Isaac Carrascal Mozo

Nació el 11 de abril de 1896 en Castrillo de Don Juan (Palencia), diócesis de Burgos

Profesó el 15 de agosto de 1915

Sacerdote el 26 de mayo de 1923

Fusilado el 14 de octubre de 1936 en Torrelavega (Santander)

 

El P. Isaac Carrascal nació en la villa de Castrillo de Don Juan, provincia de Palencia y diócesis de Burgos, el día 11 de abril de 1896. A los dos días fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de dicha villa por el párroco D. Sergio Bombín. Tres años después, en la misma parroquia recibió la confirmación de manos del Exc.mo Gregorio Mª García, Arzobispo de Burgos, con motivo de la visita pastoral.

Sus padres fueron D. Casto Carrascal y Dª Juliana Mozo, labradores acomodados, que tuvieron familia numerosa.

Desde pequeño fue monaguillo y muy asiduo a la doctrina o catequesis. En este ambiente le surgió la vocación con gran firmeza, como atestigua su maestro en la escuela del pueblo. Sabedor de que en Torresandino (Burgos), distante del suyo unas cinco leguas, había un Padre Misionero de Aranda de Duero, emprendió a pie animoso el largo camino para consultar su vocación. Aprobóla el Padre y supo arreglarlo todo tan bien que los padres de Isaac concedieron gustosísimos el anhelado permiso[1].

A los catorce años ingresó en el postulantado de Valmaseda, a donde llegó acompañado por su padre el día 14 de julio de 1910. Aquí cursó los cuatro años de Humanidades, distinguiéndose por su aplicación y conducta, de modo que obtuvo las máximas calificaciones en todas las asignaturas. Un año tuvo de profesor a su compañero de martirio, P. Gelada.

El 10 de agosto de 1914 pasó al noviciado de Segovia y el día 14 de ese mes tomó el hábito e inició el noviciado bajo la dirección del P. Juan Oleaga. Al final del año de prueba emitió la profesión el día 15 de agosto de 1915, fiesta de la Asunción de María al cielo.

Al día siguiente se trasladó a Beire (Navarra) para cursar la filosofía, obteniendo siempre las máximas calificaciones del meritissimus maior. Durante el segundo curso de filosofía, el 8 de noviembre de 1916 recibió la primera tonsura de manos del Exc.mo Juan Plaza, Administrador apostólico de Calahorra, en la capilla del colegio de Beire.

En el verano de 1918 fue a Santo Domingo de la Calzada para estudiar la teología. Al final del segundo curso, los días 2 y 3 de mayo de 1920, recibió las cuatro órdenes menores de manos del Exc.mo Nicasio Arellano, Vicario apostólico de Tonkín, en el colegio mayor. En este mismo año le nombraron bibliotecario del escolasticado, preocupándose por obtener libros necesarios.

Al acabar el tercer curso de la teología dogmática, en el verano de 1921 fue de nuevo a Segovia para continuar con el estudio de la teología moral. Al acabar el curso, el 10 de junio de 1922, recibió el subdiaconado  y el 23 de diciembre de ese mismo año el diaconado de manos del Exc.mo Manuel de Castro, Obispo de Segovia. El 26 de mayo de 1923 recibió el presbiterado de manos del mismo Obispo en la misma ciudad. Poco antes de la ordenación sacerdotal sufrió la muerte de su padre y de dos hermanas casadas, una de las cuales dejó seis niños de uno a doce años. Por ello pidió permiso para poder celebrar la primera Misa en la casa de Aranda de Duero a donde su familia se podía desplazar con poca dificultad. Los Superiores le permitieron ir a su pueblo, donde celebraron una gran fiesta.

Su primer destino fue el postulantado de Segovia como profesor de Retórica y Latín, simultaneando los estudios del Bachillerato oficial durante los años 1923-1926.

