Comunidad de Lleida

Situación política y persecución religiosa en Lérida

La ciudad de Lérida, situada aloeste de Cataluña, contaba con 39.000 habitantes en el año 1936. A pesar de ser población reducida  en número de habitantes, antes del estallido revolucionario y de  la persecución religiosa, existían bastantes partidos políticos como: Juventud Republicana (Esquerra Catalana), Partido Socialista Unificado de Cataluña, Radical Socialista, denominado Petera en esta capital, Comunista, Acción Catalana Republicana, Partido Socialista Español, Estat Catalá; y sindicales, P.O.U.M., C.N.T., F.A.I., U.G.T. y Unión de Rabasaires. También existían los partidos y asociaciones de tendencia derechista.

El principal de todos era Esquerra Republicana-Izquierda Republicana, que preparó la revolución de 1934 en Cataluña, con el resultado que se dijo al principio, pero la revolución quedó latente, porque al tomar medidas contra las revoltosos, se sintieron más animados a continuar su labor de propaganda revolucionaria. Cuando se convocaron las elecciones de febrero de 1936 se incorporaron al Frente Popular, que ganó las elecciones.

El clima social, el desorden y el incitamiento a los asesinatos quedaron impunes. La situación se hizo inquietante. Así lo describió el P. Miguel Baixeras, de la comunidad de Lérida, al volver de Barcelona después de la votación de febrero:

«El lunes salí para Lérida, ya se notaba un pánico tan grande y tanta afluencia de muchachotes forasteros que no sabiendo ir por la calle me volví a casa. Pronto fueron llegando noticias alarmistas  pero como la Guardia Civil tenía órdenes severas, no nos movimos de nuestra casa.

Desde entonces los ánimos se han ido calmando y ahora ya nos preocupan poco los  asaltos  de los revolucionarios, lo que nos preocupa es la Constitución que nos puede hacer la vida imposible.

Domingo (Marcelino) ya comienza con la enseñanza que será un golpe mortal para nosotros. De tejas abajo se ve muy negro pero estamos muy tranquilos porque sabemos que Dios no nos abandonará»[1].

Pero la calma no fue duradera, o fue aparente. Fue suficiente que llegara la ocasión propicia. El mismo P. Miguel Baixeras escribía el 17 de marzo a su hermano José:

«El Domingo pasado en Lérida los comunistas  querían hacer una degollina general y una quema de todos los barrios aristocráticos, pero la Guardia Civil fue rondando toda la noche con camiones blindados y ametralladoras y no se atrevieron a decir pío.

No se ve a donde iremos a parar».

Las fuerzas militares y de orden público, casi en su totalidad, se declararon favorables a la rebelión militar o Alzamiento Nacional. El día 19 de julio de 1936 se proclamó la ley marcial, pero no se alteró la normalidad ni tomaron las precauciones necesarias. Luego se tomó el acuerdo de prohibir el tráfico ferroviario. Así se llegó al 20 con todo bajo control y sin nada que hiciera temer una derrota, pero sin embargo el enemigo estaba dentro. El coronel del regimiento de infantería y comandante militar de la plaza, D. Rafael Sanz Gracia, se mostró pusilánime, falto de espíritu militar y entusiasmo y medio engañado o traicionado por el teniente coronel José Martínez Vallespí (izquierdista y masón), su compañero en la Academia, para que depusiera el estado de guerra, dimitió de  sus funciones. Acto seguido el teniente coronel Martínez Vallespí firmó un oficio con doble finalidad, primera para levantar el estado de guerra y segunda para informar a Barcelona del fracaso militar, izando la bandera republicana en el balcón y su discurso lo terminó gritando ¡Viva el comunismo!

Después de estas proclamas comenzó la persecución. Las sindicales socialistas, comunistas y anarquistas comenzaron la agitación y amenazas. El teniente coronel Martínez Vallespí completó la obra: licenció a las tropas y ordenó que se armara a los marxistas y empezó el tiroteo por las calles. Así se formó el ejército del pueblo.

