Fernando Saperas Aluja

Saperas Ferran

Nació 8 de septiembre de 1905 en Alió (Tarragona)

Profesó 15 de agosto de 1930

Fusilado el 13 de agosto de 1936 en Tárrega (Lérida)

 

En el pueblecito de Alió, de la provincia y diócesis de Tarragona, nació Fernando el día 8 de septiembre de 1905, siendo sus padres D. José Saperas, albañil de profesión, y Dª. Escolástica Aluja. Dos días después fue bautizado solemnemente en la parroquia de San Bartolomé Apóstol[1]. Unos años más tarde recibió el sacramento de la confirmación.

Hizo los primeros estudios en la escuela del pueblo destacando por su comportamiento, que no por su talento. En 1912 murió su padre y la madre tuvo que hacerse cargo de los tres hijos de diez años, Juan, el mayor, Fernando, siete, y de cuatro, Román, el menor, y al no tener bienes de fortuna, industriarse para salir adelante. La madre era negociante por temperamento de modo que inició con ventas ambulantes por los pueblos, siempre a pie y con la carga a cuestas, y acabó con una modesta pescadería en Valls, a donde se trasladó para atender a Ramón, que allí trabajaba.

Fernando era muy devoto y acudía siempre que podía a la iglesia y haciendo muchos encargos al párroco y puntual monaguillo.

Cuando Fernando cumplió los trece años, mientras Juan, con  dieciocho, fue a Barcelona, la madre le encargó de los campitos que tenían. Esto fue duro para Fernando. El campo le venía muy cuesta arriba. Quizá por esto su madre le buscó en Valls una ocupación más en consonancia con su carácter. Allí trabajó en dos hoteles como diligente camarero durante dos años porque sus manos se agrietaban por el agua, donde su conducta chocaba con la de sus compañeros. Entonces volvió a casa y luego marchó a Barcelona, donde con la ayuda de su hermano Juan pudo resistir hasta encontrar trabajo en el comercio de D. Alejo Montaner, que lo acogió como un padre. Fernando no perdió su piedad y cumplía sus obligaciones cristianas, lo que le procuraba las burlas de sus compañeros, que se burlaban tratándolo de «beato».  Las tardes de los domingos las pasaba con Juan o en casa de la señora Carmen Monserrat, natural de Alió y amiga de la familia, que estaba de portera en la «Equitativa», Avenida Layetana, n. 54. Después de tres años volvió a casa, quizá pensando en el servicio militar. En esta ocasión le tocó sufrir las burlas de todos, los de casa llamándole «gandul» porque no trabajaba y los de fuera, «beato», por sus frecuentes idas a la iglesia.

Servicio militar y vocación religiosa

En 1925 ingresó en caja para el servicio militar que le obligó a ir a Barcelona y se incorporó a filas en 1926. Era mozo fornido y de buena talla y fue destinado al Arma de Caballería, yendo a parar el Cuartel de Santiago,, sito en la Travesera de Gracia, no lejos del Hospital de San Pablo y del Santuario del Corazón de María, de los Misioneros Claretianos. El ambiente de la «mili», con sus conversaciones groseras no le era favorable a Fernando, que se hizo amigo del capellán, que quizá influyera para que le coronel le escogiese como asistente. Con ese cargo llevaba los hijos del coronel al colegio y atendía a otros encargos.

Fernando frecuentaba la casa de la señora Carmen y acudía a las funciones religiosas del Santuario del Corazón de María y allí le fue surgiendo la vocación religiosa, aunque al principio se contentara con ser un criado de los Misioneros, pues no estaba para estudios. La primera entrevista la tuvo con el P. Soteras, quien le explicó que podía ser Misionero.

No lo entiendo, respondió Fernando.

Entonces el Padre le explicó que no necesitaba estudios especiales, pues en la Congregación también había Hermanos coadjutores, cuya misión es ayudar a los misioneros en los oficios domésticos.

No acabo de verlo claro, insistió Fernando.

– Pues sí, y lo vas a comprender ahora mismo. Tú sabes lo que ocurre en la «mili». En ella hay oficiales y hay soldados, y entre estos, unos salen de campaña y luchan en tiempos de guerra, mientras que otros quedan a retaguardia o tal vez en los cuarteles. Todos son soldados en activo y todos participan luego en la gloria de la victoria…

Comprendo, padre, comprendo.

