Jaime Girón Puigmitjá

Giron Jaume

Nació el 11 de octubre de 1887 en San Cristóbal las Fonts (Gerona)

Profesó el 21 de noviembre de 1916

Sacerdote 15 de marzo de 1919

Fusilado el 5 de septiembre de 1936 en Castellfollit de Riubregós (Barcelona)

 

El P. Jaime Girón, como se ha dicho antes, era el superior de la numerosa comunidad de Cervera el día de su obligada dispersión 21 de julio de 1936.

El P. Girón[1] nació en San Cristóbal las Fonts-Olot, provincia y diócesis de Gerona, el 11 de octubre de 1887 y fue bautizado al día siguiente de su nacimiento. En Alagón el 17 de septiembre de 1917 recibió la confirmación sub conditione de manos del Exc.mo Juan Soldevila, Arzobispo de Zaragoza.

Sus padres fueron Dª Francisca Puigmitjá y D. Pedro Girón, jornalero al servicio de colonos. Por ello se trasladaron pronto a San Pedro de las Presas, donde nacieron los tres hijos. Su hogar fue modesto y a los diez años fue al Mas Soler de su padrino Juan Puig. Y empezó a pastorear el ganado por aquellos montes y surgió la vocación sacerdotal. Se interesó el párroco que habló con el padrino para que le ayudaran. Entonces comenzó a estudiar las primeras letras con un maestro rural, que de tanto en tanto le daba alguna lección y demostró su gran inteligencia, pues prácticamente aprendió por sí solo. Cuando tenía un rato libre, lo empleaba para estudiar. Ello le llevó a decir a su biógrafo: «Hay ciertas cosas que no se subsanan. Y creemos que el buen Padre conservó siempre algo de su rudeza nativa y cierto menosprecio por la retórica y la diplomacia»[2].

A finales del siglo XIX su familia se trasladó a Olot, su madre murió en 1899 y su padre casó de nuevo en 1901  con viuda con varios hijos,  y allí se les unió Jaime en 1902.

 

En el seminario del Collell

El párroco D. Esteban Ferrer le encaminó hacia el Collell, seminario menor donde se estudiaban Humanidades, Filosofía y algunos, con permiso del Ordinario diocesano,  Teología. Estaba alejado de los pueblos y las masías diseminadas. Había dos tipos de seminaristas, internos y externos. El seminarista externo debía buscar una familia que lo acogiera a cambio de prestar servicios como enseñar a los niños de la casa, llevar el agua, la leña y otras cosas. La jornada era dura. Había que levantarse temprano, recorrer un buen número de kilómetros para ir al seminario y volver por la tarde y atender todas las tareas. En un capazo terciado al hombro con una correa llevaban el escaso condumio y el libro en la mano aprendiendo la lección.

Jaime estuvo de seminarista externo durante seis años y dos como ayo en   teología. Primero en la masía Pinsach, a cinco kilómetros del Collell entre montañas y siempre a pie y por caminos y senderos. En 1904 pasó a casa Planaferrana de San Miguel de Campomajor, también a la misma distancia que la anterior del colegio. Obtuvo el meritissimus maior en todas las asignaturas. Antes de incorporarse a filas sufrió un examen general anticipado de filosofía.

En 1909 tuvo que incorporarse a filas. En Marruecos, la guerra del Rif, en campaña. Los jefes militares le hicieron ofertas tentadoras para que se quedara en el ejército.

En 1912-1913 estaba adscrito al seminario de Gerona como estudiante de teología, pero residente en San Gregorio a unos kilómetros. Los cursos 1913-1915 estudió teología ejerciendo de ayo en el Collell, debiendo hacer los exámenes forzosamente en Gerona. Todos los veranos de 1912 a 1915 los pasó en casa Fábrega.

 

Noviciado y profesión

Hacía años que se sentía atraído por la vida religiosa y misionera, cuando escuchó una conferencia en 1912 al P. José Puig, antiguo misionero en México y mártir en Sallent. Si no entró antes fue porque le habían dicho que no podría ayudar a su familia, pero en esos tiempos la situación era distinta. De la Congregación le atraía  la sencillez, la humildad, la austeridad y la pobreza, es decir su abnegación interior y exterior.

Pasó el verano con sus amigos Fábrega en San Feliu  de Pallarols y fue a Olot a despedirse de su padre y familiares. En el mes de septiembre de 1915 llegó al noviciado claretiano de Cervera, con veintiocho años.

Tomó el hábito el 20 de noviembre de ese año. La adaptación al reglamento minucioso del noviciado, para él que venía de ambientes más abiertos, resultó algo complicada, pero estaba hecho al sacrificio y se adaptó con humildad y sencillez a las costumbres. La diferencia de edad con la mayoría de los novicios se hacía notar incluso en la piedad, ya que Jaime no tenía fervores sensibles como los jóvenes sino más reflexivos. Decía que la santidad es un asunto de lógica. Manifestaba gran admiración por el P. Xifré, cuyos escritos leía con asiduidad. Demostró un gran conocimiento de la Congregación, de sus cosas y de sus individuos. Admiraba mucho a nuestros padres antiguos, su santidad, su espíritu misionero y su devoción al Corazón de María, su abnegación, sencillez y humildad.  Los informes del maestro, P. Ramón Ribera, ponen de relieve su docilidad, humildad, disponibilidad y grande talento especulativo y práctico, pero también le critica la falta de serenidad, su timidez, su afición a la lectura y ser hablador e, incluso, le dio aviso por ser aferrado a su parecer y jugar poco. Estas últimas parecen ser fruto de las observaciones de sus compañeros jovencitos.