Desde ese momento Lérida tomó el tono de ciudad roja. Grupos de milicianos y obreros armados, de día y de noche, entraron en los domicilios públicos y privados, practicaron saqueos, detenciones, sin cuento, y asesinatos por las calles y en las afueras, incendios. Empezó la constitución de comités, que ordenaron las detenciones y fusilamientos. Los comités estaban formados por los partidos y organizaciones de izquierdas. En los pueblos se organizaron de la misma manera que en la capital.

No es posible precisar de una manera exacta el número de asesinatos perpetrados por representantes del Frente Popular, pero se puede indicar que después de los religiosos, los asesinados han sido la clase media, militares de profesión, propietarios, comerciantes, industriales, personas con título universitario, empleados, agricultores y estudiantes, por su ideología, sus cargos o considerarlos desafectos al régimen dominante. La mayoría de los asesinatos fueron cometidos durante julio y agosto de 1936.

Los más responsables de los asesinatos fueron la FAI y el POUM, que actuaron de forma tenebrosa, sin formar proceso a las víctimas, los sacaban de sus domicilios por la noche y los mataban en sitios que dificultasen ser encontradas y, si es posible, hasta su identificación. El procedimiento de ejecución era el arma de fuego, la cremación, pero en algunos casos, el palo.

Muertes sonadas fueron la del comandante militar Sanz Gracia, poco después de tomar el mando su compañero de Academia Martínez Vallespí.

Con gran diferencia sufrieron martirio en mayor proporción los clérigos. Las personas y las cosas de la religión fueron objeto de especialísima persecución en Lérida. Los eclesiásticos asesinados dentro de los límites de la provincia fueron 290, empezando por el Obispo, D. Silvio Huix Mialpeix, el Vicario general, el Arcediano de la catedral, Profesores, Párrocos, Religiosos y Religiosas, Seminaristas. Algunos fueron objeto de gran crueldad.

En los primeros días revolucionarios los rojos quemaron el palacio episcopal y las iglesias de San Martín, San Lorenzo, San Pedro, del Carmen y de San Juan, dentro del casco urbano, y el 25 de agosto de 1936 Los Aguiluchos de Barcelona incendiaron la catedral.

Las iglesias de toda la provincia fueron saqueadas haciendo grandes hogueras con las imágenes, altares, cuadros, ropas y ornamentos sagrados. Igual suerte corrieron conventos, casas rectorales, etc. y archivos parroquiales.

 

La comunidad de Misioneros claretianos

La comunidad de los Misioneros claretianos de Lérida fue fundada en 1885 y desde entonces muchos Misioneros habían ejercido el ministerio apostólico tanto en la ciudad como en otros lugares cercanos y lejanos y habían dejado un gran recuerdo entre la gente.

En 1936 regentaban la iglesia de San Pablo. La comunidad estaba formada por los siguientes individuos:

  1. Federico Codina Picassó, Superior
  2. Juan Busquet Lluciá, cons. 1º[2]
  3. Agustín Lloses Trullols, ministro
  4. Manuel Torres Nicolau
  5. Miguel Baixeras Berenguer
  6. Luis Albi Aguilar
  7. Arturo Tamarit Piñol
  8. Javier Morell Cabiscol
  9. Juan Garriga Pagés
  10. Luis Grau Nasfré
  11. Mariano Bergua Ibáñez

A pesar del ambiente revuelto que se había creado después de las elecciones de febrero de  ese año, se sentían tranquilos y seguros. Así lo escribía el P. Miguel Baixeras a su familia poco después de las elecciones de febrero de 1936:

«Vosotros queréis saber qué hacemos por aquí en Lérida. Hasta ahora la tranquilidad es absoluta. Yo me compré un vestido de mecánico que desfigura mucho y apenas pasara alguna cosa saltaría a Cervera y con Juan iríamos a Castellterçol.

Los Franciscanos y Mercedarios desde el día de las elecciones duermen fuera del convento, pero  nosotros no nos hemos movido ni un instante de casa. Mientras los Guardias civiles tengan las órdenes que tienen ahora, no hay miedo. Ahora, el día que los Guardias civiles nos  digan que tienen órdenes de no moverse, entonces no nos quedaremos ni in instante más en el convento.