Y ¿qué te gustaría a ti ser hermano?

Me tomo tiempo para pensarlo, padre. Son horizontes que nunca en mi vida había visto, y necesito pensarlo.

Siguió frecuentando el santuario y llamó la atención del Padre sacristán, Jaime Puig, que le veía asiduo y devoto y le dijo:

– A lo que juzgo tú no eres para el mundo.

Así es, padre. El mundo no me atrae. Me siento bien, por el contrario, en el templo. Sólo en él me encuentro como en mi centro.

– Pues a eso voy, Fernando. Pienso que a lo mejor Dios te quiere en un convento. ¿No has pensado…?

Vengo pensando en quedarme entre ustedes, pero temo la oposición que me harán en casa, dijo Fernando y añadió que la decisión la tomaría después de acabar el servicio militar.

Así fue. Nada más acabar el servicio militar se presentó en Valls en las vísperas de las fiestas de San Juan. En la verbena estaban todos los de casa y sus familias amigas. Allí reinaban la diversión y el baile, pero Fernando estaba ajeno a ello, que llamó la atención de los acompañantes preguntándole el por qué.

Eso no es para mí, respondió  Fernando, añadiendo que no le interesaba el baile y que prefería estarse con su madre.

Un día de esos, cuando vio a su madre dispuesta a escuchar, le dijo a quemarropa:

Madre, he pensado irme a un convento.

– ¡Poca vergüenza! ¿Tan mal estás en casa que quieres marcharte? Le contestó su madre amenazándole con echarle de casa.

Mujer no se enfade usted. Ya lo arreglaré todo con la señora Carmen. Haré lo que ella me diga, repuso Fernando.

Fernando volvió a Barcelona. De nuevo le acogió Juan asegurándole que a su lado nada le iba a faltar. Así le pagó la fonda y la habitación mientras encontraba colocación. Un día, después de haber cambiado impresiones con la señora Carmen, se dirigió al bar donde trabajaba Juan y le dijo:

Mira, Juan, he pensado meterme religioso.

Juan quedó extrañado e incluso puso algún reparo.

Es inútil, Juan. Estoy decidido y no vuelvo atrás.

– Es cosa tuya, le dijo Juan. Si ves por ahí tu camino, por mí no lo dejes. Pero piénsalo bien y que no tengas luego que arrepentirte.

 

Religioso

Fernando, adoctrinado por el P. Puig, se hizo con la documentación necesaria para ingresar y en el otoño de 1928 se dirigió al noviciado de Vich. Antes de iniciar el noviciado hizo un postulantado para Hermanos. El 21 de diciembre de ese año escribió a su casa comunicando:

Por mi, no paséis pena. La vida religiosa me prueba bien, gracias a Dios. Y …!que dure! Encomiéndenme al Señor para que me conserve la vocación y persevere en esta Congregación hasta la muerte.

El hábito lo tomó el 14 de agosto de 1929 y comenzó el noviciado bajo la dirección del P. Ramón Ribera. Durante el noviciado se manifestó muy trabajador y de firme voluntad, carácter fuerte, pero dominado, abnegado y de modales algo bruscos, según informes del  maestro. Al final de este año de prueba emitió la profesión el día 15 de agosto de 1930, a la cual asistió la madre de Fernando.

Su primer destino fue el postulantado numeroso, más de cien niños, de Alagón (Zaragoza) a donde llegó el 22 de agosto, una semana justa después de profesar. Le dieron el cargo de cocinero, siendo un aprendiz en el oficio, y la carga se le vino encima, que le originó muchas preocupaciones y gran ejercicio de paciencia. Las dificultades fueron en aumento, tanto que pedían un relevo. Así el H. Saperas salió el 13 de octubre de ese año con destino a Cervera, a donde llegó en el tren correo de la tarde.

En esa época la comunidad de Cervera, aposentada en el edificio de la ex universidad, estaba formada por 243 individuos, postulantes comprendidos, y aquí también le mandaron a la cocina, pero como ayudante. También se le encomendó la cocina de los enfermos, aunque por poco tiempo. La proclamación de la República de Trabajadores el 14 de abril de 1931 obligó a cambiar de oficios a algunos Hermanos. A Fernando, por ser robusto y de buena estampa, le mandaron a la portería porque era hombre de pocas palabras, serio y digno en el trato. La portería de la ex universidad era pesada por las muchas llamadas y las distancias. Cuando tenía que dar avisos y hacer encargos, el recorrido de los largos pasillos lo hacía rezando el rosario.