Finalizado el año de prueba, emitió la profesión el 21 de noviembre de 1916, fiesta de la presentación de la Santísima Virgen María. Siguió en Cervera como segundo auxiliar del maestro y al tiempo realizó estudios de teología.

El 11 de septiembre de 1917 pasó a Alagón (Zaragoza) para cursar lo teología moral y los días 21 y 22 de diciembre de ese año, en Zaragoza, recibió la primera tonsura y las cuatro órdenes menores de manos del Exc.mo Juan Soldevila, Arzobispo de Zaragoza. Acabado el curso, en julio de 1918 volvió a Cervera como profesor de Lógica. Hizo la profesión perpetua el día 15 de septiembre de ese año con permiso de la Santa Sede. Una semana después, el 21, recibió el subdiaconado y el 21 de diciembre de ese año el diaconado, ambos en Lérida de manos del Exc.mo José Miralles, Obispo de Lérida. Este mismo Obispo, en el palacio episcopal, le confirió el presbiterado el 15 de marzo de 1919.

 

Prefecto de postulantes y de teólogos

Terminado el curso en Cervera, fue enviado a Vich con el cargo de prefecto de postulantes el 15 de junio de 1919. Estuvo seis años en el cargo, hasta junio de 1925. Durante esta época aprovechó la biblioteca de la casa para profundizar sus estudios de teología, ascética, mística y la  vida de los santos. Sus conferencias a los postulantes eran sólidas y amenísimas, esperadas y comentadas. Se servía de los cargos internos como un elemento formador y educativo. Como valoración de su actuación es suficiente el siguiente juicio del P. Cirilo Montaner, superior local y mártir en Barcelona: «… sobre esta Bendita casa de algún tiempo a esta parte se nota mucho fervor, no sólo en el Colegio, que no me da sino motivos de alegría, sino entre los Hermanos y bastantes Padres y el instrumento de que se vale Nuestro Señor y nuestra divina Madre es el bendito P. Girón que a todo correr se nos hace un santo»[3].

Desde Vic pasó a Cervera como prefecto de teólogos en 1925, permaneciendo en el cargo hasta el verano de 1927. Aceptó el cargo por obediencia ya que otros rechazaron el nombramiento. El P. Girón soñaba con ser misionero de infieles. Así le escribió al Rev.mo P. General el 15 de agosto de 1926:

«Desde mi primera juventud he sentido siempre un gran atractivo por las misiones de infieles y por los ministerios sacerdotales entre gente sencilla, del pueblo. Llevado de estos ideales emprendí la carrera eclesiástica a los 15 años…

Durante mi noviciado expuse repetidas veces mis deseos de ir a Misiones. Terminados los cursos de Moral no fui a Aranda sino a Cervera para enseñar Lógica. Un año después y a los tres meses de ordenado de Presbítero me nombraron Prefecto de Postulantes, …

Durante este tiempo no he podido quitarme del pensamiento el deseo de ir a cualquiera de las repúblicas de América para trabajar entre la gente sencilla, ya que no veía medio de ir a otros países de infieles… Y si bien he procurado cumplir con mi cargo e instruirme para ello cuanto me ha sido posible …

En vista de todo esto he resuelto manifestarme a V. Rma. Y suplicarle si le parece bien, me envíe a cualquiera de aquellas repúblicas, en las que me parece que podría trabajar de una manera más acomodada a mis íntimos deseos, a mis aptitudes y a toda mi manera de ser, que se aviene muy bien con la gente sencilla del pueblo.

Permítame Rmo P. que le diga que desde los 10 años hasta los 28, en que ingresé en nuestro Instituto, hube de ganarme el sustento y la carrera con el trabajo personal y que he servido de soldado raso tres años en las campañas de Marruecos.

Sé un poco lo que es sufrir, no me hago ilusiones y en China o América sé que me esperan sufrimientos y no deseo librarme de ellos».

Él no seguía un método paternal, como otros formadores. Atendía a lo fundamental, corregía los defectos básicos del carácter; suscitaba constante espíritu de reflexión; ponía orden en las cabezas y solidez en las convicciones; quería que se sintiese profundamente la responsabilidad personal; forjaba voluntades bien templadas; nunca hablaba de ideales vagos o abstracciones, sino de cosas reales y concretas.  Se esforzó en dar una formación seria y robusta, ajena a toda sensiblería. Aborrecía a los santurrones y a los de mística parda. Un punto central de la formación eran sus conferencias, generalmente centradas sobre las Santas constituciones, comentarios vivos, llenos de doctrina y de experiencia, con frecuentes llamadas al espíritu e historia de la Congregación y a la realidad de la vida.

