Ramón Rius Camps

Nació el 26 de enero de 1913 en Santa Fe (Lérida)

Profesó el 15 de agosto de 1929

Fusilado el 2 de septiembre de 1936 en Cervera (Lérida)

 

En el pueblo de Santa Fe, al parecer del municipio de Olujas de la provincia de Lérida y diócesis de Solsona, nació Ramón el 26 de enero de 1913, hijo de D. Jaime Rius, labrador, y Dª. Josefa Camps. Su bautismo tuvo lugar el día 2 de febrero de ese año, en la parroquia de San Pedro Apóstol.

Era el único hijo varón de una familia rica y además el heredero. Tenía cuatro hermanas, dos de ellas religiosas Carmelitas de San José, y él ocupaba el penúltimo lugar.

Con quince años cumplidos fue al noviciado claretiano de Vic, donde tomó el hábito el 14 de agosto de 1928 e hizo el noviciado con el experimentado maestro P. Ramón Ribera en la categoría de Hermano coadjutor iniciándose en el oficio de zapatero, que aprendió pronto y bien.  Terminado el año de prueba emitió la profesión el día 15 de agosto de 1929 junto con otros 24 compañeros, la mitad de los cuales fueron martirizados en Barbastro y Cervera.

Después de la profesión fue destinado a la comunidad de Cervera para desempeñar el oficio de zapatero.

Era hombre de carácter y genio irascible, pero dominado, piadoso, trabajador y dócil.

El día 21 de julio de 1936 por orden de la autoridad civil la comunidad claretiana tuvo que abandonar el edificio de la ex universidad, su residencia. El Hermano Román al parecer salió en bicicleta acompañado por un familiar comunista o anarquista[1] y marchó a su pueblo natal, Santa Fe, distante unos ocho kilómetros de Cervera.

Se refugió en la casa paterna, llamada el Castell, pues era un castillo, donde encontró a su hermana M. Monserrat, religiosa, que por enfermedad estaba curándose y estaba acompañada por otra religiosa. Los primeros días estuvo en casa de una hermana casada hasta el 2 o 3 de agosto, en que volvió a la casa paterna. Durante este tiempo fue a Cervera para tener noticias de los Superiores y compañeros y volvió muy afligido por los acontecimientos. Por aquellos días llegaron otros misioneros a la casa del H. Rius buscando refugio. El día lo pasaban en la huerta y a la hora de comer entraban y hacían vida de comunidad. A finales de julio llegó la otra hermana religiosa con otras dos compañeras escapadas de Barcelona. En total cinco religiosas y otros tantos religiosos. El peligro de un registro era grande y convenía una distribución. Las religiosas quedaron en casa y el H. Ramón y dos compañeros  fueron a la masía de su hermana Filomena. Pero esta no era segura porque en la zona había más religiosos escondidos y hubo amenaza de registro, de modo que todos se dispersaron y el H. Ramón volvió a la casa paterna.

Pronto tuvo noticia de que varios compañeros de comunidad habían sido fusilados, lo cual le laceró el corazón. Quería saber el paradero de sus Superiores y hermanos para ir a vivir en su compañía. A este fin hizo las pesquisas necesarias por aquella zona, pero en aquellas circunstancias todo era recelo y nadie descubría nada. Entonces se volvió definitivamente a su casa, diciendo:

Ya no me queda otro recurso que quedarme en casa, pues no puedo indagar de ningún Superior y de ninguno de mis Hermanos.

Desde entonces se quedó en casa con su madre y sus hermanas Religiosas ayudando en todo y obediente como un niño. Las cinco religiosas hacían vida de comunidad y tuvieron ocasión de admirar las virtudes del H. Ramón. Era muy reservado y modesto. Él mismo se arreglaba todas las cosas. Muchas veces le invitaban sus hermanas a que se quedara con ellas en el comedor. Como la vocación les había tenido separados siempre, querían tenerle ahora a su lado. De pronto obedecía, pero a los pocos minutos buscaba excusas y se retiraba. Un día se lo dijeron y él les contestó:

No lo toméis a mal, estoy acostumbrado desde pequeño en el Colegio de los Padres a no estar nunca con mujeres y no me quiero acostumbrar.

Aunque procuraban que la conversación fuera sobre cosas espirituales, no tuvieron el gozo de tener una larga conversación con él.

Su mejor distracción era ayudar a su madre en las tareas domésticas. En un principio iba bien arreglado y peinado, pero una persona le aconsejó que se vistiera de payés. Trabajaba mucho, pero como no estaba acostumbrado, enseguida le salieron ampollas en las manos de coger el azadón.

