… -Os mataremos para que cumpláis de una vez vuestros santos votos… -Ya no podréis hacer con las monjas lo que hacíais hasta ahora… -Estad preparados, que esta noche os vendremos a buscar. Para mañana a las cuatro, ya no ha­brá más curas ni frailes en Barbastro… -Cuando os maten, yo me comeré los hígados… -Pues yo, los sesos… -Yo les cortaría los huevos… -Dejaros de rezar rosarios y custodias…

Parussini nos cuenta con patetismo una diversión criminal de los milicianos: comunicar a los pre­sos la noticia de su inmediata ejecución, para lo cual los colocaban en fila, de espaldas o de cara a la pared: -Más de cuatro veces la recibimos, creyendo que la muerte se nos echaba encima. Un día estuvi­mos casi una hora quietos, sin movernos, esperando de un momento a otro la descarga. ¡Qué terri­ble! Es cuando más se sufre. Entonces cada minuto se hace interminable y uno desea que descarguen de una vez para no sufrir tan cruel agonía, que no acaba más que con una risotada sarcástica y burlona de los fe­roces guardias rojos…

Las mujeres descaradas, prostitutas y milicianas llenas de pasión, tuvieron muy pronto acceso libre al sa­lón, pero nuestros jóvenes se les enfrentaron con un recato de los ojos edificante y un silencio digno y des­pectivo, junto con una pasividad casi estoica.

Durante días inacabables, esas mujeres descaradas entraban en el salón, se acercaban insinuan­tes a los jóvenes, les tiraban de la ropa para llamarles la atención, se les ponían delante con posturas atrevidas, se mezclaban entre ellos hasta en las horas de la siesta y cuando por la noche ya empezaban a conciliar el primer sueño… Los milicianos vigilaban todo por las rendijas de la puerta o desde los ventanales, y tenían dicho a los presos, como atestigua Hall: -En caso de que alguno injurie o contraríe a alguna mujer, en cualquier forma que sea, os mata­re­mos a todos juntos aquí mismo en la cárcel.

Y hubo un caso excepcional. “Trini la Pallaresa” se enamoró locamente de Esteban Casadevall, magnífico muchacho de 23 años. No son para descritas las mañas que empleó descaradamente a la vista de todos para hacerse con él. Pero todos los compañeros acuerparon a Esteban, que se hiizo con un triunfo sonado. Hasta mucho después, Hall no descubrió el secreto íntimo que le confió su amigo Casadevall: -Me siento muy animado y con gran confianza en la protección del Corazón de nuestra celestial Ma­dre y en la gracia de afrontar el martirio. De encontrarme en una prueba extraordinaria contra la virtud, me pondré a gritar ¡Viva Cristo Rey!, y que me maten en seguida. No es presunción lo que tengo, sino confianza en Dios y en la protección de la Santísima Virgen.

Los jóvenes, amenazados como estaban de ser fusilados inmediatamente si gritaban ¡Viva Cristo Rey!, tomaron por unanimidad la resolución heroica: -No haremos ningún daño a esas pobres mujeres, que no saben lo que hacen. Pero, no nos dejaremos arrancar el alma. En caso supremo, gritaremos todos ¡Viva Cristo Rey!, y que nos maten aquí mismo.

No se llegó a tanto, porque el escolapio Padre Ferrer, Rector del Colegio, con el gran ascendiente que tenía sobre los mismos del Comité, consiguió que las muje­res no entrasen más en el salón y dejaran en paz a aquella florida juventud.

Las fuerzas secretas de la resistencia de nuestros jóvenes en medio de tanto sufrimiento, las tenemos a la vista y se han ponderado muchas veces: la oración, la Eucaristía, el compañerismo, la conciencia martirial.

Hablar de la oración resulta superfluo. Marcharon de casa sin más bagaje que el rosario que llevaban en el bolsillo de la sotana, y las plegarias durante la prisión subían al Cielo fervorosas e interminables.

Pero lo más llamativo fue lo que ocurrió con la Eucaristía. Al salir de casa hacia la cárcel, el Padre Sierra se trajo las Hostias del Sagrario. Y cuando se acabaron, el Padre Ferrer y el Hermano Vall, burlando la vigilancia rigurosísima de los milicianos, introducían las Formas en el cesto del desayuno. Al repartirlo, el Padre Sierra colocaba a cada uno la suya entre el pan y la pastilla de chocolate. Se reserva­ban después algunas Hostias, que guardaban Hall y algún otro, a los cuales se acercaban todos, alternán­dose siempre con inteligente disimulo. Dice Hall: -Hacíamos compañía a Jesús, que era tratado como en los tiempos de las catacumbas. Acompa­ñá­bamos a Jesús durante horas y más horas. Afortunadamente, era nuestra única ocupación en la cárcel.

El compañerismo fue también grandemente notable, pues formaron todos un bloque irrompible. Tres de ellos tuvieron la libertad en la mano, por tres milicianos que los reconoció como paisanos suyos; ninguno aceptó la libertad incondicional que se les ofrecía y prefirieron morir con los demás. Ese compañerismo lo fomentaron de varias maneras. Una, y fue tan notable, con el canto de himnos que habían gastado miles de veces sus labios durante los estudios. Por orden severa de los milicianos, que vigilaban bien desde la puerta principal y la del patio, cantaban sólo en grupitos y sotto voce los mismos cantos que soltarán a todo pulmón por las calles camino de la muerte: El Jesús ya sabes, soy tu soladdo, el Oh María, lucero bendito, o la canción que le dirigieron al Señor en la Hora Santa que celebraron todos antes de ser asaltada la casa: Oh Jesús, yo sin medida, – te quisiera siempre amar. – ¡Cuán feliz yo si la vida –por tu amor pudiera dar!…  El canto, bajito en el salón, a grandes gritos por las calles, fue una constante en los labios de los Mártires.

Y otro hecho muy notable: la conciencia martirial que se formaron desde el principio. ¿Por qué los iban a matar? ¿por qué morirían?… Los milicianos en el salón, y la gente desde los ventanales, se lo hacían saber de mil formas. Entre tantos testimonios, uno solo de Hall y Parussini:

-Nos decían expresamente los comunistas: “No odiamos vuestras personas; lo que odiamos es vuestra profesión, vuestro hábito negro, la sotana, ese trapo negro tan repugnante… “Os mataremos a todos con la sotana puesta, para que ese trapo sea enterrado juntamente con los que lo llevan”.

Y dicen de los mártires: “Nos teníamos por felices en poder sufrir algo por la causa de Dios; porque nos mataban única­mente por ser religiosos y por ser sacerdotes o aspirantes al sacerdocio”. “Todos estaban contentos y se felicitaban, como los Apóstoles, por haber sido hallados dignos de sufrir algo por el nombre de Je­sús”.

Pero lo más interesante es acudir a los escritos de los mártires, calificados muy acertadamente por nuestro Obispo Padre Casaldáliga como “Actas de lujo”. Entre tantos, traemos solamente uno por todos, la carta Faustino Illa a su famita: “Con la más grande alegría del alma les comunico que el Señor se digna poner en mis manos la palma del martirio. Al recibir estas líneas, canten al Señor por el don tan grande y señalado como el martirio que el Señor se digna concederme. Yo no cambiaría la cárcel por el don de hacer milagros, ni el martirio por el apostolado, que era la ilusión de mi vida. Voy a ser fusilado por ser religioso y miembro del Clero, por seguir las doctrinas de la Iglesia Católica Romana”. Y añade con serenidad desconcertante ese muchacho de 22 años: “No sabemos qué día vamos a ser fusilados. Parece que uno de la semana que hoy comienza”.

Nuestros jóvenes fueron felices de verdad al saber con semejante certeza que eran candidatos para el martirio, sufrido únicamente por la causa de Jesús. Eran conscientes de que una oración de hacía seis años había sido bien escuchada por Dios. No era una simple imaginación. Comentando un día en el noviciado el martirio en México del hoy Beato Padre Andrés Solá, claretiano, aquellos novicios soñadores tuvieron la ocurrencia de proponerle a su Maestro, el santo Padre Ramón Ribera: “¿Y por qué no rezamos ahora un Padrenuestro para que nos conceda la gracia de ser mártires?”… Cosas de muchachitos de quince o dieciséis años, decimos nosotros. El caso es que lo rezaron. Y ahora encargaban a Hall y Parussini que le dijeran en Roma al Secretario General Padre Ribera: “Díganle al Padre que el Padrenuestro rezado en aquel paseo, va a tener ahora su eficacia”.

Abocados al final

“La cosa está en marcha… Hasta la semilla de la sotana hay que raer”, había dicho sombríamente Mariano Abad apenas fusilado el Obispo. Y así iba a ser. El día 11 se personaban en el salón unos delegados del Comité para decirles: -Hay contra vosotros graves acusaciones. Sobre todo, las armas. ¿Dónde las tienen escondidas?… Como no aparecían por el convento en tanto registro ni fusiles ni pistolas, exige con solemnidad el jefe: -Y ahora mismo, entreguen todos los instrumentos de punta que tengan… El Padre Pavón, gracioso como él solo, se adelanta con un lápiz bien afilado: -Aquí no hay más instrumento de punta que éste… Risas disimuladas de todos. Pero la suerte estaba echada. Empeñados en rendir a los jóvenes, los del Comité les van a quitar a los mayores.

A las tres de la mañana del día 12 de Agosto, mientras dormían todos sobre las tablas del escenario, invade el salón un grupo de milicianos armados: -A ver, que bajen aquí los seis más viejos… Y, atados fuertemente, eran sacados hacia el cementerio el Hermano Gregorio Chirivás, con sus 56 años, los Padres Nicasio Sierra, Sebastián Calvo, Pedro Cunill y José Pavón, de solo 27, más el Estudiante Wenceslao Clarís. Desde el salón, y en medio de la noche callada, se oyeron perfectamente las detonaciones de los fusiles. “Quedamos terriblemente impresionados”, escribe Parussini, sabiendo además que en la noche siguiente les iba a tocar a los cuarenta y tres restantes. Aunque el Comité comunicó la libertad a los dos argentino Parussini y Hall, y excluyó de la lista al Hermano Ramón Vall, con gran disgusto suyo, porque se lo quisieron quedar como cocinero al servicio de los milicianos.

El día 12 se convirtió con los cuarenta del salón en una belleza sin igual. Al bajar el Hermano Vall el cesto del desayuno, Faustino Pérez se guardó el papel del chocolate, un papel que se iba a hacer inmortal. Lo dedicaban como recuerdo y despedida a toda la Congregación Claretiana.

Agosto, 12 de 1936. En Barbastro. Seis de nuestros compañeros son ya Mártires, muy pronto es­pe­ramos serlo nosotros también, pero antes queremos hacer constar que morimos perdonando a los que nos quitan la vida y ofreciéndola por la ordenación cristiana del mundo obrero, por el reinado definitivo de la Iglesia Católica, por nuestra querida Congregación y por nuestras queridas familias. ¡La ofrenda úl­tima a la Congregación de sus hijos mártires!

Siguen las cuarenta firmas, cada una con un eslogan precioso. Unos ejemplos nada más:

Manuel Torras: ¡Viva Jesucristo Rey!

Tomás Capdevila Miró: ¡Viva el reinado social de Jesucristo obrero!

Agustín Viela: ¡Señor, perdónalos!

Miguel Masip: Por Dios, luchar hasta morir.

Manuel Martínez: ¡Viva la Religión Católica!

Salvador Pigem: ¿Y qué ideal? Por ti, mi Reina, la sangre dar.

Francisco Castán: ¡Vive Dios! Nunca pensé ser digno de gracia tan singular.

Ramón Novich: ¡Quiero pasar mi cielo haciendo bien a los obreros!

Y concluye el impagable escrito:

“¡Viva la Congregación santa, perseguida y Mártir! Vive inmortal, Congregación querida, y mien­tras tengas en las cárceles hijos como los tienes en Barbastro, no dudes de que tus destinos son eter­nos. ¡Quisiera haber luchado entre tus filas! ¡Bendito sea Dios!  Faustino Pérez C.M.F.”.

Todo el día transcurrió normal, con mucha oración, mucho fervor, mucha alegría, como lo demuestran los copiosos escritos de los mártires. Aquel día se cenó pronto, y los guardianes se hacían la vista gorda, de modo que los candidatos al martirio, sin miedo alguno, como nos relata Parussini, unos se besaban los pies, otros las frentes, éstos se abrazaban, aquéllos lloraban de alegría ante el próximo fusilamiento… Hasta que se echaron a dormir sobre las tablas del escenario.

Una noche triunfal

El reloj de la vecina Catedral estaba dando las doce de la media noche, y mientras la plaza del Ayuntamiento y Colegio hervía de gente, ávida de presenciar el espectáculo, Mariano Abad, con una veintena de milicianos, irrumpía en el salón, prendía las luces, sacaba un papel del bolsillo, y empezaba a soltar nombres:

-Secundino Ortega. -¡Presente!… Y el Padre dio un salto firme a la platea del salón.

Así los veinte seleccionados esta noche: Javier Luis Bandrés, José Brengaret, Manuel Buil, Antolín Calvo, Tomas Capdevila, Esteban Casadevall, Eusebio Codina, Juan Codinachs, Antonio Dalmau, Juan Echarri, Pedro García Bernal, Hilario Llorente, Alfonso Miquel, Ramón Novich, José María Ormo, Salvador Pigem, Teodoro Ruiz de Larrinaga, Juan Sánchez, Miguel Torras.

Los ataron fuertemente por el brazo de dos en dos. Anota Parussini: “Todos ellos tranquilos, alegres, resignados. Aquellos rostros tenían en aquel momento algo de so­brenatural que no es posible describir”. Algunos levantaban las cuerdas del suelo antes de que los atasen, y las besa­ban con amor, al verlas teñidas con sangre de otros mártires. E iban diciendo a sus verdugos: -Os perdonamos, os perdonamos todo.

Juan Echarri, al darles la orden de avanzar y salir, se dirigió a los otros veinte que quedaban en el escenario: -¡Adiós, hermanos, hasta el Cielo!… -¡Adiós, adiós!…  Pero uno de los milicianos les dedicó otras palabras muy diferentes: -Vosotros tenéis todavía un día entero para comer, reír, divertiros, bailar y hacer todo lo que queráis. Aprovechadlo bien, porque mañana a esta misma hora vendremos a buscaros como a éstos, y os daremos un paseíto hasta el cementerio. Y ahora, a apagar las luces, y a dormir.

Del piso superior del Colegio bajaban los milicianos a Don Felipe Zalama, Capitán retirado de la Guardia Ci­vil, de 69 años, todo un militar y un gran cristiano, y al que el Padre Ferrer dirigió estas úl­timas palabras: Don Felipe, ¡siempre fuerte!. Pronto lo va a demostrar. El otro escolapio Padre Mompel había escuchado a nuestros jóvenes “que irían al martirio cantando, que se vengarían de sus enemigos rogando por su conversión y que entregaban su vida por la propaga­ción de la fe y por la prosperidad de la Congregación”. Ahora llegaba el momento de cumplir tan genero­sos propósitos.

Salió del salón la fila impresionante. Contra lo que cabía esperar, en la plaza se hizo de momento un gran silencio entre la multitud, silencio que iba a durar muy poco, para convertirse en un fuerte griterío, entre el entusiasmo de unos y la rabia de los otros. Al empe­zar sus ronquidos el camión, estalló potente la voz del capitán Zalama: -¡Viva Cristo Rey!…  -¡Vivaaaaa!… -Más fuerte, muchachos. ¡Viva Cristo Rey!…

Y con los ¡vivas! de los mártires se mezclaron ahora los gritos de la chusma, que vociferaba furiosa: -¡Muera, muera!… ¡Canallas, ya veréis lo que os aguarda en el cementerio!… Y añade el Padre Ferrer: “Mientras los rojos gritaban ¡muera!, con las culatas los golpeaban para hacerlos callar. Esta es­cena la presencié desde la ventana del cuarto, a poquísimos metros del lugar donde estaba el camión”.

Puestos ya en marcha, todos cantaban, y lo oyó todo Barbastro. Quedaban unos tres kilómetros de carretera entre cantos y aclamaciones a Cristo Rey, a la Virgen y a la Iglesia. Mariano Abad, desde su automóvil, blasfemaba como un de­monio y to­maba ya precauciones para que no se repitiera semejante escándalo con el grupo siguiente.

Se detuvo al fin el camión ante una pequeña hondonada y colocaron a las víctimas ante el ribazo, les enfocaron con los faroles de los vehículos, y les propusieron por enésima y última vez: -Aún estáis a tiempo. ¿Queréis ir a luchar contra el fascismo, o morir?… -No queremos luchar contra España y menos contra la Iglesia… -Gritad, al menos: ¡Viva la Revolución!… -¡Viva Cristo Rey!…

La descarga cerrada puso fin al diálogo entre verdugos y víctimas. Era la una menos veinte minu­tos del 13 de Agosto. Los del salón, en silencio ya la plaza, oyeron perfectamente las descargas. Quienes estaban rezando por sus compañeros el Rosario en sus misterios de Dolor, ahora cambiaron de repente: -¡Misterios de Gloria! La Resurrección de nuestro Señor Jesucristo… La Ascensión de Jesucristo al Cielo… Y otro acababa el Magníficat de la Virgen, que había repetido veinte veces por los veinte mártires: “¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!”…

No había pasado una hora, cuando se abrió de nuevo el salón para avisar a los dos estudiantes ar­genti­nos que a las dos saldrían hacia Barcelona, y de Barcelona a Roma, aunque hasta las 5’30 no los sacaron para montarlos en el tren. Parussini escribe sobre estos momentos últimos en el salón: “El tiempo que quedaba lo empleamos en rezar y en despedirnos de los veinte. Con lágrimas en los ojos, y con mucha en­vidia, con amor y respeto besamos aquellas manos ungidas y aquellas frentes que pronto serían premiadas con la más rica diadema del mundo: el martirio”. Y cuando los sacaron, Ramón Illa, el fervoroso, inteligente y magnífico joven, les decía con tono festivo y casi jo­coso: -¡Qué pobres, infelices y desdichados son ustedes, no poder morir mártires por nuestro Señor!… Con ellos, salían además para el tren otros dos a quienes perdonaron la vida: el Rector de los Escolapios, Padre Ferrer, hijo de Barbastro pero nacionalizado argentino, y un Hermano Be­nedictino francés. Porque mataron también a diecinueve Benedictinos del Pueyo y a nueve Escolapios del Colegio. Realmente, no tenía que quedar “ni raíz”.

Dos días de espera

Los milicianos fueron sádicos de verdad. “Mañana a esta misma hora vendremos a buscaros a vo­so­tros”. Y lo rubricaron a las pocas horas, al dejar allí un manojo de cuerdas ensangrentadas: “Con estos mismos cordeles os ataremos mañana a vosotros”…  Para quebrantarles la moral y destrozar sus nervios, los retuvieron allí todo el día 13 y el 14. Dos días que transcurrieron con paz grande y que los veinte jóvenes aprovecharon para dejarnos unos escritos martiriales auténticamente únicos.

Otra noche pascual

En la noche del 14 al 15, le hervía febrilmente la sangre al abigarrado público que llenaba la plaza. Después del es­pectáculo sonado del grupo anterior, los Misioneros restantes podían ofrecer algo más ruidoso to­davía. Y no iba a ser de otra manera. El miliciano que capitaneaba a los que irrumpieron en el salón a media noche, leyó la lista completa:

Luis Masferrer, José Amorós, José Badía, Juan Baixeras, José María Blasco, Rafael Briega, Francisco Castán, Luis Escalé, José Figuero, Ramón Illa, Luis Lladó, Miguel Masip, Manuel Martínez, Faustino Pérez, Sebastián Riera, Eduardo Ripoll, Francisco Roura, José Ros, Alfonso Sorribes, Jesús Agustín Viela.