 

Superior de Vich y director de ejercicios espirituales

Al salir de Cervera en el verano de 1927 fue a la casa de Barcelona para dedicarse a dar ejercicios espirituales, especialmente a seglares. Enseguida le encargaron 11 tandas, largas. Luego, por indicación del P. Provincial, recorrió varios centros de jesuitas, paúles, verbo divino… tanto de España como de Francia, Alemania e Italia para comprobar la organización de los ejercicios. Acabado este periplo fue enviado a Vich en 1928, donde estaba el centro de ejercicios, y en agosto de ese año fue nombrado Superior.

Aquí fundó la Asociación de Madres Cristianas, foco de santificación del hogar. La iglesia resultaba pequeña para tanta gente como acudía y alguna vez tuvieron que celebrar las conferencias en la catedral. Era un maestro en los ejercicios a los seglares, en perfecto retiro, tanto que el P. Orra,  Secretario provincial, escribió (21-III-1930) al gobierno general proponiéndole como Consultor provincial en lugar del P. Mariano Fernández, llamado al gobierno general, pues podría compaginar  las tareas de la «dirección de la importante y  floreciente obra de los Ejercicios espirituales … siendo el alma y en la que hoy por hoy no hay ninguno de la Provincia que esté en condiciones de substituirle (como Director de la misma)…».

También tuvo muchas actuaciones de carácter social. Se ocupó de la construcción de la nueva casa para el noviciado y de los ejercitantes. Cuando se construía el noviciado se mostró como un profeta en 1929. Así lo refiere el contratista de Vich, Sr. Casas:

«El P. Girón tenía clavada en la cabeza la tesis de que el capitalista no se portaba como debía con el obrero. Sentía vivamente la cuestión social y previó claramente la catástrofe. De ordinario la conversaciones con seglares y particularmente con los obreros versaban sobre el tema social. Cuántas veces había dicho, mientras se construía el Noviciado allá por el año 1929: “Esto se convertirá en unas escuelas, en un sindicato o centro comunista, quizá en una sala de baile; yo no le veré porque me matarán; pero tú si que lo verás. Tal vez ni me quieran enterrar y me dejen en la calle; vosotros tendréis que oir Misa ocultamente. Vuestros hijos no recibirán instrucción religiosa. ¡Cuánta mortandad de sacerdotes! También entre vosotros habrá víctimas!

Durante la guerra, cuántas veces decíamos: ¡Cuánta razón tenía el P. Girón! ¡Ha sucedido como tantas veces lo había predicho!»[4].

En noviembre de 1930 tuvo una afección de muelas. Llevado por su espíritu de pobreza quiso que le interviniera el H. Font, con tan mala fortuna que ese mismo día se le hinchó la cara y tuvo una grave afección cardiaca. Desde entonces quedó hinchado y pesado de piernas, él que era enjuto. Todo lo sobrellevó con notable conformidad. A propósito de esto, Ausetania, publicación de Vich, informaba: «Desde la semana pasada se encuentra en la Casa Misión de Gracia, sujeto a determinado régimen curativo el R. P. Jaime Girón, … tan admirado y querido en esta tierra por sus elevadas cualidades de virtud, ciencia y actividad, acreditadas en el breve tiempo de residencia entre nosotros».

 

Solsona 1931 y Barcelona 1932

En agosto de 1931 fue enviado por los Superiores a Solsona con el cargo de Consultor 1º. Su actividad siguió siendo la dirección de ejercicios espirituales, conferencias a diversas clases de personas y trabajo en el Seminario conciliar. Al año siguiente se encontraba en Barcelona como Consultor 2º pero continuando su gran actividad como director de ejercicios en varias ciudades, predicador, conferenciante, confesor, director espiritual y miembro de comisiones de gobierno. Su oratoria no seguía las fórmulas tradicionales, ni empaque declamatorio ni forma literaria. Su lenguaje trataba de acomodarse a sus oyentes, poco preparados y con reducidas posibilidades de atención. Tenía un enorme poder de persuasión. Él trataba de convencer, iba derechamente al fondo de la cuestión sin artificios.

Otra materia que le ocupó bastante fueron los temas sociales a pesar de las limitaciones que imponía el estado religioso. Lo llevaba en la sangre. En este campo desarrolló bastantes semanas sociales, conferencias y consejos. En Solsona fue el primer propagandista de cuestiones sociales. Las conferencias que dió en 1932 en Vic en la iglesia de la Merced fueron de un resonante éxito, del cual se hizo eco la prensa local. Otro tanto las organizadas por la Comisión de Cultura de Unión de Dependientes de la Acción Popular en febrero de 1933, de las cuales se hizo eco el diario El Matí.

El ilustre canónigo de Solsona, Dr. Antonio Llorens ha referido que en sus conversaciones con el P. Girón en 1934, este hablaba de la revolución como de un volcán próximo a estallar y que para ello se basaba en la cantidad de mala propaganda que profusamente circulaba y además se creía víctima de los enemigos de la Iglesia. Y añadía: «Cada día ruego en el memento de la santa Misa por el que ha de ser mi verdugo»[5].