Tiempo después de la quema de iglesias y conventos y asesinatos de frailes, recibió la visita de su hermano Juan con la buena intención de asegurarle un lugar no expuesto a las iras revolucionarias, pero Fernando respondió:

No, Juan, no. Te agradezco en el alma tus ofrecimientos pero no los acepto. Los superiores todo lo tienen previsto; y si llegara el caso de haber de abandonar el convento, ya tenemos a donde acogernos.

Así fue. El clarividente P. Jaime Girón, superior de la comunidad, había ido a Andorra y puesto los ojos en hotel deshabitado, donde acoger a sus súbditos. Los designios de Dios eran otros.

A principios de 1934, febrero, fue destinado al Mas Claret, donde también le encargaron la cocina, que no era bastante para su capacidad, por lo cual se hizo cargo, en parte, del cuidado de los animales domésticos. También se prestó a ayudar en las obras de ampliación de la casa. El 29 de mayo de ese año tuvo un incidente al caerse de una escalera de mano fracturándose la tibia y el peroné. El P. Buxó, doctor en medicina, llegado de Cervera le hizo las primeras curas, que Fernando soportó con entereza, y aconsejó que fuera trasladado a Barcelona. El P. Superior ordenó que lo llevara una ambulancia. En la Clínica Ginecos le operó el Dr. Pamis, amigo y bienhechor de los Misioneros. Una vez que se recuperó y pudo valerse por sus fuerzas, volvió a Cervera. En atención a la debilidad de la pierna, le pusieron de ayudante del Hermano zapatero.

 

Vocación a prueba: No aprobación para la profesión perpetua

En todos los oficios que desempeñó fue modelo de cumplimiento de la propia obligación. En todos los informes se dice que goza de buena salud y que tiene buen comportamiento, sin embargo en el verano de 1936 no fue aprobado para la profesión perpetua, que debía emitir el 15 de agosto. La noticia se la comunicaron hacia el 15 de julio y le pusieron el dilema de salir de la Congregación o hacer otro año de prueba, porque les parecía a los Superiores, todo el Gobierno Provincial, que debía sujetarse a esa prueba. Para dicha renovación tuvieron que pedir dispensa a la Santa Sede, que concedió el rescripto, pero antes de la fecha de la renovación ya había sido fusilado.

Él aceptó la prueba de profesar por un año, pues entre las características del H. Saperas destacaban su amor a la vocación y su pureza. Tenía la convicción de que valía la pena imponerse toda suerte de sacrificios a trueque de ser fiel a la vocación.

 

Dispersión de la comunidad y refugios

Ell día 21 de julio de 1936 a las cinco de la tarde al tener que abandonar la casa, se encaminó hacia el Mas Claret, que a los dos días se vio desbordado por la llegada de los fugitivos y la incautación de la finca por el Comité, que el día 24 obligó a una nueva dispersión.

Montpalau. Fernando, junto con otro joven mártir, ese mismo día 24 fue al vecino pueblo de Montpalau, donde fue acogido en la casa del Sr.  Ramón Riera, que era el estanco del pueblo y también algo de taberna.  Mientras estuvo en esta casa colaboró en las tareas de la trilla como los demás obreros. En los descansos se retiraba a un cobertizo y colgando en la pared  un crucifijo y las medallas que llevaba se dedicaba a la oración. Alguno de los criados le propuso que cambiara de vida y se casara. El Hermano respondió con decisión:

Di palabra a Dios, y volveré a darla. El día 15 de agosto renuevo mi compromiso.

 

Hacía visitas al Mas Claret.

En la casa del Sr. Riera Fernando daba lecciones de doctrina a los hijos pequeños y dirigía el rosario que se rezaba todos los días en familia. También intervenía en la conversaciones y dado el carácter de «servicio público», estanco y café, de vez en cuando los hombres soltaban blasfemias y eso Fernando no lo soportaba e intervenía con su reprensión. El Sr. Riera no estaba conforme con tan celoso ímpetu.

  • Cuidado que te pueden matar.
  • Si me matan, ¡alabado sea Dios!… Quienes nos persiguen son unos desgraciados, por los cuales sólo atino a rezar. A mí me cuesta muy poco perdonarlos, respondía Fernando.

