Aquilino Bocos

La celebración del reconocimiento eclesial del martirio de este numeroso grupo de Sacerdotes, Estudiantes y Hermanos de nuestra Congregación suscita en mi tres sentimientos:

1) Agradecimiento por el testimonio que dieron. Don del Espíritu y fidelidad al proyecto de vida que asumieron. Abrazaron como programa de vida el memorial de Claret “Un hijo del Inmaculado Corazón de María…”  y ni la muerte les separó de su amor por Cristo y sus hermanos. Su martirio nos convoca a la confesión de nuestra fe y a la reconciliación con todos, sin exclusiones.

2) Alegría porque son nuestros hermanos y podemos disfrutar con ellos de la corona del martirio, que es como una confirmación de que merece la pena padecer y sufrir por el Evangelio.  Ellos siguen irradiando el gozo de quienes han entrado en la casa de su Señor y nos contagian la alegría de su fidelidad hasta el final. Ellos viven el misterio de la comunión y hoy nos llaman a irradiar la alegría de la comunión fraterna, eclesial y social.

3) Inquietud. Esta beatificación me hace revivir una vez más las preguntas últimas que, desde su martirio, lanzan nuestros hermanos. Es un desasosiego sano, estimulante, que te hace salir de ti mismo y superar toda rutina e indiferencia. Con esta inquietud participaré en la celebración como discípulo que, conmovido, escucha una solemne lección de vida. Los mártires no nos enseñan primordialmente a morir, sino a vivir. A vivir el amor a Jesucristo, a su Iglesia, a María, a la Congregación, a los obreros, a los que les persiguen… Nos dan una lección de cómo se prioriza en el seguimiento de Jesús y en su ministerio liberador y transformador; de cómo se afrontan las adversidades y cómo se acepta la muerte con regocijo desde la fe y la esperanza.