Como reconocimiento a sus méritos fue elegido plebiscitariamente delegado de la provincia al capítulo general de 1934.

 

Cervera 1934-1936

En el año 1934 fue nombrado superior de Cervera y a los dos meses escasos se encontró con los sucesos del 6 de octubre, la revolución de Asturias y el levantamiento separatista por parte de la Generalidad de Cataluña.

Al mes siguiente, día 10, escribió al P. Larraona su opinión:

«¿Qué piensan por ahí de España? Por el Debate podrán ver… ¡Quieran Dios y nuestra Madre salvarnos pues estamos mal, la gente no tiene fe, y con la cabeza llena de ideas destructoras y el corazón lleno de odio!

En aquellas circunstancias aceptar el cargo de Superior era poco menos que un acto heroico. El P. Girón dedicó casi exclusivamente su preocupación a la comunidad, para ello restringió y suprimió las predicaciones fuera de la ciudad a pesar de que era muy requerida su actuación e, incluso, limitó también su presencia en la misma ciudad de Cervera. No acostumbraba a leer las cartas familiares y  a veces las entregaba sin abrir por natural nobleza y señal de confianza.

Dedicó especial atención al Mas Claret dando las disposiciones necesarias para guardar la observancia de las Constituciones y tomó las medidas convenientes y oportunas para aliviar y mejorar el trabajo y rendimiento de los Hermanos introduciendo sistemas modernos de explotación.

 

Cualidades. Sus cualidades sobresalientes eran la humildad, hasta en el modo de vestir, la bondad de corazón, su conducta ejemplar y sólida piedad. Demostró siempre sincera vocación, gran aprovechamiento y mucho sacrificio. Era un verdadero espejo de seminaristas y un religioso ejemplar. Tenía especial don de gentes y era enemigo de formulismos. Profundo amor a la verdad y a la sinceridad. Era enemigo de equívocos y ambigüedades.

 

Los cambios políticos y la revolución

Afirma su biógrafo que «el P. Girón fue digno de llevar las más altas responsabilidades; comprendió con claridad todo el alcance de la situación mucho antes de producirse, hizo cuanto estuvo en su mando para conjurarla. Esta fue su gloria y al propio tiempo su tragedia, al comprobar la inutilidad de sus esfuerzos»[6] .

Así lo demuestran los hechos y sus escritos. El gobierno de una comunidad tan numerosa y con tantas actividades bastante diferentes creó al P. Girón no pocos problemas, tantos que el 28 de agosto de 1935, poco después de un año, escribía al P. Ramón Ribera: «Vine a este Colegio con alguna ilusión de hacer algo, pero no estamos en los tiempos de los MM. RR. PP. Fernández y Soteras. Me siento completamente fracasado y no espero terminar aquí el trienio, D.M.». El 21 de noviembre de 1935, en carta al P. Ramón Ribera, a propósito de la intención de vender una zona pedregosa del Mas Claret, puntualizaba:

«que el horizonte de España es muy inseguro y cuanto menos se pierda mejor si llega el caso, además es opinión general ya en la Provincia que esta Casa de Cervera ya no interesa y perjudica la marcha de la misma con sus enormes gastos de todo género que aumentan de día en día al inutilizarse el inmueble y muchas de sus instalaciones y el Mas sin Cervera no tiene objeto y ventaja alguna económica, ni de otra clase».

Ya el 25 de febrero de 1936, en carta al Gobierno Provincial, precisó en nombre del gobierno local de Cervera «que en las presentes circunstancias juzga conveniente vender definitivamente algunas parcelas del Mas Claret, ya que se pagan bien y corremos peligro de perderlo todo.

… Todo esto antes de los cambios políticos verificados en estos días. Tal vez ya no den tanto.

Que en principio creen conveniente desprenderse de toda la finca buscando otra solución para los enfermos por tener que cultivarla con trabajadores alquilados y por el sesgo que van tomando las cosas y en particular en Cervera».

Ya el 5 de mayo de 1936 tuvo que comparecer en el Ayuntamiento a requerimiento de la autoridad civil y les intimaron la orden de salir del edificio antes del día 10 de ese mes. La situación no mejoraba, si no todo lo contrario. Pocos días más tarde escribió al P. General, lo siguiente:

«ya hace algunos días que se sigue contra nuestro Ayuntamiento, que es de orden, y muy temible es que le destituyan de un día para otro, y luego… Dios dirá. Corren que nos sacarán de casa. Para el año próximo si nos dejan acabar este en paz, no confiamos poder abrir las escuelas».

