EL MAS CLARET

La comunidad

El Mas Claret, civilmente “Mas Toni”, era una finca situada a 7 kms. de Cervera  en el término parroquial de San Pedro dels Arquells de la diócesis de Vic, en la que vivía una pequeña parte de la comunidad de Cervera con la finalidad de explotar agrícolamente para aliviar la economía de la numerosísima comunidad de la ex Universidad y proporcionar un de reposo para enfermos. Su constitución fue a mitad de 1921.

En atención a los fines de la casa, el P. Antonio Soteras, Superior Provincial, impuso horarios distintos, acordes con la disciplina de la época, uno para los trabajadores y sanos y otro para los enfermos. Los primeros se alzaban a las 3,30 para cumplir con los rezos debidamente, de forma que a las 5 ya pudieran estar en su puesto de trabajo, mientras que los enfermos se levantaban a las 5,30. En 1935, el P. Girón mitigó un poco el rigor. Impuso dos horarios diversos, uno para los días festivos y otro para los días laborables, estableciendo las 4,30 hora de levantarse, pero manteniendo bien reguladas todas las actividades y descansos.

La explotación de la finca no aportaba gran alivio pues los gastos eran cuantiosos y el sueldo de los obreros iba en aumento de tal manera que después de unos años se pensó en la venta, que la situación política aceleraba. El 25 de febrero de 1936, el gobierno local expuso al gobierno provincial «que en las presentes circunstancias juzga conveniente vender definitivamente algunas parcelas del Mas Claret ya que se pagan bien y corremos peligro de perlo todo.

[…] Que en principio creen conveniente  desprenderse de toda la finca, buscando otra solución para los enfermos por tener que cultivarla con trabajadores alquilados y por el sesgo que van tomando las cosas y en particular en Cervera».

El gobierno provincial aprobó la venta de las parcelas, pero le pareció prematuro el desprenderse de toda la finca.

El 7 de junio de ese año el gobierno local volvió a insistir en la venta total y envió un gráfico con las diversas parcelas y los posibles precios

El día 21 de julio de 1936 dicha comunidad estaba integrada por los PP. Manuel Jové, como superior, Manuel Font, Julián Pastor y José Mir, los Estudiantes Francisco Solá y Pedro Adern, enfermos, y los Hermanos Pedro Vives, José Ferrer, ambos enfermos, y como encargados de los trabajos Esteban Mestres, Narciso Simón y Francisco Bagaría, encargado principal de todo.

Después del fracasado viaje de la comunidad a Solsona y con el aumento del peligro por todas partes, muchos misioneros salieron de sus refugios y fueron llegando al Mas Claret a finales del mes de julio y primeros de agosto de 1936.  Sabían que por todas partes fusilaban a curas y frailes y a los del Mas todavía no les había pasado nada. Pero esta finca no ofrecía seguridad alguna. Podían pensar que era una trampa, pero el problema era que no tenían dónde ir en medio de tantas dificultades. El remedio tenía que haber sido puesto antes.

Los avisos llegaron pronto. El primero y más explícito lo dió en tono confidencial el chófer del Comité el día 23 de julio: «Si quieren ustedes salvar la vida, no se queden aquí». Este aviso no fue desoído, pues ese mismo día salieron de allí los que habían llegado de San Ramón. De estos unos consiguieron salvar la vida, como el grupo de estudiantes guiado por los PP. Pastor y Mir, y otros fueron fusilados. De todo ello eran informados prontamente los que quedaban en el Mas. Después fueron llegando los estudiantes Pascual y Solé con el donado Poquet, luego los PP. Ribé y Leache con el H. Campo, más tarde los estudiantes Elizalde, Miguel y De las Heras. Poco después los HH. Milagro y Castán y por último el H. Dionisio Arizaleta.