En el caso de que el asalto … Aunque seguramente no pasará nada. Yo tengo señalada para dormir las noches de peligro la casa de nuestro médico…

Y ¿el miedo? Nunca lo he tenido tan fresco. Lo que nosotros queremos es ir al cielo y yo creo que si nos matan, nos harán ir directamente, por el atajo más corto y se lo agradeceré mucho»[3].

Por esto no tomaron las precauciones necesarias, como los franciscanos y mercedarios, y cuando lo hicieron, ya era tarde. Todos los miembros de la comunidad sufrieron el martirio a excepción de los dos últimos. Pero hubo otros dos mártires que vinieron de otras casas, como el H. Angel Dolcet Agustí, de la casa de Vich, y el P. José Surribas Dot, de la casa de La Selva del Campo.

El día 18 de julio de 1936 la comunidad estaba de fiesta porque era el onomástico del P. Superior, a la cual fue invitado el Dr. Andrés Arrugaeta, médico militar, que comentó el levantamiento militar, que los Padres ya conocían desde primera hora de la mañana porque la esposa de un Guardia Civil fue a la sacristía a felicitar al P. Superior por su onomástico. Esto causó desasosiego, tanto que el H. Garriga, cocinero, dudaba de que pudieran comer el pollo que había preparado para la celebración. Por la tarde los PP. Codina y Lloses visitaron a una familia amiga, donde el P. Codina, con clarividencia, comentaba:

«está la situación rematadamente mal y mañana veremos nuestras cabezas rodar por las calles».

Los días 19 y 20 se celebraron todas las Misas como de costumbre, pero a media mañana, por consejos de personas afectas a la comunidad ya se cerraron las puertas por precaución. Después el P. Superior ordenó que todos se vistieran de paisano y por la tarde dio consejo y libertad para que, quien tuviera miedo de permanecer en la comunidad buscase un refugio en las casas que se habían ofrecido. El único que salió fue el H. Grau.

 

Apresamiento

El día 21 casi todos celebraron Misa a primera hora, excepto el P. Baixeras y el P. Superior. A eso de las ocho estaba celebrando el P. Superior y hubo de suspenderla cuando llegaba al Evangelio, porque fue alarmado por una señora con golpes en la puerta de la sacristía que da al callejón S. Pablo. Esta señora, que había asistido a una de las primeras Misas, había oído en la calle que se anunciaba públicamente: Vamos a quemar San Pedro, y después la iglesia de San Pablo, la de los Misioneros claretianos. La Señora le dijo que se pusieran a salvo.

Entonces el P. Superior dijo:

¿Y a dónde iremos?

La Señora les dijo que fueran a su casa por la puerta trasera. Luego el P. Superior ordenó al P. Albi, que se encontraba en la sacristía:

Suba a los pisos y diga a todos que se vistan de paisano y vayan a la casa Jaques (calle de la Paloma, 18), que había ofrecido su casa como refugio.

Aunque parezca increíble llevaban encima la sotana y la faja y con su maletín y así «escaparon» a la calle. Salieron por la puerta trasera que da a la calle de Santo Domingo donde también tenía puerta trasera la casa ofrecida. En la casa se quitaron las sotanas y las fajas. El P. Lloses, ministro, antes de salir, le entregó unos sobres con dinero al H. Bergua, portero, que sería el último en salir para cerrar la puerta. El P. Lloses fue el último en llegar a la casa de la Sra Jaques, hacia las 9. Pero el H. Bergua antes de salir  se encontró con el H. Garriga, que estaba preparando el desayuno y desconocía la orden de abandonar la casa. Al poco de salir este a la calle,  le echaron el alto y lo llevaron directamente a la cárcel. Entonces el H. Bergua entró rápidamente en casa y cerró la puerta. Los de afuera gritaban:

¡Abrid la puerta o pegamos fuego!

El H. Bergua subió a la terraza para escapar y se encontró con unos disparos, que por fortuna no le alcanzaron. Se escondió como pudo, igualmente hizo con los sobres debajo de una teja, y pasando las de Caín, por la noche pudo escapar para contarlo.