El 18 de mayo de ese año orientó la excusión de los niños externos a Andorra y  aprovechó la ocasión para buscar una casa, un hotel vacío, donde llevar y alojar a la mayor parte de la comunidad para evitar los peligros que se avecinaban. La venta del Mas Claret había servido para poder dar este paso. «Lamentábase un día de la oposición que encontraba: “Se me ha llegado a decir: Padre, estudie un poco más de Teología”»[7]. Y poco más tarde comentaba:

«La gran calamidad está… en el extraño concepto, falsamente providencialista…,que algunos…,  tienen…

Bajó la cabeza con gesto de resignación forzada, al propio tiempo que añadía refiriéndose a los políticos revolucionarios y sus satélites: “!No los conocen!”. !No los conocen!” »[8].

A pesar de toda resistencia siguió insistiendo en la necesidad de sacar a los estudiantes y llevarlos a Andorra, porque según refiere el H. Juan Rubiró, cocinero, decía: «Estamos en la boca del león, y nadie lo ve». Otro testigo refiere que conversando con el P. Girón el 15 de julio de 1936, algunos calificaban su insistencia como una falta de confianza en la Providencia divina. A los dos días ya no había solución[9].

El P. Girón se preocupaba más de lo sustancial que de lo secundario y decía: ¡Yo no tengo nada que perder!. En su actuación de Superior hubo interferencias de autoridad de las altas esferas. Él, incompatible por temperamento y convicciones con situaciones ambiguas,  presentó la dimisión de su cargo, pero no le fue aceptada. Eso no trascendió a la comunidad[10].

En vísperas del estallido de la revolución, el día 17 de julio, escribió al P. Ramón Ribera para comunicarle la llegada de los documentos pedidos y añadía:

«El Mas está ya inscrito a nombre de D. José Ortega, hermano de nuestro P. Ortega. Con ganas de vender hemos perdido las ocasiones de sacar dinero; avisé pero no tuve la fortuna de ser escuchado. Ahora la gente se retrae y quiere aprovechar nuestras ganas y necesidad de vender».

 

Dispersión de la comunidad y refugios

El día 21 de julio de 1936, al ser expulsada la comunidad de la ex Universidad, acompañados por dos pistoleros se refugió junto con el P. Juan Buxó en la Fonda Barcelonesa. Los dos primeros días celebraron misa en la iglesia de san Agustín, a puerta cerrada, claro está, a la comunidad de Religiosas y novicias del Corazón de María, pero el día 23 fue expulsada la comunidad y la situación se hizo más difícil de modo que una pensión pública no ofrecía garantía. Por este motivo ese mismo día se trasladaron de incógnito al hospital, donde había un grupo de misioneros y también quiso ir a San Ramón a visitar a los refugiados, para lo cual había avisado a un amigo que tenía coche,  pero desistió por lo temerario del viaje. Él quería estar junto a sus súbditos porque ese era el puesto del Superior.

El Administrador del hospital, Enrique Herrera, para salvar al P. Girón le señaló un puesto como enfermero, pero no lo aceptó porque le pareció más oportuno retirarse y vivir completamente escondido en la parte superior con los demás misioneros claretianos. En efecto, las Religiosas les habían colocado en dos salas contiguas de la parte superior del edificio. Una de ellas servía de dormitorio y la otra para estar y celebrar misa y rezos. Además disponían de un cuartito donde guardaban en un armario el Santísimo Sacramento. Aquí, como todos los demás se dedicaba a la oración y a preparar la muerte. Les decía a las religiosas:

«Cada Misa que celebro me parece que es la última. Hago siempre un memento especial para que se salven los que han de ser mis verdugos. Desde ahora los perdono de corazón»[11].

Luego fue enterado de los varios fusilamientos. Del P. Codina y su comunidad de Lérida y del P. Jové y los 14 estudiantes en el cementerio de Lérida. Les tenía envidia porque eran mártires. Cuando alguien le preguntaba qué hacía en aquel encierro, respondía siempre: «Prepararme para morir».

Comprendió que la guerra sería larga y la desbandada de los estudiantes expuestos a todos los peligros sin poder hacer nada por ellos le angustió cada vez más. Y no es que no se hubiera preocupado con anterioridad con planes concretos hasta donde era su responsabilidad. Al recordarlo, le venía el desaliento:

«Mi corazón pasa un fuerte martirio cuando veo caer la flor del Instituto. Glorioso es morir yy derramar la sangre, es verdad; pero estos pensamientos me duelen más que la misma muerte. Que se cumpla en todo la voluntad divina y que Dios tenga piedad de mí y de todos. Pido la felicidad para todos»[12].

Dormía poco, estaba casi siempre en vela, como pide el Evangelio, para no ser sorprendido en el sueño.

Para primeros de agosto se anunciaba un registro. El administrador del hospital y la M. General le pidieron que se escondiera para evitar peligros. El P. Girón dijo que no se escondería porque algún día le encontrarían. Pero ante las insistencias aceptó ser prudente, si bien estaba seguro de que le iban a matar. Después de esto tuvo un ataque de hígado y hubo de guardar 15 días de cama. Reanudó su vida normal. Los domingos daba una plática a las religiosas y con sus consejos ayudaba a los del Mas Claret, ya que el H. Bagaría le visitaba cuando las circunstancias se lo permitían.

Al P. Girón le habían ofrecido sus casas varios amigos, pero no quiso comprometer a ninguno y no fue a sus casas, donde le estaban esperando.