Igual que la otra noche, ahora resonaba vigoroso el ¡Presente! al oír cada uno su nombre. Y antes de que los ataran de dos en dos, besaron las cuerdas, como los del grupo anterior, y se apresura­ron a darse un fuerte abrazo, ante los ojos furiosos de sus verdugos, que entre blasfemias y golpes acabaron con se­mejante cuento. Pero los mártires, ya maniatados: -Os perdonamos de corazón. En el Cielo rogaremos por vosotros.

Los mártires atrave­saron serenos la plaza, obligados a marcar el paso.

Desde dos ventanas diferentes del Colegio, el Hermano Vall, lloroso porque lo habían borrado de la lista, y el escolapio Padre Mompel, se dijeron uno y otro: “¡Qué felices! Van a cele­brar la fiesta de la Asunción en el Cielo”. Los dos cuentan lo que vieron. Atadas como iban las víctimas, tenían dificultad en subir la escalerita del camión, lo que hizo a los verdugos desatarse en injurias contra ellas mientras las golpeaban con la culata de los fusi­les. Aunque uno, a pesar de las ataduras, dio un salto fuerte y, desde arriba, iba animando a los que se­guían: -¡Venga! ¡Y ánimo, que sufrimos por Dios!

Mariano Abad estaba esta noche de mal humor, porque tres asesinos del otro día se negaron a participar en la masacre de hoy. Pero su “amiga”, ¡de dieciséis años!, le vino a calmar sus enfados: -Mariano, esta noche les pegaré yo el tiro de gracia… -¡Qué mujer tan valiente! Para ti el remate… Y sabemos que lo cumplió a cabalidad.

Todos ya en el camión, Mariano tomó esta vez una actitud amistosa: -Os propongo un trato, y no penséis que os engaño. Si venís a luchar contra los fascistas y re­nunciáis a vuestra religión, os perdonamos la vida.

Silencio total, que obligó a Mariano a repetir: -Si renunciáis a esa ropa que lleváis y a la religión, se os perdona la vida y os trataremos como compañeros.

Seguía un silencio que enfureció a Mariano, el cual, vomitando blasfemias, hubo de confesar: -¡Qué lástima que esta gente tan bregada no venga a luchar con nosotros! Y ahora, se acabaron las contemplaciones.

Entonces dictó la orden: -Cuidado con se que se repita el grito de ¡Viva Cristo Rey! del otro día. Como se vuelva a oír, os ma­chacaré la cabeza a culatazos.

Pero nuestros jóvenes se habían trazado detalladamente el plan. Faustino Pérez era un líder por naturaleza, y del que dijo quien lo conocía bien: “lo mismo podía haber sido un embaucador de obreros que un apóstol a lo Javier”. Era el encargado de lanzar el primer ¡Viva!, “y yo lo haré con toda la fuerza de mis pulmones”.

Los milicianos se habían colocado estratégicamente en los ángulos del camión. Mariano y los otros milicianos iban en otros autos. Y nada más dada la orden de arrancar, sonó fortísimo el primer grito lan­zado por Faustino: ¡Viva Cristo Rey!…

Dignos de sus compañeros anteriores, todos lo corearon con ardor: ¡Vivaaaa!… Y Faustino, según consta en el Proceso, siguió animando a todos: -¡No tengáis miedo! El Cielo nos espera. ¡Animo!…

Furioso, Mariano ordenó detener los vehículos, mientras los jóvenes vitoreaban y cantaban; y enca­ramándose a la plataforma del camión, asestó con la culata del fusil tal golpe a uno, que su voz ya no se oyó más. Arreciaban los golpes sobre los otros, de modo que declara el potero de la cárcel: -No obstante haber sido bárbaramente golpeados por Mariano Abad, continuaron gritando lo mismo. Y uno de los asesinos comentaba en la galería de la pri­sión: -No nos explicamos cómo teniendo abierta la cabeza, y habiendo echado tanta sangre, pudo re­sistir… Y no fue solamente el crá­neo de Faustino el que apareció destrozado, sino que también mostraban señales de violencia los de Lladó, Illa y algún otro. Como lo habían programado, se vitoreaba a Cristo Rey, al Corazón de María, al Papa… Y en esta fiesta de la Virgen, se oyó repetidamente, hasta el mo­mento último: ¡Viva la Asunción!…

La comitiva emprendió la marcha. El  Presidente de la U.G.T. se dirigía al lugar de la ejecución para presenciar el espectá­culo. Sería todo lo rojo que queramos, pero le falló el valor. Y confesaba a un joven católico: -Estoy impresionado por la serenidad con que los Misioneros iban a la muerte. Tanto me han con­movido, que no he tenido valor para presenciar la escena, y me he vuelto.

Hasta que llegaron al Valle de San Miguel, unos doscientos metros más allá de donde fusilaron al grupo anterior. A la historia le ha ido mucho mejor, por los testigos excelentes con que puede contar. Porque el lu­gar estaba plenamente a la vista de la torre de Antonio Pueyo, que sería el testigo aterrorizado de tantas ejecuciones, a unos doscientos metros de su casa. En menos de un mes morirían ante este ribazo en la cu­neta de la carretera unas 150 víctimas. Lo estrenaban ahora nuestros veinte Misioneros. En el fondo podían ver dibujada la silueta del Santuario del Pueyo, y hacia su Virgencita amada dirigieron una mirada amorosa, la última de su vida…

Los verdugos, dice Don Antonio, los echaron al suelo como fardos, aunque los mártires solta­ron como pudieron algunas amarras, y dos de ellos sostenían ahora un crucifijo que habían logrado esconder. Siguieron las aclamaciones victoriosas, que Pueyo y sus peones oían desde la torre -¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Asunción!… Y por las voces se veía que gritaban muchos. Además, decían: -Adiós, hermanos. Pediremos a Dios por vosotros. Adiós. En la eternidad nos veremos.

Los vehículos dieron un viraje para enfocar e iluminar bien a las víctimas, a las que una voz ronca les ofrecía la última oportunidad:

– Aún estáis a tiempo. ¿Qué preferís, ir en libertad al frente o morir?

– ¡Morir! ¡Viva Cristo Rey!

Las balas cerraron el diálogo entre los mártires y los verdugos. Los asesinos se encargarían de contar sus impresiones, entonces mismo a Pueyo y sus trabajadores apenas acabada la tragedia. Porque después de pegarles el tiro de gracia, los esbirros se fueron a la torre de Pueyo a beber y comentar to­das las incidencias de la aventura…: -¡Si serán esos hijos de…, que tuvieran la humorada de esconder un crucifijo y de morir dando ¡vivas! y agarrados a él! ¿De qué les valió su Cristo?…

Los dos  últimos compañeros

El día 20 de Julio dejamos en el Hospital a los tres enfermos, los Estudianes Jaime Falgarona y Atanasio Vidau­rreta, junto con el Hermano Joaquín Muñoz, ancianito de ochenta y cuatro años. La vida de los tres Misioneros en el Hospital estuvo rodeada de cuidados cariñosos por parte de las Hermanas de la Caridad, de médicos y enfermeras, pero también de sobresaltos y temores, pues supieron la suerte de sus hermanos y que sería la misma para ellos también.

Y así fue. El día 15, fiesta de la Asunción, fueron trasladados los tres a la cárcel municipal, a una de aquellas celdas ma­cabras… Hasta que al amanecer del 18 se corrieron los pesados cerrojos y sonó ronca la voz del miliciano en varias celdas citando entre otros nombres: Falgarona, Vidaurreta, Muñoz… Al Hermano cargado de achaques y herniado, lo bajaron entre dos por las escaleras. Y los milicianos, al subirlo al camión: -¿Qué hacemos con este trasto?… Oye, buen viejo, ¿has hecho tú algún mal?… -Yo no he hecho ningún mal a nadie… Y lo devolvieron a la celda, en la cual se puso a llorar el encantador viejecito: -¡No me han querido para mártir!… Este simpático ancianito era especial. Ro­sario siempre en mano, quería rezar diariamente a la Virgen un rosario por cada año de su larga vida (!) Desde el amanecer hasta avanzada la noche, las cuentas benditas le encallecían los dedos de sus honradas manos. Trasladado después al Asilo de Ancianos, allí permaneció hasta su muerte, en enero de 1938, re­zando rosarios y más rosarios, que más de una bendición de la Virgen debieron atraer sobre la marti­rizada Barbastro.

Los del grupo seleccionado aquella noche morían en el preciso lugar donde cayeron tan gloriosamente nuestros hermanos de hacía solo tres días.

Testimonio y mausoleo

Llegados al final, no me resisto a omitir un testimonio auténticamente excepcional. Años des­pués de acabada la guerra, uno de aquellos asesinos de Barbastro daba en París  con él uno de nuestros Padres de la Mi­sión Espa­ñola. En una declaración jurada constan sus palabras mo­numentales:

“Sí, yo los maté a todos. No se escapó ninguno. Pero le digo, para su satisfacción, que todos los Misioneros fueron muy valientes. Murieron gritando ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María!… Cuando los llevábamos a fusilar, iban tranquilos, contentos, incluso alegres y hasta cantando con entusiasmo durante casi todo el camino. Alguna vez tuvimos que hacer callar a fuerza de culatazos de fusil a alguno que parecía ser como el jefe del grupo. Morían por el ideal en que ellos creían y del que nadie les pudo hacer desviar. Esta es la verdad”.

¿Y los restos?…, se preguntará más de uno con curiosidad.  Hoy los cadáveres de los 51 Mártires Claretianos de Barbastro reposan en un mausoleo impresionante. Como eran enterrados en bloque con cal encima, y todos murieron con la sotana puesta, desenterrados después de la guerra, se pudieron identificar con toda se­guridad los restos de cada uno.

De este modo, hoy pueden reposar todos juntos dentro del severo e impresionante mausoleo, con cin­cuenta y una urnas individuales, construido en el fondo derecho de aquella iglesia en la cual prac­ticaron la Hora Santa especial antes de ser detenidos y llevados a la cárcel. Es una iglesia sencilla en el corazón mismo de la ciudad, pero que tiene la gloria de ser el primer templo dedicado al Corazón de María en Es­paña. A escasos doscientos metros de la misma, había nacido un gran santo de nuestros días, San Josénaría Escrivá de Balaguer, que subiría a los altares con los honores de la Beatificación en el mismo año que nuestros Mártires. Uno y otros son la mayor gloria de esa Barbastro que atrae nuestra mirada con cariño tan desusado…

Bética Mártir

Beatificación: 13-Octubre-2013

La Provincia claretiana de Bética se confeccionó en la persecución religiosa española un martirologio es­pléndido, aunque muchos de sus héroes no han contado con testigos váli­dos para los procesos de beatificación.

Y antes de llegar al Seminario Mayor Claretiano de Ciudad Real nos vamos a detener, como en un pór­tico, en el Palacio de Infantes de Sigüenza, donde estaba el Seminario Menor de la Provincia Bé­tica.

El Padre José María Ruiz

Se­senta niños Postulantes llenaban sus aulas y animaban con su gritería los patios del bello edifi­cio de aquel Seminario Menor. Al frente de los niños Postulantes fungía como Prefecto, con sus veintinueve años de edad, el Padre José María Ruiz Cano. De presencia fina, elegante casi, algo delicado de salud, dotado de sentimientos exquisitos, con piedad y fervor muy acendrados, estaba hecho a la medida para el cargo de formador de los niños, con los cuales derrochaba un amor de madre.

El día 25 de Julio celebraban gozosos los niños la fiesta de Santiago, Patrón de España, pero al mediodía los reunía a todos el Padre Prefecto en la capilla, y les decía grave: -Hijos míos, ha llegado uno de los momentos más trágicos de mi vida.

Hechos todos un mar de lágrimas, les salen espontáneas las jaculatorias de siempre, pero cargadas ahora de dramatismo: -¡Señor! ¡Madre mía! ¡Jesús Sacramentado!…

El Padre, traicionado por las lágrimas de sus ojos, quiere tranquilizarlos: -No, nada especial. Pero, ante lo que pudiera suceder, he de comunicarles con pena que el Co­legio queda disuelto durante algunos días. No lloren. Nos vamos a distribuir por grupos entre familias de los pueblos vecinos, y un Padre se encargará de cada grupo. Antes de separarnos, vamos a rezar tres avemarías a nuestra Santísima Madre.

Las rezan entre lágrimas y al final el Padre suelta todo el cho­rro de su emoción, dirigiéndose a la Virgen: -¡Oh Señora mía, oh Madre mía! Acordaos que soy todo vuestro. No permi­táis que hagan nada a estos inocentes. Madre mía, salvad a mis hijos, que Vos me habéis dado. Y si es necesario una víctima, aquí me tenéis a mí; pero salvad a estos mis hijos.

Todo lo contaban los niños después, sin dejar un detalle.

Se desparraman todos por pueblecitos de los alrededores, y en sus casas campesinas, humildes pero generosas, son acogidos con amor y atendidos con esmero. Los doce niños más pequeños, de unos once o doce años, han sido distribuidos entre familias cristianas de Sigüenza. Los doce mayores, muchachitos ya de ca­torce y quince años, después de muchas peripecias llegaron sanos y salvos a la zona nacional, pues los límites de los frentes de guerra no estaban aún bien delimitados. Los más jovencitos, treinta y cinco en total, se quedaron con el Padre José María, a quien los rojos es­taban ya buscando y siguiendo los pasos.

Y lo encontraron, naturalmente. El lunes 27 llegaban varios autos con mili­cianos al pueblo donde estaba el Padre, lo meten en la iglesia parroquial, buscan a todos los niños por sus casas y los reúnen también en torno a la iglesia. Con ellos se congregaron también las mujeres del pueblo, mientras los hombres estaban en las tareas del campo. Y empezaba el drama.

Mientras unos fusiles mantenían quieto al público, los demás milicianos se dieron al saqueo más repugnante y sacrílego de la iglesia. Destrozadas las imágenes, sacan una del Niño Jesús y se la entregan despectivos al Padre José María: -¡Toma, para que mueras bailando con él!…

El Padre, inocente y devotísimo, acoge la imagen bendita como una caricia del Cielo, y la besa con devoción ante todos. Era el primer beso de los miles y miles que recibiría después. Porque recogida por manos buenas, pasada la Revolución se convirtió en objeto de devoción especialísima entre aquellas buenas gentes.

Se llevan los milicianos en uno de los coches al Padre, se detienen en un punto determinado, lo bajan, le mandan caminar, unos disparos, y todo había acabado…

Los niños Postulantes se estremecieron al quedarse solos. Pero los revolucionarios los tranquilizan: -No tengáis miedo. La vais a pasar mejor que no con esos Curas malos…

Los montan a todos en un camión, y, al llegar al Otero, ven tendido un cadáver bañado en sangre, cara a la carretera, y lo reconocen: -¡El Padre!…

Los rojos no iban a matar a aquellos niños. Los retuvieron en el mismo edificio del Palacio de los Infantes, donde se salvaron al ser liberada Sigüenza por las tropas nacionales.

FERNAN CABALLERO

Zafra, Ciudad Real, Fernán Caballero son los tres escenarios en que se desarrolló el drama del Colegio Seminario. Nuestros Estudiantes teólogos, en odisea impresionante, salieron de Zafra, se establecie­ron en Ciudad Real y culminaron en Fernán Caballero su pasión gloriosa.

El nombre de Zafra, en Badajoz de Extremadura, suena con legítimo orgullo en la Congregación claretiana. Por su Colegio Seminario han desfilado varias generaciones de jóvenes Estudiantes, con prestigiosos profesores y con formadores excelentes al frente, que hicieron de su Teologado un plantel frondoso de Misioneros eximios. De él salieron los Mártires que ocupan esta historia, aunque su sacrificio se consumara muy lejos de sus muros.

Hacia finales de Abril se hacía ya inaguantable la situación, y los sesenta y seis individuos que formaban la Comunidad corrían serio peligro en sus vidas. Se desalojó el edificio, que quedó bajo la custodia de la Mu­nicipalidad.

Ciudad Real, la Capital manchega, se convertía en la sede pacífica del Colegio Teologado de Bética. La casa no estaba preparada para recibir a cincuenta huéspedes, pero el bueno del Señor Obispo puso a su disposición las camas y ropa de la Casa de Ejercicios.

Sin embargo, aquellos valientes muchachos, formados en austeridad, reemprendieron con seriedad notable los estudios, acabaron el curso escolar, y las vacaciones estivales se presentaron duras, y más con el calor tan subido en las tierras de la Mancha. Sin embargo, había paz y alegría, como dice en carta a los suyos un futuro mártir, el Estudiante colombiano Jesús Aníbal Gómez:

“No tenemos huerta, y para el baño nos las arreglamos de cualquier modo… De paseo no hemos salido ni una sola vez desde que llegamos: de hecho guardamos clausura estrictamente papal; así nos lo exigen las circunstancias. Por lo dicho puede ver que no estamos en Jauja y que algo tenemos que ofrecer al Señor…, saboreando la alegría que Dios regala a los perseguidos por su nombre”…

Así hasta el 24 de Julio, día en que iba a empezar la desbandada prevista por los Superiores, sólo que se adelantó la chusma. Al mediodía, mientras estaban todos en la mesa, se presentan unos quince hombres armados exigiendo el abandono de la casa. Eran mineros, ferroviarios y campesinos llegados de fuera, y no sabían que había tanta gente dentro. Contaban con seis o siete, y se encuentran con un grupo tan numeroso. Aquí empezaron las discusiones:

-¿Qué hacemos con tantos?…  ¡Se les pegan cuatro tiros y aquí no ha pasao na!… ¡A quemarlos! ¡Que traigan un bidón de gasolina! ¡Al río con ellos!…

Todo, acariciando sus pistolas, y “¡con qué caras, con qué ademanes, con qué palabras!”, escribirá después el Padre Superior. Dos horas y más duró la escena cruel. El buen muchacho Jesús Aníbal Gómez aprovecha un mo­mento para exponer su condición de extranjero y pedir se le comunique con el Consulado co­lom­biano de Sevilla.

-¿Y de tan lejos te has venido para hacerte cura?

-Sí, señor; y a mucha honra.

De poco le iba a valer su condición. Lo matarían a pesar de ser extranjero y lo matarían por ser cura.

Al fin, hacia las cuatro, se presentó un delegado del Gobernador, que inspeccionó todas las depen­dencias, hizo el cacheo a todos los detenidos,  se les quitaron las armas más peligro­sas de que disponían y que iban todas a parar en un saco: navajas, tijeras, medallas, rosarios, maquini­llas de afeitar…, y se decretó la propia casa como prisión. Se les distribuyó de dos en dos por todos los cuartos. Uno dormía en la cama, otro en el suelo so­bre un colchón y siempre con la puerta abierta.  La orden era tajante: -Al primero que asome la cabeza, le va un tiro.

No podían salir para nada sin previo permiso, que, para no asomarse a la puerta, habían de pedir a gritos… Como el calor era tan sofocante y estaban todos deshidratados, al fin consintieron los milicia­nos que dos de los detenidos pasaran el botijo de agua de cuarto en cuarto. A sus horas bajaban al comedor, en filas y custodiados por los milicianos.

