Miguel Rovira Font

Nació el 22 de mayo de 1863 en Vich (Barcelona)

Profesó el 2 de abril de 1881

Fusilado el 18 de octubre de 1936 en Cervera (Lérida)

 

El H. Miguel de los Santos Rovira nació en la levítica ciudad de Vich, cuna de la Congregación claretiana, el día 22 de mayo de 1863, hijo de D. Miguel de los Santos Rovira y Dª. Filomena Font, que fallecieron pronto, siendo tomado en familia por unos tíos, a los que consideraba sus segundos padres. Pocos días después de su nacimiento recibió el bautismo.

Antes de entrar en la Congregación estuvo trabajando en una tejera como ladrillero.

Su ingreso en la Congregación tuvo lugar el 15 de mayo de 1880 en la casa de Vich, donde hizo el noviciado y emitió la profesión el día 2 de abril de 1881.

En agosto de ese mismo año fue destinado a la casa de Solsona, donde desempeñó el cargo de zapatero. El 30 de mayo de 1885 fue enviado a La Selva del Campo desempeñando varios cargos como sastre y albañil. Al poco tiempo pasó a la casa de Lérida con el cargo de zapatero. Poco más tarde su destino era Barbastro como ayudante, pintor, albañil y zapatero. En 1905 su residencia era la comunidad de Gracia, Barcelona. Al ser destruida la casa durante la Semana trágica de 1909 fue a parar a Sabadell. Después volvió a la casa de Gracia. Estando en esta casa se le acentuó la devoción y con toda ingenuidad escribió al P. Felipe Maroto para que le procurara dos reliquias, una de San José, esposo de María, «pedacito de manto o vestido o sepulcro etc.», para un primo suyo llamado José, y otra de San Miguel de los Santos, «hueso si puede ser», para él mismo. Al año siguiente, 1921, hizo otra petición del mismo género, una reliquia de la Santísima Virgen, para un sobrino suyo.

El año 1922 fue enviado al colegio postulantado de Alagón (Zaragoza) al principio como encargado del ajuar y ayudante del sastre y después como refitolero porque su salud no le permitía otra cosa. Desde hacía años venía con problemas en la vista. Había consultado a varios médicos, que discrepaban en el diagnóstico, pero en 1924 ya se le formaban cataratas. Lo aceptó con buen espíritu, como demuestra en su carta al P. Maroto: «no hay otro remedio que cargarse de paciencia y sufrir esta contrariedad por Dios». Así lo confirma la respuesta que daba cuando le decían: «- Hermano, ¿por qué no se hace la operación de las cataratas? – Ya se las comerán los gusanos…»[1]. Luego le sobrevino una afección pulmonar que le duró bastante tiempo y tuvo su ángel de la guarda en el H. Ciriaco García, para el cual como agradecimiento quiso regalarle una reliquia de su santo patrono, mártir en Nicomedia, y, ni corto ni perezoso, volvió a escribir al P. Maroto con dicho encargo. Así siguió hasta el 1932 en que fue destinado a Cervera como anciano achacoso sin especial oficio pues estaba prácticamente imposibilitado.

Era hombre de buena conducta y cualidades para el trabajo, aunque de carácter era un poco colérico, de mucho y mal genio. Por ello en un informe se decía que vale para todo, o para casi nada.

El día 21 de julio de 1936 se vio obligado a abandonar la casa residencia de la comunidad por orden de la autoridad civil. En consideración de su maltrecha salud fue llevado al hospital de la ciudad con otros varios misioneros. Allí estuvo recluido haciendo vida de comunidad dedicada a la oración y preparación para el martirio que le llegó en la noche del 18 de octubre de 1936 en que fue llevado al cementerio donde murió fusilado mientras gritaba ¡Viva Cristo Rey!.

[1] Pastor Redondo, J., Recuerdos de nuestros mártires de Cervera, p. 22, APC 4 2 1102.