 

Salida a buscar el martirio

El día 2 de septiembre se recibió en el hospital una llamada del Ayuntamiento. Acudió el Sr Aymerich, administrador, y volvió con la orden del presidente del Comité, Dionisio Jové, de que los PP. Girón y Sitjes salieran inmediatamente del hospital. Las religiosas se alarmaron y el P. Girón las tranquilizó diciéndolas que estaban preparados para lo que Dios quisiera. La marcha quedó decidida para la media noche. El Sr. Juan Fornells, de la Junta de administración del hospital, alguna vez había ideado la fuga del P. Girón hacia Andorra, contando con la ayuda de un pariente suyo de Torá. El P. Girón tenía orto plan, que había estudiado sobre mapas, dirigirse por Torá hacia la masía El Viladot, del pueblo de Brichs, a cuatro Km de Solsona, donde había refugiados algunos misioneros claretianos, pues dos hijas de la casa habían ofrecido acogida al P. Girón. Mientras cenaba por última vez en el hospital, le dijo a una Hermana: «Esta noche salgo a buscar el martirio».

Los PP. Girón y Sitjes se confesaron mutuamente antes de salir. El Sr. Fornells les dio una tarjeta para su cuñado de Torá. Los Padres estuvieron en el huerto esperando hasta poder salir. A las tres de la madrugada, después de despedirse del Sr. Fornells, salieron los Padres con el intervalo de 10 minutos. Los dos se juntaron en el lugar denominado Las Forcas donde se despidieron con el saludo ritual de los mártires: ¡Hasta el cielo!

Las etapas estaban bien definidas: 1) De Cervera a Torá, algo menos de 20 Km. 2) De Torá a Daullés, masía de S. Pedro Sa Serra, unos 12 Kim; 3) De Padullés hasta la masía Viladot, a donde no pudo llegar, 14 Km. El camino más fácil era el de la primera etapa, con pocas elevaciones. Pasado San Ramón se dirigió hacia Iborra, encontrando algunos vecinos trabajando en el campo, como el Sr. José Vilapriñó. A la caida de la tarde encontró a Antonio Padullés, en su finca a diez minutos de Torá. El Padre dejaba entrever quién era, preguntó si iba bien orientado. El Sr Antonio le sugirió que no preguntara a nadie, pues daba la impresión de un fugitivo y algo ingenuo. Le encaminó a la cabaña de Jan, antiguo refugio de pobres, pues no era prudente acercarse a Torá. En dicha cabaña pasó la noche del 3 al 4 de septiembre.

El día 4, temprano, reanudó el viaje entre montes y ríos y subió la montaña llamada La Aguda, en cuya cima hay un santuario dedicado a la Virgen. Fue a la collada del Reiners. En aquel inmenso paisaje, al no pder guiarse por carreteras, se sintió perdido. Por allí encontró al pastor Ramón Vilaseca Esteve, natural de Vallferosa (Llanera), de 65 años. Entabló conversación con él para pedir orientación y el pérfido pastor con astucia y simulaciones trató de perderlo y le indicó las masías del Homenet y de Padullés más lejana. Acto seguido recogió el rebanó en una cabaña y fue rápido a Torá a denunciarlo al Comité. A las diez de la mañana ya tenía la noticia. Parece ser que le habían prometido cierta cantidad de dinero por sus delaciones, de modo que decía que ya no tendría que trabajar más. Lo malo es que no le dieron ni un céntimo a pesar de sus insistencias. Así paga el diablo.

El P. Girón, ajeno al peligro, llegó a la masía de Homenet, donde estaba la Sra Cecilia Bert Buxon, enferma, a quien el Padre pidió algo de comida. Al decirle su encuentro con el citado pastor la Sra Cecilia se sobresaltó:

¡Ay, ay, está usted perdido!. Ese pastor le traicionará. Seguramente ha corrido a denunciarlo.

Poco después emprendió el camino hacia Padullés, con pocas fuerzas y las piernas hinchadas. En el trayecto encontró a otro pastor, llamado Ventura, que le dió pan mojado. Padulles estaba a cinco kilómetros y era una de las mejores masías por su construcción y propiedades.  Allí llegó entre la una y dos del mediodía. En la era estaban trillando Ramón y Enrique, dos hijos de la casa. Llegó a la masía y pidió de beber. Parecía agotado.

 

Captura y martirio

El colono, Sr. Juan Torra, invitó al P. Girón a entrar en casa y lo condujo al comedor. Le ofrecieron comida pronta y bebida mientras Monserrat, una de las hijas, preparaba una tortilla, pero apenas comió. El tiempo urgía para reemprender el camino hacia Viladot. Trataron de informarle y para darle mejores detalles, el Sr. Juan y el P. Girón subieron a una de las ventanas. Entonces vieron que unos grupos de milicianos se aproximaban rápidamente tratando de cercar la casa. En ese instante subía Ramón anunciando la presencia de los milicianos.