Un día se presentaron en el pueblo unos comunistas con coches. Corrió la voz que iban a registrar las casas para encontrar al fraile y el H. Ramón escapó al pinar llamado Cal Sila. Se subió a un pino muy alto y allí estuvo varias horas.  Cuando marchaban los comunistas, el foco de uno de los coches iluminó la copa del pino donde estaba el Hermano. Este creyó que le habían descubierto y le entró pavor, y aceleró la bajada para escapar, pero midió mal la distancia y se tiró quedando maltrecho sin poderse mover. Los comunistas, que nada habían barruntado, pasaron de largo camino de Cervera. El Hermano, aunque con muchos apuros, pudo volver a casa.

Nada dijo de lo ocurrido. Al día siguiente, viéndole en dificultad, sus hermanas quisieron curarle y no lo consintió. Entonces le preguntaron y contó todo y el miedo que tenía a los comunistas.

Luego ayudaba a su hermana Filomena en los quehaceres de la trilla. Trabajaba allí un criado muy rojo, quien se propuso pervertir al Hermano. Los de casa no querían que estuviera con ese criado, pero él respondió:

No temáis que Dios me ayuda. Si tuviese que hacer caso de lo que ese desgraciado dice, estaría bien arreglado. Pretende pervertirme y que siga sus tontas lecciones, pero yo nada le contesto; cuando me apura le digo: ¡Bueno!.

Se lamentaba de la ceguera de los rojos y de ver que con sus falsas doctrinas seducían a las juventudes, mientras se manifestaba muy agradecido a los Superiores por la formación que le habían dado en el santo temor de Dios. Por otra parte estaba cansado de la Revolución y sólo pensaba reunirse con los demás religiosos en la ex universidad.

Con quien mejor se encontraba era con su madre. Un día fue con ella a recoger leña al bosque que da a la carretera de S. Ramón a Santa Fe. Pronto les llamó la atención el gran número de coches con comunistas que por allí pasó. Entonces dijo la madre:

Si te encontrases en medio de comunistas y quisieran hacerte renegar de la Religión y de Dios, de ninguna de las  maneras lo habrías de hacer, prefiriendo el martirio mil veces; pues en algunas ocasiones, dice, haber pasado  que, después de hacerles apostatar también los han matado, y en vez de ganar la corona del martirio, han ganado el infierno.

Contestó Ramón:

Os aseguro, madre, que si eso sucediera, prefiero la muerte.

Otro día le pregunto su hermana, Sor Montserrat, si tenía algún libro con qué hacer la lectura espiritual, pensando que no había podido sacar ninguno. Metió la mano en el bolsillo y sacó la Imitación de Cristo, o sea el Kempis, diciendo:

Este es mi compañero a quien no dejo nunca. Al azar lo abro y me dice siempre lo que necesito.

También le preguntó si tenía libro para hacer la meditación y le respondió:

Bastante podemos meditar en estos días, aunque sea sin libros.

Le ofreció uno titulado Vida íntima con Jesús, que él aceptó agradecido y se lo llevó a su habitación. Le gustó mucho el libro.

Se mortificaba mucho en las comidas, no tomaba vino ni licor casero aunque se lo pidiera su madre. Para el día de San Ramón, 31 de agosto, su madre quiso celebrar el onomástico de Ramón y mató el pollo más grande del corral, preparando buena comida. Ramón no lo probó por más que se lo ponían en el plato. Él les dijo:

No os canséis, que no lo tomaré.

          Entonces le preguntaron el motivo y respondió:

No me tentéis; es que en nuestra Congregación no nos está permitido tomar carne de pluma, ni licores, a no ser en caso de enfermedad; y yo quiero continuar guardando nuestra costumbre. Además esto no es ninguna necesidad y puedo pasar muy bien sin ello.

Él seguía afligido por las noticias que le llegaban sobre la suerte de sus compañeros. Su buena madre y hermanas le aconsejaban que no se afligiera tanto y para distraerle le hablaban de que acabaría la  Revolución, que le verían vestido de religioso y harían fiesta. Él interrumpió dando un hondo suspiro:

Dios sabe lo que pasará antes. Todavía no podemos decir nada. ¡Bueno! ¡Bueno! Dejémoslo correr. No pasará más que lo que Dios quiera.