Menos mal que el cabo de guardia el día 25, tuvo una corazonada. En la fiesta de San­tiago, Patrón de España, les permitió salir de sus escondrijos, reunirse en la capilla para una Misa, y pasar después casi toda la mañana reunidos en el patio jardín bajo la mirada atenta de sus guardia­nes. Sólo que al volver todos de nuevo a sus cuartos se encontraron destrozados por tierra todos los objetos religiosos: crucifijos, cuadros, imágenes…, sustituidos por hoces y martillos, eslogans revolucio­narios, carteles de curas colgados, caricaturas indecentes…

Y por la tarde había un programa especial: los milicianos trajeron a sus parientes, amigas o novias para que contemplaran el espectáculo de los curas en sus cuartos, mientras que por los pasillos desfi­laban muchachas desvergonzadas vistiendo ornamentos sagrados o cubiertas con bonetes de clérigo…

Hay que hacer justicia a los milicianos de la Ciudad. Todo lo anterior lo realizaban los forasteros, avezados a la revolución y al crimen, ante las protestas o el silencio impotente de los otros. Los de la Ciudad permitieron y hasta ayudaron a organizar la dispersión. Y así fue. El día 28 se acabó con aquella situación de desespero.

Fernán Caballero

El Padre Superior logró ponerse en contacto con el Gobernador, el cual les extendió los anhelados salvoconductos para ir todos a Madrid o adonde les conviniera.

¡Aquellos salvoconductos!… Aún no se ha desvelado por completo el misterio. Aparte del sello del Gobernador, debían llevar el de seis organizaciones revolucionarias. Y parece, parece… que dispusieron los se­llos de manera que resultaban una contraseña fatídica. De hecho, a pocos kilómetros de la Ciudad, y en las mismas narices de la Autoridad, como quien dice, no sirvieron sino para que sus portadores ca­yeran en la trampa.

Se organizaron los grupos. En el primero, además del Padre Máximo acompañado de su papá Don Eutiquiano, irían estos catorce Estudiantes: Tomás Cordero, Claudio López, Angel López, Primitivo Berrocoso, Gabriel Barriopedro, Antonio Lasa, Vicente Robles, Melecio Pardo, Antonio María Orrego, Otilio del Amo, Cándido Catalán, Angel Pérez, Abelardo García y Jesús Aníbal Gómez.

Abrazos emotivos. Promesas de oración. Y un confiado “¡Hasta pronto!”…, que sería para muchos el Cielo.

Subidos a los taxis, marcharon todos hacia la estación del ferrocarril, custodiados por milicianos. Era media tarde, y el sol de Julio caía feroz sobre los campos manchegos. Los expedicionarios se dis­tribu­yen para subir a los vagones. Pero, reconocidos por los muchos curiosos que en aquellos prime­ros días de la revolución se agolpaban en las estaciones de trenes y autobuses, comienza en seguida el tu­multo ensordecedor:

-¡Curas! ¡Frailes! ¡No los dejéis subir! ¡A matarlos! ¡Son curas! ¡Éstos no llegan a Madrid!…

Los treinta o cuarenta milicianos reúnen a los pobres muchachos en una sala de la estación y los guardan allí hasta que llegue el tren, en el que venía un gran contingente de milicianos que se dirigían a Madrid.

Ahora se entabla una discusión acalorada entre socialistas de Ciudad Real, quie­ren llevar a los muchachos hasta Madrid, y los milicianos comunistas, empeñados en liquidarlos allí mismo. En la fu­riosa discusión interviene una miliciana repulsiva, que con besos cariñosos seduce a uno de los revoluciona­rio a la vez que pide a todos: -¡A matarlos! ¡Hay que matarlos!…

Al fin, los suben en el mismo vagón de atrás, y en el camino les exigen -¡Señores, la documentación!

Presentan el salvoconducto misterioso… Los milicianos recuentan los salvoconductos y notan que falta uno, pues saben muy bien que son quince los ex­pedicionarios. Don Eutiquiano ha sido listo, ha tomado consigo a su hijo el Padre Máximo y ha su­bido en un coche de primera clase, donde pasa totalmente desapercibido. Registran meticulosamente por entre los pasajeros y no aparece el que buscan…

Al llegar a la próxima estación de Fernán Caba­llero, dos milicianos se adelantan al maquinista y le ordenan no poner en marcha el tren hasta nuevo aviso. Entonces hacen bajar a los catorce muchachos:

-Ya habéis llegado al término de vuestro viaje.

-Pero…, nosotros vamos a Madrid.

-¡Abajo, y basta!…

Nuestros jóvenes, viendo que había llegado el momento supremo, se dicen: -Puesto que hemos de morir, ¡muramos por Dios!

Los colocan entre la segunda y la tercera vía, mientras los milicianos se quedan a diez metros en la vía primera, apuntando con los fusiles: -¡Todos juntos, y levanten los brazos!

Los viajeros del tren, obligados por los milicianos, hubieron de asomar sus cabezas por las ventani­llas llenos de terror, a pesar de las protestas airadas de algunos, sobre todo mujeres. El forcejeo entre pasajeros y milicianos rojos estuvo a punto de desatar escenas violentas. Mientras, los jóvenes Estudiantes claretianos, serenos, lanzan al aire repetidamente la consabida aclama­ción: -¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María!…

La nutrida descarga no logra matar a algunos, que, heridos solamente, se arrastran hacia los vago­nes para agarrarse a sus plataformas. Pero los milicianos van dando a cada uno el tiro de gracia, a la mayoría de ellos me­tiéndoles la bala por los ojos…

El Padre Máximo Peinador, será después un testigo excepcional del todo.

Pero aún no había acabado la tragedia. Uno de entre las víctimas no estaba muerto, y nadie se ex­plica lo que ocurrió. El joven Cándido Catalán, revuelto en su propia sangre y cuando ya se habíian mar­chado los asesinos, logra arrastrarse hasta el vestíbulo de la estación. Recelaba de todos, mientras pedía algo de agua para su ardorosísima sed. La esposa y la hija del Jefe de la Estación le atienden con todo cariño. Le limpian las heridas del cuerpo acribillado a balazos, llaman a la Guardia Civil, que reúne a todos los sospechosos, y se los presentan al moribundo a ver si reconoce a alguno de ellos como asesino. El mucha­cho los mira buenamente y niega con la cabeza. Le preguntan si es que no habían sacado los billetes para viajar, y aún tiene fuerzas para responder: -Nos dieron el dinero en casa y lo entregamos a los milicianos en la estación, pero no nos dieron los billetes.

Lo montan en la ambulancia, pero no llega vivo a la Ciudad. Desde el coche, su alma bella em­prendía el vuelo hacia la Gloria.

Felipe González de Heredia

Hermano Misionero, no iba en ninguna expedición a Madrid, porque tenía un hermano en Ciudad Real y se quedó hospedado en su casa. Doloroso cuanto queramos, pero la cu­ñada no lo admitía y se quiso desentender de él, y, sin aguantarlo más, lo de­nuncia repetidamente a los revolucionarios, que le dicen al fin: -Bueno, ya que tienes tanto interés, iremos a buscarlo.

Era el 30 de Septiembre. Hasta el día 2 de Octubre lo detienen en la checa instalada en el Semina­rio, cuando tres milicianos y dos muchachas, lo cargan en un coche que se dirige hacia la misma Fernán Caballero.

El traslado resulta cruel, pues someten a su víctima a pesadas torturas físicas y mora­les, por parte sobre todo de las dos descocadas milicianas, que le enseñan al Hermano la navaja y le pin­chan con ella mientras le van diciendo: -Tú no eres cura, tú eres un fariseo. Y así, a navajazos, te vamos a matar. Con estos perros no hay que gastar pólvora.

Llegados al control de Fernán Caballero, responden los asesinos cuando les piden la documenta­ción: -Nada. Venimos sólo a dejar a este criminal.

“Este criminal, dice en el Proceso un testigo ocular, estaba colocado en medio de las dos milicianas, que empuñando unas navajas herían los muslos de la víc­tima, teñido de la sangre que manaba de las heridas. Iba resignado, con las manos juntas y los ojos bajos mirando al suelo”.

Momentos después, dejaban junto a la puerta del cementerio a aquel humilde religioso, que, como atestigua un buen campesino que contemplaba la escena desde la huerta contigua, gritó con los brazos en cruz, antes de recibir la descarga: -¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María!

Una de las dos muchachas, ¡de solo dieciséis años!, le descargaba el tiro de gracia, mientras le decía: -Anda, y que te vaya bien por tu Cielo…

CERVERA Y SOLSONA

Beatificación: X-X-2016

El Colegio Seminario de Cervera, en Cataluña, ocupaba el grandioso edificio de la ex Universidad, con una Comunidad muy numerosa: 30 Sacerdotes, 51 Estudiantes Teólogos, 35 Hermanos y 38 Postulantes, con un total de 154 individuos. Los Estudiantes extranjeros fueron entregados a sus respectivos Consulados; los 38 jovencitos Postulantes eran remitidos a sus familias; y los demás, entre Sacerdotes, Hermanos y Estudiantes, se dispersaron en grupos, y unos salvaron sus vidas y otros, sesenta y cuatro (64), cayeron víctimas de las balas marxistas y ateas. Pero hemos de dejar claro, en honor de la cristiana y culta Ciudad, que no fue Cervera quien causó tanta muerte inocente, porque los culpables fueron unos pocos fanáticos izquierdistas unidos a elementos extraños venidos de fuera.

Los 15 de Lérida

El Padre Manuel Jové, insigne profesor y latinista de gran fama, se hizo cargo de quince seminaristas teólogos, y con ellos se dirigía a través de los campos hacia su pueblo natal para tenerlos seguros en su familia. Estos quince jóvenes magníficos eran: Onésimo Agorreta, Amado Amalrich, José Amargant, Pedro Caball, José Casademont, Teófilo Casajús, Antonio Cerdá, Amadeo Costa, José Elcano, Luis Hortós, Senén López, Miguel Oscoz, Luis Plana y Vicente Vázquez. Sorprendidos en su andadura el 25 de Julio, fueron llevados al pueblecito de Ciutadilla, y aquí, encerrados en una casa que les hizo de prisión, pasaron una noche infernal. Telefoneado el Comité Central de Lérida, mandó un grupo de feroces milicianos, que dijeron después de consumir opípara cena, bien regada con vino: -Y ahora, a divertirnos con esos…

Y lo hicieron de verdad. El registro de todos empezaba con un brutal puñetazo, propinado el primero al Padre Jové, al que le arrancan el crucifijo que le pendía del pecho y lo arrojan al suelo con la orden terminante: -¡Písalo!

-¡Eso, jamás! Prefiero morir.

-Pues, ¡te lo tendrás que tragar!

Se lo aplican con la punta en la boca y lo hunden en ella con un terrible golpe, rompiéndole los tejidos de la cara. Le bajan después los pantalones con intención de amputarle sus partes nobles; pero, como todo lo hacían en voz alta y los vecinos del pueblo lo oían desde la calle, se levantó un grito enérgico de la buena gente: -¡Eso, no! Esas barbaridades no se deben cometer con nadie.

Con los pobres muchachos, igual, como recuerdan testigos presenciales: “Los golpes y puñetazos se oían desde las casas vecinas, pero nunca se oyó un gemido de los Misioneros, a pesar de que les pegaban mucho”. Así toda la noche. Al amanecer, allí quedaban las sábanas con grandes manchas de sangre, testigo mudo de las salvajadas que se habían cometido con los dieciséis prisioneros. Los querían matar en el mismo Ciutadilla, pero se opusieron firmes sus buenos vecinos.

Entonces…, hacia Lérida, en una vía dolorosa de cincuenta kilómetros. Detenido el camión bajo un sol de plomo durante varias horas en Verdú, el pueblecito natal de San Pedro Claver, no llegó a la Capital hasta primeras horas de la tarde, y se dirigió sin más al cementerio, en la misma entrada de la ciudad. Iba a ser aquella una masacre casi pública, por los muchos milicianos que la presenciaron, y, afortunadamente para nosotros, con testigos de excepción: el buen chofer que los llevó obligado, Autoridades y empleados del Cementerio, los cuales nos han podido contar con fidelidad el esplendoroso martirio que contemplaron sus ojos.

El Padre Jové, al ser bajados del camión, dijo en nombre de todos: -Nos matarán, pero morimos por Dios.

Varios de los jóvenes dirigieron su pensamiento al ser más querido: “¡Madre mía!”, palabras que uno amplió casi como una súplica a aquellos asesinos desalmados:

-Si al menos se le pudiese hacer saber a mi madre.

-Has llegado tarde, muchacho. Bastante tiempo has tenido.

Y dirigiéndose a los demás el jefe del pelotón:

-Muchachos, que han sido engañados hasta ahora, ¿renuncian a la Religión y les dejamos libres?

-¡No! Preferimos morir por Dios.

En marcha desde el portón hasta la pared del fondo, el Padre Jové gritó por tres veces: ¡Viva Cristo Rey!, mientras, en expresión de uno de los milicianos. “todos iban silenciosos, con muestras de resignación”, pues “parecían unos corderos”. Puestos ante el muro de cuatro en cuatro, todos cayeron ante los fusiles con el irrenunciable ¡Viva Cristo Rey! en los labios.

Con los dieciséis cadáveres, llevados a una zanja común, se iniciaba casi la llamada después “FOSA DE LOS MÁRTIRES”, tan venerada en Lérida, y de la cual atestigua con aplomo el sepulturero oficial: “Yo puedo testificar con toda exactitud que en esa fosa común hay enterrados 668, ¡seiscientos sesenta y ocho!”. Nuestros jóvenes están en la base de montaña tan gloriosa.

Fernando Saperas, el Mártir de la Castidad

Entramos en una página única, emocionante. Fernando no era sacerdote, sino Hermano Coadjutor, un mocetón de treinta años, que había emitido sus votos religiosos en 1930, junto con sus connovicios los beatos Estudiantes teólogos de Barbastro. El prestigioso periódico sacerdotal INCUNABLE escribía al aparecer la primera y modesta biografía: “La odisea del humilde Coadjutor FERNANDO SAPERAS impresiona extraordinariamente. Emociona encontrarse con un ejemplo tan clamoroso, tan luminoso, tan fascinador como éste. Pocos casos habrá como el suyo en la historia del cristianismo”. Estamos acordes en todo. Y por eso, haciendo una excepción con el caso de Fernando, nos extenderemos algo más en la narración, por fuertes que sean muchos detalles, tomados de testigos presenciales, pues todas las barbaridades se cometieron a plena luz. Como autor de estas líneas, y sin querer faltar a la modestia, he de decir además que, residente en Cervera durante varios años, pude interrogar a la mayoría de los testigos, y hube de hacer una relación jurada para el Proceso, de la cual damos aquí un resumen lo más completo posible.

Muchacho del campo, Fernando es sorprendido a las ocho de la mañana del 12 de Agosto por cinco milicianos rojos, a los que se añadirán después tres más, en la finca del amigo Bofarull, a trece kilómetros de Cervera. El jefe de todos es Juan Casterás, al que le dice Fernando con naturalidad, cuando lo ve, que conoce a su hermano el seminarista, y recibe esta respuesta: -¿Tú también conoces a ese animal?… Montan al Hermano en el amplio automóvil, y, camino de la Ciudad, se inicia la tragedia de aquel día. Perdón por algunas escenas que hay que contar, empezando por la primera…

El Chico se despoja sin vergüenza de sus ropas, Casterás y Juan del Hostals sujetan con violencia a Fernando a quien han desnudado y puesto espaldas arriba, y El Chico se lanza sobre él como una bestia. Los gritos de la víctima son estentóreos: -¡Casterás, Casterás, no me hagas eso!…

Fernando bracea como un titán: -¡Matadme, si queréis; matadme…, pero eso no!

Los milicianos no se van a rendir, y les bastan pocos momentos para planear la jornada: -Al llegar a Cervera te llevaremos a una casa de prostitución. Si vas a una mujer a vista nuestra, no te matamos.

Bofarull nos atestigua: “Si esto no se lo dijeron diez veces, no se lo dijeron ninguna”. Pero siempre oyeron la misma inflexible respuesta: “¡Matadme, si queréis; pero eso, no!”…

Llegan a Cervera, entran en un bar para celebrar con unos tragos la pesca que ha caído, y Casterás, gesticulando grotescamente, se dirige a la dueña con pésimo gusto: -Aquí te traemos este filete. Mira a ver si te cuadra.

Y a Fernando: -¿No te gusta ésta, que está bien gordita?

Antes, se lo han ofrecido en plena calle a “La Pereta”, que respondió con descaro: -Si queréis venir conmigo, aquí mismo.

El Hermano queda a buen resguardo en la prisión por dos horas, y le llaman cuando lo van a buscar: -¡Hala!, ven con nosotros, y no tengas miedo. Nosotros no somos malos, ya lo verás.

Empiezan por llevarlo a uno o dos prostíbulos. Ahora, después de los años, nos lo recuerda emocionado Don Ramón Vilaró Pont, cuya casa daba por la parte de atrás a uno de aquellos lamentables locales del vicio. Pudo contemplar cómo los milicianos antes consignados agarraban por sus partes a Saperas y lo empujaban hacia una de las prostitutas, y añade: “Comprenda que a un muchacho de dieciséis años se le graba todo en la memoria, y yo, además, quería mucho a los Padres de la Universidad porque iba a su colegio”.

¿Qué ocurrió en aquellos tugurios del placer? Lo podemos adivinar por estas frases llegadas hasta nosotros a través de un testigo que el día siguiente se las oyó al mismo Casterás: -¡Vaya pieza que llevábamos!… Yo me cansaba de…. (lo que quieras, lector)… Él pedía fuerza a Dios… Nosotros lo tirábamos a tierra, y él, ¡nada!, más frío que el hielo…  Esta gente no sirve para nada. Y nada pudimos conseguir.

A cada nueva provocación, respondía Fernando siempre con una expresión recogida desde el principio en el ambiente popular, confirmada por varios testigos, y repetida siempre: -¡Virgen soy, y virgen moriré!

Dichas estas palabras con energía y con tanta inocencia, merecieron el comentario grotesco de los verdugos: -¿Que es virgen?… Pues, ya le haremos nosotros la faena.

Hay testigo que declara que desnudaron a dos prostitutas y se las echaron encima al casto religioso, “pero el Padre nada había querido hacer”.

Hemos de tener en cuenta el testimonio del carcelero de Cervera, Sr. Bravo, que nos transmite las palabras de un miliciano, al que le preguntó a ver qué habían hecho con Fernando, custodiado por él en la cárcel el día anterior. Tal como contestó, el párrafo entero, al pie de la letra, dice así: “¡Ya está listo!… Pero, ¿sabes que antes de matarlo nos ha dado una lección de modos? Le invitamos a que escogiese alguna de aquellas mujeres, la que más le gustase, y después de haberle hecho varias promesas de que no le pasaría nada si lo hacía, dándole a entender que le daríamos la libertad si lo hacía, nos dijo que no insistiéramos ni nos cansásemos más, porque no accedería a nada de lo que le proponíamos. Le dijimos por lo mismo: Entonces, demuestras que no tienes… Y nos respondió él: Dejaos de bobadas; que yo sería capaz de hacer más que vosotros. ¡Pero, no me da la gana, y haced de mí lo que queráis!”. Es quizá lo más probable que casi todo se refiera a Tárrega, pues el mismo Casterás confesará que la dueña del prostíbulo de Cervera, al ver que el Hermano nada quería, les dijo: -¿Me queréis creer a mí? Llevaos a este hombre.

Vamos a Tárrega. Una ciudad que se va a ufanar en adelante de ser la guardiana de un mártir singularísimo. Tárrega dista doce kilómetros de Cervera, y hacia ella se dirigían ahora los tercos milicianos, dispuestos a probar mejor fortuna en sus casas de prostitución. Y en El Vermut y La Garza, sitas casi frente por frente, llegarán a consumir largas horas, sin que consigan doblegar la entereza del casto religioso. Comienzan por invitarlo a comer y quieren que beba buenos tragos de vino que le caliente… Vana pretensión, porque Fernando responde con ironía: -Ahora me queréis hacer comer, para fusilarme dentro de media hora.