A las nueve de la mañana, los milicianos llamaron a la puerta de la Sra Jaques con grandes gritos y golpes de culatas de fusil buscando a los Misioneros. Para dar tiempo a que se escondieran, la dueña contestaba que no abría porque tenía miedo. Cuando se dio cuenta de que los Padres ya no estaban en la habitación, abrió. Al entrar los milicianos la Señora les dijo que los Padres se habían ido por la otra puerta, y se fueron. Entonces los Padres subieron al piso segundo, casa de Dª Rosa Puig, donde todos de rodillas recibieron la bendición del P. Codina y subieron a la buhardilla. Pero los milicianos, habiéndoles dicho la gente que estaba en la calle, que por allí no habían salido los frailes, subieron de nuevo enfurecidos a hacer otro registro y fueron a la buhardilla, donde apresaron a todos los Padres, haciéndoles bajar las escaleras entre voces, gritos y empellones. Hicieron dos grupos. A los PP. Codina y Busquet los llevaron de nuevo al piso y preguntaron a la Señora si habían estado allí y a continuación al palacio de la Generalidad, donde funcionaba el Gobierno Rojo, y los demás fueron llevados directamente a la cárcel. Al Consultor Primero, P. Busquet, considerado inofensivo por su mucha edad  y bastante ceguera y evidentes achaques, lo dejaron libre y se acogió al último refugio de donde había salido.

El H. Grau el día 20 de julio se refugió en casa amiga y allí le detuvieron el 24 de ese mes y estuvo en la cárcel 6 meses por ser religioso, sin ser juzgado. Salió de la cárcel, al parecer, por intervención de un hermano suyo ante el Tribunal Popular de Barcelona. Un testigo excepcional para describir la vida de los mártires en la cárcel.

Los avatares de la revolución llevaron allá en fechas posteriores a varios Misioneros procedentes de otras casas, como el estudiante Marcelino Bertolín, de Selva del Campo; al H. Ángel Dolcet, de Vich, y al H. Hermenegildo Clotas, de Cervera.

 

Vida en la cárcel

La cárcel de Lérida tenía capacidad para 100, todo lo más 150 reclusos, y por aquellos días albergaba a 650 con todas las incomodidades que se pueden imaginar. Ni qué decir tiene que los milicianos también se encargaban de aumentar los sufrimientos de los recluidos con amenazas e incluso agresiones físicas, pinchándoles con las bayonetas. Después de la cena se cerraban las celdas y no se abrían ni para las necesidades fisiológicas más elementales. Pero con la noche se acentuaba también la piedad y los rezos, y muchos que habían llevado una vida cristiana de rutina descubrieron entonces la misericordia de Dios.

El departamento n. 7, sobre todo, llamado por los presos antesala de la muerte, porque en él estaban los condenados a la pena capital, constituyó en aquella cárcel un verdadero milagro: las estaciones del Via Crucis, pintadas como pudieron, cubrían sus paredes, que iluminaron y dieron fuerza a tantas personas los últimos días de su vida. En esa celda se pasaban el día rezando sin que les preocupara nada de la tierra. Según el oficial de prisiones D. Marcelino Sallán allí se cantaba y rezaba a todas las horas. Enpezaban a las 7 de la mañana con el Santo  Rosario y Comunión espiritual, a las 11 Santo Rosario y aceptación de la muerte; a las 12 Angelus y la Comunión espiritual; a las 3 Santo Rosario y aceptación de la muerte; a las 5 Oraciones y jaculatorias, Via Crucis, y novena del Padre Pignatelli; a las 6,30 Trisagio y Acto de contrición; a las 8 Santo Rosario, Comunión espiritual y aceptación de la muerte. Al oficial de prisiones muchos presos le confiaron sus pequeños escritos.

[1] Carta a sus padres, 1 de marzo de 1936.

[2] Ascendió a consultor 1º tras la marcha a Narbona del P. José Vilella, consultor 1º, porque con los acontecimientos no había dado tiempo.

[3] Carta a sus padres, 1 de marzo de 1936.