ALFREDO MARÍA PÉREZ (SANTIAGO)

Esta beatificación reaviva en mi alma los sentimientos de mi adolescencia al conocer por primera vez el martirio de los claretianos de Barbastro. Su entusiasmo por dar la vida por Cristo, su amor encendido a la Congregación al desear que su sangre impulsara su crecimiento. La presencia del Corazón maternal de María fuerte al pie de las Cruz les dio la fortaleza. En sus semanas de prisión pudieron expresar sus sentimientos y dejarlos escritos donde pudieron: taburete del piano, un pañuelo… Ellos me descubrieron la vibrante vocación claretiana.

Los 109 no tuvieron la oportunidad de expresar sus amores por escrito, por eso releer los escritos de Barbastro será comprender lo que sintieron, con el mismo talante, los ciento nueve.

El hecho de una beatificación de un grupo tan numeroso significa, creo, que hay que desafiar a esta sociedad líquida postmoderna y a la que sólo le interesa vivir el fragmento: Ahora pienso y siento así, pero dentro de una hora puedo pensar y sentir distinto. El desafío es mostrar la fidelidad a un gran ideal descubierto, no sólo para un fragmento, sino para siempre y hasta dar la vida por él.

Y para los que ya vivimos la última etapa es un reto aceptar, como ellos, el despojo de sus ideales apostólicos, y de la vida de un golpe. Aceptar también el “despojo” progresivo. Despojo de fuerzas físicas que limitan la evangelización itinerante, despojo de responsabilidades, de ser valoradas las informaciones y opiniones por superiores y hermanos, aunque la historia demuestre su valor y que no eran obsesiones de viejo, y no se valore su experiencia. El Papa Francisco pide a los mayores que no se callen. Discernir si es mejor hablar, o ver, oír y callar. ¡Sólo Dios basta! De la mano de María.