Los milicianos ya no se paran después en barras. Saben a qué atenerse para lograr su propósito. Quiera o no quiera, tendrá que ceder. No hallamos expresiones honestas para describir lo que cuentan testigos presenciales. Se provocó al Hermano de la manera más soez. Sin introducirlo en las partes reservadas de aquellos tugurios, se hallaba expuesto a la vergüenza de cuantos quisieran contemplarlo, con desnudeces que eran el bofetón más grande que podía darse a su honor. Entrevisté al barbero Don Ramón Capdevila, que me contó cómo al oír lo que estaba ocurriendo en los prostíbulos, se fue allá por pura curiosidad, y me dijo, casi al pie de la letra, lo que declara por escrito el querido amigo Don José Serra, a quien se lo contaba el barbero mientras le rasuraba: “Si hubieses visto en el Vermut y la Garza lo que hacían con un religioso, te hubieras estremecido. Le obligaron a… (adivine, lector) para ver si podían excitarlo y ocuparlo con las mujeres, obligando a alguna de las que allí había a que se desnudara y a bajarle los pantalones a él. En vista de que no podían ponerlo en condiciones, le hacían pasear por toda la sala enseñando sus vergüenzas. Al ver que no podían lograrlo en una de las casas, lo llevaban a la otra, haciéndolo pasar de la una a la otra, del Vermut a la Garza”.

La actitud de Fernando durante tantas horas fue de una gran modestia, sin querer levantar los ojos, y rezando y santiguándose muchas veces sin respeto humano alguno, como dice otro testigo presencial: “¿Qué hacía aquel religioso? ¡Nada! Siempre con la cabeza baja, avergonzado, y sin decir ni una palabra. Sufría todas estas brutalidades, seguidas de puñetazos para ver si levantaba la cabeza, y ante el Crucifijo que le pusieron a la vista”.

Alguien, que oyó contar todo a los milicianos, al mismo tiempo que atestiguaba la firmeza indomable del Hermano, dice de él que “lloraba”. Es el único testigo que lo cuenta, pero esas lágrimas viriles en medio de una lucha tan gigantesca por la virtud, son el mayor elogio del héroe y la ofrenda más valiosa ante Dios.

Casterás le había bajado violentamente los pantalones, mientras le decía casi ya desesperado y le hacía lo que aquí no se puede consignar: -Hala, a ver si puedes… para apostatar de la ley que te impone la religión que profesas de aquel que se dice Dios.

Era inútil. Fernando esgrimía siempre el mismo argumento: -No insistáis ni os canséis, porque no vais a conseguir nada.

Y al mayor insulto que se le echó en cara: ¡Tú no eres hombre!, respondió con energía inusitada: -¿Que no soy hombre? Yo haría, si quisiera, tanto y más que vosotros. Pero, ¡no me da la gana! ¡Prefiero morir!

Se ha cuestionado más de una vez sobre esta pasividad orgánica de Fernando, mocetón de treinta años en plena virilidad. Para unos, clarísimo don de Dios; para otros, quizá una explicable inhibición en tales circunstancias. Entre los primeros está la pobrecita y buena Carmen Cotilles, que comentaba a su manera lo que ella no entendía: “Aquella persona era un santo, pues en él no se operó la más pequeña reacción”. El mismo Fernando, con las palabras que acabamos de oírle, da al hecho otra explicación: “Haría, si quisiera, tanto o más que vosotros”.

Nada se conseguía, de modo que las mismas mujeres se pusieron de parte del Hermano, y dijeron a los milicianos: -¡Dejadlo, sinvergüenzas! El que quiera venir aquí que lo haga por su propia voluntad y no por fuerza.

Casterás, sin aguantar más, se encara con Carmen, amenazándole con el arma. -Tú serás la encargada de conseguirlo. ¡Si no te ocupas de él, te mato!

Pero Carmen, entonces pupila de La Garza y después dueña del Vermut, recobra toda su dignidad de mujer, y, sin miedo a la pistola, contesta enérgica con estas palabras que nos constan por testigo allí presente: -¡No lo haré, ni me da miedo tu pistola! Puedo ser puta, pero tengo más corazón y sentimientos que vosotros, que sois unos salvajes. Nunca haré un acto así, por más puta que sea.

Añade Carmen en su propia relación de los hechos: “Mis compañeras y yo, todas llorábamos”. Y todas se portan igual: -Ahora, aunque él quisiera, nosotras no nos prestaríamos. Y sacáis de aquí a este religioso o nos marchamos nosotras.

Y pasando de las palabras a los hechos, agarraron botellas vacías y sillas para echar a golpes a aquellos intrusos desalmados.

Será la misma Carmen la que declare todo ante el Tribunal eclesiástico. Quien esto escribe era un joven Estudiante de Teología que estaba en Cervera aquel verano de 1948 al celebrarse el proceso, y recuerda cómo Carmen, su compañera La Cafala y el barbero Capdevila comentaban libremente lo que dentro se les preguntaba con el máximo secreto. Su actitud y sentimientos pueden resumirse en esta recomendación de Carmen a los del Tribunal: -¡Ya pueden hacerle mártir, ya, al pobrecito, que lo fue de veras!

Así lo interpretó la voz popular aquel mismo día, pues todo se supo mientras se desarrollaba el drama en los prostíbulos; hay testigos de todo, y en toda Tárrega produjo el hecho general indignación. Casterás se gloriaba de tan vergonzosa hazaña al día siguiente en un café: -Quisimos que se fuera harto al Cielo, habiendo probado lo bueno de la vida con las mujeres, y no lo quiso probar. Entonces lo llevamos al cementerio.

Pero sus interlocutores le echaron en cara tanta vileza: -Oye, ¿por qué no hiciste lo mismo con tu hermano el seminarista en vez de salvarlo, como has hecho? Has de hacerte cargo de que los padres y familiares también sienten la muerte de los suyos.

Casterás respondió furioso, para no volver ya más a aquel café: -Todos vais contra la Revolución. ¡Todos sois iguales! ¡Más hubiera valido no habéroslo contado!

Las escenas en los prostíbulos fueron realmente el colmo de la desvergüenza, presenciadas por tantos. Entre ellos, por Juan Saureda, el guardia de noche que vigilaba aquella zona. El pobre quedó tan terriblemente impresionado que, un año antes de acabar la guerra, lo veían pasar por las calles, en actitud abstracta, santiguándose, como había visto hacerlo al Hermano Fernando, o con el pulgar levantado hacia el cielo. Varias veces había subido al consultorio médico del Dr. Ramón Armengol Civit, que describe la escena, y por toda consulta le decía, señalándose a sí mismo: -Juan no tiene alma… Juan no tiene curación… Juan no podrá hablar… Juan está perdido… Juan está condenado… Juan no puede hacer nada…

El pobre hombre hubo de ser internado en el manicomio de Sant Boi, donde murió tiempo después.

La historia de Fernando Saperas provocó indignación, mucha indignación y asco verdadero, que honra al cristiano pueblo de Tárrega. Parece que el mismo Comité intentó salvar la vida del Hermano disuadiendo a los criminales milicianos venidos de Cervera.

Quince horas había durado la tragedia. Los milicianos, al ver que no había nada que hacer, vomitando blasfemias, sacaron a Fernando de aquellas casas en las cuales defendió su virtud no precisamente una niña pudorosa, sino un varón en la plenitud de sus energías, y todo por ser fiel a la palabra que diera un día ante el altar en su profesión religiosa.

Los asesinos cargaron a Fernando en el camión. Pocos minutos, y se hallaban ante la puerta del cementerio. Dejan a Fernando a mano izquierda y junto a la pared. Dos focos lo iluminan, como un anticipado resplandor de gloria. El peso de su tragedia no ha logrado quebrantar la indomable entereza cristiana del mártir, y, sereno, pide permiso para hablar. El diálogo entre él y sus verdugos nos lo ha conservado Don Nicolás Sendrós, escuchado aquel mismo día a su dependiente el asesino Pedro Segalá:

-Perdónales, Señor, que no saben lo que hacen…

Y repite varias veces: -¡Yo os perdono! ¡Yo os perdono! ¡Yo os perdono!…

Comentario burlón entre los del piquete:

-¡Aún nos perdona éste!… Oye, ¿y qué nos has de perdonar tú?… ¡Apunten!

Y el mártir: -¡Viva Cristo Rey!¡Viva la Religión!

Don Antonio Palou y su señora han oído perfectamente las detonaciones: tres descargas dobles y un tiro final. A pesar de los numerosos balazos, el Fernando no muere al instante. Doña Rosa Castells oye comentar a los milicianos cómo, al alejarse ellos, dejaron a su víctima allí tendida en el suelo, mientras iba diciendo: -¡Madre! ¡Madre mía!… Podía ser el recuerdo de la madre querida, que vivía en la vecina provincia de Tarragona. Como también podía ser, y es lo más seguro, un grito esperanzado a Aquella que tan poderoso auxilio le había prestado desde el Cielo durante su glorioso combate y a la que invocaba sin cesar en lo íntimo del corazón. Es imposible no imaginarse al Hermano llamando todo el día a gritos a la Virgen María.

Jaime Clos ha oído también los disparos y se dirige al cementerio. Ya bastante anciano cuando me entrevisté con él, me remedaba aún el acompasado abrir y cerrar la boca del moribundo, que echaba bocanadas de sangre. Cuenta hasta cinco heridas abiertas por otros tantos balazos, como las cinco llagas de Cristo en el cuerpo de este héroe… “Para no atemorizarlo, me acerco a él con palabras dulces, sin saber que se trata de un Padre de la Universidad: ¡Amigo!…, ¡Amigo!.. Ya no pudo responderme”.

El alma invicta de Fernando se remontaba a Dios más allá de las estrellas…

El Hermano murió perdonando, y Dios acogió su última súplica. Juan Casterás tenía un hermano seminarista que llegó a ser ejemplar sacerdote. Juan cometió una barbaridad execrable, ciertamente, y al acabarse la contienda civil huyó a Francia donde murió al cabo de muchos años. Su hijo viajó hasta su pueblecito natal, entre Cervera y Tárrega, para pedir al Párroco que acogiera los restos en el cementerio local. Pero el Sacerdote, espontáneo: -¿Tu padre? Ni él mismo hubiera querido ser enterrado por la Iglesia.

Y el hijo: -Cierto. Esto era hasta hace cinco años, cuando mi padre cambió totalmente. No sólo estaba arrepentido del mal que había hecho, sino que se volvió profundamente religioso.

Agradecemos al Párroco un testimonio semejante. El clamor de Cristo moribundo en la cruz, perpetuado en tantos mártires, sigue obrando maravillas.

Los restos de Fernando fueron localizados e identificados muchos años después y hoy son venerados en la Parroquia de Tárrega. A la izquierda de la puerta del cementerio, la lápida de mármol, por un orificio central, deja ver aún hoy en la piedra de la pared el impacto producido por una bala. Y una lacónica inscripción canta la gloria del héroe:

AQUI POR DEFENDER SU CASTIDAD RELIGIOSA

FUE MARTIRIZADO EL 13-VIII-1936

EL HERMANO FERNANDO SAPERAS

MISIONERO HIJO DEL CORAZON DE MARIA

Mártires solitarios

Fernando Saperas rompió la marcha de los mártires que murieron fuera de grupo. Le siguieron otros compañeros de la misma Comunidad, y, al seguirlos ahora con orden cronológico, nos vamos a contentar con una sucinta reseña de cada uno, casi lacónica, pero que nos puede traer auras cargadas de perfume celestial.

El Padre Juan Prats, a pesar de su juventud, era ya Doctor y un brillante profesor de Derecho Canónico. Al ir a fusilarlo el 17 de Agosto, sus verdugos se emocionaron tanto por las palabras del Padre, que nadie lo quería matar. Hubieron de jugarse a suerte la triste faena, y señalaron a dedo al que había de disparar primero: -Tú, que fuiste quien lo descubrió y lo denunciaste.

El pobre diablo lo hizo con tan mala puntería que entre todos lo remataron al fin a golpes de piedra destrozándole el cráneo.

Los jóvenes seminaristas Jenaro Pinyol y Remigio Tamarit nos dejaron un ejemplo excepcional de fortaleza y serenidad. Detenidos mientras se dirigían a sus familias, los llevan al cementerio de La Floresta. Ya ante los fusiles, piden les permitan escribir algo a sus familias. Se lo conceden ?¡oh milagro!?, y legan así su testamento: “Os dirijo mis últimas líneas de despedida. Adiós, hasta el Cielo. Jenaro Pinyol Cmf. Igualmente, adiós, hasta el Cielo. Muero gritando ¡Viva Cristo Rey! Remigio Cmf”. Los mártires lanzan al aire la clásica jaculatoria: “¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía!”, y piden morir de frente y no de espaldas: “Los hombres honrados no esconden la cara”. Los asesinos, quizá porque no podían sostener su mirada ante la de aquellos dos valientes, les mandaron volverse y ellos obedecieron con humildad, una vez lanzado el imprescindible “¡Viva Cristo Rey!”.

El Padre Emilio Bover moría en el cementerio de Cervera el 20 de Agosto. Figura patriarcal si las había, dejó un gran recuerdo por las muchas vocaciones que atrajo a nuestros seminarios. A sus verdugos les dijo antes de morir: “Os perdono de corazón por amor de Dios”. Y fue voz común en Cervera que les pidió también la gracia de besar la mano del que le iba a disparar.

El joven sacerdote Padre Enrique Cortadellas era todo fervor, entusiasmo, amor encendido a su madre la Congregación claretiana, y repitió muchas veces mientras estaba refugiado en su propia familia: “Si cien veces naciera, cien veces entraría en la Congregación, aunque me hubieran de matar”. A mitad de la noche del 24 al 25 de Agosto llegaban los milicianos y lo arrancaban de los brazos de su madre, que lloraba desesperadamente. Pero el mártir, al darle el último beso, dijo sereno y resignado: “¡Qué triste es tener madre en algunas ocasiones de la vida! No lloréis por mí”. A las tres de la mañana caía bajo las balas en el cementerio de Cervera, habiendo gritado antes la jaculatoria más clásica de la Congregación: “¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!”.

El joven y angelical Hermano Ramón Ríus, a sus veintitrés años, era ya un veterano en los caminos de la santidad. Refugiado en su familia igual que sus dos hermanas Religiosas, supo también lo que era ser arrancado de los brazos de la madre, la auténtica mujer fuerte, que repetía a los suyos severamente: “Mirad, hijos, en tiempos de persecución se pone a prueba la fe. Antes que apostatar, primero la muerte”. El 2 de Septiembre venía la chusma de milicianos a llevarse a Ramón, que escucha de su valiente madre esta despedida: “Si te quieren hacer renegar de la religión y de Dios, de ninguna manera lo hagas. Prefiere morir mil veces antes que apostatar”. Con esta bendición de su madre se enfrentaba a los fusiles en el cementerio de Cervera.

El 16 de Septiembre eran sacados de la cárcel de Manresa el veterano Padre Juan Alsina y el joven Estudiante Antonio Perich junto con seis seglares, católicos distinguidos, para ser fusilados en un vecino cementerio. Al salir de la cárcel, algunos lloraban por la suerte de sus seres queridos. El Padre Alsina los reconfortó: -¡Animo! No hay que desalentarse. Es cuestión de sufrir por unos momentos y luego estaremos en el Cielo. ¡Qué consuelo para los suyos el pensar que tienen al esposo y al padre con Dios en la Gloria!… Todos murieron resignados y valientes.

Los Mártires del Hospital

Este hecho nos va a llenar de indignación, es natural. ¿Cómo es posible matar a los seres más inocentes e indefensos, como son unos ancianitos imposibilitados o enfermos incurables, sacándolos de la cama para llevarlos al cementerio? Pero, así eran las cosas en aquellos días aciagos.

La dispersión de la Comunidad fue toda una epopeya, y los enfermos y ancianos fueron conducidos al Hospital, donde también se quedó con los más necesitados el Padre Jaime Girón, “porque el puesto del Superior está al lado de sus súbditos”, igual que el Padre Pedro Sitges, encargado de los Hermanos, y el Padre Juan Buxó, Médico de profesión, que, al ser reclamado por sus antiguos colegas de Barcelona, respondió como era de esperar en un espíritu tan recio como el suyo: “Mi puesto es al lado de mis hermanos enfermos”. Y en el Hospital se quedó, fungiendo con gran competencia su profesión, y, por requerimiento de la dignísima Junta, como Médico de guardia. Era un hombre de santidad extraordinaria y va a dejar un recuerdo imborrable.

Los doce que se quedaron definitivamente en el Hospital fueron los Padres Heraclio Matute, Luis Jové, José María Serrano y Juan Buxó; los Estudiantes José Ausellé, Evaristo Bueria, José Loncán y Manuel Solé; junto con los Hermanos Francisco Canals, Buenaventura Reixach, José Ros y Miguel Rovira.

Cuidaban del Hospital las Religiosas del Corazón de María y una Junta muy responsable y católica, que asignaron a los Misioneros dos salones del piso superior, totalmente independientes del público. Hay que tener presente el nombre de la Superiora, Madre Margarita Fargas. Delgada y pequeñita, con fama de santa, “una mujer que no sabía pecar”, porque era la inocencia encarnada. Le tocó jugar un gran papel con nuestros mártires.

El Padre Girón, hombre pensante y muy competente en la cuestión social, como Superior sufría lo indecible, porque la Madre Margarita le tenía al tanto de la suerte que estaban corriendo sus súbditos, los 16 de Lérida, Saperas… Y decía: -Si siempre he de estar escondido, sin trabajar por salvar almas, o quedaré loco o tonto. Así no puedo estar, sin hacer nada por Dios. Aunque cada día rezo por el que me ha de matar.

Sus presentimientos se cumplirían puntualmente. Ante la traición de una muchacha que los denunció, los Padres Girón y Sitjes hubieron de huir el día 2 de Septiembre. Se despidieron en pleno campo a las afueras de la Ciudad; el Padre Sitjes tomaba el camino de Barcelona y el Padre Girón se dirigía hacia la frontera con Francia, aunque no llegó a su destino. Traicionado por un pastor, fue capturado por un grupo de milicianos, que iban gritando después por las calles: -¡Hoy ha caído un pez gordo, hoy!… Pasó aquel día y la noche detenido en la cárcel, y al día siguiente era llevado al cementerio por el Comité en pleno y bastantes compinches de la revolución, con unos veinte forajidos y curiosos, ávidos de presenciar un espectacular fusilamiento. Colocado ante la pared, el Padre reivindicaba el amor que siempre había demostrado por los obreros y exhortaba a sus verdugos a volver al buen camino…, hasta que se oyó una voz imperiosa: -¡Venga, a tirar! Que este tipo es capaz de convertirnos.

La descarga le dejó al Padre tendido en tierra. Pero la Madre Margarita le había encargado que la tuviera informada de su suerte. El Padre Girón le prometió en serio que lo haría, y cumplió la palabra muy fielmente. A las cuatro de la mañana, la Madre estaba bien despierta y con la luz apagada… Pero dejamos la palabra a la misma Madre, que declaró con juramento ante el Tribunal:

“Debo referir aquí lo que me ocurrió aquella misma noche. Rezando el Rosario por ellos, percibí claramente el ruido de un viento impetuoso, se iluminó repentinamente la celda a la luz de un cuerpo luminoso, cuyos contornos no puedo precisar, y atravesó la celda. Al mismo tiempo oí perfectamente una voz, que reconocí en seguida por el timbre como la del Padre Girón, que decía: Yo ya estoy en el Cielo. El Padre Sitjes todavía anda por ahí. Todo fue cosa de un instante. Yo quedé tranquila al pensar que el Padre ya estaba en el Cielo, mas con la duda de si habría sido todo una alucinación mía. A las siete de la mañana salía de dudas, cuando me dijeron que el Padre Girón había sido fusilado. Pero, hasta después de la guerra, y por temor a haber sufrido alguna alucinación, no lo he dicho a nadie”.