El Comité de Torá había movilizado varias patrullas, requisando coches de particulares. Los milicianos se dispersaron en varias direcciones. El pastor Ventura les encaminó hacia Socarrats para dar tiempo al Padre, pero los milicianos se orientaron por la huella de los zapatos.

Ante el peligro inminente el P. Girón, para no comprometer a la familia, tomando la tortilla salió al camino carretero.

¡Mirad cuánta gente! Gritó Monserrat.

Acababa de aparecer un buen grupo de milicianos que habían estado al acecho.

Caminaba resueltamente por el camino cuando le echaron el alto y sentóse junto a una pared, un pilón. Después de alguna vacilación uno le gritó: ¡Manos arriba!  Se acercaron los milicianos y vieron que no llevaba armas de ninguna clase. Iban a registrarle y despojarle de todo.

No, eso no. No quiero que pequéis haciéndoos responsables de un robo. Aquí tenéis, os doy el dinero que tengo. Y les dió 700 pesetas.

Esta actitud, digna de un santo, les sorprendió. Luego lo comentaban según sus entendederas: «!Qué gente tan tonta que entrega así el dinero! ¡Si será infeliz que cuando íbamos a registrarle se adelantó a entregarnos cuanto llevaba!».

Entretanto el Sr. Juan Torra, temiendo represalias, se había refugiado en una casa vecina para escapar al bosque. Afortunadamente sólo le castigaron con duros reproches: «¿No sabes que no se puede amparar a esta gente ni aun darles de comer o beber?».

Una vez apresado el P. Girón, tocaron un silbato y dispararon unos tiros al aire.

Camino de Torá fueron a Comabella, cuatro kilómetros a pie, donde esperaron la llegada de otros en coche. El propietario, José Querol, les ofreció alguna cosa. La Sra. Francisca les sirvió y el P. Girón tomó agua fresca. El comité al tener noticia de la captura, su presidente, Tost, avisó al Sr. Jaime Casas Graells, fabricante de gaseosas, que le acompañara con el camión. En el camión subieron también varios milicianos. Tomaron la dirección a Solsona hasta el cruce de Comabella, un par de kilómetros más adelante encontraron al P. Girón custodiado por dos milicianos.

Un tal Julián, de Casa Basall, un exaltado, quedóse algún tanto rezagado en la masía de Comabella. Llevaba un escopetón y decía: «He salido de casa porque corrió la voz de que pasaba en dirección a Padullés uno de categoría y había que darle caza».

¿Ya le conocéis a este señor? Preguntó la Sra Francisca.

Pero, mujer, ¿que no sabes de qué se trata?

No.

Es un pez gordo que hemos cogido.

¿Y quién es?

Un Padre de la Universidad de Cervera. El superior de los Misioneros. Tras él íbamos.

¿Qué ha hecho?

Eso no se pregunta. Con que sea fraile, basta.

¿Y qué haréis con él?

¡Pues qué vamos a hacer…! Ya se supone.

Tenéis que juzgarle.

Julián se levantó furioso y, soltando algún taco, se juntó con los otros en el camión. El P. Girón fue colocado junto al chófer y los milicianos, que eran dieciséis, subieron a la caja y volvieron a Torá.

Al principio el chófer no podía ni hablar por la impresión. Tuvieron un breve diálogo:  El Padre le dijo:

No me hago ilusiones. Esta noche ya estaré en el cementerio.

Tal vez no sea tanto. A lo mejor le dejan marchar.

Me matarán, no me cabe la menor duda, me matarán.

En la carretera encontraron un turismo y mandaron parar al camión. Al Padre le hicieron subir al turismo con varios milicianos y se alejó rápidamente hacia Torá. El camión llegó más tarde. El coche con el preso entró por la plaza Doctor Esteve a eso de las cuatro de la tarde y fue celebrado por todo lo alto, como un festival. «Ya lo hemos cogido, ya está en nuestras manos!», gritaba el presidente del Comité. «Los curas han empezado la guerra, ellos lo pagarán» vociferaba el Marbá. Cuando el P. Girón bajó del coche tenía los pies hinchados y los zapatos sueltos. Su actitud fue serena, resignada y humilde.

Condujeron al P. Girón al local del Comité. En una sala del primer piso de la casa Santamaría, que da a la plaza, le tomaron declaración, una extraña parodia de juicio porque la sentencia ya estaba dictada de antemano. Era una manera de ultrajar a las víctimas. La revolución no manejaba razones, sino armas. Allí le tuvieron como una hora. La intervención principal fue de Tost. El Padre dejó a salvo su condición de religioso y  sacerdote. Además es fama que manifestó su condición humilde.

Obrero soy e hijo de obreros; he consagrado mi vida a los obreros buscando siempre su felicidad temporal y eterna. Y ¿váis a ser vosotros que os decís obreros, hijos del pueblo, los que me vais a matar?.

