Heraclio Matute Tobías

Nació el 11 de marzo de 1867 en Alesanco (Logroño)

Profesó el 23 de diciembre de 1884

Sacerdote el 14 de marzo de 1891

Fusilado el 18 de octubre de 1936 en Cervera (Lérida)

 

Él P. Heraclio Matute Tobías, hijo de Román Matute y Micaela Tobías, nació en Alesanco, provincia de Logroño y diócesis de Calahorra-La Calzada, el día 11 de marzo de 1867. Fue bautizado solemnemente el 14 de ese mes en la parroquia de Santa María de dicha villa. Recibió el sacramento de la confirmación el 23 de julio de 1876 de manos del Exc.mo Jaime Catalina del Amo.

Cuando tenía seis años murió su madre y al año y medio le asesinaron a su padre, que murió perdonando a su matador. Heraclio y su hermana Rosa[1] fueron llevados a Villaverde, a la casa de una hermana de su madre. A los pocos años le mandaron a cuidar cabras. Su tío, D. Alejandro Ureta, de Alesanco, sabedor del abandono educativo de su sobrino Heraclio, lo llamó a Alesanco y procuró que estudiara. El primer año entró sin saber nada en la escuela de D. Aniceto y salió como número uno, demostrando gran ingenio y talento. También le enseñó latín[2].

La vocación religiosa y misionera se la suscitó el P. Isaac Burgos en la misión que dió en Alesanco en 1879, pero tuvo que esperar dos años porque el postulantado estaba lleno.

Ingresó como estudiante en el colegio de Alagón el 5 de septiembre de 1881. Aquí estudió los dos primeros años de latín. En 1883 pasó a Barbastro para hacer el noviciado y continuar los estudios. Al mismo tiempo estudió Retórica, como se hacía entonces. Tomó el hábito el 8 de diciembre de 1883 de manos del P. José Xifré, superior general. El 15 de octubre de 1884 se trasladó a Vich, donde profesó el 23 de diciembre de ese año junto con otros 37 en manos del mismo P. José Xifré.

La primera tonsura la recibió el día anterior a la profesión de manos del Exc.mo Pedro Nolasco Colomer, Obispo de Vich. En esta ciudad hizo los tres cursos de filosofía, 1884-1887. También es este mismo centro estudió los dos primeros cursos de teología, pasando a continuación a Cervera por motivos de salud y por lo mismo a finales de 1888 a Santo Domingo de la Calzada, donde cursó el segundo año de teología. En agosto de 1889 volvió a Cervera para estudiar el tercer año de teología.

El subdiaconado lo recibió en Santo Domingo de la Calzada el 8 de junio de 1890 y el diaconado en Calahorra el día 27 de septiembre del mismo año y el 14 de marzo de 1891 el presbiterado de manos del Exc.mo Antonio María de Cascajares y Azara, Obispo de la diócesis. Regresó a Santo Domingo el día 30 del mismo mes.

Su primer destino fue a la casa de Calahorra para cuidar su maltrecha salud y en enero de 1894 fue enviado a Pamplona con el cargo de ministro. Al año siguiente a Ciudad Rodrigo como predicador y bibliotecario. En octubre de 1896 fue enviado a Medina de Rioseco como consultor. Tres años más tarde fue destinado a Ciudad Real.  En el capítulo provincial  de 1901 fue nombrado ministro provincial de la provincia de Castilla y se trasladó al noviciado de Segovia. En 1907 fue nombrado superior de Medina de Rioseco, desde donde pasó a Calahorra en agosto de 1913, como consultor 1º. En 1916 fue a la casa de Bilbao con el cargo de ministro. Tres años después fue enviado a Zamora como superior, donde, con breve intervalo en Tuy, residió hasta el mes de marzo de 1925, en que fue nombrado Superior Provincial de la provincia de Castilla, por lo cual se trasladó a la casa de Bilbao. Después del capítulo provincial de 1931 quedó como Consultor provincial segundo.

Como superior provincial demostró su gran amor a la Congregación tal como permiten comprender las visitas canónicas y las disposiciones tomadas, poniendo de relieve que la observancia de la disciplina religiosa, la piedad y la oración son el fundamento de la actividad pastoral.