Hay que haber conocido a la Madre Margarita para valorar bien esta declaración, cuando nos la repetía en su castizo catalán: “Jo ja estic al Cel. El Pare Sitjes encara campa”… Porque el Padre Pedro Sitjes todavía andaba por ahí, camino de Barcelona, hasta que un grupo de milicianos venidos de Igualada le salían al encuentro y lo dejaban tendido a balazos. Los piadosos campesinos del pueblo vecino le daban devota sepultura, después de recogerle lo único que llevaba en los bolsillos: el rosario y un pequeño crucifijo con una reliquia del Padre Claret.

Volvemos al Hospital, donde dejamos a nuestros doce queridos enfermos y ancianitos. La vida seguía normal en aquellos dos salones del piso superior. Oración, mucha oración… Y hemos de contar algo muy notable del Médico el Padre Buxó. Un día llegó al Hospital con la pierna rota el miliciano más feroz de la comarca, asesino por antonomasia, Enrique Ruan. Hospitalizado, el Padre Buxó lo tomó por su cuenta con amor más que de madre y con una entrega heroica, pues, por atender a su paciente, no llegaba a dormir ni tres horas en toda la noche, ya que Enrique no le dejaba parar, conforme al diálogo, conservado por varios testigos, entre paciente y Médico:

-Cúrame bien.

-Lo mejor que sepa. Queda tranquilo.

-¡Cúrame,  que ya se te acaba esto!

-Esto no es nada. Mañana ya no tendrás daño.

Así un día y otro. Y hasta le decía solemne el terrible asesino: -A ti no te ha de pasar nada. No tengas miedo. Yo te salvaré.

Pero la encargada de la central telefónica, que tenía siempre delante a los milicianos, les oyó decir las palabras que les transmitía Enrique: -¡Que me cure! Que también le llegará el turno a él.

¡Y claro que le llegó! El 16 de Octubre, el Enrique de la pierna rota, sentenció en una visita siniestra: -Ya que éstos no quieren salir, los sacaremos nosotros.

No podía ser de otra manera. A media noche del 17 al 18, Enrique y José Solé subieron al piso superior donde dormían nuestros Misioneros. ¡Qué par, Enrique y Solé! Enrique “era un demonio, cuya actuación en Cervera consistió en ir a buscar gente y matarlos”, dice en el Proceso la Hermana Natividad, “y Solé ─añade Sor Concepción Brey─ era tan matón como Enrique”, y de mucho cuidado. Vocal de la Junta Revolucionaria y miembro destacado del Comité, cuando se les ofreció ocasión a los detenidos de salir del Hospital, firmó hipócritamente dos cartas para que los enfermos pudieran ser trasladados a Barcelona, como pidieron el Padre Matute y el agudísimo Padre Serrano por medio de la Madre Margarita; pero el mismo Solé y los otros prefirieron adelantarse con el fusilamiento de todos, que era lo más seguro ante la posibilidad de una respuesta afirmativa. Ahora, ordenaba con grito desde la puerta: -¡Venga, arriba todos! Levántense, porque los tenemos que llevar a un sanatorio.

A varios, imposibilitados, les tuvieron que ayudar a vestirse, especialmente al Padre Luis Jové, que llevado por otros bajaba en camilla por las escaleras. Uno de los Hermanos ancianitos, que se creía lo del sanatorio, preguntó mientras caminaba sobre su bastón: -A las doce ya estaremos, ¿verdad?…

Y el asesino Solé: -Sí, hombre, sí, y hasta antes y todo.

Entre los que iban al martirio, algunos no estaban enfermos ni eran ancianos. El Hermano Francisco Canals desempeñaba el cargo de enfermero, y por nada del mundo falló a su propósito: -Yo podría salvarme, pero no quiero dejar a mis queridos enfermos.

El Estudiante Evaristo Bueria se había refugiado en el Hospital. Fue a buscarlo una hermana suya, y el muchacho no quiso aceptar la huída: -Me quedo, porque siento unos vehementes y extraordinarios deseos del martirio.

Ahora le ponía Dios la palma en las manos, igual que a sus dos compañeros José Loncán y Manuel Solé. El otro Estudiante, José Ausellé, estaba en plena juventud bien clavado en la cruz de una grave y dolorosa enfermedad. Ayudados de los otros, bajaban por la escaleras como podían el veterano misionero de Guinea Hermano José Ros, desde hacía veinte años ciego del todo, y los Hermanos Buenaventura Reixach y Miguel Rovira, también ancianitos e imposibilitados.

Como cuenta Sor Natividad Ruano, el Padre Serrano, que bajaba dolorido con su mal de Pott encima, dejó escapar una chispa de su celo apostólico cuando se dirigió a José Solé hablándole de Dios, aunque el asesino profirió una asquerosa y horrible blasfemia, mientras contestaba furioso: -¿Todavía piensas en esas cosas? ¿Aún crees tú en Dios?…

El cementerio queda a poca distancia de la Ciudad y sin estorbo que impida su visión desde el Hospital. En breves minutos estaba allí el camión. Internados dentro, y ante los fusiles, comenzaron los mártires a gritar: -¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!

Allí quedaban tendidos los cadáveres de enfermos, ancianos, imposibilitados, ¿qué más daba?… Pero aún faltaba el último acto del drama.

La Madre Margarita fue corriendo al cuarto del Padre Juan Buxó, que, como Médico de guardia, dormía solo y aparte: -¡Padre, que se los han llevado!

Pero el Padre siguió en la cama, tranquilo, como en la hora más intrascendente de su vida, y, aunque dolorido, comentó con toda naturalidad: -¡Alabado sea Dios! ¡Qué vamos a hacer! Son mártires. Bueno, se ve que se han olvidado de mí. No tardarán en volver a buscarme.

Y así fue. Al cabo de un rato estaban Solé y los otros ante su habitación, en la que entraron sin avisarse. Y el Padre Buxó, al que no se le vio nunca perder el control férreo de sus nervios ni por un instante, ahora dibujó en su rostro un gesto de extrañeza y dolor: -¿Tú también, Enrique? ¿Tanto daño te he hecho, que me tienes que matar?

Enrique, el de la pierna rota, el que durante muchas semanas fue el objeto de todos los cuidados y cariños paternales del Padre Buxó, venía a cumplir su palabra: “Cuando esté curado, te lo pagaré”. Ahora se le presentaba a Enrique el momento de cumplir su palabra de honor. Al subir al camión, le dijo al Padre con cinismo y con lenguaje médico, aludiendo a la bala que le iba a disparar:

-¿Dónde querrás que te dé a ti la inyección?

-Donde quieras…

También estaba allí de nuevo Solé, a quien el Padre, mientras se vestía, le debió soltar algún consejito bien intencionado, porque Sor Concepción Salla le oyó desde fuera gritar furioso:

Yo no tengo necesidad de convertirme. ¡Dios no existe!

Con el Padre Buxó llevaban también para fusilar a tres seglares, por los cuales intercedió inútilmente el Padre: -Que me matéis a mí, pase. Está bien. Pero, ¿por qué tenéis que matar a éstos?

Colocados ante los fusiles, y para morir con un gesto digno de su grande alma, el Padre pidió a los asesinos la gracia de besar la mano de quienes le iban a disparar, a lo que contestaron molestos aquellos criminales: -¡Bésate la tuya!

Con todo, accedieron a la otra petición que les hizo: -Dejadnos rezar un poco.

-Rezad todo lo que os dé la gana.

Y rezando, y gritando ¡Viva Cristo Rey!, recibieron la descarga.

De todo lo narrado, no hemos tenido que inventarnos ni un detalle. Los milicianos se encargaban de esparcir por los cuatro vientos las incidencias de aquella noche, haciéndonos para los procesos un favor inmenso, como aquel que contaba: -Caían como moscas. Pero todos gritando ¡Viva Cristo Rey!, y eran los jóvenes los que más fuerte gritaban. ¡Son tozudos! Todos mueren con la misma exclamación. Ni uno siquiera ha querido decir lo que nosotros queríamos que dijesen: ¡Viva la Revolución!…

Al Hermano Francisco Bagaría se lo iba a contar con cinismo uno de los asesinos, cuando fuera a matar a los del Mas el día siguiente: -Sí que hemos hecho trabajo en estos días. Acabaremos con esta mala simiente. Ayer matamos a los del Hospital y hoy a los de aquí. Yo mismo estuve sacándolos y matándolos.

Los 19 mártires del Mas Claret

Se le dio el nombre de “Mas Claret” a la finca, muy modesta y algo abrupta, que la Comunidad de Cervera poseía a siete kilómetros de la Ciudad, camino de Barcelona. Trabajada con tesón por competentes Hermanos, era un alivio para la economía familiar del numeroso Seminario de la ex Universidad con la leche, huevos y verduras que producía. Aquel remanso de paz  se convirtió con la persecución religiosa en escenario de brillantes escenas martiriales.

Dispersada la Comunidad, la orden del Comité revolucionario era terminante: en la finca no podían quedarse más que los que ya estaban trabajando en ella; los demás, debían marchar a otra parte. Y lo peor era que no cabían trampas caritativas de los nuestros, porque los milicianos, al venir cada día para requisar el producto de tanto esfuerzo, pasaban inexorables la lista y allí no toleraban la presencia de ningún individuo más. El día 1 de agosto quedó definitivo el número de los moradores del Mas Claret: los Sacerdotes Manuel Font, José Ribé y Julio Leache; los seminaristas Estudiantes Francisco Simón, Antonio Elizalde, Emiliano Pascual, Eusebio de las Heras, Constantino Miguel y Francisco Solá; y los Hermanos Francisco Milagro, Pedro Vives, José Ferrer, Dionisio Arizaleta, Juan Senosiain, Fernando Castán, Narciso Simón, Francisco Marco, Nicolás Campo y Francisco Bagaría.

Todos iban a ser coronados con el martirio, menos el Hermano Francisco Bagaría al que los milicianos perdonaron la vida para que siguiera cuidando la finca con los criados y criadas que ellos impusieron en ella. Por los alrededores del Mas quedaban escondidos solamente dos Hermanos que pronto iban a conquistar la palma en martirio solitario.

El Hermano Antonio Casany era la inocencia y simplicidad personificadas. Devotísimo siempre, siempre estaba en oración, lo mismo en la capilla que detrás de los bueyes uncidos al arado o mientras cuidaba de los animales en los establos. En cualquier árbol colgaba una estampa, la medalla o el crucifijo, y allí se ponía a rezar padrenuestros y avemarías fervorosos. El que vivía ya en el Cielo, pues no era otra cosa su vida angelical, el 10 de agosto fue sorprendido por los milicianos, al frente de los cuales iba el temido Casterás, aquel que dos días más tarde le iba a hacer al Hermano Saperas todo aquello que ya sabemos…  Al pasar el auto por el cruce del ferrocarril, era arrollado por el tren y arrastrado unos dos kilómetros… El bendito Hermano iba pasando las cuentas del rosario bendiciendo a Dios mientras los milicianos blasfemaban como demonios.

Todos salen ilesos de la descomunal aventura y se dirigen hacia la casa del amigo donde habían capturado al Hermano, por las inmediaciones del Mas Claret. En el camino han sorprendido al sacerdote Don José Nadal, y bajan del auto a los dos en una hondonada vecina. El inocente Hermano se arrodilla ante el Sacerdote, junta las manos delante del pecho, inclina la cabeza y le pide la absolución. Los milicianos se enfurecen: -¡Matadlos, matadlos, acabemos con esas majaderías!

Y mientras el ministro de Dios levantaba el brazo para absolver, confesor y penitente caían acribillados por las balas.

El Hermano Ramón Roca era un humorista empedernido, fruto de una familia cristiana que había dado a la Congregación cuatro estupendos Misioneros. El 13 de Septiembre llegaba deshecho Ramón al Mas Claret, donde no se podía quedar por imposición del Comité. Pero el amor fraterno encontró la solución. Lo escondieron en una cueva del monte, adonde le llevaban la comida, por la noche lo ocultaban en el cobertizo del motor, y por la mañanita asistía a la Misa antes de que llegaran los milicianos. Al Hermano Bagaría, que le visitaba cuanto podía en la cueva, le decía señalándole el rosario, que no se le caía de las manos: -¡Ya ve, todo el día bailando sardanas!… Y la típica danza catalana significaba para él ahora rezar rosarios y más rosarios a la Virgen.

El Comité extendió el permiso para que Ramón viviera en su cueva, “y, bajo palabra de honor, no le pasará nada”. Pero, con todo el honor marxista, los del Comité se lo llevan un día a Cervera, lo encierran en la iglesia que hacía de cárcel, donde el nuevo prisionero le dice sereno a un amigo: “¡Francisco, hasta el Cielo! En la fiesta de la Merced alcanzaré el martirio”. Y el día 24, fiesta de la Merced, la Virgen liberadora de cautivos le soltaba en el cementerio a Ramón todas las amarras que le impedían volar libremente a la Gloria.

Y los diecinueve de la finca, ¡a trabajar hasta agotarse!… Porque el Comité había establecido un ritmo de trabajo agobiante, y cada día se presentaba dos veces el camión para llevarse todo lo que producían los campos y los corrales. Hemos de pensar que entre los veinte de la finca había unos seis enfermos o ancianos, y los mismos jóvenes Estudiantes estaban hechos a otra clase de trabajo. Sabían empollarse bien los libros, pero las labores del campo les resultaban pesadísimas. Tanto que una vez, según contaba el Hermano Bagaría, se le escapó al Estudiante Francisco Simón comentar con humor: -¡Y pensar que a estas horas tendríamos que estar revolviendo papeles con la estilográfica, y que nos veamos obligados a limpiar con estas horquillas el fétido estiércol de los cerdos!… ¡Vamos!, que por amor de Dios aún se puede hacer, pero no por amor a los comunistas.

¡Y dale con mujeres!, que era lo peor. Igual que en Barbastro, igual que con el Hermano Saperas… Los testimonios son abundantes, aunque el Hermano Francisco Bagaría es el testigo principal. Cada tarde, al llegar con el camión para requisar todo el producto de la finca, los milicianos se presentaban con muchachas desenvueltas, vestidas sin pudor alguno. Como habían de formar todos ante los visitantes que pasaban la revista, los nuestros tenían que soportar también la visión de aquellas descaradas, que con gestos y actitudes procaces les invitaban a todo. Los milicianos ponían la salsa con invitaciones divertidas:

-Oye, a ti, ¿cuál te gusta más, ésta rubia, ésa más gordita, ésta que…, o aquélla más?…

Los Misioneros bajaban los ojos y nada respondían ante las risotadas burlonas de aquellos desalmados. Así repetidamente. Hasta que vino la orden definitiva del mismo Comité:

-Eso tiene que acabar. Y, por lo tanto, os traeremos mujeres para que os ayuden y para que disfrutéis de la vida.

El aviso era firme, y nos refiere el Hermano Bagaría: “Ante esa amenaza, el Padre José Ribé, que ejercía de Superior, nos reunió en la sala, y nos dijo: ¿Qué hay qué hacer?… Y unánimemente, de una manera fulminante, como si hubiésemos sido excitados por una chispa eléctrica, todos respondimos: si las mujeres entran por una puerta, nosotros salimos por otra, aunque nos maten. Convivir con ellas, ¡jamás!”…

Menos mal que el Comité no llevó las mujeres al Mas para vivir en él hasta que todos estuvieron fusilados. Y adelantamos aquí esta nota. Los milicianos no habían podido con los jóvenes ya ejecutados. Pero, empedernidos hasta el fin, no cejaban en su empeño de hacer caer al Hermano Bagaría, que, al quedarse para estar al cuidado de la finca, hubo de enfrentarse solo como un titán a las fulanas que vinieron a vivir allí. “Se presentaron en la finca los nuevos operarios nombrados por el Comité, con algunas milicianas, mujeres de mala vida. Diferentes veces intentaron hacerme pasar por el cuarto de aquellas mujeres, probando mi virtud. Gracias a la intercesión de los mártires, no pasó nada y me dejaron en paz”.

Hasta que vino lo irremediable. Los del Mas no se enteraron para nada del fin que tuvieron los del Hospital en aquella primera hora del domingo 18 de Octubre. Por la tarde, los jóvenes organizaron un partido de fútbol y, como cada día, se presentó la camioneta del Comité para recoger la leche y demás. Pero el chofer, al marchar, dejó escapar ante Bagaría esta frase enigmática: -Mañana vendrán por aquello.

Y “aquello” iba a ser lo peor. El lunes 19 se presentó en la finca como un día cualquiera: trabajo, mucho trabajo… Hasta que a las cuatro de la tarde llegaba el consabido coche del Comité, del que bajaron el chofer de siempre, un tipo extraño con la cámara en la mano para pasar como fotógrafo, y Juan Padrós, célebre asesino en funciones de juez y con la vara de la autoridad en la mano. El chofer habla a Bagaría: -Nada especial. Venimos con el fotógrafo porque deseamos retrataros a todos.

Entre tanto, de otro coche bajaba un guardia del Comité y el asesino Enrique Ruan, al que ya conocemos bien. El Hermano Narciso Simón, sin maliciar nada sobre el retratista, va llamando a todos los Misioneros, que se arreglan la ropa, se asean algo y se reúnen en el patio de entrada donde ordenan las bancas para retratarse. El Hermano Bagaría se presenta también y va a sumarse al grupo de los que ya están dispuestos para la fotografía en cuestión. Pero el chofer interviene nervioso, agarra del brazo al Hermano y señala a los dos criados que están con él: -Tú y éstos dos subid al auto. Rápido, toma tu chaqueta y sube, pues hemos de ir aprisa a Cervera.

Montan en el coche, pero al motor no le dio la gana echar a andar. Dios quería un testigo de excepción en el martirio de los dieciocho Misioneros. El Hermano Bagaría, con el corazón prensado, oye las palabras del inicuo juez Padrós dirigidas al guardia del Comité y al terrible miliciano Enrique Ruan: -¿Que no quiere funcionar el coche? Es igual. Nos están esperando y se va haciendo tarde. Vamos a hacer la faena.

Y dirigiéndose a Bagaría: -Tú y los dos criados, bajad. Os quedaréis aquí para cuidar de todo esto. A todos los demás los vamos a pelar ahora mismo.

El Hermano se sube al piso de encima y contempla con horror cómo se han presentado en el patio unos treinta milicianos con más de una ametralladora a punto y todos con fusil o la pistola en mano.

Agrupan a las víctimas en una hilera de cuatro en fondo, en medio de dos cuerdas sostenidas por milicianos, y los hacen bajar hacia una explanada frente al edificio. Los Misioneros, como lo contarían después los milicianos, se perdonaron mutuamente mientras los tres Sacerdotes daban a todos la absolución. Serenos. Resignados. Desde el principio habían contado con la muerte y ahora tenían la palma al alcance de la mano.

Llegados al lugar escogido, emplazan los verdugos la ametralladora, que se encasquilla con una bala a los pocos disparos, y los asesinos han de utilizar ahora los fusiles. Entre risotadas y blasfemias asquerosas van rematando con el tiro de gracia a los dieciocho mártires de Cristo, que ?frente a la era del pan y el lagar del vino? se subían al Cielo en la paz de aquel atardecer otoñal… Un espléndido mausoleo en el centro del cementerio de Cervera guarda hoy los cadáveres de los Mártires del Mas y del Hospital.

El Hermano Francisco Bagaría ─un santo de veras, lo conocimos bien─, acabada la contienda civil, siguió como magnífico religioso al frente de la finca, hasta que se cerró el Seminario de Cervera, y él moría cargado de méritos en 1985.

¿Y los que faltan?