Dicen que logró convencer a algunos y la decisión de matarle no fue tomada por unanimidad. Su condición de religioso y sacerdote era suficiente motivo. Desde esta sede le llevaron a la cárcel del Ayuntamiento pasando por las dos plazas del pueblo, de modo que le pudo ver todo el pueblo sufrir los malos tratos, golpes, gritos, burlas, blasfemias de tono subido de los milicianos. La cárcel era una celda pequeña y húmeda, con ventanillo con reja de hierro y puerta con tres cerrojos. Le sometieron a vigilancia estrecha. Parece ser que por el ventanillo que da afuera algunos pudieron verle y hablar con él e incluso le ofrecieron agua. También algún miliciano que hacía guardia cambió unas palabras con el Padre, que estaba sereno y convencido de que esa sería la última noche para él. La mujer del alguacil, María del Carmen Solé, a quien mataron un hijo sacerdote, quiso proporcionarle algo de ropa y cena y así poder hablar con él, pero los del Comité lo rechazaron. Estuvo en la cárcel desde las cinco de la tarde del 4 hasta la una de la madrugada del día 5 de septiembre.

 

Martirio

A esa hora decidieron matarle. Algunos querían quemarle vivo en la plaza. No lo hicieron porque no tenían gasolina suficiente. Así le ahorraron una muerte tan atroz.  De la cárcel a la sede del Comité le llevaron a pie. Para trasladarle al lugar del suplicio, fuera de Torá, llamaron al Sr. Jaime Casas, a quien el Tost obligó a ir por el camión. Como sabía para qué era y no quería prestarse, se la preparó. Fueron los dos a por el camión y el Sr. Casas, ante las narices del Tost, desconectó el cable del camión y después todos los intentos de ponerlo en marcha fueron vanos, tanto que el Tost se convenció que estaba averiado y le dijo que podía ir a descansar.

Como alternativa buscaron otro coche. Se encargó un tal Clarenes, que se presentó en el domicilio de Ramón Fontanet. Este fue al Comité y le dijeron que tenía que llevar al P. Girón a Castellfollit. Se negó, porque dijo que ellos no eran quienes para hacer justicia, que eso era competencia de tribunales. Llamaron al Comité de Cervera y este les dijo que le fusilaran después del P. Girón. No le quedó más remedio que hacer de taxista. Entonces, hacia la una de la madrugada, sacaron de la cárcel al P. Girón y lo llevaron a la sede del Comité. En su coche a su lado viajaba Tost con la pistola encima de las piernas y detrás Clarenes y el P. Girón, que no abrió la boca en todo tiempo, así que el viaje fue en silencio sepulcral. Dijo el chófer: A mí me hacía el efecto que llevaba a un santo.

Llegados cerca del cementerio de Castellfollit de Riubregós mandaron detener el coche, se apearon todos menos el chófer a quien obligaron a apagar los faros y a mantener el motor en marcha. Allí había otro grupo de milicianos idos con coche o camión, en total eran unos 15 o 20 hombres. El Padre quiso morir de frente, pues quedó de espaldas al cementerio.

Es voz común, pues los mismos asesinos lo refirieron, que antes de morir pudo hablarles y lo hizo con persuasión tal que algunos vacilaban. Entre otras cosas les dijo: «Si me matáis, medio Torá llevará luto veinte años», por si se hacía justicia. Y también: «Lo que hoy hacéis conmigo, mañana lo harán con vosotros».

Según Marbá les estaba convenciendo. También les dijo:

Padre, perdónalos que no saben lo que hacen.

Al fin, viendo que no había otra solución, se puso la mano derecha sobre el corazón diciendo:

Tirad, tirad recto aquí y al mismo tiempo dijo que les perdonaba a todos.

Entonces partió la descarga de muchos pistoleros. Cuando caía gritó fuerte:

¡Viva Cristo Rey!

Eran las dos de la madrugada del 5 de septiembre de 1936.

Al caer muerto se precipitaron sobre el cadáver para despojarle de cuanto llevaba: una estilográfica y el reloj. Cuando llegaron los del Comité de Cervera para matarlo, los de Torá les saludaron así: Ya está hecho el trabajo.

Mucha gente contempló el cadáver delante de la puerta principal del cementerio.

En las diligencias de inspección ocular y levantamiento del cadáver D. Juan Badals, secretario de juzgado, al registrarle los bolsillos encontraron un rosario, seis pañuelos con las iniciales J.G. y una libreta de notas escritas en latín. Que se la dió al cura del pueblo, D. Concordio Guasch.

La autopsia reveló que siete de los tiros eran mortales.

Fue enterrado con sus propios vestidos sin ataúd ni lienzo en el mismo cementerio de Castellfollit. Allí estuvo durante cuatro años hasta que fue trasladado a Cervera.

[1] Pastor, J., Trayectoria de un martirio. Esbozo biográfico del siervo de Dios Rdo. P. Jaime Girón Puigmitjá, C.M.F., Madrid 1961.

[2] Ibidem, p. 20.

[3] Vic, 8 de junio de 1923, al Rev.mo P. Nicolás García, Superior General.

[4] PP. 253-254.

[5] P. 254.

[6] P. 243.

[7] P. 245.

[8] P. 246.

[9] P. 246.

[10] P. 249.

[11] P. 256.

[12] P. 265.