Cuando iba al Mas Claret, los Padres y Hermanos le advertían en el mismo sentido:

-¡Prudencia! ¡Cuidado! Que caerá en manos de los rojos.

¡Qué cuentos! Si me matan por ser “fraile”, ¡seré mártir!, respondía.

Este comportamiento sincero y directo le causó preocupación al Sr. Riera, que temía por la vida del Hermano. Su casa no podía ser un refugio discreto. El temor a un registro movió al Sr Riera a buscar un cambio de casa para el Hermano. Entonces este escribió a su madre:

Le escribo estas líneas para decirle que no pase pena por mi. Estoy bien. No me contesten, porque dentro de unos días voy a cambiar de casa y volveré a escribir.

El 12 de agosto salió de Montpalau y al despedirse de la familia dijo:

Si no vuelvo, señal de que me han detenido y fusilado. ¡Rueguen por mí!.

De mañanita se dirigió a Cal Berenguer de Villagrasseta, de donde procedía la mujer del Sr. Riera.. La familia le advirtió que tenía un trillador muy rojo  revolucionario y que por el momento se escondiese en una cabaña de su propiedad. Cuando fueron a llevarle la comida al Hermano no le encontraron porque, ante esa inseguridad, se había ido al Mas Claret, un día después de haber sido asesinado el H. Casany. Allí cenó y durmió aquella noche, pero no podía estar porque lo tenía prohibido el Comité, que era dueño de todo. Entonces el H. Francisco Bagaría, buen conocedor de la zona, le aconsejó que fuera a La Rabassa.

La Rabassa es un caserío a cinco Km. al  norte del Mas Claret y cercano al ferrocarril de Lérida a Barcelona donde estaba la casa del buen amigo Miguel Bofarull, donde habían sido ocultadas dos yeguas del Mas Claret con sus potros. Allí se encaminó el H. Saperas y ya estaba cerca de la casa, cuando advirtió la presencia de un coche parado delante, que le hizo sospechar y cambió de dirección. Los que habían ido de madrugada en el coche eran unos cuantos milicianos de los más intransigentes del Comité, cuyos nombres eran: Juan Casterás, el jefe, que se le llama simplemente Juan; Juan, llamado de Hostal; Pedro Vilagrasa y otro apodado «El Chico» y el chófer  Pepito.  El motivo de su viaje era incautarse de las yeguas, para lo cual habían llevado forzado a Francisco Carulla, tratante de ganado, pero Bofarull discutió duro con ellos y no soltó prenda de modo que se tomaron un descanso en la galería de la casa. En ese momento divisaron la presencia de un hombre y le preguntaron a Bofarull:

¿Quién es ese?

No lo sé.. Por de pronto no es del pueblo. Esperad que.., les dijo Bofarull nervioso y sin poder medir las consecuencias de su respuesta.

Esperad, esperad… interrumpieron ellos con retintín y entonces el «Chico» y Pepito, pistola en mano, salieron a la caza del Hermano.

 

Apresamiento y torturas

Estos pistoleros pronto le dieron alcance frente a la masía Can Jeromi y le llevaron a la casa de Bofarull y allí Juan, genio del mal, le preguntó quién era.

Yo soy de Tarragona, respondió. Ahora trillaba en Montpalau; he terminado allí, y voy en busca de trabajo.

Juan, por toda réplica, le quita la gorra para ver si llevaba la corona, mientras dice:           Iremos a Montpalau a que nos digan quién eres, y si es preciso te acompañamos a Tarragona.

Terminado el registro de las yeguas, los milicianos embaularon un opíparo  almuerzo que tuvieron que preparar la mujer e hijas de Bofarull y se dispusieron a volver a Cervera. Eran como las nueve de la mañana. Con ellos se llevaron a Fernando y Bofarull. La despedida de este fue triste. Las hijas se le echaron al cuello, pues no creían en las promesas de los milicianos. En el coche colocaron juntos a los apresados.

Salieron en dirección a la carretera de San Guim a Las Olujas. Apenas cruzado el paso a nivel del ferrocarril, Juan puso en dificultad al desconocido hablando de mujeres en forma grosera y quiso hacerle blasfemar.

Eso, no, exclamó Fernando, soy religioso y jamás…

Religioso ¿eh? Y querías pasar por trillador. ¡Mentiroso!

Mentiroso, no. Soy misionero, pero también trillador. Al salir del convento nos recomendaron ganarnos la vida, y yo me la ganaba trillando.