Queda sin reseñar aquí el martirio de los otros nueve Misioneros del mismo Seminario y Comunidad que murieron en solitario y en el anonimato: -los Padres Angel Pérez, José Folqué y Dionisio Ponsa;  -los Estudiantes José Reixach, Ireneo Jiménez y Daniel Sáenz;  -y los Hermanos Esteban Mestres, Juan Llabet y Agustín Trallero.

Por falta de testigos aptos para un proceso canónico, no ha sido posible incluirlos entre los candidatos a los altares, pero todos ellos tienen la misma gloria y el mismo mérito ante Dios. Nosotros los recordamos con afecto fraternal, mientras decimos, con palabras de la Biblia, que el mundo no era digno de ellos…

Muy gloriosa la historia que acabamos de ver. Al beatificar a los 51 de Barbastro, el Papa Juan Pablo II dijo con ponderación: “¡Todo un Seminario Mártir!”. Le siguió el de la Provincia Bética, “Segundo Seminario Mártir”, con los 16 jóvenes que caían en Fernán Caballero. Ahora conocemos al “Tercer Seminario Mártir”, el de Cervera, con sus 64 Misioneros sacrificados. Hay para alabar a Dios, que dio fortaleza a tanto valiente.

SOLSONA

A solo 50 kilómetros de Cervera hacia la frontera francesa, está la ciudad de Solsona, entonces sede del Seminario Claretiano de Filosofía, con más de cincuenta Estudiantes jóvenes, unos veinte de los cuales debían trasladarse aquel verano al Teologado de Cervera. Aunque enclavada también en la zona roja, en Solsona no se perpetraron los crímenes sangrientos de otras partes. Tuvo, sin embargo, dos mártires claretianos que se han ganado mucho cariño.

José Vidal era un Estudiante muy maduro. A sus veintiséis años era un apuesto dependiente de farmacia, culto, de modales finos. Pero, sobre todo, era un joven excelente, socio activísimo del Centro Católico de su pueblo en la Provincia de Tarragona, y militante de la Acción Católica. A cuestas con este bagaje tan rico de piedad y apostolado, ingresaba en la Congregación claretiana a la que honraría con un martirio prematuro y bello. Sus paisanos de izquierdas no le perdonaban aquella su vida anterior, tan cristiana y tan apostólica, y, menos, que ahora se quisiera hacer sacerdote.

Y así, a las nueve de la noche del 22 de Agosto, se presentaban en la casa de campo que lo alojaba unos milicianos, lobos con pieles de inocentísimas ovejas, enviados por el Comité de su pueblo reclamando al seminarista José para cumplir el encargo que les habían dado sus padres. Mentían descaradamente. Dos de los cuatro enviados le enseñaban la carta que había mandado a sus padres para que vinieran a buscarlo, y, con carta falsificada, le traían personalmente la respuesta (¡!)… En Correos habían controlado la correspondencia de José con su familia. José no malicia nada de sus paisanos y los saluda con toda cordialidad. ¡Lo iban a llevar hasta su madre, que harto consuelo necesitaba!

Para total seguridad, los paisanos “amigos” se encargaban de acompañarlo hasta la casa paterna. Viene una despedida cariñosa a quienes le habían hospedado con tanto amor, y José que se marcha con sus protectores… Solo que, a los pocos minutos de andar, se oían unos disparos tétricos en medio de la oscuridad de la noche. El joven militante católico de antaño, y ahora odiado aspirante al sacerdocio, yacía cadáver en medio de la carretera.

Esparcida la noticia, empezaba la glorificación cristiana. Los habitantes de la comarca levantaban allí una cruz con la leyenda: “Aquí dio el mayor testimonio de su amor a Jesucristo. 22-VIII-1936”.

Julián Villanueva se convirtió en la estampa de un hombre, de un religioso y de un mártir de cuerpo entero. Era Hermano Coadjutor, ya con 67 años encima. El Hermano Julián se hace simpático por demás. No había temblado una sola vez en su vida. Un día de primeros de Agosto se presentaba en la casa campesina que lo hospedaba un pelotón de milicianos capitaneados por su jefe Elías. Empiezan por destruir y quemar el altar y retablo de la capilla que había en la casa. Se dirigen después a la era donde el Hermano Julián con cuatro o cinco de los Estudiantes estaban trillando la mies.

-¿Quién es usted?

La pregunta iba dirigida a aquel hombre casi anciano. Y como éste no era quién para andarse por las ramas, se planta y responde resuelto: -Yo soy religioso, católico, apostólico, romano y, además, navarro.

Con esta respuesta, el Hermano se ha retratado de cuerpo entero. Era un carácter espléndido, vigoroso y lleno de fe. Y el miliciano, valiéndose de la superioridad que le daba el arma, quiso humillar al Hermano sacándole a relucir la “holgazanería de los religiosos”. En mala hora lo dijo. El Hermano recogió el guante: -Pues ha de saber usted que yo en mi casa tenía un buen pasar; y, sin embargo, en mis cuarenta años de religioso he vivido siempre de mi trabajo y me he ganado el pan.

Y aprovechando un buen argumento que le venía a las manos, añadió señalando los pies de sus interlocutores:

-Y esos zapatos que lleváis, trabajo mío son.

Los había reconocido. El Hermano desempeñaba en la Comunidad el cargo de zapatero y, al estallar la Revolución, tenía preparados los zapatos que se llevarían los Estudiantes del curso superior al trasladarse aquel verano a Cervera. Los había dejado en su taller, bien cerrado con llave, pero los milicianos, al asaltar el Colegio, requisaron lo que pudieron y, al cabo de poco, toda Solsona los vio cómo iban por las calles contentos a más no poder con unos zapatos nuevos que les habían costado tan baratos.

Aquella respuesta les resultaba inaguantable a los milicianos, y acudieron a las amenazas. Pero tampoco en terreno semejante se calló aquel viejo decidido: -No me da usted miedo. Ni usted ni su fusil. Podrá matarme, si quiere, pero no le temo, porque hay otro Juez supremo ante el cual nos hemos de ver las caras usted y yo.

Los milicianos reprimieron su sed de venganza hasta que llegó el 1 de Septiembre. A las ocho de la noche se presentaba una pandilla de milicianos preguntando por “el viejecito”, al que montaban en un coche, a la vez que le asestaban golpes feroces; lo conducen varios kilómetros por la carretera hacia Cervera, hasta que lo bajan ante un bosquecillo cercano. Desnudan completamente al indefenso religioso; le cuelgan por escarnio el rosario, las medallas y el crucifijo que llevaba, y le dicen burlones: -Ahora, mientras te preparamos la hoya, encomiéndate a Dios, a ver si te escucha.

No hace falta decir que Julián, piadosísimo toda la vida, oró fervorosamente de rodillas junto a unas plantas. Pero, no hubiera sido él, si no aprovechara la ocasión para hablar a los verdugos con firmeza: -Sabed que no me da miedo la muerte. Ofrezco mi vida por Dios y por las almas. Os perdono este crimen que vais a cometer conmigo y pido a la Divina Misericordia que acepte mi sangre por vuestra salvación.

Uno de los matones se impresionó visiblemente, hasta decir después: -Cuando yo vi a aquel religioso, cubierto el pecho con el rosario y las medallas, un gran terror se apoderó de mí. El religioso era un santo, y yo fui uno de los que acabaron con él.

Y ocurrió lo mismo que con el Estudiante Vidal. Los habitantes del pueblo, campesinos y católicos fervientes, erigieron sobre la que había sido tumba una modesta cruz de madera con el nombre del mártir y esta leyenda: “Aquí murió predicando su fe católica”.

TARRAGONA

Beatificados el 13-Octubre-2013

La causa de estos mártires la asumió el Arzobispado de Tarragona, que incluyó en un mismo Proceso a todos sus Sacerdo­tes, en­cabezados por el Obispo Auxiliar Monseñor Manuel Borrás, junto con los Religiosos que traba­jaban y murieron en la Arquidiócesis: un lucido martirologio de 147 testigos de la Fe y mi­nistros de Jesucristo en el pastoreo del Pueblo de Dios, entre ellos siete  Misioneros Claretianos de las dos Comunidades Tarragona y Selva del Camp. Tarragona encerraba una pe­queña Comunidad instalada, y sus moradores se habían dedi­cado como ministerio propio a la cátedra en el Seminario y en la Universidad Pontificia, en los que gozaron siempre de gran aprecio como profesores distinguidos. Selva del Camp, era casa de retiro para ancianos y enfermos, y casa muy querida en la Congregación porque en ella derramó su sangre en 1868 nuestro protomártir el Padre Francisco Crusats, que hizo exclamar con envidia al Fundador el Arzobispo Claret cuando supo la no­ticia de su muerte glo­riosa: -¡Ah, ya sabía yo que ése se me adelan­ta­ría!…

La primera víctima va a ser el Hermano Antonio Capdevila, que, a sus cuarenta pletóricos años, el 24 de Julio tomaba el tren camino de su familia. Se detiene el tren en una estación secundaria, baja Antonio al andén, cae en sospecha de unos maliciosos que lo llevan al Comité revolucionario, confiesa con naturalidad su condición de religioso, y, por semejante crimen, lo llevan a la carretera, lo colocan ante los fusiles y él pide con enorme serenidad unos momentos para rezar. Se lo conceden, reza, les da las gracias a los asesinos, lanza el consabido ¡Viva Cristo Rey!, y recibe la descarga.

Las gentes sencillas del pueblo lo tuvieron inmediatamente por un santo y se hacían con piedrecillas salpicadas con la sangre del mártir… Empezaba la glorificación de Dios.

El día 29 le seguía el Padre Jaime Mir. Alto, delgado, escuálido, se­rio, siempre inclinado so­bre el texto de Filosofía, era la encarnación de la Metafísica que enseñaba con singular competencia. La revolu­ción le sor­prendió dirigiendo a las Hermanas Carmelitas de la Caridad los Ejercicios Espirituales, que los hubo de interrumpir. Su martirio lleva la impronta de una vil traición. Obtiene del Comité el codiciado pase o carnet para viajar. Se lo dan, y los mismos que se lo han entregado se lo re­claman al día siguiente. Se llevan al Padre en coche, y su cadáver aparecía al día siguiente en el cementerio de Tarragona.

El Hermano Sebastián Balsells fue a refugiarse en su pueblecito con la familia. Aquí estaba también refugiada su hermana religiosa Sil­veria, que le pregunta curiosa: -¿Cuántos rosarios llevas rezados hoy a la Virgen? -Ya van diecinueve… Y no era la mitad de la tarde. Y es que el bendito Hermano era la estampa de la humildad, la inocencia y el fervor. Había gastado su vida religiosa en la enseñanza, y ahora, sin niños a quienes impartir clases, consumía todo el tiempo en conversación con su Dios y con la Virgen querida.

El día 15 de Agosto, fiesta de la Asunción, los dos hermanos religiosos, Sebastián y Silveria, desarrollaron una escena so­brenaturalmente idílica y que parece arrancada de los recuerdos de Benito y Escolástica. Era ya de noche, y después de la cena se entretienen las dos almas gemelas hablando de Dios, del Cielo, de la di­cha de morir mártires por Jesucristo. Hablando, hablando, así se les pasa el tiempo…

A las tres horas de haberse extinguido ese coloquio celestial, ocho esbirros llaman con furia a la puerta reclamando a Se­bastián, al que cargan en un auto para llevarlo al Comité.  En medio del silencio, el Hermano inicia un diá­logo de suma nitidez en pregunta y respuesta: -Vosotros me lleváis a matar, ¿verdad?… -¡Sí!

Ante semejante claridad por ambas partes, la víctima saca del bolsillo con tranquilidad el rosario, que no lo suelta ni cuando los verdugos lo atan a un árbol para que no se les escape…, y le disparan ocho tiros en medio de la no­che callada.

Los Hermanos Andrés Felíu y Pablo Castellà eran hijos de Selva del Camp y se dirigieron a sus propias familias al disolverse la Comunidad. Aquellos dos vene­rables ancianos eran un verdadero tesoro. Los dos gastaron sus mejores años en la dura Misión de Guinea Ecuatorial; juntos pasaban en paz su vejez en la misma Comunidad con edificación de todos, y juntos irían al encuentro del Señor que les brindaba la palma y la corona… Tres meses en sus respectivas familias. Hasta que los del Comité de Reus quisieron amargar la vida a los moradores de la pacífica Selva del Camp y formaron la lista de los que debían morir. Apresados los dos Misioneros el 26 de Octubre, al bajarlos del coche para fusilarlos, el Hermano Castellà, con dificultades para mover sus piernas, tarda en salir del auto, del que lo arrojan con un empujón y da con su bastón de bruces en tierra. Y así, tendido en el suelo, le descerrajaron todos los tiros por la espalda… Los dos meritísimos Misioneros  morían por esta sola causa: ¡eran religiosos!

En la cárcel del barco

Se hizo famosa en Cataluña la cárcel flotante que se instaló en el barco “Río Segre”, carguero de 5.000 toneladas. An­clado en el puerto de Tarragona, de unos 300 presos que en los primeros días se amotinaban en sus sollados, 218 salieron en unas siete semanas para ir a la muerte. Y les siguieron otros y otros.

En aquella cárcel flotante era total el ais­lamiento de parientes y amigos. El calor resultaba insoportable en un verano tan asfixiante. La monotonía de la jornada se hacía insoportable. Pero, por otra parte, los presos gozaban de unas distracciones que en otras cárceles hubieran sido un lujo insospechado. Había entre los presos muchos Sacerdotes y Religiosos, y los seglares eran católicos distinguidos que se entretenían a su modo sobre cubierta, a pesar de la vigilancia estrecha de los mi­licianos rojos, que no aguantaban ver un ro­sario ¡hecho con nudos en una cuerda, para disimular!,  ni toleraban ver unos labios que se abrieran para rezar… La orden era severa: -¡Ni labios, ni dedos, ni nudos!…

Los presos se reunían a veces en grupitos para relajarse un poco cantando, y los más serios, como nuestro Padre Vila, aprovechaban el tiempo para tener conferencias de Moral u otras ciencias ecle­siásticas (!)…

Nuestro Hermano Antonio Vilamassana, con su impresionante barba y sus setenta y seis años encima, era toda la estampa cabal del misionero que había gastado su vida en las Misiones de Guinea Ecuatorial.

El día 25 de Agosto fue especialmente terrible en el barco. Sesenta de los presos salían en cuatro expediciones hacia la muerte. En la tercera iban todos los Párrocos de la Ciudad y otros Sacerdotes y Religiosos ancianos, entre los cuales figuraba nuestro Hermano Antonio. Cargadas las veinticuatro víc­timas en el camión, al llegar a la ciudad de Valls iban cantando el Crec en un Déu, el inigualable Credo catalán, y otros himnos religiosos, que arrancaron a una viejecita este comentario que vale por el más brillante sermón panegírico: -¡Qué cánticos más bonitos aquellos! No eran de esos de juerga, sino muy bonitos, y daba gusto de escucharlos.

Fusilados a unos tres kilómetros de la ciudad, no se les dio el tiro de gracia y quedaron muchos con vida. Y así, semivivos, fueron cargados de nuevo en el camión y llevados al cementerio al que llegaron ya todos muertos. Duro hasta contarlo, pero así eran las cosas aquellos días…

El Padre Federico Vila fue una figura señera como profesor, escritor y paciente investigador. La Generalitat de Cataluña le agenció una solicitud de libertad, bien tramitada por el Archivero, pero esa orden de libertad, que le traían el día 11 de Noviembre, llegó tarde, porque se adelantaros los asesinos de la F.A.I. , que formaron una expedición de manera muy sencilla, metiéndose a gritos y puntapiés entre los camastros:

-Tú, ¿qué eres?

-Sacerdote.

-¡Pues, arriba!

-¿Y tú?

-Religioso.

– ¡Arriba también!…

Veinticuatro en total: ocho Sacerdotes, ocho seglares y ocho Hermanos de La Salle. En el puente del barco empezaron todos a cantar un salmo. Y, ya en fila delante de la tapia del cementerio al que los condujeron, todos exhalaron su último aliento con el irreemplazable ¡Viva Criso Rey!…

LERIDA

Lérida es la Capital de la Provincia donde están Cervera y Solsona, y mereció ser llamada “Lérida la mártir”, convertida en escenario de las mayores atrocidades revolucionarias. Porque fueron incontables los Sacerdotes, empezando por el Obispo, Religiosos y seglares católicos muy señalados los que en ella derramaron su sangre por Cristo. Entre ellos, once hermanos nuestros claretianos.

El 21 de Julio se deshacía la Comunidad y se refugiaban todos en el apartamento de una buena señora viuda que les había ofrecido hospedaje. Vestidos ya todos de seglar, y previendo lo que les venía encima, desarrollan una escena emocionante. Arrodillados ante el Padre Superior, Federico Codina, ofrecen su vida a Dios por la salvación de España, y, recibida la absolución general y la bendición del Padre, todos se dispusieron a entregarse a los rojos asaltantes, que ya subían desaforadamente por las escaleras y tenían vigilados todos los puestos de huida. Capturados, son llevados todos a la cárcel, menos el Padre Busquet, del que dicen: “¿Qué vamos a hacer con este viejo, y encima ciego?”. Lo dejaron allí, aunque, al final, pararían matándolo también. Al Superior se lo llevaban para declarar ante el Comité revolucionario.

El Padre Federico Codina, culto, distinguido, amable, prestada su declaración en el Comité, sale a la Calle Mayor custodiado por un pelotón de milicianos, que le mandan caminar delante, y por su propio pie, hacia la cárcel. De pronto, la voz de un muchacho ya mayor que había sido monaguillo en nuestra iglesia: -¡Es el Padre Superior de los Misioneros!…

Los milicianos tuvieron bastante con aquella voz traidora. Forman un buen grupo, al que se suman mujerotas de la calle y del nuevo régimen, que gritan desaforadas: -¡A matarlo, a matarlo, que es un cura!

Retiran a la gente de alrededor, y descargan todos sus fusiles sobre el Padre, que cae tendido en la Plaza de la Pahería, lo más céntrico de la Ciudad, que da a la Calle Mayor, cuando ésta hervía de gente a las once de la mañana.

La cárcel de Lérida se va a hacer famosa tristemente, ¡y gloriosamente también!… En aquellos primeros días ascendían ya a unos 650 los detenidos, y no son para describir las torturas a que se vieron sometidos tantos héroes de la fe y tantos patriotas de aquel estupendo rincón de Cataluña. Los testimonios son abundantes y conmovedores. Privaciones sin número en comida, descanso…, y torturas para divertirse los guardianes rojos, que, a bayoneta calada, perseguían a los presos por los corredores y escaleras punzándoles las nalgas y las espaldas… En medio de tanto dolor, una paz y un ambiente de oración más que de catacumbas. Rosarios, Viacrucis, Trisagio…,  todas las devociones cristianas se practicaban con la regularidad de un convento, estimuladas y dirigidas por tantos sacerdotes y religiosos, a la cabeza de los cuales se hallaba su santo Obispo Salvio Huix, famoso Padre oratoriano, hoy ya beatificado. El 4 de Agosto lo sacaban de la cárcel a las 4’30 de la mañana con veintiún detenidos seglares “para ser trasladados inmediatamente a Barcelona”…, aunque Barcelona se iba a traducir por “cementerio”. Colocados todos ante el pelotón, el Obispo pide, y lo obtiene, ser el último en ser fusilado. En frente y de pie, con serenidad pontifical, sintiéndose más Obispo que nunca, iba dando a cada uno la absolución y su bendición de padre y pastor.

En la cárcel se encontraban los ocho claretianos Padres Manuel Torres, Miguel Baixeras, Arturo Tamarit, Agustín Lloses, Luis Albi y Javier Morell, con los Hermanos Juan Garriga y Angel Dolcet. El Padre Albi, en plena calle, ha sido agredido por un carbonero que le ha herido gravemente con un clavo en el vientre, de manera que se va a pasar cuatro semanas en la enfermería del mismo penal. El 21 de Agosto traerán también al Padre Juan Busquet, el anciano y casi ciego que de momento habían dejado en libertad.