Su salud siempre fue delicada. Cuando fue nombrado provincial ya usaba de privilegio de misa motiva y conmutación del rezo del oficio divino por problemas en la vista y otras goteras. Como  escribe su biógrafo «su cuerpo era un pequeño hospitalillo de males incurables»[3]. En algunos viajes oficiales le acompañó algún enfermero y otras veces delegó en el P. Benito Núñez la visita a las casas de Galicia. Sin embargo tenía un ánimo fuerte y espíritu intrépido y batallador. Desde el principio fue muy observante y formal, tanto que no tuvieron que hacerle ninguna corrección pública. Reflexivo siempre y analítico por naturaleza. Hombre muy piadoso, especialmente del Santo  Rosario que no se le caía de las manos.

El viaje a Barcelona con estación terminal en Cervera[4]. El P. Matute, residente en Bilbao, se encaminó a Barcelona para que el Dr. Arruga le hiciera una delicada operación de cataratas a fin de poder recuperar la visión. Este viaje estaba previsto para los meses de mayo y junio de 1936, pero se retrasó por un inoportuno catarro, que podía comprometer el éxito de la operación. Superado este impedimento, fijó su viaje para el 14 de julio. El día 12 fue a la estación para informarse. Al día siguiente fue el asesinato de D. José Calvo Sotelo y temiendo reacciones por la indignación, retrasó el viaje y como no hubo nada especial, el día 17, viernes, se dirigió de nuevo a la estación para tomar el tren a Barcelona. Pero como para sacar el billete de temporada veraniega era necesaria la foto del viajero, que el Padre no llevaba, hubo de regresar a casa con la intención de viajar al día siguiente.

El día 18 de julio de 1936 por la mañana salió de Bilbao «con una inconsciencia de predestinado» con billete de ida y vuelta. Se detuvo en Cervera para pernoctar porque el tren no pudo continuar el viaje. En efecto, a las diez de la mañana del día 19 fue a la estación para tomar el tren que le condujera a Barcelona, pero resultó que los trenes no pasaban de Manresa. Por ello juzgó más prudente quedarse en Cervera y correr la misma suerte que los moradores de la ex Universidad.

El asilo prisión. El martes, día 21 de julio, a eso de las cinco de la tarde, como se ha dicho antes, la comunidad fue expulsada del edificio y sacada en autobuses rumbo a Solsona, a excepción de los enfermos, que fueron llevados al hospital de la población. En este grupo se encontraba el P. Matute.

«Tres meses vivió aguardando la muerte nuestro P. Matute en aquel asilo prisión; tres meses largos que fueron para él y sus compañeros un largo retiro de preparación para la muerte, una especie de noviciado intensivo para el martirio»[5].

El P. Matute estaba casi ciego. Era muy asiduo a estar ante el Santísimo que tenían guardado en el armario. No tenía, al igual que los otros enfermos, ningún trato con las demás personas residentes en el hospital. Se preparaba para el martirio y exhortaba a los demás a que dieran con generosidad su sangre por Cristo, pero a los más jóvenes les animaba a que probasen a escapar por el bien de la Congregación.

La Superiora de las religiosas que atendían el hospital viajó a Barcelona para ver si era posible trasladar al P. Matute a una clínica que allí servían sus religiosas. Cuando tenía todo dispuesto volvió a Cervera, pero al llegar se encontró con la noticia de que ya le habían fusilado.

Saca y martirio. En efecto, el día 17 de octubre a las 11 y media de la noche se presentó una patrulla de milicianos armados capitaneados por Enrique Ruana y Juan Solé y sacaron a los misioneros, tal como se ha dicho antes.

El P. Matute, al salir, se despidió de la Hermana Sala diciéndole: Adiós, hermanita, dándole gracias por todo lo que habían hecho y entregándole un crucifijo, una cartera de su uso y unas cuantas pesetas.

Les subieron a un camión y les llevaron directamente al cementerio. Hacia las 12,15 del 18 de octubre de 1936 desde el mismo hospital se percibieron nítidamente minutos después tres series de descargas.

Según testimonio de los asesinos murió gritando ¡Viva Cristo Rey! y contento.

[1] Llegó a ser Consultora general de las Adoratrices.

[2] Bañares,  M., Necrología del M.R.P. Heraclio Matute Tobías Provincial de Castilla, en Crónica de la Provincia Claretiana de Castilla 13 (1948) pp. 302-306.

[3] Ibidem, p. 347.

[4] Díez, I., Martirio del Rvdo. P. Heraclio Matute y exhumación de sus restos, en Crónica de la Provincia religiosa de Castilla, 6 (1941) pp. 388-390,

[5] Ibidem, p. 404.