Además le dijo que había estado varios años en la ex universidad y que conocía a su hermano el seminarista.

¿También conoces a ese animalote? gruñó Juan.

La confesión de religioso le valió a Fernando una serie de atropellos. Al llegar a la hondonada «Los lagares» le sometieron a un minucioso registro y le encontraron dos duros de plata, unas hojas de un calendario y un reloj de bolsillo. De todo ellos se apoderaron los milicianos y le dijeron:

Ahora ya puedes rezar padrenuestros y le indicaron un montón de gavillas donde le iba a fusilar. Entonces intervino oportunamente Francisco Carulla, diciendo que él no había ido para tan sucia faena y terció Pepito:

La mujer y las hijas de Bofarull se nos morirían del susto al oir los disparos… Mejor será que lo fusilemos después y más lejos de aquí.

Aceptaron fusilarle en lugar más apartado.

De nuevo en el coche, Juan reanudó el diálogo, la burla y la tortura:

Si nos enseñas a decir misa, te perdonamos la vida.

Yo no sé decir misa. No tengo estudios.

¿Tanto se necesita? Y cambiando la dirección  le invitó a que dijera en voz alta el padrenuestro.

Fernando, sin sospechar nada, lo fue recitando a la vez que corregía la réplica disparatada  y burlona de Juan. Y prosiguió este: ya que no nos enseñas a decir misa, dinos dónde teníais escondidas en la ex universidad las armas.

¿Armas nosotros? Bastante teníamos con ir tirando para lo necesario.

La siguiente pregunta de Juan provocó angustia a Fernando:

¿No has ido nunca con una monja?

Con esta pregunta ya pudo adivinar la que se le venía encima porque conocía lo que sucedía en el Mas Claret y, cruzando los brazos en el pecho, cortó en seco:

Matadme si queréis, pero no habléis de esas cosas.

Pero los malvados milicianos siguen con sus perversas intenciones. Se guiñan el ojo y se disponen a actuar. Paran el coche y pasan a la parte posterior donde estaba Fernando, «el Chico» se quita rápidamente sus ropas y Juan Casterás y Juan del Hostal sujetan y quitan violentamente las ropas a Fernando mientras «el Chico» se lanza como los animales, sin ningún pudor, sobre Fernando, que exhala un grito de angustia desesperada:

Juan, Juan, no me hagas eso.

Pero esos desalmados no atienden semejantes gritos ni muestran sentimientos y se guían por sus bajos instintos. Fernando, hombre robusto, resiste braceando con todas sus fuerzas y grita a más no poder:

¡Matadme si queréis, matadme; matadme, pero no hagáis eso!

Su gran fuerza física y una fuerza sobrenatural han logrado que esos desalmados desistieran de su propósito. Por el momento. Reanudan el viaje hacia Cervera y enseguida le dicen:

Al llegar a Cervera te llevaremos a una casa de prostitución. Si vas a una mujer a vista nuestra, no te matamos.

Bofarull dice, que si esto no se lo dijeron diez veces, no se lo dijeron ninguna y que siempre oyeron la misma respuesta del Hermano:

¡Matadme, si queréis, pero eso, no!

Oye, interviene Pepito con toda su ilustración y cinismo, si tu padre y tu madre hubieran procedido como tú, has de pensar que tú no estarías en el mundo.

Mi padre y mi madre estaban casados. Y yo ¡soy religioso! Respondió Fernando con dignidad y sentido común.

 

Cervera

Por fin llegan a Cervera y detienen el coche frente a la Fonda Buenavista. El Sr. Carulla marcha libre, corriendo, a su casa.  Bofarull, acompañado po r «el Chico», va al Centro Republicano para el asunto de las yeguas y al salir del coche recibió un golpecito en la pierna de parte del Hermano como despedida. Los otros se detienen en el bar El Día para celebrar a su modo la «pesca». Después de trasegar el vino a Juan Casterás se le soltó la lengua y entre aspavientos le dijo a la dueña del bar:

Aquí te traemos este filete. Mira a ver si te cuadra.

La dueña no le comentó nada y se limitó a servir el vino que pedían. Montan en el coche y llevan al Hermano a lugar seguro, la cárcel, hasta que puedan dedicarse otra vez a él.