Los tres primeros Claretianos van a caer muy pronto. El día 24 de Julio pasaban por Lérida los forajidos milicianos de la columna de Durruti venidos de Barcelona. A las 4’30 de la mañana del 25 asaltaban la cárcel para asesinar a un montón de presos. Llegan a una de las salas, en la que duermen amontonados treinta y dos detenidos, y los quieren sacar a todos. Pero el jefe, aterrado quizá por la enormidad del crimen o con una chispa de bondad en el corazón, exclama en la puerta: -¡Pobres, me dan compasión todos!

Uno de los asaltantes le exige: -Pues, escoge al menos algunos.

Y la suerte les cae entre otros a los tres sacerdotes claretianos Padres Manuel Torres, Miguel Baixeras y Arturo Tamarit, a los que previamente les han preguntado si eran sacerdotes. Dejaban ahora la cárcel, donde a los quince minutos se oían los disparos, cuyo sonido llegaba desde el próximo Campo de Marte.

Aquella noche sin igual del 21 de Agosto dejó un recuerdo imborrable en Lérida. Un caso grandioso y excepcional. A las once de la noche empieza por todas las celdas y salones un recuento macabro. Dos milicianos, uno con una lista y otro con un farol para alumbrarle, van repasando nombres y eligiendo víctimas: “sólo Sacerdotes y Religiosos”. Dos horas interminables de pesquisa. Pero, cuando los presos seglares se dieron cuenta de que se quedaban sin sacerdotes que les atendieran espiritualmente, hubo algunos que, con magnanimidad heroica, cambiando los propios nombres, se adelantaron a sustituirlos. De nada les sirvió, pues, descubierta la trampa, los predestinados de esta noche serían solamente los ministros del Señor. Setenta y cuatro, entre ellos los claretianos Padres Lloses, Albi y Morell con los Hermanos Garriga y Dolcet. Al salir, se despidieron de los que quedaban en el cuarto con estas palabras: -¡Adiós! ¡Siempre  alegres! ¡Viva Cristo Rey!

Cargados todos en varios autobuses requisados en una Compañía de Transportes, y custodiados por Guardias de Asalto, emprenden el camino del cementerio. Con una serenidad desconcertante y una alegría inexplicable, van cantando a la Virgen la Salve, el Ave maris Stella y el Magnificat, los himnos latinos que han dirigido miles de veces a la Madre bendita. Y así llegan al cruce del cementerio. Pero aún está por descifrarse del todo lo que va a ocurrir en estos momentos. Parece que los Guardias de Asalto se dieron cuenta del crimen inmenso que iban a cometer, y siguieron adelante carretera a Barcelona. Sólo que muy cerca de allí estaban apostados ya unos doscientos milicianos, los cuales hicieron girar los buses y a los Guardias.

En el cementerio, atadas la víctimas de diez en diez delante de las zanjas, los milicianos mandan a los Guardias de Asalto que disparen. Estos se niegan, y la primera descarga la tiran al aire. Pero, ante la amenaza de los que tienen detrás apuntándoles a ellos, hacen caer uno tras otro a los ocho grupos de aquellos mártires de la fe, que no cesan en sus cantos y plegarias. Consumada la ejecución, los Guardias se vuelven a la Ciudad y se comprometen a no participar más en crímenes semejantes. Pero, por su resistencia de aquella noche, son destinados todos al frente de Huesca, en donde desaparecieron liquidados de una manera misteriosa.

El Padre Juan Busquet, el anciano casi ciego que parecía libre del todo, era ingresado en la cárcel el mismo día 21 de Agosto en que murieron aquellos 74 Sacerdotes y Religiosos. En los tres días que va a durar su cautiverio, se dedica del todo a la oración y ejerce de continuo el ministerio de la Confesión entre los detenidos.

El día 24 pasaba por Lérida otra columna de milicianos que se dirigía al frente de Aragón sembrando por todas partes la destrucción y el terror. Quieren incendiar la cárcel con todos los presos que están dentro. Las Autoridades locales se oponen enérgicamente, y los expedicionarios se vengan incendiando la Catedral. Después, se congrega delante de la prisión una multitud que no bajaría de tres mil personas, gritando desaforadamente y pidiendo la muerte de todos los detenidos. La Autoridad cede en parte y les concede hacer algo: se llevan un nutrido grupo de presos, entre ellos el Padre Busquet, que, al aparecer en la puerta, ?casi a tientas, porque ve muy poco y está lleno de achaques?, suscita la compasión de alguno: -¡Pobre! Que se vuelva adentro.

Pero se impone la ferocidad de aquellos salvajes, que no estaban para ternezas, y lo suben al camión camino del Campo de Marte, donde el bondadoso anciano alcanzaba la palma del martirio, regalo de Dios a una vida sacerdotal cargada de méritos.

El Padre Javier Surribas era un joven sacerdote que se ganaba el querer de todos. Pertenecía a una Comunidad de Tarragona, y la víspera del Carmen, como un desafío a la Revolución que se echaba encima, en vez de prepararse disimulando, se hace expresamente en el cabello la clásica coronilla de clérigo. Al dispersarse la Comunidad, él quiere ir directamente a su familia más allá de Barcelona, mientras que el Estudiante Miguel desea ir a su familia también, pero pasando por Lérida, con peligro evidente. Javier, siempre generoso, le acompaña contra su parecer y su gusto, y, al descender los dos en la estación, un miliciano, a quien entran sospechas, agarra a Miguel y le quita de un golpe la gorra veraniega a ver si asoma la coronilla. Nada. Pero con Javier tiene más suerte, y allí aparecía el signo clerical con todo su esplendor. ¿Para qué llevarlo al Comité a declarar?… Allí mismo, donde empieza el paseo frente a la estación, separan a la gente, y dejan acribillado a balazos a aquel Sacerdote joven, víctima de su propia caridad.

BARCELONA

Se adivina que Barcelona había de ser escenario de muchos problemas durante la Revolución y que la “persecución religiosa” tendría allí muchas víctimas. Los Claretianos contaban en ella con dos Comunidades. La de Gracia atendía al Colegio, a la magnífica Iglesia y al ministerio de la Predicación; y la otra fungía como Procura de las Misiones de Guinea y sucursal de la Editorial Coculsa de Madrid. Con un total de 65 miembros entre las dos Comunidades, fueron muchos los mártires, pero la mayoría murieron en el anonimato, dispersos y sin los testigos necesarios para un proceso de beatificación.

El asalto a la Casa de Gracia resultó espectacular. Mientras la gran iglesia ardía por todos los costados, los Padres y Hermanos que podían, aconsejados por la Guardia Civil, se dispersaron por la Ciudad. ¿Y los ancianos y enfermos? Este era el problema. Allí quedaban con ellos el Padre Provincial y otros Padres más responsables. Cuando ya habían arreglado todo para marchar de casa hacia el Hospital o hacia donde fuera…, les resultó imposible, pues el fuego impedía toda salida. Con los bidones de gasolina, con los tres disparos del cañón emplazado delante de la puerta principal, con la balacera constante de fusiles y ametralladora y con el humo que llenaba todas las estancias, aquello resultaba ya una escena arrancada al Apocalipsis. Reunidos en el patio los nueve que permanecían en casa, se entregaron a los milicianos asaltantes, a ver qué pasaría. Milicianos, mujeres, gentes de todas clases discutían acaloradamente sobre lo que debía hacerse, cuando un viejete astuto, imponiendo silencio y levantando la mano, sentencia con aplomo y gravedad, pesando cada palabra: -Si me hubieran de hacer caso a mí, soy del parecer que se les fusile a todos aquí mismo.

Menos mal que el Padre Montaner, un futuro mártir, tuvo la ocurrencia feliz de dirigirse a uno de los asaltantes que hablaba en catalán: -Veo que usted es catalán como nosotros, y comprende que nos hemos de ayudar mutuamente. ¿No nos puede defender? Le ruego que nos salve.

La súplica fue efectiva. Llevados todos a la Comisaría de Gracia, a las tres horas eran trasladados los enfermos a una Clínica, mientras que los otros salían libres a la calle en busca del refugio que fuera… Por la noche, todos pudieron ver cómo ardía la gran iglesia y cómo la cúpula se desplomaba con estrépito ensordecedor.

Ahora, no nos queda nada más que reseñar, en orden cronológico y con una pincelada solamente, la suerte de los que alcanzaron la palma del martirio y que han podido incluirse en un proceso de beatificación. Todos morían de la misma manera: un registro en el apartamento donde se esconden, un ir al Comité revolucionario, un salir hacia la muerte, un aparecer después el cadáver en el Clínico para su identificación, y un ser enterrado en el anonimato más total.

El Hermano Juan Capdevila será la primera víctima que derrame su sangre en Barcelona, el 25 de Julio. El día 26, le seguía el Padre Gumersindo Valtierra, que por su indumentaria impecable de traje negro y, sobre todo, por su modestia y recogimiento que traslucían un alma toda de Dios, se delataba a sí mismo como sacerdote, y los milicianos, con esto, ya tuvieron bastante, aunque se aseguraron bien:

-¿Eres tú religioso?

-Sí, por la gracia de Dios…

Y por la gracia de Dios también derramaba su sangre.

El Padre Cándido Casals, va a visitar el 29 de Julio en una pensión a dos sobrinos suyos donde coincide con dos Padres y un Hermano Salesianos. Los asaltantes que se presentan allí sospechan algo:

-¿Eras tú un cura?

-Sí, lo soy…, dice sin disimulos el Padre.

Reconocidos los cuatro Religiosos y obligados por los milicianos a subir al camión, aparecieron al día siguiente en el Clínico sus cadáveres, con señales manifiestas de haber sido torturados.

El joven Estudiante Adolfo de Esteban se había refugiado en casa de su compañero el también Estudiante claretiano José Oliva. El día 31 de Julio aparecerá su cadáver detrás del Hospital de San Pablo. Descubierto el muchacho en el imprescindible registro, se había despedido de la dueña con naturalidad y cariño: -Doña Ángela, en estos días ha sido usted para mí más que una madre. Le estoy muy agradecido. Sé que me van a matar, pero moriré tranquilo, porque seré mártir y me iré al Cielo.

El Padre Antonio Junyent vio cómo se tronchaban sus ilusiones misioneras. Destinado por los Superiores a América, se hallaba en Barcelona en espera del barco que lo llevaría a Argentina. El 18 de Agosto fue todavía a investigar sobre la salida de algún buque. Pero al Padre que le había sacado el pasaje para Argentina, le dice festivo: -Padre, sospecho que este pasaje no es para América, sino para el Cielo.

No se equivocó. El día 22 aparecía el cadáver con toda su documentación en el Clínico, ya que Dios le había guiado los pasos en busca de otro mar…

El 21 de este mes nos arrebatará la revolución al Padre Jacinto Blanch, que dejó un recuerdo grande con su vida ejemplarísima de santo y de sabio. De él leemos en el Proceso que comía poco, dormía menos y trabaja muchísimo. Antes ya de la guerra, se paseaba por las opulentas calles y avenidas de la señorial Barcelona, y decía a su compañero: -Nada de esto me llena, nada. ¡Yo tengo hambre sólo de Dios!

Decía esto quien, al ser preguntado cómo se encontraba, solía responder entre serio y festivo: -No bien del todo, puesto que no amo bastante a Dios.

Con la elegancia espiritual que ponía en todos sus actos, hasta en los de mayor sacrificio, atendió con simpatía a un mendigo inoportuno. Invitado en una familia acomodada, llama a la puerta de la casa un pordiosero de estómago muy vacío, en el momento preciso en que aparecía ante la mesa el pollo asado, que era por entonces el plato de postín. Y el Padre, tomando la porción que acababan de servirle, sugiere con humor: -A lo mejor a ese pobre le gusta también la garra de pollo.

Baja la escalera con el plato humeante y pone el suculento bocado en manos de aquel pobretón, que veía convertirse en realidad un sueño imposible…

Ahora no es un pobre mendigo quien llama a la puerta de la casa, sino un pelotón de milicianos que le encuentran el rosario dentro del bolsillo, y tienen bastante: -Cobarde, ¿por qué te escondías esto?… Se lo cuelgan por burla en el cuello, y así se lo llevan hacia lugar desconocido. El gran amigo Sr. Bofill no suelta el teléfono preguntando por el paradero del Padre, hasta que oye la respuesta de un miliciano: -Si se tratara de un paisano, todavía. Pero tratándose de un cura, no hay lugar a recurso.

El cadáver era reconocido al día siguiente en el Clínico.

Seguirá en el martirio el Padre Tomás Planas, a sus 30 años ya brillante profesor, que esperaba en Barcelona el momento de marchar a Roma para realizar estudios superiores. Dios le tenía preparada el 26 de Agosto otra láurea muy diferente que la que hubiera sacado en el Angelicum o la Gregoriana. Refugiado en casa de su hermano, era reclamado por los milicianos en medio de la noche callada. Dentro del coche que espera en la puerta, se encuentra ya detenido un primo suyo. Ambos declaran en el tribunal popular y quedan presos. A las tres y media de la mañana siguiente, abren la puerta e intiman al Padre Planas que se levante y salga. Sabiendo que iba a la muerte, le dice a su primo: -No me duele morir. Sólo que me hubiera gustado hacer en mi vida el bien que había soñado.

Era fusilado en el amanecer del 27 de Agosto.

El Padre Cirilo Montaner, egregia figura de Misionero en Guinea Ecuatorial, después de mil peripecias llega a hospedarse en casa de Antonio Doménech, antiguo anarquista militante y ahora ferviente católico, merced a su formidable esposa que logró atraer a Dios aquella alma descarriada.

Cada día se celebra allí la santa Misa, atendida por la encantadora mujer y por el marido reparador de muebles. Antonio y el Padre Montaner se clavan de rodillas un día ante el Señor Sacramentado, que guardaban devotamente en la casa, y hacen oración fervorosa, de la que le dirá después el Padre a la señora: -Hoy su marido y yo nos hemos ofrecido a Nuestro Señor para el martirio, y usted está conforme también, ¿verdad?…

El día 25 de Noviembre, a las tres de la mañana, se levantan sobresaltados ante el pelotón de milicianos que con la culata de los fusiles hacen retemblar a golpes toda la casa. El Padre y Antonio son conducidos al terrible Control de la Calle Pedro IV, del cual nadie salía más que para morir, como el santo Obispo y mártir Monseñor Manuel Irurita. Son llevados después a la cárcel trágica de San Elías, y de ella eran sacados el día 28 el Padre Montaner y el cristianísimo obrero Antonio, terciario franciscano, camino de la muerte.

SABADELL

Sabadell, la ciudad más industrial de Cataluña, dista solo veinte kilómetros de Barcelona. Los Claretianos regentaban en lo más céntrico de la Ciudad una iglesia que fue siempre un fuerte imán de las almas, porque en ella encontraban unos Sacerdotes entregados a atender el confesionario como su ministerio propio.

Once Misioneros formaban aquella Comunidad tan pacífica. Ocho Padres, casi todos ellos de edad provecta, estaban hechos a la medida para el servicio tan importante de las confesiones, y tres Hermanos muy ejemplares en los que Dios tenía puesta su mirada especial para la hora de repartir palmas y coronas.

El día 20 de Julio se congregaron todos en la iglesia para celebrar la Eucaristía. La llave del templo la depositaron a los pies de la imagen del Corazón de María para que Ella velase por todo, si es que entraba en los planes de Dios el salvar lo ya casi insalvable. El mismo día 20 ardía la iglesia en todas sus entrañas, mientras los Padres y Hermanos se dispersaban cada cual por donde pudo.

El anciano Padre José Reixach, bueno porque sí, les da la consigna a sus amigos que le hospedan: -Si vienen a buscarme, no quiero que nieguen que estoy aquí. ¡Seré mártir como los demás!

Así tenía que ser. A las tres de la mañana del 25 de Julio era sacado de la casa por una turba de unos cuarenta (!) forajidos, que le disparaban en media calle y huían después avergonzados de su villanía, dejando a la víctima sin rematarla tendida en el suelo. El pobre Padre empieza a arrastrase como un reptil, camino de la Casa de Caridad, a la que se llega en unos ocho minutos y él hubo de emplear más de dos horas en el recorrido. Avanzaba con una mano, apoyado en la tierra sobre el pecho y la cara, mientras que con la otra mano iba deteniendo los intestinos que se le escapaban por las heridas del bajo vientre… Llama varias veces a la puerta del establecimiento, y al fin los de dentro se dan cuenta de aquellos quejidos lastimeros. Las Hermanas de la Caridad, ya vestidas de seglar, le atienden con el cariño que es de suponer, aunque no saben quién es el herido casi moribundo que ha llegado. La paciencia inexplicable con que sufre y el rosario que le encuentran en el bolsillo lo delatan: -¡Si es el Padre Reixach!…

La Dirección de la Casa llama a la Autoridad competente, Alcalde y Juez, que se presentan en compañía de varios milicianos, despreocupados y con los fusiles en alto. Al verlos, el Padre salta amoroso con este exabrupto impensado: -Si sois vosotros quienes me habéis disparado los tiros, os perdono de corazón. Quiero morir como Jesús, que también perdonó a quienes le acababan de crucificar.

Los milicianos asesinos bajaron las armas y miraban al suelo cabizbajos. El Juez ordenó trasladar a otra Clínica al paciente, cuyos labios no dejaban de soltar jaculatorias fervorosas, hasta que entregó su alma bella en las manos de Dios.

Los otros seis miembros que componían el grueso de la Comunidad eran sorprendidos por los milicianos de una manera misteriosa en sus respectivos domicilios, requeridos nombre por nombre y con sus datos personales exactos. A la cabeza de ellos, está el Superior Padre Mateo Casals, seguido del venerable Padre José Puig, y de los Hermanos José Clavería, Juan Rafí, José Solé y el joven tan esperanzador de sólo veinte años, José Cardona. Todos van a parar a una cárcel que no se parece en nada a las que ya conocemos de otras partes. Casi no se puede creer, y menos en un Sabadell, ciudad con tanto obrero marxista. Una cárcel casi vacía, donde nuestros Misioneros encuentran solamente a nueve presos, un Padre Escolapio y ocho excelentes jóvenes católicos.

Con una tolerancia casi total de las autoridades carcelarias, que hasta les hacían entrever la libertad, llevaban los presos una vida tranquila, ordenada, cada uno en su celda, y con facilidad para reunirse y rezar juntos el Rosario a la Virgen. A los seglares les traían la comida sus familiares, y a los nuestros, comprada con el dinero que trajeron al venir, se la preparaba con esmero el buen cocinero Hermano Cardona.

Sólo que a finales de Agosto cambiaron a las autoridades de la cárcel, y un miliciano soltó friamente: -Son las once y media. Hemos de comenzar la faena.

Y la faena consistió en sacar a todos de sus celdas y tenerlos preparados para cuando llegasen los coches. Los quince presos, convertidos en cadáveres, aparecían al amanecer del día 5 de Septiembre en las carreteras de los alrededores.

El Padre Juan Torrents, cuando sea declarado Santo por la Iglesia, habrá de aparecer en su imagen con el rosario en la mano… Como en las horas interminables de la pensión en Barcelona, y de la cárcel después, no tenía nada más que hacer, los rosarios a la Virgen se sucedían uno tras otro sin la menor interrupción, de modo que llegó todos los días a cifras divertidas e inimaginables. Fue el último de los mártires claretianos en morir. Descubierto en la fonda donde se escondía, ni sus 73 años ni la ceguera que padecía le pudieron salvar de ir a caer en la temible cárcel de San Elías, hasta que el 17 de Marzo lo sacaban para llevarlo al cementerio de Montcada.