El día 24 de julio de 1936 el Comité fue a incautarse de la finca, la famosa colectivización de los anarquistas. A las siete de la mañana en la era se detuvieron un camión y un auto con banderas rojas. Cuando estaban todos en tierra, el chófer dijo:

Esa es la torre de los Misioneros.

¿Por dónde andarán esos granujas? preguntó uno. No se ve ni un pajarraco.

¿Dónde van a estar? Pues… oyendo misa!

Así era. Al salir de la última misa, se percataron de la presencia de la inoportuna visita. El P. Manuel Jové salió a su encuentro:

Buenos días nos dé Dios.

Eso de «Dios…» ¡Ps! !SALUD! y vamos al grano. Venimos a…

Ustedes dirán si de algo podemos servirles.

Servirnos, y algo más. Venimos a incautarnos de esto. Los tiempos han cambiado, amigo.

Los tiempos puede ser, pero la justicia, no.

¡La justicia! ¡La justicia!

Hicieron el inventario de todo, máquinas, animales,… Cargaron en el camión un gigantesco y gruñón cerdo y dieron una orden tajante de que nadie se ausentara sin su permiso, quedando ahí los religiosos como prisioneros hasta que fueron asesinados, y de que saludaran puño en alto a los del Comité todos los días al presentarse por allí[1]. Paradojas de la Historia ¡Los Misioneros estuvieron en su propia casa como en una cárcel vigilada por los defensores de la libertad! El día 1 de agosto se presentaron unos individuos armados llamados Escamots, que molestaron y amenazaron y se llevaron a los PP. Juan Agustí y Felipe Calvo, que fueron conducidos a la Generalidad de Barcelona y después de unas peripecias fueron puestos en libertad. E. H. Mestres se les escapó aunque le dispararon unos cuantos tiros.

Desde el 15 de agosto les prohibieron rezar en comunidad. Ese mismo día por la noche se presentaron en un camión a buscar provisiones y los religiosos que les atendieron fueron objeto de burlas y provocaciones contra la castidad con palabrotas soeces y atrevidas.

Después de este día y bastante a menudo comparecían con los milicianos algunas milicianas, haciendo objeto de burla y provocando a los jóvenes.. ¿Cuál de estas te gusta más? Y otras cosas por el estilo. Además les exhortaban a que abandonaran el modo de vivir religioso y se dedicaran a las diversiones. También prometían liberarlos. Pero como no obtenían lo que querían, cambió el tono del discurso.

En efecto, poco después fue el mismo Comité el que les dijo:

Eso tiene que acabar. Aunque no llevéis sotana ni digáis Misa, se os conoce de una hora lejos que sois frailes. Y por lo tanto os llevaremos mujeres para que os ayuden y para que disfrutéis de la vida.

Ante esta amenaza el P. Julio Leache y José Ribé reunieron a todos en una sala y les dijo:

Hasta ahora los asuntos eran tratados y decididos solamente por unos cuantos de nosotros, pero para buscar una norma a seguir en lo que debemos hacer si se cumple la amenaza de las mujeres, hemos querido que estuviesen todos y que todos dijeran su opinión. ¿Qué hay que hacer?

Y unánimemente, de manera fulminante, como si hubiesen sido excitados por una chispa eléctrica, todos respondieron:

Si las mujeres entran por una puerta, nosotros salimos por otra, aunque nos maten. Convivir con ellas, ¡jamás!

La amenaza se la repitieron con frecuencia y los misioneros respondieron siempre que las mujeres no eran necesarias.

A mediados de septiembre los del Comité comenzaron a quejarse de que había mucha gente. Con insistencia repetían: Aquí hay demasiada gente.