Bofarull resolvió favorablemente la cuestión de las yeguas gracias a la intervención de un amigo. Los milicianos, ahora más numerosos, entre ellos Alma Gitana[2], se toman un buen vermut con los dineros quitados al pobre H. Fernando, y acompañan a Bofarull en auto a su casa. Pero a mitad de camino, a eso de la una del mediodía, se detienen en una fonda de San Guim donde comen opíparamente a costa del bolsillo de Bofarull. Después de dejarle en su casa, los milicianos volvieron a Cervera y fueron a la cárcel a por el Hermano.

Hala, ven con nosotros y no tengas miedo. Ya ves que somos los mismos de antes…

Los mismos, no; ahora falta aquel señor gordo…

Era alusión a Francisco Carulla. Los milicianos bromean y disimulan sus intenciones.

Nosotros no somos malos; ya lo verás… Por de pronto ven a comer con nosotros.

Le llevaron de prostíbulo en prostíbulo. Allí emplearon todos los medios posibles e imaginables para derrocar la fortaleza de Fernando. Empezaron con frases soeces, siguieron actitudes provocativas, incitaciones violentas, le desnudaron… Todo lo contó Juan Casterás al día siguiente  con su diccionario expedito, pero aquí dulcificado:

¡Vaya pieza que llevábamos!

          Ya me cansaba de… (lo que el lector se imagine)

Él pedía fuerzas a Dios…

Nosotros lo tirábamos a tierra, y él ¡nada! Más frío que el hielo

Esta gente no sirve para nada. Y nada pudimos conseguir…

A cada provocación el Hermano respondía:

!Virgen soy, y virgen moriré!

Las mismas mujeres se quedaron sorprendidas de la saña con que le atormentaron al Hermano y recobrando su dignidad, dijeron:

Si él no quiere, dejadlo. No le atormentéis de esa manera.

Al percatarse que la víctima era uno los misioneros expulsados de la ex universidad, echaron de aquellos antros a los milicianos.

 

Tárrega

Visto el resultado de Cervera, los depravados milicianos llevaron a Fernando a los prostíbulos de Tárrega, distante 12 Km., en la carretera Madrid-Barcelona. Y en «El Vermut» y en «La Garza», casi frente por frente, pasaron varias horas. Agonía pura para el Hermano. Primero le invitan a comer y beber y les contesta con amargura:

Ahora me queréis hacer comer, para fusilarme dentro de media hora.

Después comienzan las provocaciones a que fue sometido el hermano, que  están fuera del diccionario. Lo primero fue desnudarle, obligarle a bailar y hasta revolcarlo por le suelo para conseguir sus fines más abyectos. Tanto que la dueña de uno de los tugurios decía: «Sí, lo trajeron aquí y le hicieron barbaridades que no son para contarlas». Tan macabra fue la escena que uno de los espectadores, Juan Saureda, vigilante en la zona, quedó tan impresionado que acabó perdiendo el juicio.

Fernando se santiguaba y hacía oración y respondía a todas las embestidas repitiendo:

Matadme si queréis, pero no me forcéis a pecar. ¡Eso jamás!

La conducta del Hermano fue ejemplar en todo momento. «Siempre se le vio modesto, sin levantar los ojos del suelo». «Santigúabase frecuentemente, sin respetos humanos, rezaba con fervor…», decían. Más aún, advirtieron que Fernando, joven de 30 años, no sintió commoción fisiológica alguna, ayuda de la gracia de Dios, tal como lo resumía Juan al día siguiente en el bar de costumbre de Cervera:

Y él, nada. ¡Más frío que un hielo! Nada conseguimos de él! En cuanto al fraile… ¡pedía fuerza a Dios!, y se lo echaron en cara y con toda malicia le dijo Juan Casterás:

Si no eres hombre, pues no eres capaz de hacer lo que todos hacen.

La reacción de Fernando fue inmediata y contundente:

¿Que no soy hombre?… Soy un hombre como cualquiera y haría, si quisiera, tanto o más que vosotros, pero … no me da la gana. Soy religioso y prefiero cumplir mi deber.

Y se desahogó llorando.

Pero Juan y sus cómplices no se dieron por vencidos y siguieron inventando nuevos estimulantes y le sometieron a tratos cada vez más inhumanos. El Hermano se mantenía firme:

No os canséis. Lo que yo profeso no me permite hacer esas cosas, y no las haré. Matadme si queréis, pero no me forcéis a pecar. No, eso jamás.