SALLENT y VIC

Dos ciudades de la Provincia de Barcelona.  Vic (o Vich) y su Plana incomparable eran asiento de las más puras esencias cristianas de Cataluña. Por sus obispos, sus santos y sus sabios, Vic influyó en el siglo XIX y principios del XX como ninguna otra diócesis en la Iglesia española de nuestros tiempos. Basta recordar entre tantos a Claret, Almató, Coll, Manyanet, Joaquina de Vedruna, Balmes, Verdaguer, Torres y Bages y varios más. En Sallent había nacido San Antonio María Claret, y en Vic la Congregación claretiana. Recordamos  ahora la muerte heroica de los catorce confesores de la fe salidos de aquellas dos Casas benditas.

La Comunidad de Sallent custodiaba con amor la casa natal de San Atonio María Claret y dirigía un modesto colegio en aquella ciudad industrial. Formaban aquella diminuta pero auténtica familia claretiana los Padres José Capdevila, Juan Mercer y Jaume Payás, con los Hermanos Marcelino Mur y Mariano Binefa. Todos han de abandonar la Casa el 20 de Julio al mediodía por orden terminante de la Municipalidad, y, refugiados en casas amigas, pronto saldrán de sus escondites para dar en la cárcel y en el cementerio.

El Padre José Capdevila no morirá hasta dentro de dos meses, pero empieza su odisea cuando emprende su caminar de más de sesenta kilómetros, siempre escondiéndose de miradas comprometedoras, hasta llegar a Vic. Estará tranquilo en la casa paterna hasta el 24 de Septiembre. Descubierto por los milicianos, ha de arrancarse de los brazos más queridos: -¡Adiós, madre, hasta el Cielo!

– ¿Qué cielos ni qué…? ¡No hay cielo ya!…, suena la voz ronca de un miliciano.

– Para vosotros, si no cambiáis de vida, no; para nosotros, sí.

Pasa toda la noche en la cárcel de Vic, y el día 25 se iba al Cielo suspirado, mientras su cadáver quedaba tendido en la cuneta de la carretera.

El Padre Jaime Payás, al huir, se quedó perdido por los matorrales, entre los que empezaba una pasión muy dolorosa. Arrastrándose en medio de la oscuridad hasta alcanzar las márgenes del río Llobregat, cae en un pozo de desagüe, donde queda embadurnado de barro e inmundicia. No puede salir. Allí lo encuentra al día siguiente un muchacho de la familia que ha ido en su busca, pero tiene que machar de ella, pues estaba a la vista y ante las garras de la fiera. Dos días de búsqueda inútil, porque se le cerraron todas las puertas, incluso las más amigas que parecían completamente seguras. Al fin, da con una casa que lo acoge con cariño; pero le han visto entrar, y se presentan los milicianos que lo llevan al Ayuntamiento.

El Padre Payás, de solo veintiocho años, elegante, culto, notable profesor de niños, alma fina de auténtica aristocracia espiritual, siente destrozársele el corazón ante el rechazo que ha experimentado, y escribe unas líneas desgarradoras: “Si me matan, no se deberá a las balas anarquistas, sino al desconocimiento de mis amigos. No confiaré más en las personas; solamente en Vos, Jesucristo. Tengo el gusto de sufrir el desengaño de las amistades. ¡Oh Jesús! Les doy un abrazo; no tengo rencor a nadie, ni a los que me han echado de casa como a un perro. Todo sea por Vos, Jesús”.

Detenido en la cárcel un preso tan singular, se ganó las simpatías de todos y trataron de salvarle la vida atrayéndolo para la causa de la revolución. En la misma cárcel se unían al Padre Payás los Hermanos Marcelino Mur y Mariano Binefa con el Padre Juan Mercer, y los cuatro juntos brindaban su sangre a Dios, segados por las balas, el día el 25 de Julio, fiesta de Santiago, Patrón de España.

Para los Claretianos, VIC es nuestra Ciudad Santa. En ella nació la Congregación y en ella se guardaban los restos del Fundador, San Antonio María Claret, que se salvaron milagrosamente, aunque fueron buscados con más odio que cualquier sacerdote vivo. En Vic y su comarca, cristianísimas, podía cebarse a placer la persecución religiosa, y Barcelona se cuidó de enviar elementos extremistas que incendiaron iglesias, entre ellas la Catedral con sus incomparables pinturas de Sert, mataron a cuanto sacerdote y religioso cayó en sus manos, sacaron de su casa hacia el cementerio a tantos católicos distinguidos, y cometieron todas las barbaridades que se les antojaron. Los Claretianos perdimos nuestro histórico templo de La Merced, incendiado y arrasado hasta los cimientos. Y aunque la numerosa Comunidad logró dispersarse, ofreció también a la Iglesia un puñado de gloriosos mártires.

Los Padres José Arner, Maestro de novicios, y Casto Navarro, su ayudante, con el numeroso grupo de jovencitos novicios, fueron durante ocho días vagando por el bosque, huyendo de casa en casa de campo y durmiendo al raso, con hambre y con sed con caminatas continuas. Caídos en manos rojas, todos fueron llevados al cuartelillo, donde entró un tipo malencarado preguntando bruscamente: -¿Quién es el jefe de toda esta cuadrilla?

Y desde aquel momento, los muchachos novicios de la zona roja eran enviados a sus familias, los de la zona nacional colocados en la Casa de Caridad, y los Padres Arner y Navarro detenidos en la cárcel para ir a la muerte en la noche del 7 de Agosto.

Los Padres José Puigdessens y Julio Aramendía eran dos cerebros privilegiados y estaban en Vic realizando un estudio que hubiera llamado mucho la atención. El Padre Aramendia, de sólo treinta y seis años, ya era calificado por la autorizada revista El Monte Carmelo como “uno de los hombres más competentes y mejor informados de la espiritualidad española”. Y el veterano Padre Puigdessens había sido definido desde hacía años como “la primera mentalidad filosófica de Cataluña…, conocedor minucioso del pensamiento de todas las edades y de todas las lenguas antiguas y modernas en que ha hablado la filosofía”. Los dos Padres se refugiaron en casa de una hermana del Padre Puigdessens. Descubiertos, no valieron las gestiones de la Generalitat de Barcelona ni las influencias del mismo Consejero de Cultura, para salvar la vida del Padre Puigdessens, hombre de tanto peso para la ciencia catalana. A la una de la noche del 17 de Agosto se presentaba la patrulla de milicianos en la casa y se llevaba a los dos Padres, los cuales quedaban tendidos en la cuneta de la carretera a solo kilómetro y medio de Vic.

El Padre Juan Blanch estaba en Cervera de puro paso al estallar la revolución, y se refugió en casa de la familia Lloses, la del Padre Agustín, el mártir de Lérida. Vivía en paz con aquella cristiana familia, cuando a las diez de la noche del 31 de Agosto se presentó la patrulla de milicianos y se llevaba al Padre junto con el dueño de la casa, que cayó desmayado entre los brazos y lloros de la esposa querida y ante los lamentos clamorosos de los niños. El Padre Blanch, ante semejante tragedia, suplica en vano: -Si queréis, matadme a mí, pero no a este pobre padre de familia.

Así desmayado, es arrastrado por los milicianos el esposo y padre escaleras abajo hasta el coche. Al cabo de poco rato estaban ardiendo dos cadáveres en la cuneta de la carretera a Barcelona, casi en el arranque del camino a nuestra finca del Mas Claret, que ya conocemos.

El día de la Virgen del Pilar, 12 de Octubre, bonito día en España, la Madre bendita se quiso llevar al Cielo a tres hijos suyos muy queridos, laureados con la palma del martirio.

El Padre Juan Codinach, simpático a más no poder, y antiguo misionero en las selvas chocoanas de Colombia, donde perdió la salud para siempre y hubo de volver enfermo a España; el joven catedrático Padre Miguel Codina, y el Hermano José Casals, excelente religioso. Los tres se hospedaban refugiados en una casa cristiana a todo serlo, la del Estudiante y mártir claretiano Jaime Franch. Allí se llevaba una vida de trabajo y de oración más que de convento. Los rojos estaban al corriente de todo y, al presentarse la patrulla en la casa y ser requeridos los tres Misioneros, el Padre Codina entregó a uno de la familia el  reloj, la pluma, los anteojos, pero no el rosario, “porque, si me asesinan, quiero tenerlo entrelazado en mis manos”. Sus cadáveres aparecían poco después en la carretera de Barcelona.

El Hermano Isidro Costa, joven de veintisiete años, será víctima de un amor fraterno encantador, pero imprudente, y perderá la vida el 11 de Noviembre en la finca del Mas Claret, en Cervera, que ya conocemos bien a estas horas. El bendito Hermano era un alma bella de verdad. Hijo de la misma Plana de Vic, recorría las masías y casas donde pudiera haber un hermano de Comunidad escondido, para ayudarlo si necesitaba, para consolarlo, para estar un rato con él… La estampa del amor fraternal más puro.

No maliciaba sobre la malignidad de la revolución roja, y un día emprendía el viaje hasta Cervera para saber el paradero de sus hermanos de la finca. La familia amiga de un pueblecito cercano le quiere quitar de la cabeza aquel proyecto descabellado, asegurándole que todos habían sido fusilados y no quedaba más que el Hermano Francisco Bagaría en condiciones deplorables. El amor a sus hermanos de Congregación va a poder más que todas las razones dictadas por una prudencia elemental, y al rodear la finca lo reconocen algunos antiguos criados. Avisado el Comité, manda en seguida un auto con milicianos que le disparaban sus armas en la misma entrada de la finca.

El Hermano Miguel Facerías, anciano venerable, era la estampa del religioso perfecto. Sastre, agricultor, cocinero…, para todo valía, a nada se negaba, y todo lo desempeñaba a cabalidad, a la vez que perfumaba todo su trabajo con una oración incesante. Admitido en el Asilo de las Josefinas, sin miedo alguno rezaba a la Virgen rosarios sin cesar, y hasta en voz alta, para edificación de todos, aunque le exigían más prudencia. Hasta que hubo de marchar en Diciembre, y fue a parar en una familia cristiana campesina, donde, para no ser gravoso, como sastre que era remendaba y planchaba la ropa, confeccionaba piezas nuevas, barría, partía la leña, y aun le sobraba tiempo para pastorear el pequeño rebaño. Delatado por un espía, era llevado al Comité de Vic, y el 22 de Febrero de 1937, día en que cumplía los setenta y siete años, aparecía su cadáver tendido en la carretera.

La Casa-Madre de la Congregación Claretiana añade hoy a sus glorias la de ser también cuna de mártires esclarecidos.

CASTRO URDIALES

En la ciudad de Castro Urdiales, Santander, tenía la Provincia Claretiana de Castilla un Colegio que regentaba con amor, y otra Comunidad en San Vicente de la Barquera. Juntas, darán a la Iglesia nueve mártires, aunque, por falta de testigos aptos para el proceso de canonización, tres solamente ocuparán nuestra atención.

La ciudad de Castro Urdiales era un encanto por su religiosidad y daba muy poco miedo. Pero estaban cerca los mineros de varias poblaciones, los cuales formaron pronto las organizaciones más radicales. Al estallar la Revolución el 18 de Julio del 36, el Alcalde aconsejaba a los revolucionarios que respetasen las personas, y, efectivamente, los Padres siguieron tranquilos en el Colegio e Iglesia hasta el 18 de Agosto, aunque hubieron de compartir el edificio con unos trescientos milicianos. Obligados en este día a desalojarlo del todo, tuvieron que marchar definitivamente. A partir de ahora, vendrá la destrucción vandálica de cuanto signifique Dios e Iglesia. Todos los Padres y Hermanos del Colegio se hubieron de desparramar para salvar sus vidas.

Los Padres Joaquín Gelada, Isaac Carrascal y el Hermano Félix Barrio. se acogieron al Asilo regentado por las Religiosas Siervas de Jesús, del que los Padres eran capellanes, situado en las afueras de la ciudad, y se instalaron en la caseta que el guardián y hortelano tenía en el jardín. Vivían en el Asilo y se educaban en él más de cien niñas de familias obreras. El estudio, la piedad, la alegría, el bullicio más encantador tenían allí su asiento y aseguraban una estancia feliz.

Pero pronto se iba a acabar aquella luna de miel entre las Hermanas y educandas con la revolución. Al cabo de dos meses, el que fungía como jefe rojo en la población, se presentó furibundo: -¿Monjas con hábitos todavía? A las niñas que estaban en los colegios las hemos mandado a sus casas. ¿Y éstas, qué?…

Los Misioneros hubieron de extremar sus cuidados. Se enteraron de que varios de sus hermanos de Comunidad habían sido fusilados, y previeron su propia suerte cuando un día les sorprendió un miliciano que proclamaba a gritos: -¡Ya están, ya están!…

A pie, y entre tanta gente que vociferaba, los tres Misioneros eran conducidos a la cárcel, y, quién lo diría, los tres iban por las calles platicando amigablemente con sus captores. El 14 de Octubre los sacaban de la prisión y los hacían subir a un coche con chofer católico convencido, pero obligado a llevar a los detenidos hasta donde le indicasen. Les obligan a bajar en el punto escogido, una descarga de fusiles, y todo se acabó… Una Hermana del Asilo preguntó a un miliciano por los Misioneros, para oír por respuesta:

-¿Aquellos tres?… ¡Esos ya están en el Cielo!

El criminal lo decía burlón. Pero nosotros sabemos que sí, que en el Cielo están muy bien.

VALENCIA

En Valencia se cebó la persecución con saña furibunda en todo lo que se refería a Dios. Los cuatro Padres Claretianos que allí dieron su vida por Cristo forman parte muy bella de tanta escena martirial como admiran nuestros ojos cristianos.

La Comunidad claretiana de Valencia era de muy reciente fundación. Hacía sólo un año que funcionaba en un apartamento cerca de la iglesia de San Vicente Mártir, de la cual cuidaban nuestros Padres con edificante celo sacerdotal. Aparte del Hermano Félix Aguado, que salvará milagrosamente su vida, y del Hermano Santiago Vélez, apresado en Barcelona y fusilado cuando había llegado para refugiarse en casa de un hermano suyo, los cuatro Sacerdotes Marceliano Alonso, José Ignacio Gordon, Tomás Galipienzo y Luis Francés serían coronados con el martirio. Como el apartamento del segundo piso en que vivía la Comunidad era tan corriente y sin ninguna apariencia de convento, sus moradores no se preocuparon por huir al estallar la Revolución el 18 de Julio. La casa parecía el lugar más seguro. El domingo 19 salió el Padre Alonso a celebrar la Misa en una iglesia parroquial, y, apenas acabada la precipitada celebración, ardía la iglesia por los cuatro costados, rociada de gasolina por las turbas. Era un aviso, y los Padres ya no salieron más.

Sin embargo, el Padre Luis Francés, joven de veintiséis años, el día 27 aceptaba la invitación de ir a un pueblecito lejos de la capital, sin ferrocarril, con sencillas gentes huertanas, y con una colonia de niños que allí pasaba su vacación y con los cuales el Padre fungía de Maestro.  Aquello parecía un rinconcito del paraíso. Hasta que los milicianos de la Capital se presentaron el 20 de Agosto en busca de un Párroco vecino que había marchado a Barcelona, y dieron con el Padre Francés. Se lo llevan preso, y a las pocas horas, con un fuerte ¡Viva Cristo Rey! en los labios, caía bajo las balas junto con el fiel monaguillo que cada día le ayudaba la Misa.

La suerte estaba echada desde el principio, y los tres Padres Alonso, Gordón y Galipienzo abandonaban el piso el 10 de Agosto, y juntos iban a encontrarse en el Comité Socialista. La declaración ante aquel tribunal revolucionario era inútil, un puro formulismo. Al Padre Gordon, como Director que había sido del Colegio de Játiva, le interrogan y acusan de algo que resultaba grotesco: -¿Y los sótanos que había en el Colegio para atormentar a los niños?

Un fuerte manotazo en la mesa, y una protesta enérgica:

-¡Mentira! Es una infame calumnia que ustedes pueden comprobar cuando quieran.

A sus treinta y tres años, el Padre Gordon era de una personalidad relevante. Desde su alta y esbelta figura hasta el último de sus modales revelaba a todos la distinción de su linaje. Descendiente por línea paterna de una noble familia escocesa, que por católica padeció mucho bajo el Rey Jacobo, emigrada a España y establecida en Jerez de la Frontera, había enlazado por línea materna con los Marqueses de Irún. Como religioso, era un modelo en todo: desprendimiento, humildad, abnegación. Y de una bondad y elegancia exquisitas. Siendo Estudiante de Teología, en la visita que el Rey Alfonso XIII hizo a la ex Universidad de Cervera, encomendaron al Estudiante de Teología José Ignacio el discurso de bienvenida. Agradó mucho al Monarca, que lo llamó, le preguntó quién era, y al saber su nombre y apellidos, le dijo: -¿Y qué haces tú aquí?

-Sí, Majestad. Aprecio más mi sotana y mi vocación que todos los títulos de nobleza que tengo por mi familia.

Total, que aquella misma noche, sin que hubieran “los jueces” pronunciado sentencia alguna, los tres Padres se encontraban ante los fusiles en la espléndida y perfumada llanura de la huerta valenciana. Los focos del auto los iluminan y los milicianos preparan, miden, apuntan y ordenan: -¡Caminen!

Se apagan los reflectores del coche, y disparan. El Padre Alonso cae muerto en el acto. El Padre Gordon sigue vivo y va suspirando por mucho rato: “¡Ay!… ¡Madre mía!”… Al cabo de media hora de agonía, se le acerca uno del piquete y le dispara el tiro de gracia.

-¿Y dónde está el que falta?…

Sorpresa grande de los asesinos. Buscan, rebuscan… Todo en vano. El Padre Galipienzo se ha adelantado unas fracciones de segundo a las balas y se ha tirado a tierra. Arrastrándose milímetro a milímetro, sin hacer el menor ruido y conteniendo hasta la respiración, se va alejando lo suficiente por entre la hierba, y, a unos cincuenta metros ya de los asesinos y lejos de la luz de los reflectores, se siente seguro. Los asesinos se marchaban furiosos, aunque avisando claramente en voz alta: -Mañana volveremos y te daremos tu merecido.

La noche aquella del Padre Galipienzo no es para ser descrita, como podemos comprender. Repuesto en una casa campesina que lo acogió con amor, decidió regresar a la Capital, vestido pintorescamente con los atuendos de pescador valenciano.

Pero, a las cuarenta y ocho horas, entraba en el penal, reconocido por uno de los asesinos de aquella noche, que exclamó con regocijo feroz: “¡De ésta sí que no te escapas!”… Y no se escapó, naturalmente, porque el 1 de Septiembre moría ametrallado con un grupo numeroso en el Campo de tiro de Paterna.

Concluimos

Con los ciento nueve (109) beatificados hoy, son ciento ochenta y tres (183) los Misioneros Claretianos Mártires de la persecución religiosa española de 1936 que han escalado la gloria de los altares. Son ochenta y ocho (88) más los que no han contado con los testigos válidos para un proceso canónico, y, con ellos, suman doscientos setenta y uno (271) los que alcanzaron la palma del martirio. A los ochenta y ocho mártires sin nombre no los conocerá nunca el mundo, pero ante Jesucristo, por el cual dieron su sangre, no hay héroes anónimos.

Aquel Padre Claret de 1868 se moría de envidia cuando supo la muerte del Padre Francisco Crusats, el protomártir de la Congregación. Como en la Gloria no caben celos, digamos que San Antonio María Claret está orgulloso de verdad. “¡Qué hijos he tenido!”, debe estar musitando para sus adentros…