Ante esta situación surge la pregunta ¿por qué no hicieron caso y huyeron? Las razones que se aducen son; 1) una carta del P. Girón, que pedía buen comportamiento con los del Comité; 2) las seguridades ofrecidas por el Comité para que no huyeran; 3) la principal radicaba en la dificultad, o imposibilidad de la huida. ¿A dónde huir? En los alrededores no hallaban cobijo. Casi todos los del Mas se encontraban allí porque habían sido despachados de las casas a las que se acogieron. Ir más lejos era un problema mayor para los enfermos. A estos no se les podía dejar a una muerte segura. El P. Ribé, que hacia de  superior siempre fue contrario a ello. El H. Francisco Bagaría, presente en la casa, cuenta sobre la cuestión: «El P. Leache, como todos, tenía grandes deseos de salir del Mas cuanto antes; pero, discutido y meditado el asunto, los que estaban sanso hicieron un acto heroico de caridad para no abandonar a los enfermos»[2].

Otro aviso lo tuvieron enseguida con el caso del H. Ramón Roca, que no pudieron admitir el 13 de septiembre en el Mas y lo fusilaron el 23 de ese mismo mes. Después de esto los residentes en el Mas ya hablaban con frecuencia del martirio, veían cerca su muerte. Pero más que la muerte les preocupaba el verse sometidos a trances semejantes a los del H. Saperas. Esto, por suerte, no ocurrió.

Así se pusieron todos en manos de la divina Providencia.

Hacia mediados de septiembre comenzaron los del Comité a quejarse de que eran muchos y de que no trabajaban lo suficiente en el campo. Un día se reunieron todos para hacer una distribución del trabajo, asignando a cada uno una parte, con el fin de que a las preguntas del Comité, todos pudieran responder en que´se ocupaban. Las amenazas iban creciendo y haciéndose cada día más insistentes. Tanto que algunos padres ya preveían en aquello un mal agüero, de una manera especial el P. Leache, que decía:

Qué le vamos a hacer. Alabado se Dios. Él nos pile confesados.

El día 13 de octubre el chófer del auto del Comité llamó a parte al H. Bagaría y le dijo:

Si viene un coche y  un camión con milicianos, tú di que ordeñas y cuidas de  la finca. Van a venir, dijo con desenfado, para ver si trabaja la gente, pues se nota que trabajan poco. (Allí estaban de vigilantes todo el día).

Desde entonces, en espera de aquel coche y de aquel camión, en la finca no se celebró más misa y se escondieron todos los objetos de culto que quedaban. Dicha visita fue una constante amenaza aquellos días.

El día 18 fueron asesinados los misioneros que estaban en el hospital, de lo cual no tuvieron noticia los del Mas. Ese día la visita del Comité fue rapidísima: cargaron los depósitos de la leche y se marcharon. Únicamente el chófer le dijo al H. Bagaría: Mañana vendrán por aquello.

Al enterarse de esto el P. Ribé reunió a todos en la biblioteca e hizo una amplia distribución del trabajo para que los del Comité vieran que todos estaban muy ocupados y no sacaran a nadie[3].

Martirio

El día 19 de octubre de 1936 amaneció buen día y todos, viejos y jóvenes, sanos y enfermos, fueron a trabajar al campo. La mayor parte de ellos estaban hechos a otras ocupaciones y este trabajo se les hacía pesado por falta de costumbre. Uno decía:

Ahora que tendríamos que estar revolviendo apuntes con el lápiz o la estilográfica, tenemos que revolver con estas horquillas el fétido estiércol de los cerdos; vamos que por amor de Dios aún se puede hacer, pero no por amor a los comunistas.

A eso de las cuatro y media de la tarde llegó un coche con el chófer, un fotógrafo y un tal Juan Pedrós, ferroviario, juez con vara y asesino en una pieza. El H. Francisco Bagaría, que estaba ordeñando las vacas, le dijo al chófer:

¡Venís muy pronto hoy!

Venimos con un fotógrafo para sacar una fotografía de todos. Sois tanta gente y todos los días hay entrantes y salientes.

En estas salió el H. Simón al cual el chófer ordenó que avisara a todos para sacar la fotografía, como así lo hizo, para que se escapara ninguno. Todos fueron al patio donde solía reunirlos el Comité.