Hasta las mismas mujeres tuvieron compasión de él, comenzaron a llorar y acabaron por echar de sus tugurios a los depravados milicianos. Entonces, Carmen, la principal, les dijo:

Ahora, aunque él quisiera no nos prestaríamos. Y sacáis de aquí a ese reverendo o nos marchamos nosotras.

Entonces Juan Casterás, todo airado, sacó la pistola, la encañonó en el pecho de Carmen y le ordenó tajante:

Carmencita, tienes que ocuparte con este padre.

Que te lo has creído, le contestó. Y se negó rotundamente.

Has lo que debes y se te ordena, o te remato aquí mismo.

Carmen recobró por un momento su dignidad de mujer y replicó:

No me da miedo tu pistola, y sábete que, aunque sea lo que soy, todavía tengo sentimientos humanos.

Las otras adoptaron y corearon esta actitud de Carmen:

¡Ya estáis marchando de aquí, sinvergüenzas, canallas!

Juan quiso maquillar su derrota con todo cinismo diciendo:

Quisimos se fuera al cielo después de probar lo que hay de bueno en la tierra, y se empeñó en no probarlo.

 

Fusilamiento

Son algo más de las once de la noche y a golpes y empujones Fernando ha salido a la calle y va hacia el coche con humildad, mientras sus torturadores no hacen más que blasfemar como demonios. Ponen en marcha el coche y toman la carretera de Agramunt hacia el centro de la ciudad para empalmar con la calle que lleva al cementerio. Al paso a nivel han de detenerse hasta que pase un tren con milicianos que van al frente de Aragón. Aprovechan la ocasión para entrar en el bar El Norte, frente al Hotel de la Estación , pero quedando dos de guardia en el coche. En el bar, bastante concurrido, contaron los hechos del día.

Una vez que pasó el tren, emprendieron la marcha con los fusiles apuntados hacia fuera. En la calle Arrabal del Carmen aminoran la marcha al encontrar a la Sra. Ramona Areny, a quien su marido, Antonio Palou, espera en la puerta de casa. Se detiene el coche y los asesinos le sueltan al matrimonio:

No tengáis miedo, que os venimos a dejar en Tarrega un buen recuerdo.

La Sra. Ramona se acercó al coche y vio al Hermano con la cabeza baja.

Siguieron el camino y se toparon con los milicianos del control, y Juan fue escueto:

Somos del Comité de Cervera y vamos al cementerio a fusilar a este fraile de la universidad.

Y continuó con la narración de los acontecimientos del día. Uno de ellos propuso hacerle alguna amputación:

Ya que no has querido ver ni hacer nada te sacaremos los ojos y te cortaremos lo que te sobra en el cuerpo.

Hubieran consumado la salvajada si no es por la intervención de uno de los del control, quien echó en cara a los de Cervera que con su mal proceder creaban problemas a los demás Comités. La víctima pudo respirar.

Pronto llegaron al cementerio iluminado por los focos del coche. Fernando está dispuesto a morir y lo colocan en la pared cerca de la puerta. Pide permiso para hablar:

Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen.

Y repite varias veces:

!Yo os perdono! !Yo os perdono!

Y ¿de qué nos perdonas? Repuso burlón Juan. Y sin aguardar más gritó: ¡Apunten!

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Religión! Gritó con voz firme Fernando.

Y salieron los disparos de los fusiles al pecho, no a la cabeza. Juan se reservó el derecho de dar el tiro de gracia, que lo dio como atestiguan la Sra. Ramona y su marido Antonio Palou que oyeron los disparos. Los asesinos se marcharon sin esperar más.

Pero Fernando no murió en el acto y en su agonía, mientras la sangre le salía a borbotones, decía:

¡Madre! ¡Madre!

Jaime Clos, al oír los disparos, acudió al cementerio. Se acercó  a la víctima diciendo ¡Amigo! ¡Amigo! Cuando llegó ya estaba muerto.

Era el 13 de agosto de 1936.

Fue enterrado en el cementerio de Tárrega.

[1] García, P., Matadme.., ¡ pero eso no! Fernando Saperas, C.M.F., el mártir de la castidad, Tárrega 1959;  Arranz, A. Mª, El mártir de la castidad. Vida y martirio del Siervo de dios Fernando Saperas Aluja, Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María, 2ª ed., Tárrega 1976.

[2] Aparece como el traidor en la huida de los mártires Genaro Pinyl y Remigio Tamarit.