El día 1 de septiembre por la tarde hubo presentimientos de tragedia. Las  religiosas estaban en el huerto en sus quehaceres mientras una hacía lectura espiritual para todas. Llegó Ramón y la repitieron y comentaron que quién de ellos iría primero al cielo e hicieron mención de unas hogueras y la quema de las víctimas, entre ellas un párroco llevado al martirio. Entonces Ramón dijo:

Animémonos, sólo pasará lo que Dios quiera. No hablemos de esto, que pondría triste. Bastante que me lo pienso. Ganaremos más con ir a casa ya, y podremos rezar el Rosario con la madre.

Así hicieron. Cenaron y después de poca conversación se despidieron:

Santa noche nos dé Dios. Hasta mañana, si Dios quiere.

Detención.

Día 2 de septiembre. A eso de las dos de la madrugada todos los de casa se despertaron a causa de unos golpes en la puerta. Eran catorce comunistas que a voz en grito pedían que les abrieran la puerta para hacer un registro. Teresa, la hermana menor, se asomó a la ventana y, viendo que forzaban la puerta, bajó a abrir, pero avisó a Ramón para que se escondiera en los muchos escondrijos del castillo, pero él dijo que no. Se vistió, fue donde su madre y le dijo:

¿Qué tengo que hacer?

La madre le exhortó:

Hijo mío, seas valiente. Piensa que la muerte es un cambio de vida. Aunque hubieses de morir, seas valiente en la fe.

Madre, no tengáis miedo, respondió él.

Estas palabras le dieron un valor tan grande que de miedoso y cobarde, que era, se presentó con toda valentía a los comunistas.

Cuando los de casa llegaron a la sala se encontraron con cuatro forajidos bien armados. Los demás habían quedado fuera vigilando para que nadie pudiera escaparse.

Al llegar el H. Ramón los rojos se pusieron en medio de la sala y le rodearon, apuntándole con las armas y le sometieron al interrogatorio típico. El Hermano con los brazos cruzados ante el pecho, los ojos bajos y un porte grave, manifestaba una serenidad que contrastaba con el miedo que antes había manifestado tener a los comunistas. Estos le miraron las manos para ver si había trabajado mucho y comprobar que era fraile. Por ser religioso le buscaban, ¡claro!

Cuando le preguntaron por los Superiores y Hermanos de comunidad, calló. Sólo respondió a las preguntas que se referían a su persona, con modestia y mesura, como su edad, quién le engañó para ir al convento, etc. El Hermano respondió:

Nadie me engañó y nadie me forzó a entrar, sino que entré yo por mi propia voluntad, y como todos me trataban muy bien, allí me quedé.

Acabado el interrogatorio quisieron ir a su habitación a hacer el registro y él se prestó a acompañarlos, echando la mano al hombro del jefecillo en señal de amistad. Lo registraron todo haciendo ver que buscaban armas y frailes, y como no encontraron nada volvieron blasfemando y con amenazas e indicaron que se llevarían al Hermano para una declaración ante el Comité de Cervera. Entonces las hermanas quisieron defenderlo y el Hermano para salir de aquella situación tan embarazosa dijo:

¡Bueno, vamos!

Intervino la madre, que se temía lo peor, y para ganar tiempo puso el pretexto de preparar algo de desayuno. Pero intervino el hijo diciendo:

No lo haga, que no será necesario.

Ella firme en su idea pretendió estorbar la salida, pero los comunistas la amenazaron con las armas diciendo que se llevarían también a las monjas a coser para el frente. Las hermanas se fueron a la escalera para ir con su hermano pero unos milicianos de fuera  atravesaron el fusil en la escalera diciendo:

Que pase solamente el fraile. A los demás ya los vendremos a buscar.

El Hermano estaba muy sereno y apenas se despidió con un ¡Adiós!.

Abajo en la carretera estaban los coches que les esperaban y a los pocos minutos se marcharon todos. Unas dos horas había durado la escena.

En casa se quedaron todas aterradas. Después de recobrarse un poco decidieron que la madre y la hermana menor fueran detrás siguiendo la pista. Así lo hicieron con toda decisión y energía y tomaron el camino de Cervera. Las demás se quedaron en casa rezando.

Entre los comunistas se encontraba un tal Ramón Ferrer, de Santa Fe, que lo denunció. Al llegar al cementerio, los milicianos le dijeron a Ramón Ferrer:

Ya que tú lo has denunciado, tú lo matarás.

Así, al Hermano Ramón lo fusiló el otro Ramón Ferrer, que le hizo sufrir mucho porque el pulso le temblaba y no acertaba a rematarlo. Así de pronto lo mataron en el cementerio de Cervera ese mismo día 2 de septiembre de 1936 y allí lo enterraron.

[1] Casado con una prima suya.