Al H. Francisco Bagaría Ayats lo separaron del grupo, como encargado de la finca que había sido y el Magí Tita, jefe de la ejecución, le dijo:

Tú no tengas miedo, eres diferente de otros. A tí no te matarán… A los demás sí. Acabaremos con esta mala simiente. Ayer matamos a los del Hospital y hoy a los de aquí. Yo estuve sacándoles y matándoles.

Una vez que tuvieron a todos reunidos por medio de tal engaño (las órdenes intimadas con pistola no dan lugar a dudas), en vez de hacer la fotografía aparecieron muchos milicianos, más de treinta, con las armas preparadas. Además la finca estaba tomada por otros muchos fusileros.

Al poco tiempo vió a los Padres: Manuel Font, José Ribé y Julio Leache; a los Estudiantes: Francisco Simón, Francisco Solá, Antonio Elizalde, Eusebio de las Heras, Constantino Miguel y Emilio Pascual; y a los Hermanos: Francisco Milagro, Pedro Vives, José Ferrer, Dionisio Arizaleta, Juan Senosiain, Fernando Castán Narciso Simón, Francisco Marco y Nicolás Campo, y el donado Rosendo Poquet. Iban  en grupos de a cuatro en fondo en medio de dos cuerdas sostenidas por milicianos, a uno y otro lado, que los custodiaban formando una cadena. Detrás iban muchos milicianos formando piquete. Los misioneros iban como mansos corderitos, sin gritar y haciéndose la señal de la cruz y los sacerdotes impartiendo la absolución.

Todos los ahora mencionados fueron fusilados en los límites de la finca con fusiles y ametralladora que accionó el hijo del fotógrafo, llamado Garcelán, mientras se daban golpes de pecho. Esto último también les sirvió de mofa a los verdugos, que después de celebrar de su triunfo con bebidas fuertes, decían como si los golpes de pecho iban a para el impacto de las balas.  Otro añadió:

Uno que estaba herido, al caer todavía iba gritando:

¡Ay, Madre mía, Madre mía. Yo le he metido un puñado de paja encendida en la boca y le he dicho:

A ver si así te callarás.

Después quemaron los cadáveres. Una señora de las masías vecinas que vió un poco la escena no pudo resistir la impresión y estuvo enferma durante año y medio.

Según el testimonio del H. Francisco Bagaría, el fusilamiento fue como de ritual:

«Yo al día siguiente al del asesinato fui a ver los cadáveres. Estaban ardiendo. Les habían puesto fuego ya el día anterior, después del asesinato. Muchos estaban agachados de boca al suelo, alguno estirado y cara arriba. La impresión que me produjo, aparte del terror, fue de que realmente habían muerto en actitud de arrodillados. Fueron enterrados allí mismo. Cuatro milicianos cuidaron de avivar el fuego durante los días que estuvieron ardiendo los cadáveres, que fueron desde el lunes, al atardecer, hora del asesinato, hasta el viernes a primera hora de la mañana, en que fueron sepultados los restos allá mismo. Los milicianos habían comenzado ya a construir la zanja. El jueves, por la tarde, se marcharon y dejaron encargados a los trabajadores de la Colectividad de Campesinos, que ellos mismos cuidaran de enterrar a aquells, al día siguiente como así efectivamente se hizo».

El Magí Tita le dijo al día siguiente: Si que hemos hecho trabajo estos días. Otros comentaban: Tenemos que celebrarlo.

 

[1] Arranz, A., Mártires (héroes)  del siglo XX,  Tárrega 1962, pp. 13-14.

[2] Abad, J., Siervo de Dios R.P. Julio Leache C.M.F., en Boletín interno de la Provincia de Cataluña 17 (1955) pp. 526-527.

[3] Quibus, J.,  Misioneros mártires Hijos del Corazón de María de la Provincia de Cataluña sacrificados en la persecución marxista, 2ª ed., Barcelona 1949, p. 206.