De 1926 a 1929 hizo la carrera de filosofía en la Universidad Central de Madrid. Durante ese tiempo continuaron las desgracias familiares con ocho defunciones, entre las cuales está la muerte cristianísima de su madre.

Terminados los estudios de filosofía fue enviado a Beire (Navarra) a donde llegó el 3 de octubre de 1929 procedente de Madrid, para enseñar Metafísica. Durante el primer año también hizo las prácticas de Magisterio, cuyo título oficial obtuvo en 1930 en Zaragoza.

Como profesor de filosofía dice su biógrafo: «su mérito como profesor hay que buscarlo en la claridad de sus conceptos y en la precisión y buen orden con que los exponía, logrando poner al alcance de todos, aun de los menos felizmente dotados, los más elevados conceptos de la filosofía»[2]. Además trataba con mucha delicadeza a los estudiantes.

El día 6 de octubre de 1931 pudo viajar a Tórtoles de Esgueva (Burgos), al monasterio de Santa María la Real, para imponer el hábito de benedictinas a dos sobrinas, que le dieron una gran alegría al ver lo contentas que estaban. Al año siguiente pudo volver a Tórtoles para tomar la profesión de ambas el día 12, fiesta de la Virgen del Pilar.

El 24 de septiembre de 1933 fue enviado a Castro Urdiales, como director técnico del colegio y profesor de distintas asignaturas del bachillerato.

A principios de 1935 comenzó a vestir la sotana de nuevo y los chicos acostumbrados a verle de seglar lo encontraron extraño. Poco a poco fueron acostumbrándose.

En octubre de 1935 le invitaron a Tórtoles para tomar la profesión solemne de sus sobrinas y el P. Superior le concedió el permiso oportuno. Allí acudieron sus familiares, pues su pueblo está al lado y pasaron unos días muy felices.

En 1936, después de las elecciones generales de febrero, la situación se agravó. El P. Carrascal se enteró del alzamiento militar cuando se encontraba en Santander, no pudiendo comunicar con el P. Superior de Castro Urdiales. Los pasajeros informaron que las comunicaciones por radio entre Madrid, Santander y Bilbao habían sido cortadas.

Cualidades y virtudes

Desde pequeño observó una conducta ejemplar. Cuando dejó la escuela para ingresar en Valmaseda, el maestro lo puso como modelo a los demás niños.

Durante el noviciado mostró su conducta ejemplar y edificante. El Maestro  daba de él los mejores informes acentuando su piedad, humildad, docilidad y obediencia. Se distinguió por su modestia. Tenía buen talento y era muy aplicado y trabajador. Religioso observante, hasta la nimiedad, dice un condiscípulo, y muy obediente a los superiores. Era muy piadoso y devoto de la Virgen.

Tenía un gran celo por la salvación de las almas y grandes cualidades como director espiritual. También tenía grandes ansias de ser santo y ciertamente que por donde pasó dejó huellas de santidad, como afirman varios testigos de épocas bien diversas[3].

Dispersión de la comunidad, refugio y martirio

El día 19 de julio de 1936 volvió de Santander, a donde había ido para asistir a un Congreso Pedagógico y arreglar algunos asuntos del Colegio, acompañado por dos muchachas del asilo de las Religiosas, que habían ido a la ciudad para recibir la confirmación y poder entrar en el noviciado. Llegaron de noche. La puerta del colegio estaba ocupada por gente armada y el P. Carrascal durmió en la casa de Ángel Llano Piró, criado hortelano de las Siervas de Jesús. Después de la misa marchó al Colegio para enterarse de lo que pasaba y recibir órdenes del Superior. A las pocas horas volvió pidiendo hospedaje por amor de Dios en la casita en que había dormido. Como hacía de capellán desde la muerte del anterior, le pareció bien la idea a la M. Ángeles Aldasoro, Superiora, y aceptó la propuesta porque así no tenía que ir y venir con tantos peligros expuesto a un atropello.

El día 22 de ese mes se le unió el P. Gelada y un mes después, el 22 de agosto, hizo lo mismo el H. Barrio. Después se instalaron en el edificio del asilo llamado «La Providencia», donde hacían vida de comunidad como si estuvieran en el convento. Durante este tiempo de preparación al martirio tomó apuntes de las noticias que le llegaban. Algunas veces recibieron la visita de los otros miembros de comunidad refugiados en casas particulares. Ciertamente era una temeridad. Sobre la detención de los tres claretianos, PP. José M. Martínez de la Calle, Jerónimo Carazo Palazuelos y el Estudiante Juan Manuel Arteaga, escribió:

«¿Quién hubiera nunca sospechado los males gravísimos que esta noche nos amenazaban? Tres queridísimos hermanos serían arrebatados de nuestras manos y de nuestros ojos. Un dolor vehemente atravesó nuestro corazón y un temor grande nos invadió. Con esta detención ¿comenzarían a detenernos a todos? Los tres predichos recorrían las calles y vías públicas libremente, cosa que no todos aprobaban»[4].

Para los refugiados en el asilo todo continuaba igual. Así lo anota el día 5 de octubre el mismo P. Carrascal:

«Confiados en el Señor aunque íntimamente preocupados seguimos el mismo método de vida que podríamos guardar en el claustro. Desde nuestras habitaciones se oye frecuentísimamente el estrépito de los coches de los soldados»[5].

El día 13 de octubre hacia las once de la mañana, como se ha dicho antes, fue apresado y conducido a la cárcel, instalada en el monasterio de las Clarisas. A las cinco y media de la tarde de ese mismo día volvió al asilo acompañado por un miliciano. Venía a pedir que le entregasen 450 pesetas, les exigían 150 a cada uno, tres mantas y meriendas-cena porque les iban a llevar a la cárcel de Santander. ¡Todo mentira! Era rapacidad. Cuando estaba en el recibidor les contó dónde les habían llevado, que ni siquiera les habían dado agua y les recordó que los tres les estaban muy agradecidos. Que les daba pena pensar lo que ahora iban a hacer con nosotras.

Pagarles a ustedes con esto después de lo que han hecho por nosotros.

Le dieron las cosas que había pedido y le querían dar algunas más, pero el Padre dijo:

¿Para qué? ¿Para morir? Y añadió:

Pidan Vds. a Dios que si nos van a matar muramos como mártires. Díganselo también así a las niñas para que hagan la misma súplica.

El Padre, como despedida, les dio la absolución y marchó.

El miliciano que le esperaba le llevó de nuevo a la cárcel instalada en el monasterio de las Clarisas y de allí fue sacado hacia la una de la madrugada del día 14. Fue llevado en auto hasta la ermita Jesús del Monte, cerca de Torrelavega, sufriendo durante la hora de trayecto toda clase de insultos e, incluso, golpes. Allí fue entregado a otro grupo que lo fusiló junto con los antes citados el 14 de octubre de 1936. Su cadáver fue encontrado en el km. 4 de la carretera de Sierrapando a la Cavada. Como no llevaba documentación se le hizo fotografía que fue unida al acta de defunción. Se le encontraron varios objetos como un rosario, una medalla de Antonio M Claret, lapiceros, dos papelitos con algunas notas, etc. … y un periódico de La Ilustración de Castro, del 30 de agosto de 1936. La ropa que vestía estaba marcada con el n. 173. Fue enterrado en el cementerio de Torrelavega.

[1] Torres, I., Necrología del R. P. Isaac Carrascal Mozo, en Crónica de la Provincia Claretiana de Castilla 9 (1944) p. 653.

[2] Ibidem, p. 691.

[3] Ibidem, pp. 742-744.

[4] Torres, I., Necrología del R. P. Isaac Carrascal Mozo, en Crónica de la Provincia Claretiana de Castilla 10 (1945) p. 159.

[5] Ibidem, p. 160.